Hace un año, cuando anuncié mi colaboración con OP Machinery, lo hice con esa mezcla de gratitud, prudencia y pólvora seca con la que uno se asoma a un sitio nuevo. No era una colaboración cualquiera. OP Machinery no es un blog improvisado ni una de esas plataformas digitales que nacen por la mañana, se llenan de humo al mediodía y desaparecen antes de que el algoritmo les dé cristiana sepultura. Es una revista técnica de maquinaria de obras públicas, construcción y minería, una publicación mensual, seria, especializada y con oficio, que mantiene secciones como actualidad, editorial, tribunas, historia y revista.

Y allí, en ese territorio de obras públicas, construcción, minería, alquitrán, acero, motores, grúas y polvo de cantera, me ofrecieron un rincón mensual llamado “LA ÚLTIMA”. La última página. El cierre. Ese lugar que no es portada, ni editorial, ni reportaje central, pero que tiene algo de atalaya y de garita. Un sitio desde el que mirar el mundo con cierta distancia, sin pedir permiso a los comisarios de la opinión correcta ni a los fabricantes de consignas precocinadas.

Cuando publiqué aquel primer texto en mi web, lo titulé “En tiempos revueltos, pluma afilada: mi desembarco en OP Machinery”. Allí conté que me sumaba a la revista dirigida por Primitivo Fajardo con una tribuna mensual para hablar de economía, sociedad, innovación y de esa jungla que empieza cuando termina el boletín oficial. También dejé claro que mi espacio no iba a ser un parte de obras ni un catálogo de excavadoras, sino una tribuna de opinión propia, libre y sin servilismos.

Doce meses después, puedo decir que aquello no fue una declaración de intenciones escrita para quedar bien. Fue, más bien, una advertencia.

En estos primeros doce meses han salido diez tribunas. Diez. No son doce, porque la vida, como la maquinaria pesada, también tiene sus paradas, sus revisiones, sus averías y sus pendientes imposibles. Pero diez textos en una revista mensual ya son suficiente trinchera como para saber si uno ha venido a posar para la foto o a mancharse las botas. Y servidor, que a estas alturas de la película ya no está para posar demasiado, ha preferido lo segundo.

Doce meses, diez tribunas y una misma vocación: mirar la actualidad sin pedir permiso ni bajar la voz

La primera entrega fue Balas ecológicas y cañones para la paz. Ya el título tenía su aquel. En estos tiempos nuestros, donde todo se barniza de sostenibilidad aunque debajo huela a pólvora, hablar de balas ecológicas era casi obligado. Porque vivimos rodeados de palabras nobles usadas como papel de regalo para envolver mercancía averiada. Paz, sostenibilidad, transición, resiliencia, inclusión, progreso. Términos hermosos, sin duda. El problema empieza cuando los pronuncian quienes después firman contratos, venden armamento, inflan presupuestos, predican sacrificios ajenos y duermen a pierna suelta en hoteles donde una noche cuesta lo que muchas familias no ingresan en un mes.

Luego llegó Miedo en conserva: el dogma de Bruselas, que quizá sea uno de esos títulos que resumen bien el aire de época. Bruselas se ha convertido, demasiadas veces, en una fábrica de mandamientos envueltos en lenguaje técnico. Todo nos llega con membrete, sello, comité, directiva, recomendación, reglamento y esa liturgia funcionarial que convierte cualquier decisión política en una especie de catecismo administrativo. Y uno, que no es precisamente antieuropeo, empieza a cansarse de esa Europa que habla mucho de ciudadanos y poco de la vida real de los ciudadanos. Esa Europa que parece diseñada por gente que nunca ha tenido que cuadrar una caja, levantar una persiana, pagar una nómina o explicarle a un cliente que el precio ha subido porque todo lo demás también ha subido.

Después vino La televisión pública sirviendo al bochorno, y ahí la cosa ya no necesitaba demasiada excavadora para remover escombros. La televisión pública debería ser una institución al servicio del ciudadano. Información rigurosa, pluralidad, cultura, educación, servicio público. Lo de siempre, ya saben. Esa música celestial que se toca en los discursos y luego se desafina en la práctica con entusiasmo de charanga subvencionada. Porque cuando una televisión pública olvida que la pagan todos y empieza a comportarse como si perteneciera a unos cuantos, deja de ser servicio y se convierte en propaganda. Y la propaganda, aunque venga con decorados modernos, presentadores sonrientes y grafismos de última generación, sigue oliendo a cuarto cerrado.

Un mundo sin minerales fue otra cosa. Ahí regresaba, de algún modo, a un territorio que me resulta familiar por años de cercanía profesional y personal con la geología, aunque yo no sea geólogo. Me interesa mucho esa paradoja moderna según la cual queremos coches eléctricos, aerogeneradores, paneles solares, teléfonos inteligentes, baterías, centros de datos, inteligencia artificial y transición energética, pero luego nos ponemos estupendos cuando alguien recuerda que todo eso necesita minerales. Muchos minerales. Extraídos de algún sitio. Con maquinaria. Con permisos. Con impacto. Con industria. Con minas. Con realidades incómodas. Queremos un mundo limpio, sí, pero a veces pretendemos construirlo negando la cantera que lo sostiene. Como si el litio creciera en macetas de diseño y el cobre apareciera por generación espontánea en los discursos ministeriales.

Con El toro de España, delirios de agosto entré en otro jardín, de esos donde conviene llevar sombrero, agua y algo de paciencia. España tiene una habilidad prodigiosa para convertir cualquier símbolo en una pelea de taberna. El toro, la bandera, la lengua, la historia, la fiesta, el campo, la ciudad, la tradición, la modernidad. Aquí todo acaba convertido en barricada. Y agosto, mes de calores, playas, chiringuitos y titulares con poca ropa, suele ser terreno abonado para delirios varios. A veces uno tiene la sensación de que este país no discute para entenderse, sino para asegurarse de que nadie pueda hacerlo.

Trincheras fue quizá una de las tribunas más representativas del tono que buscaba para “LA ÚLTIMA”. Porque vivimos en trincheras. Políticas, mediáticas, culturales, digitales, emocionales. Trincheras de izquierda y derecha, de buenos y malos, de patriotas y traidores, de modernos y cavernarios, de progresistas y reaccionarios, de creyentes y descreídos. Nadie escucha. Nadie concede. Nadie duda. Y el que duda es sospechoso. El que matiza es cobarde. El que se niega a entrar en el corralito del bando asignado acaba recibiendo fuego de ambos lados, que es una forma bastante eficaz de confirmar que uno quizá no va tan desencaminado.

Más tarde llegó La maldita manía de cortar cabezas. Ahí el título ya venía con guillotina incorporada. No hay época que no haya tenido su afición a señalar culpables, pero la nuestra ha perfeccionado el arte de la ejecución simbólica. Hoy no hace falta plaza pública. Basta una red social, un titular, una campaña bien engrasada, una frase sacada de contexto o un rebaño digital dispuesto a embestir. Se cortan cabezas por torpeza, por maldad, por cálculo, por aburrimiento y por esa mezcla tan contemporánea de superioridad moral y falta de lectura. Hemos cambiado el cadalso por el trending topic, que queda más limpio y permite cenar después sin mancharse las manos.

Con Euro Digital – El dinero vigilado entré en uno de esos asuntos que, bajo apariencia técnica, esconden preguntas políticas de primer orden. El dinero digital, la vigilancia, la trazabilidad, el control, la comodidad convertida en jaula de terciopelo. Todo viene siempre presentado como avance, seguridad, eficiencia y modernización. Y puede que haya parte de verdad en ello. Pero uno ha vivido ya lo suficiente como para saber que cada herramienta de control que se crea en nombre de nuestra comodidad acaba, tarde o temprano, despertando el apetito de alguien con despacho, presupuesto y vocación de pastor. No se trata de ponerse el gorro de papel de aluminio. Se trata, simplemente, de no entregar las llaves de casa sonriendo porque nos han dicho que así se abre la puerta más rápido.

La industria, la minería y la construcción no son decorado: son el suelo firme sobre el que se levanta la economía real

Caos – Cuando los dioses se bajaron del tren fue una de esas tribunas nacidas del cansancio ante un mundo que parece haber perdido el manual de instrucciones. Caos económico, caos institucional, caos informativo, caos moral. Todo acelerado, todo urgente, todo indignado, todo a medio explicar. Los dioses, si alguna vez viajaron con nosotros, parecen haberse bajado en una estación secundaria, dejándonos el vagón lleno de tertulianos, consultores, iluminados, burócratas y vendedores de soluciones instantáneas. Y así vamos, dando bandazos, convencidos de que la próxima aplicación, la próxima cumbre, el próximo plan estratégico o la próxima ocurrencia nos salvará del descarrilamiento.

La décima tribuna fue Fabricar vuelve a importar, y confieso que tiene algo de cierre de ciclo. Porque después de años escuchando que la industria era cosa antigua, sucia, pesada, prescindible o trasladable a países lejanos donde otros hacían el trabajo incómodo por nosotros, ahora resulta que fabricar vuelve a importar. Vaya sorpresa. De pronto descubrimos que depender de terceros para mascarillas, chips, medicamentos, minerales, maquinaria, energía o componentes esenciales quizá no era una genialidad estratégica, sino una temeridad envuelta en gráficos de consultora. Durante décadas nos vendieron que lo inteligente era diseñar aquí y fabricar allá. Ahora, cuando el mundo se ha puesto áspero, descubrimos que quien no fabrica, suplica.

Y ahí, precisamente, está una de las claves de esta colaboración con OP Machinery. Aunque mi tribuna no trate de maquinaria en sentido estricto, escribe desde una revista que entiende la importancia del mundo material. Del hierro. Del movimiento de tierras. De la obra pública. De la construcción. De la minería. De la industria. De todo eso que los discursos vaporosos suelen olvidar porque pesa demasiado y no cabe bien en una diapositiva minimalista.

Escribir en OP Machinery me ha permitido hacer algo que valoro mucho: llevar la mirada generalista a una publicación especializada sin traicionar ni lo uno ni lo otro. No he pretendido enseñar a los lectores de la revista cómo funciona una retroexcavadora, entre otras cosas porque seguramente muchos de ellos podrían explicármelo a mí con bastante más solvencia y menos literatura. Lo que he intentado es otra cosa: conectar los grandes asuntos de nuestro tiempo con el suelo firme de la realidad. Con la economía real. Con las empresas reales. Con los sectores productivos reales. Con quienes madrugan, invierten, arriesgan, compran maquinaria, pagan impuestos, sufren regulaciones, padecen la incertidumbre y siguen adelante aunque cada vez les pongan más piedras en el camino.

Y conviene decirlo también: escribir “LA ÚLTIMA” tiene algo de privilegio y algo de responsabilidad. Privilegio, porque no todos los días una publicación especializada te ofrece libertad para cerrar cada número con una mirada propia. Responsabilidad, porque esa libertad obliga. Uno no puede recibir una página mensual y usarla para rellenar expediente, hacerse el interesante o repetir consignas de cafetería. Hay que llegar con algo que decir. Con una idea. Con una incomodidad. Con una piedra en el zapato. Con una intuición que merezca ser desarrollada. Con una frase capaz de abrir una grieta en el muro del ruido.

En aquel primer artículo de abril de 2025 agradecí a Primitivo Fajardo y a OP Machinery la oportunidad de abrir un espacio así. Lo sigo haciendo. No es habitual que una revista técnica, solvente en su ámbito, reserve su última página para una voz que no habla estrictamente de maquinaria, sino del mundo que rodea a esa maquinaria. Y eso dice mucho de la revista. Dice que entiende que la industria no vive aislada en una nave, ni la construcción en una zanja, ni la minería en una montaña remota. Todo está conectado. La política energética, la geopolítica, la digitalización, la burocracia, el coste del dinero, la televisión pública, la moral de época, los delirios regulatorios, la pérdida de sentido común y la creciente sospecha de que nos gobiernan demasiados aprendices de brujo con nómina garantizada.

Estos doce meses han confirmado algo que ya sospechaba: la actualidad no se puede entender desde una sola ventanilla. Hace falta mirar de lado, levantar la alfombra, desconfiar del folleto y escuchar también a quienes no salen en los grandes debates. A veces un empresario de maquinaria entiende mejor la economía que veinte analistas de plató. A veces un autónomo sabe más sobre el Estado que un catedrático de teoría administrativa. A veces quien lleva años peleándose con facturas, clientes, bancos y reglamentos tiene una visión más lúcida del país que quienes viven de explicarlo sin haberlo pisado.

Por eso “LA ÚLTIMA” no ha sido, ni pretende ser, una columna complaciente. Tampoco una barricada partidista. Ya dije al comienzo que no me interesan los bandos. Me interesan los hechos, las consecuencias y las servidumbres que algunos disimulan bajo palabras bonitas. Me interesa esa zona donde la realidad deja de ser eslogan y empieza a pasar factura. Me interesa saber quién paga la fiesta, quién firma la cuenta, quién se queda fuera del banquete y quién aparece luego en televisión explicándonos que todo va razonablemente bien mientras al ciudadano se le queda cara de haber sido atropellado por una apisonadora institucional.

Diez tribunas después, sigo creyendo que la palabra tiene utilidad. No cambia el mundo por sí sola, claro. Ojalá fuera tan fácil. Pero ayuda a no entregarlo sin pelear. Sirve para ordenar el pensamiento, para señalar trampas, para incomodar al satisfecho, para acompañar al que duda y para recordarnos que no todo está perdido mientras quede alguien dispuesto a llamar a las cosas por su nombre. Con educación, sí. Con elegancia, también. Pero sin ponerse de rodillas ante el santoral laico de cada temporada.

Este primer año en OP Machinery ha sido, por tanto, una travesía interesante. He hablado de armas sostenibles, miedos europeos, televisión pública, minerales, símbolos nacionales, trincheras ideológicas, guillotinas modernas, dinero digital, caos contemporáneo y regreso de la fabricación. Visto así, parece el inventario de un almacén después de una explosión. Pero no. Tiene lógica. Todo responde a una misma preocupación: cómo conservar criterio propio en una época diseñada para que pensemos por impulsos, votemos por reflejos, compremos por ansiedad y opinemos por contagio.

Y ahora, al mirar hacia atrás, me alegra haber aceptado aquella invitación. Porque uno no escribe solo para publicar. Escribe para dejar constancia. Para conversar con lectores que quizá no piensan igual, pero todavía aceptan el noble deporte de pensar. Para agradecer la confianza de quienes te abren una página sin pedirte que bajes el tono ni que pases la mano por el lomo del poder. Para recordar que en tiempos revueltos, efectivamente, conviene llevar la pluma afilada.

Doce meses después, aquí seguimos. En la última página. Con casco, botas y tinta. Mirando la actualidad como quien observa una obra complicada: sabiendo que hay zanjas mal señalizadas, estructuras que no aguantan, planos hechos por iluminados y mucho jefe de obra que jamás ha cogido una herramienta. Pero también sabiendo que todavía hay gente seria, lectores atentos y profesionales que no se tragan cualquier cosa.

Así que seguiremos. Mes a mes. Tribuna a tribuna. Sin prometer verdades absolutas, que para eso ya están los fanáticos, los gabinetes y algunos ministros con vocación de oráculo. Yo me conformo con algo más modesto y, quizá por eso, más necesario: mirar, pensar, escribir y no pedir perdón por hacerlo.

Porque fabricar vuelve a importar. Pensar también.

Resume el artículo con tu IA favorita

Artículo anteriorCuando Francia y Alemania recortan el Estado del bienestar, España debería tomar nota
Artículo siguienteEl espacio ya no es el cielo: es frontera, trinchera y tablero de poder
Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

2 COMENTARIOS

  1. Querido Enrique: me he quedado como estatua de sal o como gárgola de catedral, absolutamente conmovido, leyendo este balance de tus primeros doce meses en OP Machinery. Qué alegría y qué orgullo da leerte. Es de esas raras y felices veces en las que uno confirma que proponerle un proyecto a un buen amigo no sólo es un acierto profesional, sino un verdadero regalo para la revista. Cuando te ofrecí «La Última», no lo hice a ciegas. Esa página siempre ha sido un territorio sagrado, una tribuna de firmas con altura –por allí pasó, hace muchos años, el mismísimo Pérez-Reverte– que escribieron siempre con la libertad por bandera. Al quedar la plaza vacante, tu nombre no solo surgió, sino que se impuso. Llevaba meses madurando la idea, pero me frenaba el pudor de no ponerte en un compromiso. Por fin, un día solté amarras y mi alegría fue máxima al recibir aquel «afirmativo, torre» que hoy ya es historia de nuestra redacción. Sabía que no te pedía rellenar un hueco, sino que te invitaba a ser el guardián de una atalaya –muy querida por nuestros lectores– desde la que se otea la realidad sin filtros ni anestesia. Y vaya si has cumplido. Has venido, como bien dices, a mancharte las botas de barro y aceite, huyendo de la pose fácil para meterte de lleno en la trinchera. Tu pluma ha insuflado a la revista una calidad que trasciende la materia y la tecnología de las máquinas. En apenas diez «articulazos» –impresionante la infografía que has hecho–, has levantado una cosecha de lectores fieles porque has sabido diseccionar, con rigor de cirujano y profesionalidad de veterano, los grandes y pequeños dilemas de esta sociedad que a veces camina a ciegas y sin brújula que la guíe. Gracias, Enrique, por recordarnos cada mes que, aunque nuestro paisaje sea industrial y rudo, lo que de verdad nos mantiene en pie es la mirada crítica, la pluma fuerte y ese sentido común que hoy es el más escaso de los minerales. Es un privilegio que seas tú quien apague la luz y cierre la puerta de la revista cada mes. Gracias por aquel desembarco, por la ilusión compartida y por mantener ese criterio de roca intacto. ¡A por muchos meses más de pólvora y tinta! Un abrazote, crack.

    • Querido Primitivo:

      Después de leer tus palabras, el que se queda como estatua de sal soy yo. Y no precisamente por falta de ganas de responder, sino porque hay comentarios que no se contestan a la ligera. Se leen, se releen, se agradecen en silencio y luego uno intenta estar a la altura, aunque sepa de antemano que no va a conseguirlo del todo.

      Gracias, de corazón, por tus palabras generosas. Viniendo de ti, maestro de la palabra del que cada día aprendo, tienen un valor especial. Porque tú sabes bien lo que cuesta levantar una revista, sostener una cabecera, cuidar una página y defender un espacio donde todavía se pueda escribir con libertad, con oficio y con algo de pólvora en la tinta.

      Aquella invitación a ocupar LA ÚLTIMA fue para mí mucho más que una colaboración. Fue una oportunidad, un gesto de confianza y, sobre todo, un honor. Que esa página tenga la historia que tiene, y que por ella pasaran firmas de altura, obliga a entrar con respeto, con humildad y con las botas limpias al principio, aunque luego toque llenarlas de barro, aceite y polvo de obra.

      Gracias por abrirme esa atalaya y por dejarme mirar desde ella sin filtros ni bozales. Seguiré intentando estar a la altura de la confianza que me brindaste, mes a mes, artículo a artículo, con la pluma afilada, el criterio firme y la libertad por delante.

      Y sí, maestro: a por muchos meses más de pólvora, tinta y sentido común.

      Un abrazo enorme.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí