Me habían hecho llegar El desierto de nosotros mismos, de Éric Sadin, y ya en sus primeras páginas el libro invita a detenerse, mirar alrededor y preguntarse qué demonios está sucediendo con la inteligencia artificial. Yo, que de siempre he abrazado la innovación y llevo años observando sus avances con interés, no puedo evitar cierta desazón ante esta nueva fiebre. Porque una cosa es utilizar herramientas y otra, muy distinta, entregarles alegremente nuestras facultades más humanas: la palabra, el juicio, la imaginación y la creatividad.

Coincidió la lectura con un tuit, o Xweet, de alguien que venía a decir algo así como: “Yo quiero una IA que lave la ropa, planche, limpie y deje para mí la creatividad”. Y no le faltaba razón. Nos prometieron que la tecnología nos libraría de lo tedioso para permitirnos dedicarnos a lo importante. Sin embargo, seguimos poniendo lavadoras, fregando platos y peleándonos con facturas, mientras las máquinas empiezan a escribir poemas, redactar informes, generar imágenes, componer música y simular pensamiento. Tiene guasa el asunto. Queríamos liberarnos de la escoba y nos han traído una herramienta dispuesta a disputarnos la metáfora.

Sadin sitúa el lanzamiento de ChatGPT, a finales de 2022, como un umbral inédito en la historia de la humanidad: el giro intelectual y creativo de la tecnología. Desde entonces se ha acelerado una externalización de nuestras capacidades más determinantes. Ya no hablamos sólo de automatizar tareas repetitivas, sino de producir lenguaje, imágenes, símbolos y respuestas verosímiles sobre casi cualquier asunto. La IA generativa no crea desde una experiencia humana, sino desde una inferencia algorítmica. No recuerda, no ama, no fracasa, no se avergüenza, no ha enterrado a nadie ni ha esperado una llamada. Calcula patrones y devuelve una apariencia. Y esa apariencia, cuando está bien hecha, puede ser útil, brillante incluso, pero también profundamente inquietante.

Ahí está el corazón de El desierto de nosotros mismos: el peligro de que terminemos aceptando la imitación como si fuera pensamiento. La inteligencia artificial puede escribir con corrección, diseñar con solvencia y responder con una pulcritud estadística que abruma. Pero el problema no es sólo lo que hace la máquina. El problema es lo que dejamos de hacer nosotros. Si renunciamos al esfuerzo de pensar, escribir, imaginar y decidir, quizá ganemos tiempo, pero perderemos espesor humano. Y una vida sin espesor puede ser muy cómoda, pero se parece demasiado a una sala de espera.

Uno de los conceptos más poderosos del libro es la indistinción. Textos sin origen claro. Imágenes sin autor reconocible. Opiniones fabricadas en serie. Voces que parecen reales. Argumentos plausibles, limpios, educados, perfectamente alineados con lo esperable. En una sociedad donde la confianza pública ya viene maltrecha por políticos, propagandistas, tertulianos de trinchera y mercaderes del escándalo, la proliferación de contenidos generados por IA añade otra capa de niebla. Si ya desconfiábamos de casi todo, ahora tendremos que preguntarnos también si aquello que leemos, vemos o escuchamos procede de una experiencia humana o de una inferencia matemática con buenos modales.

Conviene aclararlo: Sadin no escribe una pataleta contra la tecnología. Su crítica apunta al modelo económico, técnico y cultural que empuja la expansión de la IA generativa. Esta revolución no ha nacido de una deliberación democrática ni de una conversación social pausada sobre qué queremos automatizar y qué conviene preservar. Ha nacido, sobre todo, de ingenieros, plataformas, inversores y corporaciones que compiten por ocupar territorio cuanto antes. Primero se lanza el producto. Luego se normaliza. Después se vuelve imprescindible. Y cuando la sociedad quiere discutir límites, ya aparece el coro habitual diciendo que el progreso no se puede detener y que quien duda es un reaccionario con boina, candil y miedo a la electricidad.

Pero la innovación no exige arrodillarse. Yo no estoy contra la IA. La uso, la observo y procuro entenderla. Precisamente por eso creo que hay que mirarla sin ingenuidad. Una herramienta puede ser formidable y, al mismo tiempo, peligrosa. Puede ayudarnos y empobrecernos. Puede multiplicar nuestra productividad y amputar nuestra paciencia. Puede hacernos más rápidos y menos profundos. Y eso, aunque moleste a los evangelistas de la eficiencia, merece ser discutido con calma y sin complejos.

Queríamos una IA que nos librara de la escoba, y nos han traído una máquina dispuesta a disputarnos la metáfora

Sadin acierta al señalar que no estamos ante una nueva disciplina artística comparable con la fotografía o el cine. La fotografía transformó la mirada humana. El cine abrió otra forma de narrar. La IA generativa, en cambio, ejecuta automáticamente operaciones que durante siglos exigieron aprendizaje, sensibilidad, criterio y responsabilidad. No se limita a ofrecer un instrumento expresivo. Produce directamente el resultado. Ahí está el salto. Una cosa es que un escritor use un procesador de textos, un pintor una cámara oscura o un arquitecto un programa de diseño. Otra muy distinta es que el sistema fabrique por sí mismo una apariencia de obra, texto, idea o estilo sin haber atravesado ninguna experiencia.

Las consecuencias ya se perciben en los sectores culturales y de servicios. Redactores, ilustradores, traductores, músicos, diseñadores, docentes, periodistas, consultores, abogados, administrativos o programadores empiezan a sentir el aliento de una automatización que ya no amenaza sólo tareas rutinarias, sino trabajos cognitivos complejos. Durante años nos dijeron que la tecnología sustituiría lo mecánico y preservaría lo creativo. Ahora resulta que la IA escribe cuentos, resume libros, genera vídeos y prepara discursos mientras seguimos esperando un robot que planche camisas con dignidad.

El verdadero debate, sin embargo, no es laboral, sino antropológico. El ser humano no es sólo un consumidor de soluciones. Es un animal que interpreta, duda, se equivoca, corrige, recuerda, imagina y responde de lo que hace. La palabra no es un adorno. El juicio no es un trámite. La creatividad no es una aplicación premium. Son parte de lo que somos. Por eso la advertencia de Sadin resulta tan incómoda: si cedemos a las máquinas el ejercicio de nuestras facultades, corremos el riesgo de convertirnos en espectadores pasivos de un mundo gestionado algorítmicamente.

El libro puede parecer severo, incluso sombrío. A ratos concede poco espacio a los usos nobles de la IA, que también existen. La inteligencia artificial puede ayudar a quien tiene dificultades para expresarse, ordenar información compleja, traducir, investigar, programar, aprender o ampliar sus capacidades. Sería absurdo negarlo. Pero esos buenos usos no deben convertirse en coartada para ignorar el movimiento de fondo. Que una herramienta tenga aplicaciones valiosas no absuelve automáticamente el modelo que la impulsa ni las consecuencias culturales que desata.

En educación, por ejemplo, la batalla será decisiva. Si los jóvenes usan la IA para evitar el esfuerzo de leer, redactar, argumentar, equivocarse y volver a intentarlo, no estaremos ante una mejora pedagógica, sino ante una estafa con interfaz amable. Aprender no consiste sólo en obtener respuestas correctas. Consiste en recorrer el camino que permite entenderlas. Quien encarga siempre a otro el esfuerzo de pensar termina perdiendo la musculatura del pensamiento. Y no hay gimnasio cognitivo construido a golpe de copiar y pegar soluciones impecables.

También en la cultura y en la vida pública habrá que exigir claridad. Queremos saber si un texto lo ha escrito una persona, una máquina o una combinación de ambas. Queremos saber si una imagen documenta algo real o si ha sido fabricada. Queremos saber si una decisión administrativa, médica, laboral o judicial ha contado con intervención algorítmica. Pedir transparencia no es ser enemigo del progreso. Es defender la responsabilidad en una época donde demasiados quieren esconderse detrás de la pantalla.

Al cerrar El desierto de nosotros mismos, uno no queda tranquilo. Tampoco creo que Sadin lo pretenda. Ha escrito un libro áspero, necesario y oportuno. No para prohibir la inteligencia artificial ni para volver a la pluma de ganso, sino para recordarnos que no todo lo técnicamente posible es humanamente deseable. La IA ha venido para quedarse, pero eso no significa que debamos recibirla de rodillas. Hay que usarla con criterio, límites, cultura y una sana desconfianza.

Mi conclusión es sencilla: El desierto de nosotros mismos merece leerse porque nos obliga a hacernos la pregunta incómoda que muchos prefieren esquivar. ¿Estamos usando la inteligencia artificial para ampliar nuestras capacidades o para abdicar de ellas? Éric Sadin no nos pide miedo, sino vigilancia. No nos pide nostalgia, sino soberanía. Y en medio de tanto gurú vendiendo futuros radiantes, tanto entusiasmo acrítico y tanta empresa prometiendo eficiencia universal, conviene escuchar a quien advierte que quizá no estamos entrando en el paraíso de la inteligencia aumentada, sino en el desierto de nosotros mismos. Porque lo terrible no será que las máquinas hablen. Lo terrible será que nosotros hayamos olvidado por qué merecía la pena hacerlo.

Y conviene no pasar por alto que Sadin no cierra el libro con un lamento de enterrador, sino con una llamada a filas. Habla de exigencias y de acciones. De integridad, de dignidad humana, de creatividad, de sociabilidad, de defensa de la palabra y del juicio propio. Reclama que no aceptemos sin más la consigna de que todo lo técnicamente posible debe incorporarse a nuestras vidas como si viniera escrito en las tablas de la ley. Pide movilización, conciencia, límites, incluso acciones legales allí donde corresponda. En suma, nos recuerda que todavía queda una pequeña ventana para decidir qué queremos entregar a las máquinas y qué conviene preservar como territorio irrenunciable de lo humano. Porque si no damos esa batalla ahora, quizá mañana sólo podamos contemplar, muy modernos y muy eficientes, el desierto que dejamos crecer dentro de nosotros.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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