Durante toda la historia, los campos de batalla fueron físicos. Primero la tierra, luego el mar, después el aire. Más tarde llegaron el espacio y el ciberespacio. Pero en el siglo XXI ha aparecido un nuevo dominio que los estrategas militares consideran ya el más importante de todos: el dominio cognitivo, es decir, la mente humana.

Porque al final, todo depende de lo que la gente piensa. Depende de si la población cree que su país va bien o va mal, de si confía en sus instituciones o las desprecia, de si cree a los medios o piensa que todo es mentira, de si tiene miedo, si está enfadada, si está dividida o si está cansada. Todas esas cosas no pertenecen al terreno militar clásico, pero determinan quién gana y quién pierde un conflicto.

Como señala Baqués Quesada en Una aproximación politológica al análisis del dominio cognitivo, el dominio cognitivo incluye “la información pública, las actividades de desinformación que tradicionalmente se conocían como propaganda, la acción psicológica y el adoctrinamiento, la influencia sobre la toma de decisiones de los líderes políticos y militares, o cuestiones tan complejas como la influencia de factores culturales en la actitud de una comunidad ante la guerra”. Es decir, no hablamos sólo de propaganda o de noticias falsas, hablamos de influir en cómo piensa una sociedad entera y en cómo toman decisiones sus dirigentes.

Quien controla la percepción de la realidad controla las decisiones de la sociedad, y quien controla las decisiones de la sociedad controla el país. Sin necesidad de invadirlo.

Ya no hace falta conquistar un país

En el siglo XX, para derrotar a un país había que destruir su ejército, bombardear sus fábricas, ocupar su territorio y derribar su gobierno. Era caro, lento y sangriento. En el siglo XXI puede bastar con algo mucho más sofisticado: dividir su sociedad, enfrentar a su población, desprestigiar sus instituciones, generar desconfianza, crear miedo, crear enfado, saturar el espacio informativo y conseguir que la gente ya no sepa qué es verdad y qué es mentira.

Cuando una sociedad llega a ese punto, el país empieza a bloquearse desde dentro. Las decisiones se vuelven imposibles, la política se convierte en un enfrentamiento permanente, la gente deja de confiar en todo y en todos, y el sistema empieza a funcionar cada vez peor. No hace falta invadir un país que se está autodestruyendo desde dentro. Eso es la guerra cognitiva.

Las armas de la guerra cognitiva

Las armas de esta guerra no son misiles ni tanques, sino herramientas que actúan directamente sobre la mente humana y sobre la percepción de la realidad.

Entre las principales armas de la guerra cognitiva se pueden destacar las siguientes:

  1. La desinformación, que introduce información falsa o manipulada para confundir y generar percepciones erróneas.
  2. La saturación informativa, que inunda el espacio informativo con tal cantidad de información que la gente no puede distinguir lo importante de lo irrelevante ni lo verdadero de lo falso.
  3. La polarización social, que enfrenta a la población en bloques irreconciliables y convierte la sociedad en un campo de batalla permanente.
  4. La manipulación emocional, que busca provocar miedo, indignación, odio o frustración más que convencer racionalmente.
  5. La ridiculización del adversario, que sustituye el debate por el descrédito personal.
  6. La ingeniería social, que estudia psicológicamente a la población para diseñar mensajes específicos para cada grupo.
  7. El uso de algoritmos, que decide qué ve cada persona y, por tanto, qué visión del mundo tiene.
  8. Los deepfakes y la manipulación audiovisual, capaces de crear vídeos falsos extremadamente realistas.

El objetivo no es que la población piense una cosa concreta, sino algo mucho más profundo: que ya no sepa qué pensar. Porque cuando la gente ya no sabe qué es verdad, deja de confiar, y cuando la confianza desaparece, el sistema empieza a romperse.

La batalla por la narrativa

La guerra cognitiva es, sobre todo, una guerra por la narrativa. En los conflictos modernos no gana necesariamente el que tiene razón, sino el que consigue que más gente crea que tiene razón. Esto cambia la naturaleza del poder, porque el poder ya no está sólo en los gobiernos, los ejércitos o las empresas, sino también en quien controla la información, en quien controla los algoritmos, en quien controla las redes sociales y en quien decide qué se ve y qué no se ve.

Hoy el poder consiste en gran medida en la capacidad de influir en cómo millones de personas interpretan la realidad. Consiste en decidir qué temas son importantes, qué temas desaparecen, qué hechos se magnifican, qué hechos se ocultan y qué emociones dominan la conversación pública. Eso es poder cognitivo.

El objetivo final: la voluntad de lucha

En estrategia militar existe una idea muy antigua: la guerra no se gana cuando destruyes al ejército enemigo, sino cuando destruyes su voluntad de luchar. La guerra cognitiva busca exactamente eso, pero aplicado a toda la sociedad. Busca que la gente piense que todo va mal, que no hay solución, que el sistema está podrido, que el futuro es negro y que nadie merece confianza.

Cuando una sociedad llega a ese punto entra en una especie de depresión colectiva. Y una sociedad deprimida no lucha, no se defiende, no reacciona. Se rinde sola.

La guerra cognitiva también se libra en tiempos de paz

Hay algo especialmente inquietante en todo esto, y es que la guerra cognitiva no sólo se utiliza contra países enemigos. También se utiliza en tiempos de paz y, en muchas ocasiones, dentro de las propias fronteras, entre gobiernos y ciudadanos. No significa necesariamente conspiraciones permanentes, significa algo mucho más simple y mucho más antiguo: el poder siempre ha intentado influir en lo que la población piensa.

Si uno mira la historia verá que los gobiernos siempre han intentado controlar el relato, la narrativa, la opinión pública y la moral colectiva. Antes se hacía mediante la religión, la educación, los discursos oficiales o la prensa. Hoy se hace mediante la comunicación política, los medios, las redes sociales, los datos masivos, la segmentación de mensajes y los algoritmos. La diferencia no es la intención, la diferencia es la escala y la precisión.

Hoy cualquier gobierno, gran empresa u organización con recursos suficientes puede saber qué preocupa a la población, qué le enfada, qué le asusta, qué le ilusiona y qué palabras funcionan mejor en cada grupo social. Con esa información se diseñan mensajes que no buscan tanto explicar la realidad como provocar una reacción emocional concreta. La guerra cognitiva en tiempos de paz no se presenta como guerra, se presenta como comunicación, como relato político, como marketing, como campaña institucional o como batalla cultural. Cambian los nombres, pero el mecanismo de fondo es el mismo: influir en cómo la gente percibe la realidad para influir en cómo la gente actúa.

Esto introduce un elemento muy delicado, porque la línea que separa la información de la propaganda, la comunicación de la manipulación y la persuasión de la ingeniería social es muy fina y muchas veces invisible. La guerra cognitiva exterior busca debilitar a un país manipulando a su población, pero la guerra cognitiva interior busca fortalecer a un gobierno influyendo en su propia población. La política siempre ha tenido mucho de batalla por el relato, pero en el siglo XXI esa batalla se libra en los móviles, en los algoritmos, en las redes sociales y en las plataformas digitales, y nunca en la historia había sido posible influir en la percepción de la realidad de millones de personas de una forma tan rápida y tan constante.

La inteligencia artificial y la nueva dimensión de la guerra

La inteligencia artificial ha cambiado completamente las reglas del juego. Permite analizar millones de datos sobre la población, identificar perfiles psicológicos, saber qué mensajes funcionan mejor en cada grupo social, crear mensajes personalizados, generar vídeos falsos, simular opiniones mayoritarias mediante bots y automatizar campañas de influencia a gran escala. La guerra cognitiva ya no se hace de forma artesanal, se hace de forma industrial y a escala global.

Muchas veces la población no es consciente de que está siendo influida, porque los mensajes no se perciben como propaganda, sino como información, entretenimiento o debate social. Y ahí reside gran parte de su eficacia.

Conclusión

En definitiva la guerra cognitiva es probablemente la forma de guerra más sofisticada que ha existido nunca, porque no busca destruir ciudades, sino destruir la confianza, la verdad compartida, la convivencia y la capacidad de una sociedad para pensar con claridad. Y una sociedad que no piensa con claridad es una sociedad que puede ser dirigida sin darse cuenta.

Quizá por eso la gran batalla del siglo XXI no se libra sólo en los campos de batalla tradicionales. Se libra en la información que consumimos, en las noticias que leemos, en los vídeos que vemos y en la forma en que interpretamos el mundo. Porque la guerra moderna ya no consiste sólo en conquistar territorios. Consiste en conquistar mentes.


Descarga un resumen del artículo en formato PDF

Resume el artículo con tu IA favorita

Artículo anteriorLa guerra asimétrica: cuando el débil decide cómo se lucha
Artículo siguienteArtemisa II: la noche en la que volvimos a mirar a la Luna
Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí