Confieso que hay ideas que uno no lee, sino que se le quedan pegadas como una astilla bajo la uña, molestando lo justo para recordarte que algo no encaja del todo en el mundo tal como te lo habían contado, y la de Hannah Arendt es una de esas ideas, incómoda, persistente y, sobre todo, peligrosa para quien prefiere vivir en el cómodo relato de que el mal siempre es cosa de otros, porque nos han educado, y nos hemos dejado educar, en la idea de que el mal es algo reconocible a simple vista, algo que se distingue sin esfuerzo, un villano de manual con mirada torcida, sonrisa torcida y un catálogo de intenciones perversas que no deja lugar a dudas, pero el problema es que la realidad no suele molestarse en cumplir nuestras expectativas narrativas y cuando uno rasca un poco, cuando deja de consumir el mundo como si fuera una serie de sobremesa, descubre que las cosas son bastante más turbias.

Arendt lo entendió de golpe o quizá poco a poco durante aquel juicio que el mundo siguió con una mezcla de morbo y necesidad de redención colectiva, el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén, donde estaba uno de los responsables logísticos del engranaje que convirtió el exterminio en una cuestión de eficiencia administrativa y donde, se suponía, iba a aparecer uno de los grandes monstruos del siglo XX, sin embargo lo que apareció ante sus ojos, y ante los de quien quisiera mirar sin prejuicios, fue otra cosa muy distinta, no un demonio ni un fanático desbordado, sino un hombre gris, un funcionario de los que podrían haber pasado desapercibidos en cualquier oficina, con su traje correcto, su lenguaje lleno de fórmulas hechas y esa irritante tendencia a refugiarse en el yo solo cumplía órdenes como quien se parapeta tras un reglamento de uso interno, Eichmann no parecía un ideólogo consumido por el odio ni alguien que hubiera dedicado su vida a odiar al prójimo con la intensidad que uno espera de quien participa en algo monstruoso, más bien parecía alguien que había dejado de pensar y ahí, en ese detalle aparentemente menor, se abre un abismo.

Porque lo que Arendt formuló después, con una lucidez que todavía hoy escuece, fue la idea de la banalidad del mal, una expresión que levantó ampollas, que fue malinterpretada hasta la saciedad y que todavía hoy se utiliza a la ligera sin entender del todo su alcance, ya que no estaba diciendo que el mal fuera algo trivial ni que los crímenes fueran menos graves por ser cometidos por tipos mediocres, lo que estaba diciendo era mucho más inquietante, que el mal puede surgir sin profundidad, sin grandeza, sin esa épica oscura que tanto nos tranquiliza porque nos permite mantenerlo a distancia, que puede ser superficial, rutinario y, en el peor de los sentidos, normal, y eso es precisamente lo que debería quitarnos el sueño.

El mal no siempre grita, a veces se limita a cumplir órdenes

Porque si el mal necesitara monstruos estaríamos a salvo la mayor parte del tiempo, pero si el mal puede ejecutarse desde la mediocridad, desde la obediencia ciega, desde la incapacidad de cuestionar lo que uno hace, entonces el problema cambia de escala y deja de ser cosa de unos pocos para convertirse en una posibilidad mucho más extendida, y por tanto mucho más peligrosa, porque hay algo profundamente perturbador en la idea de que uno puede participar en algo terrible sin sentirse terrible, que puede formar parte de un engranaje destructivo sin necesidad de odiar ni siquiera de comprender del todo lo que está haciendo, basta con no pensar, basta con dejarse llevar, basta con aceptar que las decisiones vienen de arriba, que uno es una pieza más y que la responsabilidad siempre es de otro.

Y si uno mira a su alrededor, sin necesidad de forzar demasiado la vista, empieza a reconocer patrones incómodos, el funcionario que firma sin leer porque siempre se ha hecho así, el político que justifica lo injustificable porque no es el momento de abrir ese debate, el directivo que mira hacia otro lado porque los números son los que son, el ciudadano que calla porque no merece la pena meterse en líos, y aunque no estamos hablando de horrores comparables ni conviene banalizar lo incomparable, el mecanismo moral que permite que alguien deje de cuestionar lo que hace es inquietantemente similar, esa renuncia silenciosa a pensar por cuenta propia, ese abandono del juicio personal en favor de la comodidad, es el terreno fértil donde crecen decisiones que con el tiempo nos obligan a preguntarnos en qué momento dejamos de ver lo evidente.

Arendt defendía que pensar no es un lujo intelectual reservado a filósofos y ociosos, sino un acto moral en sí mismo, un diálogo incómodo que uno mantiene consigo mismo cuando se pregunta si puede vivir con lo que hace, esa pequeña voz que, cuando no la acallamos a base de excusas, nos obliga a detenernos un segundo antes de firmar, de callar o de asentir, pero el problema es que pensar cansa, pensar incomoda y pensar te pone en conflicto contigo mismo y con los demás, y en un mundo que premia la rapidez, la obediencia y la eficacia por encima de casi todo lo demás, detenerse a pensar puede parecer un lujo prescindible o incluso una molestia, así que dejamos de hacerlo y ahí empieza el problema.

El verdadero peligro es dejar de pensar

Porque cuando uno deja de pensar se vuelve extraordinariamente útil para cualquier sistema, para el bueno y para el malo, para el que construye y para el que destruye, la ausencia de pensamiento no discrimina, solo facilita, solo allana el camino, solo convierte al individuo en una herramienta eficaz, limpia, perfectamente engrasada y peligrosamente vacía, y lo inquietante de todo esto es que no requiere grandes decisiones ni gestos heroicos o dramáticos, basta con pequeñas renuncias, con pequeños silencios, con pequeños gestos que tomados de uno en uno parecen insignificantes pero que acumulados construyen algo mucho más grande.

Es el no es asunto mío, el alguien se encargará, el yo solo hago mi trabajo, y así, poco a poco, el mal deja de ser una excepción para convertirse en una posibilidad latente, siempre al acecho, esperando a que le dejemos espacio, y quizá por eso la tesis de Arendt sigue siendo incómoda, porque nos priva de la coartada más reconfortante que tenemos, la de creer que nosotros, llegado el momento, actuaríamos de forma distinta, que nosotros veríamos lo que otros no vieron y que no caeríamos en ese juego, pero la historia es bastante menos optimista y no hace falta irse muy lejos ni muy atrás para comprobarlo.

Vivimos rodeados de sistemas complejos, de estructuras donde la responsabilidad se diluye, donde las decisiones se fragmentan y donde cada cual se limita a cumplir con su parte, lo cual es eficiente y cómodo, pero tiene un precio, porque cuanto más fragmentada está la responsabilidad más fácil es que nadie se sienta realmente responsable de nada, y ahí, de nuevo, el terreno es fértil, no se trata de caer en el derrotismo ni de ver maldad en cada esquina, sino de asumir una incomodidad necesaria, la de entender que el mal no siempre se presenta de forma espectacular, que a veces llega disfrazado de normalidad, que puede esconderse en la rutina, en la obediencia, en la falta de reflexión y que puede incluso llevar nuestra propia firma.

Y quizá, solo quizá, la única defensa real que tenemos frente a eso no sea un sistema más sofisticado, ni una normativa más extensa, ni un código ético colgado en la pared de la oficina, sino algo mucho más frágil y al mismo tiempo mucho más exigente, pensar, pensar de verdad, pensar aunque incomode, pensar aunque nos obligue a enfrentarnos a nosotros mismos, porque mientras el mal grita se le oye venir, pero cuando el mal se vuelve banal, cuando se instala en la rutina y en la falta de pensamiento, entonces deja de ser una amenaza externa y se convierte en algo mucho más cercano, mucho más cotidiano, mucho más nuestro.

Y quizá el problema no sea que existan monstruos, quizá el problema es que no los necesitamos.


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