Hace poco un amigo me preguntó quién leería mi blog cuando todas las visitas fueran solo de la inteligencia artificial. La pregunta no era mala. De hecho, era una de esas preguntas que parecen inocentes pero que en realidad te obligan a pensar un poco más de lo que te gustaría. Me quedé callado unos segundos y al final le contesté la verdad: que me daba igual. Y no era una pose. Era la pura verdad.
Hace ya unos años que publico de manera casi compulsiva. Escribo mucho, demasiado probablemente, pero no lo hago pensando en el lector, o al menos no en el lector como lo entendíamos antes. Escribo más bien para mí. Escribo como quien lleva un diario. Un diario público, si quieres, pero diario al fin y al cabo. Escribo porque hay cosas que me llaman la atención, cosas que me preocupan, cosas que me cabrean, y necesito ponerlas por escrito para ordenarlas en la cabeza. Es mi manera de entender lo que pasa.
Con el tiempo me he dado cuenta de que muchas veces no escribo para hoy, sino para dentro de unos años. Escribo para ese momento en el que vuelves a un texto antiguo y te encuentras con lo que pensabas entonces sobre algo que en aquel momento era actualidad y ahora ya es historia. Y ese ejercicio, el de hablar con tu yo de hace cinco o diez años, es probablemente uno de los ejercicios más interesantes que existen. Porque te obliga a enfrentarte a tus aciertos, a tus errores y, sobre todo, a tu manera de mirar el mundo en aquel momento.
Un blog no es solo un lugar donde escribes: es un lugar donde te recuerdas a ti mismo quién eras y qué pensabas
Los que tuvimos blog en los primeros años de internet recordamos que aquello era otra cosa. Internet era conversación. La gente leía y comentaba. A veces te daban la razón, otras veces te discutían, pero había diálogo. Había nombres que se repetían en los comentarios, gente a la que acababas conociendo sin haberla visto nunca. Aquello tenía algo de tertulia de café, con sus parroquianos habituales, sus discusiones y sus silencios. Uno escribía y al otro lado había alguien. No sabías quién era, pero sabías que había alguien.
Luego llegaron las redes sociales y lo cambiaron todo sin que apenas nos diéramos cuenta. El día que apareció el botón “Me gusta”, la conversación empezó a morir. La gente dejó de escribir para empezar a pulsar. Pasamos de la respuesta al gesto, del argumento al icono, de la conversación al ruido. Fue un cambio silencioso, pero fue un cambio enorme.
Y ahora estamos en otra fase distinta. Ya no es solo que la gente comente menos. Es que hay un nuevo intermediario entre el que escribe y el que lee: la inteligencia artificial. Y ese intermediario no discute, no comenta, no enlaza, no tiene memoria emocional de lo que lee. La inteligencia artificial lee, resume, ordena y responde. Y en ese proceso el lector obtiene la información, pero muchas veces ya no llega al texto original ni al autor que lo escribió. Ese es el verdadero cambio. No que las máquinas escriban, sino que el lector ya no necesita llegar hasta ti.
Durante años el esquema fue muy sencillo: tú escribías, alguien buscaba en internet, encontraba tu artículo y te leía. Ahora el esquema empieza a ser otro: tú escribes, la máquina te lee a ti y luego la máquina le contesta al lector. Tú sigues siendo el que escribe, pero ya no eres necesariamente el que habla con el lector. Te conviertes en algo parecido a la materia prima de la que salen las respuestas.
Es un cambio profundo. Porque internet siempre fue, en el fondo, un sistema de enlaces entre personas. Ahora empieza a ser un sistema de respuestas generadas a partir de textos que escribió gente a la que nadie ve.
Y sin embargo, y vuelvo al principio, cuando mi amigo me preguntó quién me leería dentro de unos años, le dije que me daba igual. Porque hace tiempo que entendí que, en mi caso, escribir no tiene tanto que ver con que alguien me lea como con la necesidad de dejar las cosas por escrito. Es una especie de conversación con el tiempo. Una forma de dejar notas sobre lo que está pasando mientras está pasando, para poder volver a ellas cuando todo haya terminado.
Un blog, al final, no deja de ser eso: un rastro. Una serie de textos que van marcando por dónde pasabas, qué te llamaba la atención, qué te preocupaba, qué te parecía importante en un momento determinado. Con los años, ese rastro acaba teniendo más valor para el que lo escribió que para el que lo lee, porque es una especie de mapa de tu propia cabeza.
Por eso siempre me gustó aquel título de la película Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto. Pero con el tiempo me di cuenta de que, en mi caso, el olvido no tiene tanto que ver con que los demás no se acuerden de mí. Tiene que ver con algo mucho más simple y mucho más humano: con olvidarme yo. Con no recordar lo que pensaba cuando pasó aquello, con no recordar cómo veía el mundo en aquel momento, con no recordar por qué algo me parecía importante o por qué algo me indignaba. Por eso escribo. Para que no se me olvide a mí. Para poder volver dentro de unos años a un texto y encontrarme con el tipo que era entonces, con sus aciertos, con sus errores, con sus ingenuidades y con sus certezas. En el fondo, este blog no es más que una memoria externa. Una forma de discutir con el paso del tiempo y de dejar constancia, al menos para mí, de que todo aquello ocurrió y de que yo estuve allí para verlo con los ojos de entonces.
La inteligencia artificial introduce una paradoja curiosa. Nunca en la historia se ha escrito tanto. Nunca ha habido tanta información disponible. Nunca ha sido tan fácil acceder a casi cualquier tema. Y sin embargo, cada vez importa menos quién escribió lo que estás leyendo. La información circula, se resume, se mezcla con otra información y vuelve a aparecer convertida en algo nuevo, pero el nombre del autor muchas veces se pierde por el camino.
Estamos entrando en una época en la que la información importa mucho, pero el autor importa cada vez menos. Y eso cambia muchas cosas. Porque cuando el autor desaparece, también desaparece la responsabilidad, el estilo, la reputación y la memoria. La información sigue ahí, pero ya no sabes quién la pensó primero, quién se equivocó, quién acertó, quién se jugó el prestigio al decir algo que en su momento no era evidente.
La inteligencia artificial no cambia por qué escribimos. Lo único que cambia es quién nos lee primero.
Aun así, yo seguiré escribiendo. Probablemente con más libertad que nunca, porque cuando dejas de escribir para gustar, para convencer o para tener visitas, y empiezas a escribir simplemente porque lo necesitas, la escritura cambia. Se vuelve más honesta. Más tuya. Menos pendiente del aplauso y más pendiente de entender qué demonios está pasando a tu alrededor.
Así que si algún día todas las visitas de mi blog son de máquinas que entran, leen, indexan y se van sin decir nada, supongo que seguiré haciendo lo mismo. Escribir. Dejar notas. Intentar entender. Volver dentro de unos años a lo que escribí hoy y ver si el tipo que lo escribió estaba equivocado o había entendido algo.
Porque en el fondo escribir nunca fue solo un acto de comunicación. Es también un acto de memoria. Una manera de dejar constancia de que estuviste aquí, de que viste tu tiempo, de que lo pensaste y de que lo dejaste por escrito. Y en ese sentido, este humilde labriego de la tecla hace tiempo que dejó de escribir pensando en la cosecha y empezó a escribir pensando en el surco. En dejar la tierra removida, en dejar algo sembrado, para recogerlo más tarde. Porque escribir, al final, es eso: sembrar palabras en el tiempo. Y con eso, la verdad, es suficiente. Aunque llegue un día en que nadie pase por el blog. Aunque llegue un día en que las únicas que lean sean las máquinas.
En el fondo, cuando me siento a escribir, me siento un poco como ese personaje de la imagen que acompaña este texto: una especie de monje medieval rodeado de libros, copiando y escribiendo pacientemente mientras el mundo sigue girando fuera. Solo que en lugar de pergaminos hay un ordenador portátil y en lugar de un monasterio hay una conexión a internet. Pero la idea es la misma. Al final, este viejo labriego no hace algo muy distinto de lo que hacían aquellos monjes que copiaban manuscritos durante horas: escribir, guardar memoria, dejar constancia. Ellos copiaban libros para que el conocimiento no se perdiera; yo escribo artículos para que no se me pierdan a mí las ideas, para poder volver a ellas cuando el tiempo haya pasado y la actualidad de hoy sea simplemente un recuerdo borroso.
La tecnología cambia, pero el ser humano lleva siglos haciendo lo mismo: sentarse a escribir para que el tiempo no borre del todo lo que vio y lo que pensó. Luego, ya, si eso, vendrá la IA a leernos primero.




















Maravilloso post Enrique. Me encanta la impronta que dejas con la escritura. Yo soy un simple lector y me gusta mucho tu estilo. Sin ir más lejos a mi me pasa con la fotografía, dejo memoria a través de cada foto hecha, de que la vida no se me pasó en balde, sino de la intensidad e importancia de cada momento vivido y cuando hecho la mirada atrás, siempre hay una emoción que me hace sentir.
Hay algo profundamente hermoso en eso que cuentas, porque al final escribir y fotografiar no dejan de ser lo mismo: una forma de plantarle cara al olvido. Tú lo haces con la luz y yo con las palabras, pero en el fondo ambos andamos enredados en esa vieja manía de dejar constancia de que estuvimos aquí y de que la vida, lejos de pasar de puntillas, nos atravesó con toda su intensidad.
Y luego llega ese momento del que hablas, mirar atrás, y sentir. Que es, probablemente, lo único que de verdad importa. Porque si hay emoción, es que todo aquello mereció la pena.