Confieso que cada 23 de abril me despierto con una especie de nostalgia combativa, como si en algún rincón de la memoria aún resonara el eco de imprentas antiguas, de tipos móviles y de hombres que sabían que estaban haciendo algo más que imprimir páginas, estaban construyendo civilización. Y en mi caso, además, esa memoria no es solo una evocación romántica, sino algo mucho más tangible, casi físico, porque mi padre fue impresor y yo, en mi juventud aún desordenada y curiosa, tuve el privilegio de acompañarle al taller, de respirar aquel aire espeso de tinta y metal, de ver cómo se daban forma a las planchas que luego entrarían en las máquinas para parir páginas, de aprender a cortar con precisión casi quirúrgica en la guillotina y de embalar aquellos pliegos que después viajarían hacia la encuadernación, sin olvidar otras labores de menos brillo pero no menos necesarias que uno asumía con la torpeza propia de quien empieza y con el hambre de aprender del que aún no sabe que está siendo testigo de algo importante.

Allí entendí, aunque entonces no supiera ponerle nombre, que un libro no nace de la nada. Que detrás de cada página hay manos, oficio, paciencia y una cadena invisible de esfuerzos que empieza mucho antes de que el lector abra la cubierta. Y quizá por eso, hoy, cuando miro la imagen que acompaña estas líneas, esa secuencia de escenas casi inocentes, con niños que leen bajo árboles, en sofás, en mundos que brotan de las páginas, siento que hay algo profundamente verdadero en ella, algo que conecta directamente con aquellos días de taller. Porque esos chavales que sostienen libros entre las manos no están simplemente pasando el rato, están culminando un proceso que empieza en lugares como aquel, en imprentas donde el papel aún tenía peso y la tinta dejaba huella en los dedos.

Y sin embargo, vivimos rodeados de pantallas que nos prometen todo y no nos dan nada. Mensajes breves, vídeos de quince segundos, titulares que se olvidan antes de terminar de leerse. Todo inmediato, todo fugaz. Como si la vida se hubiera convertido en una sucesión de destellos sin profundidad. Y en medio de ese vendaval, el libro, ese objeto antiguo, silencioso, aparentemente lento, sigue ahí, esperando. Sin prisa. Sin gritar. Como un viejo soldado que conoce el terreno y sabe que, tarde o temprano, el ruido se disipa y lo que queda es lo esencial.

Leer un libro hoy es casi un acto subversivo.

Porque exige algo que hemos ido perdiendo sin darnos cuenta, atención, paciencia, capacidad de demorarse en una idea, de seguir un argumento, de convivir con la complejidad. Un libro no te seduce con luces ni con sonidos. No te persigue. No compite por tu atención. Te la pide. Y ahí está la clave. Porque lo que uno entrega al libro, tiempo, silencio, concentración, vuelve después transformado en algo más valioso, criterio, memoria, profundidad.

En esa misma imagen hay una viñeta que lo resume con una claridad que ya quisieran muchos discursos, leer textos largos es un superpoder. Y no exagera. En un mundo que premia lo inmediato, quien es capaz de sostener la mirada sobre una página durante horas posee una ventaja decisiva. No solo comprende mejor. Piensa mejor. Y eso, en los tiempos que corren, es casi un lujo.

A los más jóvenes, a esos que todavía no han descubierto lo que hay al otro lado de un buen libro, habría que decirles que no se conformen con migajas. Que no se queden en la superficie brillante de las redes sociales, donde todo parece interesante pero nada permanece. Que se atrevan a cruzar esa puerta que ven en la imagen, esa que se abre página a página, sin prisa, sin urgencias. Porque al otro lado no hay solo historias. Hay herramientas. Hay preguntas. Hay una forma de estar en el mundo que no depende del algoritmo de turno.

Leer es viajar, dicen. Y es cierto. Pero es algo más. Leer es detenerse. Es escuchar. Es dialogar con alguien que quizá murió hace siglos y, sin embargo, sigue teniendo algo que decirnos. Es aceptar que no lo sabemos todo y que hay otros caminos, otras perspectivas. Leer es, en definitiva, una forma de humildad. Y también de rebeldía.

Porque en un entorno que nos quiere distraídos, fragmentados, incapaces de sostener una idea durante más de unos segundos, sentarse con un libro es un gesto incómodo. Es apartarse del flujo. Es decir no a lo inmediato para decir sí a lo importante. Y eso, aunque no lo parezca, tiene consecuencias.

Los libros transforman. No de manera espectacular ni inmediata, como nos han acostumbrado otras narrativas más rápidas. Lo hacen despacio. Como la lluvia que cala sin hacer ruido. Uno termina una novela, un ensayo, un clásico, y algo ha cambiado. A veces no sabemos exactamente qué. Pero está ahí. Una idea nueva. Una duda que antes no existía. Una mirada distinta.

En otra de las escenas de esa ilustración se dice que cada historia deja una huella que nos acompaña para siempre. Y uno no puede estar más de acuerdo. Porque, si lo piensa bien, la memoria de cualquiera está hecha también de libros. De personajes que nos acompañaron en momentos concretos, de frases que subrayamos, de páginas que volvimos a leer porque había algo en ellas que no queríamos perder.

Por eso regalar un libro nunca es un gesto trivial. Es ofrecer una posibilidad. Sembrar una inquietud. Abrir una puerta que el otro quizá no sabía que existía. Y en tiempos donde todo se consume y se desecha con la misma rapidez, ese gesto tiene un valor especial.

Hoy, 23 de abril, no hace falta hacer grandes alardes. Basta con algo más sencillo y, a la vez, más difícil, elegir un libro. Uno solo. Sentarse. Apagar el ruido. Y leer. Sin mirar el móvil cada dos minutos. Sin la ansiedad de aprovechar el tiempo en otra cosa. Leer por el placer de leer. Por la necesidad de entender. Por el simple hecho de estar ahí, en ese espacio íntimo donde el mundo se detiene un instante. Porque, al final, de eso va todo esto.

No de acumular lecturas como quien colecciona cromos. No de presumir de títulos ni de cifras. Sino de dejar que los libros hagan su trabajo. Que nos incomoden, que nos acompañen, que nos cambien. Que nos obliguen a pensar cuando lo fácil sería no hacerlo. Y si alguien, quizá uno de esos chavales que aún no han cruzado del todo esa puerta, se pregunta por qué debería leer, la respuesta es sencilla, porque al otro lado está todo. Lo que fuimos. Lo que somos. Lo que podríamos llegar a ser.

Hoy es el Día del Libro. Pero, en realidad, cada día debería serlo. Así que cierre la pantalla, aunque solo sea por un rato, abra un libro y dé ese paso. Sin prisa. Sin miedo. Porque hay viajes que no se hacen con los pies, sino con la cabeza. Y esos, amigo mío, son los que de verdad importan.

Y mientras el mundo sigue corriendo ahí fuera, ajeno y ruidoso, nosotros, usted y yo, con un libro entre las manos, nos permitimos el lujo de detener el tiempo y celebrar, como se merece, el Día del Libro.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

2 COMENTARIOS

  1. Gracias, compi, por plasmar la importancia de la lectura en papel. Al igual que tú, recuerdo cuando era joven y mi padre me mandaba al kiosko a cambiar novelas del oeste o de Corín Tellado. Leíamos una cada semana; el préstamo costaba 5 pesetas para asegurar la devolución del ejemplar en buenas condiciones. No íbamos a bibliotecas, pero teníamos la lectura en la calle.
    ​Cuando echas la vista atrás, solo puedes admirar con amor lo que aquellos hijos de la posguerra —que no pudieron ir al colegio— hacían por aprender. Tenían una fuerza de voluntad suprema después de trabajar todo el día en el campo. También recuerdo mis veranos en el pueblo: días eternos donde, para los que no nos gustaba la siesta, era tiempo de reflexión, de leer y de viajar con la mente.
    ​Hoy me uno a ti y cogeré un libro, porque quiero seguir viviendo la maravillosa experiencia que te da abrir uno. Los sentidos se llenan con su olor y su textura, su música con las palabras, la visión con la mente y el gusto de estar relajada en un cómodo sofá. ¡Feliz Día del Libro!

    • Yolanda, has puesto palabras de las que dejan poso a una memoria que muchos llevamos cosida por dentro. También yo crecí en ese ir y venir de papel usado, cambiando cómics, revistas y tebeos con el lomo vencido pero el alma intacta, mientras mi padre se dejaba caer por el El Rastro y volvía con aquellas novelillas del oeste, gastadas de tantas manos pero aún con pólvora en las páginas. Eran libros vividos, no recién nacidos, y quizá por eso enseñaban más. Lo que cuentas de aquellos hijos de la posguerra es admirable, sin apenas escuela pero con una voluntad que hoy nos parecería de otro planeta, leyendo como quien se aferra a una tabla en mitad del mar, con hambre de mundo y una dignidad callada.

      Y qué decir de esos veranos, de la luz lenta, del silencio de la siesta y de uno mismo viajando sin moverse, descubriendo que el mundo cabía en unas páginas. Hoy todo es más rápido y más fácil, pero a veces menos intenso, por eso gestos como el tuyo, coger un libro y dejar que te hable, son casi un acto de resistencia. Gracias por compartir ese recuerdo y por seguir defendiendo el placer de leer. Feliz Día del Libro 📚

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