Vi la publicación de Palantir en X del 18 de abril y me quedé un rato mirándola, como quien mira una navaja abierta sobre la mesa. No por sorpresa, que a estas alturas uno ya ha visto demasiadas cosas como para fingir inocencia tecnológica. Me interesó por lo que implica. Por lo que dice sin decir. Por lo que confirma. Por esa mezcla de manifiesto civilizatorio, catecismo militar y folleto corporativo de lujo en la que una empresa privada, nacida en el corazón del ecosistema tecnológico estadounidense, se permite explicar al mundo cómo debe organizarse Occidente para sobrevivir.
Y ahí, naturalmente, conviene detenerse. Porque Palantir no es una aplicación para pedir comida, ni una red social para colgar fotos con filtro, ni una empresa simpática de esas que dicen querer “conectar a las personas” mientras se quedan con sus datos, su tiempo y, si uno se descuida, hasta con la respiración. Palantir es otra cosa. Es una compañía de software especializada en integrar, cruzar, ordenar y explotar enormes volúmenes de datos para convertirlos en información útil para gobiernos, ejércitos, agencias de inteligencia, cuerpos policiales y grandes corporaciones. Es decir, trabaja precisamente donde el dato deja de ser una estadística amable y se convierte en poder.
La empresa fue fundada en 2003 y, según su propio informe anual, comenzó construyendo software para la comunidad de inteligencia de Estados Unidos, especialmente vinculado a investigaciones y operaciones antiterroristas, antes de extender su actividad al mundo empresarial. También reconoce cuatro grandes plataformas principales: Gotham, Foundry, Apollo y AIP, su plataforma de inteligencia artificial. No hablamos, por tanto, de una compañía que haya llegado de rebote al negocio de la defensa, como quien empieza vendiendo enciclopedias y acaba reparando submarinos. Palantir nació en ese territorio gris donde se cruzan la seguridad nacional, la inteligencia, el análisis de datos y la política exterior estadounidense.
El nombre, además, no es inocente. Palantir remite a las piedras videntes de Tolkien, esos artefactos capaces de mostrar acontecimientos lejanos, aunque también de engañar o condicionar a quien miraba a través de ellos. La metáfora es demasiado buena para dejarla pasar. Porque esa es, en buena medida, la promesa de la compañía: ver lo que otros no ven. Conectar puntos dispersos. Detectar patrones. Descubrir relaciones ocultas. Convertir el caos en mapa. Y quien tiene el mapa, ya se sabe, no siempre gana la batalla, pero suele decidir dónde empieza.
Palantir Gotham se asocia sobre todo al ámbito de defensa e inteligencia. Foundry se orienta más al uso empresarial y administrativo. Apollo sirve para desplegar y mantener software en entornos complejos. AIP, la Artificial Intelligence Platform, añade la capa de inteligencia artificial al conjunto, incorporando modelos y agentes en flujos operativos con controles de seguridad, revisión humana y trazabilidad. La propia compañía presenta sus plataformas como sistemas capaces de transformar datos complejos en inteligencia accionable. Y ahí empieza la parte seria del asunto. Porque una cosa es vender herramientas y otra muy distinta es convertirse en el sistema nervioso de instituciones públicas, ministerios de defensa, servicios sanitarios, agencias de seguridad o grandes empresas estratégicas.
Palantir no vende solo software. Vende capacidad de decisión. Vende velocidad. Vende una promesa tentadora para cualquier poder político o militar: deme usted sus datos, sus sistemas, sus expedientes, sus mapas, sus sensores, sus registros, sus sospechas y sus urgencias, y yo le devolveré una imagen ordenada del campo de batalla, de la ciudad, del hospital, de la frontera, del mercado o del enemigo. Y esa promesa, en un mundo saturado de información, es poderosísima. Porque el problema contemporáneo ya no es solo no tener datos. El problema es tener demasiados, tenerlos dispersos, tenerlos sucios, tenerlos inconexos y no saber qué demonios hacer con ellos cuando la decisión debe tomarse en minutos.
Ese es el terreno natural de Palantir. No el de la inocencia digital, sino el de la urgencia operativa. No el de la charla TED con luces azules, sino el del centro de mando, el expediente sensible y el comité de crisis. Por eso su relación con gobiernos y defensa no es un accidente, sino su ADN. En febrero de 2026, por ejemplo, el Parlamento británico debatió los contratos del Ministerio de Defensa con Palantir, y el ministro Luke Pollard la definió como proveedor estratégico del Ministerio, dedicado a plataformas seguras de integración de datos, analítica e inteligencia artificial para apoyar la planificación operativa y la toma de decisiones. Esa frase, despojada de su envoltorio administrativo, significa algo muy sencillo: Palantir está dentro de las tripas del Estado contemporáneo allí donde el Estado decide, calcula, anticipa y, si llega el caso, golpea.
Y no conviene mirar a Palantir como si fuera una sombra lejana proyectada desde Washington, una de esas criaturas tecnológicas que uno imagina encerradas en un edificio sin ventanas al otro lado del Atlántico, entre banderas, pantallas y generales con cara de no haber sonreído desde la guerra de Corea. Palantir también está aquí. En España. Con nombre, filial y contrato público. En 2022 se anunció la apertura de su primera oficina en España dentro de su estrategia de expansión europea, y entonces ya se recordaba que su filial española existía desde años antes y que su actividad estaba vinculada a la venta, marketing o distribución de aplicaciones informáticas para integración, visualización y análisis de datos.
Palantir ya no vende solo software: vende poder, decisión y control
Lo relevante, sin embargo, no es solo que tenga oficina o presencia mercantil. Lo relevante es dónde entra. En 2023, el Ministerio de Defensa adjudicó a Palantir Technologies Spain un contrato de unos 16,5 millones de euros vinculado a inteligencia militar y a la plataforma Gotham. No hablamos de poner ordenadores en una ventanilla ni de renovar una página web ministerial con formularios que se cuelgan a media mañana. Hablamos de Defensa. Hablamos de inteligencia militar. Hablamos de una plataforma concebida para fusionar, ordenar y explotar información compleja en entornos críticos.
La propia documentación del Ministerio de Defensa señalaba que la herramienta Gotham de Palantir ya había superado un sistema de selección en el marco del Ministerio y que su dotación en el Sistema de Inteligencia de las Fuerzas Armadas debía ajustarse a principios como sencillez, interoperabilidad y robustez. Ahí es donde el asunto deja de ser una curiosidad tecnológica extranjera y empieza a rozar las costuras de nuestra propia soberanía digital y militar. Porque una empresa como Palantir no entra en una administración de Defensa como quien instala un antivirus. Entra donde se cruzan datos sensibles, decisiones estratégicas, arquitectura de inteligencia y dependencia tecnológica. Y puede que todo sea legal, conveniente, útil e incluso necesario. No es esa la cuestión. La cuestión es otra, mucho más incómoda: qué capacidad real tiene un Estado para controlar, auditar, sustituir o prescindir de una plataforma privada cuando esta empieza a formar parte de su sistema nervioso operativo.
Por eso la publicación de Palantir en X me interesó todavía más. Porque no hablaba una empresa remota, sin relación con nuestro entorno. Hablaba una compañía que ya forma parte, aunque sea de manera discreta, del paisaje tecnológico y estratégico español. Una empresa que vende software, sí, pero no cualquier software. Vende herramientas de integración, análisis y decisión para entornos donde el margen de error puede costar dinero, soberanía, seguridad o vidas. Y cuando una compañía así proclama que el poder duro del siglo XXI se construirá sobre software, uno haría mal en encogerse de hombros y seguir mirando el móvil como si la cosa no fuera con nosotros.
Entonces llegó aquel texto publicado en X. Palantir condensó en veintidós puntos algunas ideas del libro The Technological Republic, de Alexander C. Karp y Nicholas W. Zamiska. Karp no es un secundario. Es el consejero delegado de la compañía. Zamiska dirige su área de asuntos corporativos. El mensaje fue interpretado por varios medios como una síntesis del libro y como una exposición abierta de la visión política, tecnológica y estratégica de la compañía. Ahí está la clave. No era una ocurrencia de madrugada. No era un becario con exceso de café. No era un Community Manager desatado que confundió la cuenta corporativa con una taberna digital. Era una declaración de principios.
El texto decía, en esencia, que Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que hizo posible su auge. Que la élite de la ingeniería debe implicarse en la defensa nacional. Que hay que rebelarse contra la tiranía de las aplicaciones. Que el correo electrónico gratuito y los juguetes digitales no bastan para justificar a una civilización. Que el poder blando tiene límites. Que las democracias no sobreviven solo por ser moralmente atractivas, sino porque tienen poder duro. Y, sobre todo, que en este siglo ese poder duro se construirá sobre software.
Esa frase debería escribirse en una pared y mirarse despacio: el poder duro se construirá sobre software.
Porque ahí está el corazón del asunto. Durante siglos, el poder se medía en tierra, barcos, cañones, minas, fábricas, ferrocarriles, petróleo, uranio, portaaviones, satélites y cabezas nucleares. Todo eso sigue importando, naturalmente. El mundo físico no ha desaparecido por mucho que algunos sacerdotes de la nube se empeñen en vendernos lo contrario. Pero ahora, sobre todo eso, hay una capa nueva. Una capa invisible y decisiva. El software que integra, interpreta, prioriza y ordena el uso de todos esos recursos. El software que decide qué convoy se mueve, qué objetivo se ilumina, qué dron despega, qué patrón se considera amenaza, qué infraestructura se protege, qué ciudadano queda bajo sospecha, qué hospital reorganiza sus listas, qué frontera se vigila y qué operación se acelera.
La publicación de Palantir en X hablaba también de armas de inteligencia artificial. No planteaba la cuestión en términos de si deben construirse o no, sino de quién las construirá y con qué propósito. En la polémica posterior se subrayó precisamente ese punto: la idea de que la era de la disuasión nuclear estaría dando paso a una nueva era de disuasión basada en inteligencia artificial. Ese giro retórico es importante. Porque elimina el debate moral de raíz. No pregunta si conviene abrir la puerta. Da por hecho que la puerta ya está abierta, que el enemigo la va a cruzar y que, por tanto, solo queda llegar antes, más fuerte y mejor armado.
Es la vieja lógica de la carrera armamentística, ahora vestida con lenguaje de inteligencia artificial. Antes era el átomo. Ahora es el algoritmo. Antes era la disuasión nuclear. Ahora se nos anuncia una disuasión basada en IA. Antes se trataba de tener suficientes misiles para que el adversario no se atreviera a disparar. Ahora se tratará, quizá, de tener suficiente capacidad de cálculo, anticipación, vigilancia, simulación y respuesta automatizada para que el adversario no pueda ni siquiera moverse sin ser detectado, clasificado y neutralizado.
No conviene despachar esto con una risita. Es tentador hacerlo, lo sé. Algunos han ridiculizado la retórica de Palantir como si estuviéramos ante el monólogo de un malo de Marvel con oficina en Silicon Valley y acciones en bolsa. Hay material para la ironía, desde luego. The Guardian recogió críticas de políticos británicos que llegaron a describir el manifiesto como una especie de parodia de RoboCop o como las divagaciones de un supervillano, en un contexto de preocupación por los contratos públicos de Palantir en Reino Unido. Pero quedarse ahí sería un error. Porque la grandilocuencia no invalida la ambición. A veces la revela.
Lo verdaderamente revelador es que la propia compañía ya no intenta disimularlo. Su retórica no es un error de comunicación. Es una bandera. Es la expresión de una ambición: convertir el software en el soporte del poder político, económico y militar. Palantir ya no quiere ser percibida solo como una empresa que ayuda a las organizaciones a ordenar datos. Quiere presentarse como una pieza necesaria en la defensa de Occidente, en la reconstrucción del poder estadounidense y en la transición hacia una nueva forma de disuasión basada en inteligencia artificial. No vende solo eficiencia. Vende destino.
Y aquí es donde el asunto se vuelve especialmente incómodo para Europa y, por supuesto, para España. Porque esto ya no va solo de mirar lo que hacen otros desde la barrera, con esa confortable superioridad moral de quien comenta la batalla desde la grada. Palantir ya no es solo una empresa estadounidense que trabaja para agencias estadounidenses. Es una pieza del tablero occidental y también ha rozado nuestro propio tablero nacional.
Mientras Estados Unidos produce empresas como Palantir, Microsoft, OpenAI, Google o Anduril, y China articula su propio modelo de integración entre Estado, industria, datos y control social, Europa sigue muchas veces atrapada en el reglamento, el comunicado, la cumbre, la estrategia, el marco, la recomendación, la comisión, la subcomisión y el documento de doscientas páginas que llega cuando los demás ya han desplegado el sistema. No se trata de despreciar la regulación. Dios me libre. Regular es necesario, especialmente cuando hablamos de datos, vigilancia, defensa e inteligencia artificial. Pero regular sin capacidad tecnológica propia es como redactar normas de tráfico mientras otros fabrican los motores, las carreteras, los radares y los coches.
Palantir representa exactamente ese problema. La dependencia. No solo dependencia tecnológica, sino dependencia cognitiva. Que es peor. Porque cuando una administración pública, un ministerio, una agencia o una gran empresa deposita sus datos críticos en una arquitectura ajena, no solo compra una herramienta. Compra una forma de mirar. Una manera de ordenar prioridades. Una lógica de análisis. Un modelo de decisión. Un vocabulario operativo. Y, con el tiempo, puede acabar pensando dentro de los límites que le marca ese sistema. Esa es la asimetría real. No se trata únicamente de dónde están alojados los datos, quién accede a ellos o qué cláusulas figuran en el contrato. Se trata de quién diseña la lente con la que se mira la realidad.
La dependencia tecnológica también es una forma de pérdida de soberanía
En el debate británico sobre los contratos del Ministerio de Defensa, algunos parlamentarios preguntaron por la soberanía de los datos, por el riesgo de dependencia del proveedor y por la falta de competencia en la adjudicación. El Gobierno británico defendió que adoptaba medidas sobre soberanía, control y riesgo de dependencia, pero la propia existencia de ese debate ya revela el problema de fondo. Porque la soberanía no es solo que el dato resida físicamente en tu territorio. Soberanía también es poder prescindir del proveedor sin quedarte ciego. Es poder auditar el sistema. Es entenderlo. Es tener alternativa. Es no descubrir, en plena crisis, que el cuadro de mandos del Estado lo ha construido otro y que, sin él, la maquinaria empieza a toser.
Palantir representa concentración porque sitúa en pocas manos capacidades críticas de análisis y decisión. Representa dependencia porque una vez que entra en procesos estratégicos resulta difícil sustituirla sin coste político, económico y operativo. Y representa asimetría porque el proveedor suele saber más del sistema del cliente que el propio cliente. Esa es la paradoja de la modernización digital mal entendida: uno compra tecnología para ser más fuerte y puede acabar siendo más vulnerable.
Y no se trata de negar las bondades técnicas. Ese sería otro error. Palantir probablemente hace muy bien lo que dice hacer. De hecho, ahí está parte del peligro. Las malas herramientas se abandonan pronto. Las buenas se quedan. Un sistema capaz de integrar información dispersa, acelerar decisiones, mejorar la logística, detectar amenazas, apoyar operaciones militares o reducir tiempos de respuesta tiene un atractivo evidente. En defensa, en sanidad, en emergencias, en seguridad, en industria. La pregunta no es si funciona. La pregunta es al servicio de qué arquitectura de poder funciona. Quién lo gobierna. Quién lo controla. Quién lo audita. Quién puede apagarlo. Quién responde cuando se equivoca. Y quién se beneficia cuando acierta.
Porque todo sistema de análisis avanzado lleva dentro una tentación: convertir la complejidad humana en una serie de patrones manejables. Eso puede ser útil. También puede ser peligroso. Una cosa es detectar una amenaza real y otra convertir a un ciudadano en una probabilidad sospechosa. Una cosa es optimizar recursos sanitarios y otra levantar una infraestructura opaca sobre datos sensibles. Una cosa es ayudar a un ejército a defenderse de una agresión y otra normalizar una guerra cada vez más automatizada, más remota, más limpia en la pantalla y más sucia sobre el terreno.
El discurso de Palantir, además, no se limita a la tecnología. Ahí está quizá su rasgo más significativo. Habla de cultura, de religión, de servicio militar, de pluralismo, de Alemania, de Japón, de poder estadounidense, de élites, de decadencia, de perdón público, de política como psicología colectiva y de la supuesta necesidad de recuperar una cultura nacional fuerte. Es decir, no estamos ante una simple defensa del software militar. Estamos ante una visión completa de sociedad. Una visión donde Silicon Valley debe abandonar la frivolidad de las aplicaciones y ponerse al servicio de la nación. Donde el ingeniero sustituye al intelectual orgánico. Donde el programador se convierte en soldado sin uniforme. Donde la empresa tecnológica se presenta como columna vertebral de la república.
Hay en todo eso una parte de diagnóstico que no conviene despreciar. Occidente se ha acomodado. Europa, especialmente, vive demasiadas veces como si la historia hubiera firmado un contrato indefinido de vacaciones pagadas. Hemos delegado defensa, energía, industria, chips, plataformas digitales, nube, inteligencia artificial y hasta relato. Nos encanta hablar de valores, pero a menudo olvidamos que los valores sin capacidad de protegerlos acaban dependiendo de quien sí tiene portaaviones, fábricas, satélites, software y voluntad. El poder blando es hermoso mientras alguien garantiza que no te rompan la puerta a patadas. Cuando eso ocurre, el folleto moral se queda bastante corto.
Pero reconocer esa verdad no obliga a comprar entero el catecismo de Palantir. Que Occidente necesite recuperar músculo tecnológico e industrial no significa que deba entregarse alegremente a una nueva aristocracia de contratistas digitales. Que la inteligencia artificial vaya a formar parte de la defensa no significa que debamos aceptar sin pestañear una carrera armamentística algorítmica gobernada por empresas privadas. Que Europa haya sido ingenua no significa que la solución sea ponerse en manos del primer oráculo que prometa verlo todo.
Porque el oráculo, ya lo enseñó Tolkien, también mira de vuelta.
La publicación de Palantir en X me interesó precisamente por eso. Porque en ella se transparenta un cambio de época. Durante años, las grandes tecnológicas procuraron envolver su poder en algodón moral. Decían que conectaban, facilitaban, democratizaban, acercaban, empoderaban. Todo muy limpio, muy amable, muy de anuncio con gente joven sonriendo en una terraza. Palantir ha elegido otro camino. Ha retirado la cortina. Ha dicho, más o menos: esto va de poder, de defensa, de enemigos, de Occidente, de IA militar, de disuasión y de supervivencia. Y al menos hay que reconocerle una virtud brutal: la franqueza.
Pero la franqueza no exonera. Al contrario. Obliga a mirar con más atención. Si el software será la base del poder duro del siglo XXI, entonces la pregunta democrática esencial será quién controla ese software. Si la inteligencia artificial será la nueva disuasión, habrá que decidir con qué límites, bajo qué autoridad y con qué rendición de cuentas. Si las empresas privadas van a instalarse en el corazón de los Estados, habrá que exigir algo más que eficacia, patriotismo de escaparate y presentaciones corporativas con música solemne. Habrá que exigir soberanía, transparencia, auditoría, competencia, reversibilidad y control público real.
Porque la historia está llena de herramientas nacidas para proteger que acabaron vigilando. De tecnologías diseñadas para defender que terminaron dominando. De alianzas urgentes que se convirtieron en dependencias permanentes. Y de élites que se presentaron como salvadoras de la civilización mientras construían, ladrillo a ladrillo, su propio palacio dentro de ella.
Palantir puede ser muchas cosas. Una empresa brillante. Un contratista necesario. Un proveedor estratégico. Una herramienta poderosa. Un síntoma de los tiempos. Quizá todo eso a la vez. Pero también es una advertencia. Nos dice que la próxima batalla por la soberanía no se librará solo en parlamentos, fronteras o arsenales, sino en arquitecturas de datos, modelos de inteligencia artificial, contratos públicos, nubes clasificadas y plataformas que prometen ordenar el mundo.
Y cuando alguien promete ordenar el mundo, conviene preguntarse siempre lo mismo: quién queda dentro del orden, quién queda fuera y quién sostiene el mando.
Puede que el futuro de Occidente dependa, en parte, de tener mejor software que sus adversarios. No sería prudente negarlo. Pero quizá dependa todavía más de no olvidar para qué quería ese software, quién debía controlarlo y qué precio estaba dispuesto a pagar por mirar a través del palantir. Porque una cosa es usar una piedra vidente para defenderse del enemigo y otra muy distinta entregar la mirada, la memoria y el pulso de una sociedad a quienes aseguran ver más lejos que nadie.
Y ya sabemos cómo suelen terminar esas historias cuando nadie vigila al que dice vigilar por todos.
Descarga un resumen (PDF) en formato presentación del artículo.



















Magnífico artículo, como nos tienes acostumbrados. La verdad es que esta noticia ha pasado bastante desapercibida. Está claro que vende más la nueva tragedia del Real Madrid, los juicios sobre chanchullos o cualquier otro tema.
Pero esta noticia abre la puerta a un concepto reflejado en la ciencia-ficción hacia el que vamos deslizándonos peligrosamente. porque la ciencia-ficción, en muchas ocasiones, tiene un componente de predicción o de mostrarnos las alternativas a las que la sociedad puede dirigirse. Es algo propio del cyberpunk. Y hay que saber escoger.
Las corporaciones sustituirán a las naciones-estado. esto lo hemos leído y lo hemos visto, entre otras, en películas como Robocop (Omni Consumer Products (OCP)) y la franquicia de Alien (Weyland-Yutani, la empresa malvada por excelencia). En los comics, MArvel lanzó una linea editorial, Marvel 2099, donde exploraba este mundo distópico de un mundo repartido entre Corporaciones.
¿Qué implica? Un vasallaje 2.0. Los trabajadores tendrían ligada su vida y todos sus aspectos- educación y sanidad de su familia- al centro de trabajo. Sin elecciones, solo se accede por negocios y jugadas en la Bolsa.
No hay que reírse de ese manifiesto. Todo empieza a oler a chamusquina. De hecho, cuando se habló del intento de anexión de Groenlandia por el iracundo señor naranja, se dijo que esta empresa estaba vinculada con la iniciativa tecnolibertaria Praxis, que pretendía fundar una nueva sociedad, una «nación de internet» en esa isla. Una «ciudad de la libertad» ¿Pero que entienden por libertad?. dejo los links abajo.
Lo dicho, esta distopía en la que vivimos empieza a tomar forma definida.
https://forbes.es/actualidad/854743/estos-multimillonarios-apostaron-a-lo-grande-por-groenlandia-despues-de-que-trump-se-interesara/
https://www.eldiario.es/opinion/praxis-paraiso-libertario-donald-trump_129_12949977.html
Muchas gracias, Doctor M., por tus palabras y por una reflexión tan certera. Coincido plenamente: no conviene tomarse a broma este tipo de manifiestos ni despacharlos como extravagancias de multimillonarios con demasiado tiempo libre y demasiados juguetes tecnológicos entre las manos.
Tenemos demasiados avisos sobre hacia dónde vamos. La ciencia ficción, cuando es buena, no sólo entretiene: señala grietas, anticipa peligros y nos obliga a mirar de frente futuros que quizá ya estén dejando de ser futuros. Y ahí encaja muy bien lo que plantea Yanis Varoufakis en Tecnofeudalismo: la posibilidad de que no estemos entrando en una fase más del capitalismo, sino en otra cosa más turbia, donde unas pocas plataformas y corporaciones controlan el acceso al trabajo, al mercado, a la información y hasta a nuestra vida cotidiana.
Ese es el fondo inquietante del asunto: que la ciudadanía pueda ir siendo sustituida por una condición de usuario dependiente, vigilado y condicionado. Un vasallaje con interfaz amable, discurso de libertad y servidores en la nube.
Por eso estos debates importan. Porque las distopías rara vez llegan anunciándose como tales. Suelen venir vestidas de innovación, eficiencia y progreso. Y cuando uno empieza a oler a chamusquina, quizá conviene no mirar hacia otro lado.