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Cuando el riesgo ya es un problema

He visto muchos cuadros de riesgos a lo largo de los años. Demasiados. Algunos impecables, con sus colores bien puestos, sus responsables asignados y esa apariencia tranquilizadora que tanto gusta a quien necesita creer que todo está bajo control. El problema es que la mayoría no sirven para anticiparse a nada. Sirven, más bien, para bautizar con nombre elegante lo que ya está pasando… y no se quiere mirar de frente.

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Hay algo casi conmovedor, y a la vez peligrosamente ingenuo, en esa fe ciega que muchas organizaciones depositan en sus cuadros de riesgos, como si bastara con poner negro sobre blanco lo que puede salir mal para conjurar el desastre, como si una tabla bien ordenada, con sus verdes esperanzadores, sus amarillos prudentes y sus rojos alarmantes, tuviera la capacidad casi mágica de domesticar la incertidumbre y mantenerla a raya, cuando en realidad no es más que un espejo donde mirarse sin demasiadas ganas de reconocer lo que se ve.

Porque el riesgo, ese concepto tan manoseado en informes y auditorías, no es en la vida real una definición académica ni una frase sacada de la ISO de turno, sino algo mucho más vulgar, más incómodo y más cercano: es aquello que, si no haces nada, acabará estallándote en la cara cuando menos te convenga, y normalmente en el peor momento posible, cuando los márgenes son estrechos, la caja aprieta y las decisiones que no tomaste en su día regresan, puntuales, a cobrar su factura.

Y aquí empieza el verdadero problema, el que casi nadie quiere reconocer porque obliga a abandonar la zona de confort: la tendencia, casi universal, a llamar riesgo a lo que ya es, sin lugar a dudas, un problema en curso, una realidad incómoda que se intenta disimular bajo una capa de terminología técnica para evitar darle el nombre que merece y, sobre todo, para no tener que tomar las decisiones que exige.

Porque no nos engañemos: cuando una organización pierde clientes de forma sostenida, cuando el relevo generacional no llega, cuando los ingresos se resienten y la oferta pierde atractivo frente a la competencia, eso ya no es un riesgo. Eso es un problema. Un problema con nombre, apellidos y consecuencias. Y sin embargo, ahí sigue, en el Excel de turno, catalogado con pulcritud bajo la etiqueta de “riesgo importante”, como si el hecho de clasificarlo lo hiciera menos urgente, menos real, menos doloroso. Es cómodo, claro. Es elegante. Y es profundamente inútil.

Porque un riesgo se analiza, se prioriza y se gestiona. Un problema, en cambio, se resuelve. O te pasa por encima.

Pero hay algo aún más peligroso que esta confusión interesada, algo que se desliza de forma silenciosa entre líneas y que rara vez se verbaliza: la falsa creencia de que los riesgos son independientes, pequeñas piezas aisladas que se pueden manejar de forma individual, como si cada uno tuviera vida propia y no afectara al resto, cuando la realidad —tozuda como pocas— demuestra justo lo contrario. Los riesgos no vienen solos. Vienen en manada.

Empieza por un desajuste entre lo que ofreces y lo que espera una parte de tu colectivo, pongamos los más jóvenes, que no encuentran en la organización razones suficientes para quedarse, y eso deriva en una pérdida progresiva de atractivo, en una falta de fidelización que se traduce en bajas, en un envejecimiento del conjunto, en una caída de ingresos que obliga a ajustar servicios o a bajar calidad, lo que a su vez alimenta la insatisfacción y refuerza el problema inicial, cerrando un círculo que no es un riesgo, ni dos, ni tres, sino una espiral que, si no se rompe a tiempo, termina por arrastrarlo todo.

Y mientras tanto, en el apartado de “acciones previstas”, se anotan medidas que, sobre el papel, suenan razonables, incluso sensatas: ajustes en precios, nuevas iniciativas, intentos de aportar valor añadido, pequeñas maniobras que buscan reconducir la situación sin alterar demasiado el equilibrio interno, sin molestar en exceso, sin incomodar a nadie más de lo estrictamente necesario. Parches.

Porque cuando esas acciones no funcionan rara vez se cuestiona el enfoque de fondo. Se insiste, se ajusta, se reformula. Se cambia la envoltura, pero no el contenido. Y el problema, ajeno a esas buenas intenciones, sigue su curso. Aquí es donde la gestión de riesgos deja de ser un ejercicio técnico para convertirse en algo mucho más incómodo y, precisamente por eso, mucho más valioso: un ejercicio de responsabilidad.

Porque gestionar riesgos no es identificar ni evaluar, ni siquiera priorizar con mayor o menor acierto. Todo eso forma parte del ritual, de la liturgia organizativa que ayuda a ordenar ideas y a dar cierta apariencia de control. Pero la esencia está en otro sitio. Gestionar riesgos es decidir.

Decidir qué se deja de hacer, aunque haya inercia o tradición detrás. Decidir qué se cambia, aunque genere resistencias. Decidir qué se asume y qué no, aunque implique renunciar a soluciones fáciles. Decidir, en definitiva, enfrentarse a la realidad sin anestesia, sin eufemismos y sin la esperanza ingenua de que el tiempo arreglará lo que uno no se atreve a abordar. Y eso, claro, ya no es tan cómodo como rellenar una tabla.

Para quien quiera hacerlo de verdad, sin refugiarse en tecnicismos ni en informes que nadie lee, el método es tan sencillo como exigente: identificar lo que puede salir mal, sí, pero también reconocer sin ambages lo que ya está ocurriendo; separar el riesgo del problema, sin mezclarlos en el mismo saco; priorizar con honestidad, aceptando que no todo puede abordarse a la vez; actuar con decisiones que cambien algo más que el discurso; y revisar, con la suficiente humildad como para admitir que no siempre se acierta. No hay más. O sí. Hay algo más, y no es menor.

El mayor riesgo de cualquier organización no está fuera. No es la competencia, ni el mercado, ni la normativa, ni siquiera la tecnología que avanza sin pedir permiso. El mayor riesgo está dentro, agazapado en esa tendencia tan humana a suavizar la realidad, a disfrazar los problemas con palabras que suenan mejor, a convencerse de que las cosas no están tan mal o de que, con un poco de suerte, se arreglarán solas. El autoengaño. Ese sí que es un riesgo crítico. Y, como todos los riesgos mal gestionados, termina convirtiéndose en problema.

Porque el tiempo, conviene no olvidarlo, no arregla nada. Solo pone cada cosa en su sitio. Y cuando lo hace, cuando la realidad se impone y las cifras dejan de admitir interpretaciones amables, ya no hay colores, ni matrices, ni responsables que valgan. En ese momento, el riesgo deja de ser una hipótesis. Y pasa a ser una factura. Que alguien, inevitablemente, tendrá que pagar.

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Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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