No hablamos de libros ni de estatuas, hablamos de ciudades habitadas, de gente que respira, que trabaja, que honra a sus muertos y celebra a sus hijos bajo el mismo cielo que ya miraban sus antepasados hace más de tres mil años, hablamos del pueblo persa, de una civilización que ha sobrevivido a imperios, invasiones, traiciones y siglos de historia como quien atraviesa un desierto interminable sin perder del todo el rumbo, y ahora, de repente, alguien decide que todo eso puede resolverse por la vía rápida, por la vía militar, porque cuando el poder se vuelve impaciente deja de discutir con la historia y pasa a intentar silenciarla a golpe de acero, ya no se trata de moldear el relato sino de eliminar al sujeto del relato, no hay matices ni reinterpretaciones ni debate, hay objetivos, coordenadas y decisiones tomadas en salas donde la vida humana cabe en una cifra.
Uno se asoma a esto y siente algo más que inquietud, siente vértigo, porque lo que se plantea no es una guerra más de esas que llenan titulares durante unos días y luego se disuelven en la niebla de la costumbre, lo que se insinúa es algo mucho más profundo, más oscuro, más definitivo, la tentación de borrar del mapa a un pueblo que, con todas sus contradicciones y sus luces y sus sombras, forma parte del esqueleto mismo de nuestra civilización, porque Persia no es un nombre exótico en un libro de historia, es Imperio persa, es Ciro el Grande, es Darío I, es la ruta de las ideas, de las religiones, de los intercambios que conectaron mundos cuando Europa aún aprendía a caminar, es, en buena medida, una de las raíces de lo que hoy somos, nos guste o no reconocerlo.
Y sin embargo ahí estamos otra vez, con un tipo convencido de que la fuerza basta, y esta vez la amenaza no llega envuelta en el polvo de los viejos imperios sino pronunciada desde despachos con moqueta gruesa y banderas bien planchadas, desde la voz del actual inquilino de la Casa Blanca, que desliza, con esa ligereza que da el poder, la posibilidad de resolver lo complejo a base de fuerza bruta, como si la historia fuera un tablero y los pueblos piezas sacrificables, como si tres mil años pudieran ponerse en pausa con una orden ejecutiva o reducirse a cenizas con la precisión de un ataque devastador.
Porque conviene recordarlo, Persia lleva más de tres mil años escribiendo su historia, resistiendo, adaptándose, cayendo y levantándose una y otra vez, mientras que Norteamérica, por poderosa que hoy se crea, no deja de ser un apunte al margen en el gran libro de la humanidad, un capítulo reciente que todavía no ha pasado la prueba del tiempo y que, sin embargo, actúa como si pudiera dictar el final de relatos que comenzaron cuando ni siquiera existía como idea.
Y ahí reside la soberbia, la vieja, la de siempre, la que ha precedido a tantas caídas, creer que la fuerza basta, que se puede reducir a escombros no solo una geografía sino una continuidad histórica, que eliminando lo que hoy existe se corta el hilo que une pasado y presente, es una idea antigua envuelta en tecnología moderna, en precisión para aplicar muerte y en discursos que hablan de seguridad, de estabilidad o de inevitabilidad, siempre hay palabras bonitas para justificar lo injustificable, pero la realidad es mucho más simple y mucho más brutal, se trata de destruir, de golpear infraestructuras, ciudades, centros de vida, de quebrar la capacidad de un pueblo para seguir siendo lo que es.
Y aquí es donde uno, inevitablemente, recuerda que otros lo intentaron antes, que hubo quienes creyeron que podían someter o borrar a los persas por la fuerza y acabaron aprendiendo, tarde y mal, que hay identidades que no se rinden con facilidad, porque el pueblo persa no es solo un territorio, es una forma de estar en el mundo, y eso no se elimina con operaciones militares, se puede hacer daño y mucho, se pueden destruir ciudades, romper vidas, sembrar generaciones de dolor, pero confundir eso con la desaparición de una civilización es, en el mejor de los casos, ingenuidad y en el peor arrogancia suicida.
Uno se asoma hoy a este escenario y ya no sabe si lo que le invade es el estupor o la certeza de estar viendo una película repetida, cambian los actores, cambian los discursos, cambian las banderas, pero el fondo es el mismo, la vieja tentación de creer que la fuerza puede resolver lo que la historia ha tejido durante milenios, y siempre acaba igual, mal, porque la historia tiene la mala costumbre de resistir, de replegarse, de mutar, de esconderse si hace falta, pero nunca de desaparecer del todo.
Así que no, no se trata de memoria, se trata de algo mucho más serio, se trata de la pretensión de acabar por las armas con lo que queda hoy de una civilización milenaria, y eso, más que una estrategia, es una declaración de soberbia que la historia, tarde o temprano, se encarga de poner en su sitio, el problema es que cuando eso ocurre el precio ya lo han pagado otros, los de siempre, los que no salen en los mapas que estudian los poderosos, los que no deciden, pero sí sufren.
Y mientras tanto, nosotros miramos. Quizá demasiado. Porque, al final, lo que queda flotando en el aire no es solo la amenaza, sino la sensación incómoda de que hemos vuelto a un punto que creíamos superado, a ese lugar en el que la fuerza se impone al sentido común y la soberbia sustituye a la prudencia.
Vivimos tiempos oscuros.


















