Hay una vieja estrategia que consiste en hacer que la gente mire hacia arriba cuando en realidad lo importante está ocurriendo a ras de suelo. Funciona muy bien. Mientras todos miran al cielo, nadie ve quién mueve las piezas en la mesa. Y estos días hemos vuelto a ver ese viejo truco en funcionamiento: Estados Unidos anuncia un plan para establecer una base permanente en la Luna en siete años justo cuando mantiene una guerra contra Irán de la mano de Israel. Casualidad, dirán algunos. Puede ser. Pero a estas alturas de la película uno ya cree poco en las casualidades cuando hay drones y misiles de por medio.

Pero sería un error pensar que todo esto es solo propaganda. Porque si algo ha demostrado Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial es que cuando anuncia un gran proyecto tecnológico, normalmente va en serio —salvo que la cosa se tuerza—. Lo hizo con la bomba atómica, lo hizo con el programa Apollo y lo ha hecho con la revolución digital. Así que conviene escuchar con atención lo que ha anunciado la NASA, porque, si cumplen la mitad de lo que dicen, el mundo dentro de una década no se parecerá demasiado al de ahora.

El administrador de la NASA, Jared Isaacman, ha presentado una hoja de ruta para establecer una base permanente en la Luna en siete añosantes de que termine el mandato de Trump ya debe haber una base—, con un presupuesto de al menos 20.000 millones de dólares. Siete años. Dicho así parece mucho, pero en términos de ingeniería aeroespacial es pasado mañana. Para que nos hagamos una idea: hace más de medio siglo que ninguna nación intenta alunizar con seres humanos, y ahora pretenden hacerlo de forma regular, con un calendario de misiones cada seis meses. Eso ya no es exploración. Eso empieza a ser transporte.

El plan, llamado proyecto Ignition, contempla tres fases y culminaría con tres hábitats permanentes en la superficie lunar, varios rovers, un reactor de fisión nuclear y plantas para procesar material lunar, generar energía y obtener materias primas. Es decir, no se trata de plantar una bandera y hacerse una foto. Se trata de quedarse, de construir, de producir y de vivir allí. En otras palabras: se trata de convertir la Luna en un enclave industrial.

Para acelerar el plan han decidido pausar el proyecto Gateway, la estación espacial en órbita lunar. Es decir, han decidido ir directamente a la superficie. Cuando alguien toma una decisión así es porque tiene prisa. Y cuando hay prisa en geopolítica suele ser porque hay otro corriendo en la misma dirección. Ese otro es China, que lleva años enviando misiones no tripuladas a la Luna y ha anunciado su intención de llevar taikonautas antes de 2030. Así que, en realidad, lo que estamos viendo no es un programa científico. Es una carrera. Otra vez.

“Estados Unidos no va a dejar nunca más la Luna”, dijo Isaacman. Esa frase no es técnica. Es política. Significa: esta vez nos quedamos. Y cuando un país decide quedarse en un sitio, normalmente no es por romanticismo.

No se trata de plantar una bandera y hacerse una foto. Se trata de quedarse, de construir, de producir y de vivir allí

En el equipo del proyecto hay un nombre español: Carlos García-Galán, malagueño, con treinta años de experiencia en vuelos espaciales, que participó en el montaje de la Estación Espacial Internacional, trabajó en el programa Orión y preparó el equipo para la misión Artemis I. Uno de esos españoles que participan en proyectos gigantescos lejos de los focos mientras aquí seguimos discutiendo si invertir en ciencia es caro o barato. García-Galán ha recibido la Medalla de Plata al Mérito de la NASA, la Medalla al Mérito Excepcional y el premio Snoopy de Plata, entre otros reconocimientos. Es decir, no está allí para hacer bulto.

A mí todo esto me resulta especialmente curioso porque hace ya diez años, en 2016, escribí un artículo titulado Marte en las redes sociales y científicas, donde hablaba precisamente de cómo la NASA había entendido algo que otras instituciones todavía no habían comprendido: que la carrera espacial ya no solo se juega en los laboratorios y en los cohetes, sino también en la comunicación y en las redes sociales. La NASA no solo lanza sondas, también lanza mensajes. Y lo hace muy bien.

Diez años después, veo que siguen utilizando la misma estrategia. Hace apenas unos días han creado la cuenta @NASAMoonBase en X para mantener informados a todos los interesados sobre el proyecto de base lunar. Es decir, no solo están construyendo una base en la Luna. Están construyendo el relato de la base en la Luna. Y eso, en el siglo XXI, es casi tan importante como la base misma.

Porque la NASA hace tiempo que entendió algo fundamental: si quieres que un país se gaste decenas de miles de millones en ir a la Luna, primero tienes que conseguir que la gente quiera que vayas a la Luna. Y para eso están las redes sociales, los vídeos, las imágenes, los hilos, las retransmisiones y toda esa maquinaria de comunicación que convierte la ingeniería en épica y los presupuestos en sueños.

El plan lunar incluye hábitats permanentes —aquí mi recuerdo a la base lunar española, FOCARIS—, reactores nucleares, minería de regolito, producción de energía y utilización de recursos in situ. Traducido al lenguaje de la calle: quieren utilizar la Luna como una estación de servicio espacial. Allí se podrá producir combustible, materiales de construcción y recursos que permitirán ir más lejos, probablemente a Marte. La Luna sería el puerto. Marte, el siguiente destino.

Y aquí es donde la historia se vuelve interesante de verdad. Porque quien controle la infraestructura en la Luna controlará las rutas hacia el resto del sistema solar. Igual que quien controlaba los puertos controlaba el comercio en el siglo XVI. Igual que quien controlaba los océanos controlaba el mundo en el siglo XIX. Las fronteras cambian, pero la lógica del poder es siempre la misma.

Por eso este proyecto no es solo un proyecto científico. Es un proyecto económico, industrial y estratégico. En la Luna hay helio-3 y otros recurso valiosos y sobre todo, hay una gravedad seis veces menor que la de la Tierra, lo que permite lanzar materiales al espacio con mucho menos coste. Dicho de otra manera: la Luna puede convertirse en la primera plataforma industrial fuera de la Tierra.

Mientras tanto, aquí abajo seguimos hablando de guerras, de petróleo, de crisis y de política de corto plazo. Y uno no puede evitar pensar que la humanidad siempre ha funcionado así: mientras unos pelean por el presente, otros construyen el futuro.

No sé si este anuncio es una cortina de humo para que durante unas horas hablemos de la Luna en lugar de hablar de la guerra. Es posible. Los gobiernos llevan siglos utilizando el futuro para tapar el presente. Pero también sé que, si dentro de siete años hay seres humanos viviendo de forma permanente en la Luna, ese día la historia habrá cambiado para siempre. Porque ese día la humanidad dejará de ser una especie confinada a un solo planeta. Y eso, aunque no lo parezca, es probablemente el acontecimiento más importante desde que nuestros antepasados salieron de África.

La Luna, en el fondo, nunca ha sido solo la Luna. La Luna es poder, es tecnología, es industria, es energía y es futuro. Y también, de vez en cuando, es una magnífica cortina de humo para que no miremos demasiado lo que pasa aquí abajo.

Pero incluso aunque lo sea, incluso aunque todo esto tenga algo de propaganda, hay una cosa que tengo clara: el día que haya luces encendidas de forma permanente en la superficie de la Luna, ese día sabremos que la humanidad ha empezado, por fin, a escribir su historia fuera de la Tierra.

Y entonces ya no habrá cortina de humo posible, porque cuando el ser humano cruza una frontera de verdad, el mundo cambia. Y la Luna, nos pongamos como nos pongamos, es la siguiente frontera. Y las fronteras, desde que el mundo es mundo, siempre han sido el lugar donde se decide quién manda y quién obedece, quién construye el futuro y quién se limita a leerlo en los periódicos.

El pequeño problema de la tecnología | La realidad dice que la historia de la exploración espacial no se escribe en redes sociales, ruedas de prensa ni en titulares grandilocuentes, sino en décadas, en retrasos y en miles de millones que desaparecen con la elegancia de un truco de magia. Y la realidad, que siempre tiene la mala costumbre de estropear los discursos, dice que la tecnología necesaria para esta nueva fiebre lunar parece no estar lista. Un informe de la propia NASA reconoce que el pilar de todo el plan —el módulo de aterrizaje Starship de SpaceX— no estará preparado en 2027, y la verdad es que nadie sabe cuándo lo estará. Mientras tanto, el SLS de Boeing acumula sobrecostes, fallos y retrasos. Así que eso de construir la base Trump en dos años no parece un plan de ingeniería, sino un acto de fe. Y la ingeniería, a diferencia de la política, no cree en los milagros.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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