Nos han enseñado la guerra como si fuera un duelo de caballeros, primero con armadura, luego con uniforme, pero siempre con una cierta lógica: dos ejércitos frente a frente, dos banderas, dos generales, un campo de batalla y, al final, un vencedor y un vencido. Austerlitz, Waterloo, Verdún, El Alamein. La guerra como una partida de ajedrez donde gana el que tiene mejores piezas y mejor estrategia. El problema es que esa guerra, la que llena los libros de historia militar y las vitrinas de los museos, cada vez se parece menos a las guerras reales. La guerra moderna se parece mucho más a una partida en la que uno de los jugadores decide, de pronto, que ya no se juega al ajedrez, sino al póker, y además con las cartas marcadas y la luz apagada.
Eso es la guerra asimétrica: una guerra en la que uno de los bandos entiende que, si juega con las reglas normales, está perdido, así que decide cambiar las reglas. Y claro, cuando uno cambia las reglas, el otro puede tener más tanques, más aviones, más dinero y más satélites, pero ya no está jugando al mismo juego. La asimetría no es solo que uno sea más fuerte que otro, eso ha pasado siempre; la asimetría es algo mucho más incómodo para el poderoso: es que el débil decide dónde, cómo y cuándo se lucha. Y cuando eso ocurre, la superioridad militar empieza a servir de menos de lo que dicen los desfiles.
Porque la guerra asimétrica no pretende destruir al enemigo en una gran batalla, ni tomar su capital, ni obligarle a firmar una rendición en un vagón de tren. Pretende algo mucho más sencillo y mucho más devastador a largo plazo: convencerle de que seguir luchando no merece la pena. Y cuando un país poderoso llega a esa conclusión, la guerra está perdida aunque su ejército siga siendo invencible sobre el papel.
Qué significa realmente “asimétrico”
Una guerra simétrica es la que todos tenemos en la cabeza: dos ejércitos comparables, dos Estados, dos estructuras militares que se enfrentan más o menos con las mismas herramientas. Una guerra asimétrica, en cambio, es una guerra en la que los bandos son radicalmente diferentes en recursos, tecnología, organización y capacidad militar, pero sobre todo es una guerra en la que el débil toma una decisión fundamental: no intentar parecerse al fuerte. Porque si intenta parecerse al fuerte, pierde. Así que hace exactamente lo contrario.
Si el fuerte tiene tanques, el débil no compra tanques: compra armas baratas que destruyen tanques. Si el fuerte tiene aviación, el débil no construye aviones: se esconde en ciudades, en montañas o bajo tierra. Si el fuerte tiene satélites, el débil usa túneles. Si el fuerte tiene un gran ejército, el débil no presenta batalla. Si el fuerte necesita ganar rápido, el débil alarga la guerra. Y en ese juego, que parece injusto, en realidad lo que está haciendo el débil es cambiar el tipo de guerra: de una guerra de destrucción a una guerra de desgaste.
En la guerra convencional se intenta destruir el ejército enemigo. En la guerra asimétrica se intenta destruir su voluntad de seguir luchando. Y esa voluntad no depende solo de los generales, depende de la economía, de la política, de la opinión pública, de los medios de comunicación, de la estabilidad interna y, sobre todo, del tiempo. El tiempo es el gran aliado del débil, porque cada día que pasa la guerra le cuesta dinero al fuerte, le cuesta prestigio, le cuesta apoyo político y le cuesta estabilidad. El débil solo tiene que resistir. El fuerte tiene que ganar. Y esa diferencia, que parece pequeña, lo cambia todo.
España contra Napoleón: cuando un imperio se desangra
Muchos creen que la guerra asimétrica es un invento moderno, algo que tiene que ver con drones, terrorismo, ciberataques y guerras raras que no se declaran oficialmente. Pero en realidad uno de los ejemplos más claros de la historia ocurrió en España a principios del siglo XIX, cuando el hombre más poderoso del mundo descubrió que hay guerras que no se pueden ganar aunque se ganen todas las batallas.
En 1808, Napoleón Bonaparte dominaba Europa. Su ejército era el mejor del mundo. Había derrotado a austríacos, prusianos, italianos y a cualquiera que se le pusiera delante. Sus mariscales eran leyenda, sus tropas veteranas y su artillería la mejor de su tiempo. Aquello era una máquina de guerra perfecta. Y sin embargo, esa máquina perfecta empezó a atascarse en España, no porque los ejércitos españoles fueran mejores, sino porque la guerra dejó de ser una guerra normal.
En España los franceses ganaban las batallas, pero perdían los caminos. Perdían los suministros, perdían los correos, perdían a los soldados que se quedaban rezagados, perdían la seguridad y perdían el control del territorio. Cada convoy era atacado, cada patrulla podía desaparecer, cada pueblo podía ser hostil y cada carretera podía ser una emboscada. España inventó algo que luego estudiarían todas las academias militares del mundo: la guerrilla. De hecho, la palabra “guerrilla” es española y pasó a todos los idiomas, porque lo que ocurrió aquí fue tan novedoso que hubo que ponerle nombre.
Aquello fue una guerra asimétrica de manual. Francia tenía el mejor ejército del mundo y España tenía campesinos, curas, contrabandistas, antiguos soldados, bandoleros y gente que conocía el terreno mejor que nadie. Napoleón podía ganar batallas, pero no podía ganar la guerra, porque no podía controlar el territorio, porque la guerra no tenía frente, porque el enemigo no llevaba uniforme y porque la guerra era larga, cara e interminable. Napoleón llamó a España “la úlcera” de su imperio, y no lo dijo por literatura, lo dijo por desesperación estratégica. Aquello era exactamente lo que hoy llamaríamos una guerra asimétrica: una guerra en la que el fuerte no puede convertir su superioridad militar en una victoria.
El siglo XXI: la asimetría como norma
Si miramos el siglo XXI veremos que cada vez hay menos guerras entre grandes ejércitos y cada vez más conflictos donde uno de los bandos es mucho más débil, pero lucha de otra manera. Hoy la asimetría tiene nuevas herramientas: drones baratos que destruyen vehículos carísimos, ciberataques que paralizan países, sabotajes a infraestructuras energéticas, ataques a cables submarinos de internet, misiles relativamente baratos contra barcos comerciales, guerra informativa en redes sociales, satélites comerciales, inteligencia obtenida con tecnología civil y grupos pequeños con una capacidad de daño que antes solo tenían los Estados.
Hoy ya no hace falta un gran ejército para hacer daño a una gran potencia. Hace falta tecnología, paciencia, información y elegir bien los objetivos. Porque la guerra moderna ya no consiste en destruir al ejército enemigo, consiste en hacer que su sistema deje de funcionar. El sistema económico, el sistema energético, el sistema logístico, el sistema político y el sistema social. Si un país sigue teniendo ejército pero su economía se resiente, su población se cansa y su política se divide, ese país ha perdido la guerra aunque sus tanques sigan desfilando el día de la fiesta nacional.
Estados Unidos, Israel e Irán: la guerra que no se declara
Si queremos ver un ejemplo moderno de guerra asimétrica, basta con mirar Oriente Medio, donde en realidad no estamos viendo una guerra directa entre grandes potencias, sino algo mucho más sofisticado: una guerra indirecta, larga, incómoda y diseñada para no terminar nunca del todo. Irán no puede derrotar militarmente a Estados Unidos, e Irán no puede derrotar militarmente a Israel; eso lo sabe cualquiera que mire un mapa militar durante cinco minutos. Así que Irán no lucha una guerra directa, lucha una guerra asimétrica.
¿Y cómo se hace eso? No atacando directamente al fuerte, sino atacando su entorno, su economía, su estabilidad y su sensación de seguridad. A través de terceros, de actores interpuestos, de lo que ahora se llaman proxies: Hezbolá en Líbano, Hamás en Gaza, hutíes en Yemen, milicias en Irak y Siria, ciberataques, sabotajes, ataques a barcos en el Mar Rojo, misiles indirectos y presión constante en varios frentes al mismo tiempo. Irán no intenta ganar una guerra rápida, intenta algo mucho más realista: que sus enemigos vivan en una guerra permanente. Y una guerra permanente es carísima, políticamente complicada y socialmente agotadora. Eso es la asimetría: convertir la superioridad del enemigo en su problema.
La guerra del futuro se parece más a 1808 que a 1944
Aquí está, probablemente, la idea más importante de todo esto, y también la más incómoda para quienes siguen pensando la guerra con mapas de flechas y grandes ofensivas. Las grandes potencias siguen preparándose para guerras que se parecen a la Segunda Guerra Mundial, con grandes ejércitos, grandes batallas y grandes frentes. Pero las guerras reales cada vez se parecen más a la Guerra de la Independencia española: sin frente claro, sin batallas decisivas, con enemigos difíciles de identificar, con ataques a suministros, con sabotajes, con propaganda, con guerra económica, con una duración de años y con un desgaste constante que no sale en los partes de guerra, pero que termina decidiendo quién gana y quién pierde.
Puede que el arma más importante del siglo XXI no sea el misil hipersónico, ni el portaaviones, ni el caza de quinta generación del que hablan los telediarios. Puede que el arma más poderosa sea algo mucho más barato y mucho más antiguo: la capacidad de obligar al enemigo a luchar una guerra larga, cara y sin victoria posible. Eso, exactamente eso, es la guerra asimétrica. Y en esa guerra, como ya demostró España hace más de dos siglos, el débil no necesita derrotar al fuerte. Le basta con algo mucho más sencillo y mucho más devastador: que el fuerte no pueda ganar.
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