Hay una frase que en los últimos años se ha repetido hasta la náusea en congresos, consultorías y presentaciones con más flechas que contenido: los datos son el nuevo petróleo. La comparación, además de manoseada, tiene una parte de verdad y otra de peligrosa tontería. Porque el dato, en efecto, es uno de los activos más valiosos de cualquier organización moderna. Pero no basta con acumularlo como quien apila barriles en un almacén y se felicita por la cantidad. Un dato mal gestionado vale poco. Un dato erróneo vale menos. Y un dato inconsistente, duplicado o imposible de rastrear puede terminar costando mucho más de lo que aparenta.

La verdadera diferencia entre una organización madura y otra que navega por la vida administrativa a golpe de intuición no está en cuántos datos posee, sino en cómo los gobierna.

Porque gobernar el dato no consiste en guardar Exceles con nombres como “definitivo_final_bueno_ahora_sí.xlsx”. Consiste en asegurar que la información con la que trabaja una organización es fiable, coherente, útil y trazable. Es decir, que sirve para tomar decisiones sin jugar a la ruleta rusa con la realidad.

Todo dato debe tener dueño

Uno de los males endémicos de muchas organizaciones es que nadie sabe realmente quién responde de cada información. Todo el mundo usa los datos, todo el mundo los modifica, todo el mundo opina sobre ellos… pero cuando aparece un error nadie sabe quién debía mantenerlos, validarlos o revisarlos.

Primer principio básico del gobierno del dato: todo conjunto de información relevante debe tener un responsable funcional. Un propietario del dato. Alguien que responda de su definición, su mantenimiento, su actualización y su calidad. Porque cuando un dato no tiene dueño, suele acabar abandonado a su suerte como esas tierras comunales que, en teoría, son de todos y en la práctica no cuida nadie.

La calidad del dato: basura entra, basura sale

Hay organizaciones que pretenden tomar decisiones estratégicas con datos que harían llorar a un becario de primero de estadística. Registros duplicados. Campos incompletos. Fechas absurdas. Teléfonos con siete formatos distintos. Bases de datos donde una misma entidad aparece escrita de tres maneras diferentes. Sistemas que contienen información contradictoria sobre la misma persona o proceso.

Y luego llega la dirección, mira el cuadro de mando y exige explicaciones sobre por qué los indicadores no cuadran.

La respuesta suele ser sencilla: porque si alimentas tus procesos con basura, obtendrás basura. Más rápida, más bonita, mejor presentada quizá… pero basura al fin y al cabo. Mantener el dato exacto, completo, actualizado y libre de inconsistencias no es un capricho técnico. Es una necesidad operativa elemental.

Integridad y consistencia: una sola versión de la verdad

Uno de los síntomas clásicos de desorden organizativo es cuando distintos departamentos manejan cifras diferentes sobre una misma realidad y cada uno jura que la suya es la correcta.

El área financiera dice una cosa. Administración otra. Operaciones una tercera. El CRM muestra una cifra. El ERP otra. El Excel del departamento, guardado en el escritorio de MariPuri desde 2022, una completamente distinta.

Cuando una organización convive con múltiples versiones de la verdad, la verdad deja de existir.

El gobierno del dato exige garantizar coherencia entre sistemas, procesos y repositorios. Que el mismo dato signifique lo mismo en todas partes. Que una actualización en un sistema no convierta en obsoletos otros tres. Que no existan universos paralelos informativos dentro de la misma casa.

Trazabilidad: saber quién tocó qué y cuándo

Toda organización debería poder responder con cierta rapidez a preguntas básicas sobre su información crítica. ¿Quién modificó este registro? ¿Cuándo se cambió este dato? ¿Por qué se hizo? ¿Con base en qué solicitud o procedimiento?

Si la respuesta habitual a estas preguntas es un encogimiento de hombros acompañado de un “ni idea”, el problema no es técnico: es de gobernanza.

Los cambios relevantes sobre datos críticos deben quedar registrados y ser auditables. No por paranoia burocrática, sino porque la trazabilidad permite depurar errores, investigar incidencias, acreditar cumplimiento normativo y, en general, operar con un mínimo de profesionalidad.

Gestionar el ciclo de vida del dato

Otro clásico de nuestro tiempo es la acumulación patológica de información. Organizaciones que almacenan todo indefinidamente “por si acaso”. Bases de datos con registros obsoletos desde hace una década. Carpetas compartidas que contienen más arqueología documental que utilidad real. Sistemas donde conviven datos vivos con cadáveres administrativos que nadie se atreve a borrar.

Gobernar el dato implica entender que la información también tiene ciclo de vida. Nace, se usa, se conserva mientras aporta valor o existe obligación legal, se archiva cuando corresponde y finalmente se elimina.

Guardar eternamente todo no es prudencia. Es desorden con pretensiones de cautela.

Datos maestros: cuando todos dependen del mismo dato

Hay ciertos datos estructurales que múltiples procesos utilizan como referencia: clientes, proveedores, productos, delegaciones, empleados, cuentas contables, catálogos de servicios… Cuando esos datos maestros no están gobernados adecuadamente, el caos se propaga como una epidemia.

Un cambio mal realizado en un dato maestro puede contaminar múltiples procesos, informes, integraciones y decisiones. Por eso, allí donde existan datos compartidos entre áreas o sistemas, deben establecerse criterios claros de mantenimiento centralizado, control de versiones y sincronización.

Validaciones y controles automáticos: no confiar ciegamente en el factor humano

El romanticismo administrativo de confiar en que “la gente tenga cuidado al introducir datos” ha producido más desastres de los que sería elegante recordar.

Los sistemas y procesos deben incorporar validaciones y controles que prevengan errores antes de que entren en el circuito: formatos obligatorios, restricciones de campo, reglas de negocio, controles de duplicidad, alertas de incoherencia y revisiones automáticas.

Porque el error humano existe, persistirá y no desaparecerá por mucho que se redacten procedimientos.

Uso legítimo y finalista del dato

No todo dato que una organización posee puede utilizarse para cualquier propósito que se le ocurra a alguien una tarde de entusiasmo creativo. Los datos deben emplearse conforme a la finalidad para la que fueron obtenidos o generados y dentro de los límites legales, organizativos y éticos aplicables. Parece obvio. No siempre se aplica como tal.

En la era de la analítica masiva y la inteligencia artificial conviene recordar que disponer de datos no equivale a tener carta blanca para explotarlos sin límite.

Supervisión y mejora continua: porque el dato se degrada

Un dato bien gobernado hoy puede convertirse en basura dentro de seis meses si nadie lo supervisa. El gobierno del dato no es un proyecto puntual que se implanta y se olvida. Es una disciplina continua. Exige revisión periódica, depuración, controles recurrentes, mejora de procesos y evolución constante de herramientas. Porque los datos, como los jardines o las infraestructuras, tienden a degradarse cuando se abandonan.

La inteligencia artificial vuelve a entrar en escena

Y aquí reaparece inevitablemente la inteligencia artificial, porque en esta nueva fiebre tecnológica muchas organizaciones sueñan con automatizar procesos, desplegar asistentes inteligentes o alimentar algoritmos predictivos sin haber resuelto antes el problema elemental de la calidad de sus datos. Mal asunto.

La inteligencia artificial no corrige datos deficientes. No repara incoherencias estructurales. No arregla bases de datos podridas por años de abandono administrativo. Lo único que hace es consumir lo que recibe y amplificar sus defectos con admirable eficiencia matemática. Dicho de otro modo: una IA alimentada con datos malos no produce inteligencia artificial; produce estupidez automatizada a escala industrial.

Quien quiera extraer valor real de la inteligencia artificial haría bien en empezar por gobernar adecuadamente sus datos. Porque antes de automatizar nada conviene asegurarse de que la materia prima no es un lodazal.

Conclusión: sin gobierno del dato no hay organización inteligente

Muchas organizaciones hablan de transformación digital cuando en realidad apenas han informatizado su desorden. Creen que por tener varios sistemas, cuadros de mando coloridos y algún proyecto de inteligencia artificial están operando como entidades modernas, cuando en el fondo siguen gestionando información de forma caótica, fragmentada y reactiva.

La verdad es mucho más prosaica: una organización no será digitalmente madura mientras no gobierne adecuadamente sus datos. Porque el gobierno del dato no es una sofisticación reservada a grandes corporaciones. Es la disciplina básica que permite saber qué información tiene una organización, si puede confiar en ella, quién responde de ella, cómo evoluciona y para qué puede utilizarse.

Y sin eso, cualquier decisión, automatización o estrategia basada en datos no será más que una apuesta decorada con tecnología.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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