Conviene empezar agradeciendo el trabajo. Y conviene hacerlo sin el bostezo protocolario con el que a veces se despachan estas cosas. El Cuaderno de Estrategia 235. Geopolítica del espacio merece reconocimiento porque pone negro sobre blanco una evidencia que muchos ciudadanos aún no han terminado de asumir: el espacio ya no es solo un territorio de exploración científica, ni una postal luminosa para soñadores, ni un lujo tecnológico reservado a agencias con logotipos bonitos y presupuestos de vértigo. Es una pieza esencial del poder terrestre.

Durante mucho tiempo miramos hacia arriba con una mezcla de asombro, romanticismo y cierta ingenuidad. Allí estaban la Luna, Marte, los telescopios, los astronautas flotando como peces blancos en una pecera infinita, el viejo sueño de salir de este planeta pequeño y pendenciero para comprobar si había algo más allá de nuestras miserias. Y claro que lo había. Había ciencia. Había exploración. Había conocimiento. Pero también había misiles, satélites espía, comunicaciones militares, sistemas de guiado, vigilancia, posicionamiento, control, propaganda, orgullo nacional y esa vieja costumbre humana de convertir cualquier frontera en campo de disputa.

El documento del Instituto Español de Estudios Estratégicos tiene la virtud de no perderse en ensoñaciones. Mira al espacio como lo que ya es: un dominio estratégico. Y esa palabra, dominio, tiene más carga de profundidad de la que parece. Porque durante siglos el poder se jugó en la tierra y en el mar. Luego llegó el aire. Después el ciberespacio. Ahora el espacio ultraterrestre se incorpora definitivamente a esa geografía de la fuerza, de la economía y de la política. No como metáfora futurista, sino como realidad operativa.

Hoy un satélite no es una rareza tecnológica flotando sobre nuestras cabezas. Es una pieza de la vida diaria. Sin satélites no hay navegación fiable, ni sincronización de redes, ni comunicaciones globales, ni observación climática, ni inteligencia militar moderna, ni logística afinada, ni agricultura de precisión, ni respuesta eficaz ante desastres, ni operaciones militares como las que hemos visto en Oriente Medio o Ucrania. El espacio está en el móvil, en el banco, en el barco, en el avión, en el misil, en la ambulancia, en el agricultor que mide su parcela, en el meteorólogo que anticipa una tormenta y en el Estado Mayor que calcula el próximo movimiento del adversario.

Por eso este cuaderno llega en un momento especialmente necesario. Porque seguimos hablando del espacio con vocabulario antiguo. Como si aquello fuera todavía el lugar limpio de la cooperación científica, de los tratados solemnes y de las estaciones orbitales compartidas. Y algo de eso queda, desde luego. Pero la música de fondo ha cambiado. Ahora suenan tambores. Bajos, lejanos, envueltos en tecnología y siglas, pero tambores al fin.

La obra arranca con una introducción de Luis V. Pérez Gil que tiene algo de aviso a navegantes, aunque aquí los navegantes ya no cruzan océanos, sino órbitas. Recuerda que la aventura espacial nació al calor de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra Fría. No surgió en una nube impoluta de idealismo científico, sino entre cohetes, arsenales, laboratorios militares y propaganda de superpotencias. El Sputnik no fue solo una esfera metálica pitando sobre la Tierra. Fue una bofetada estratégica. De repente, Estados Unidos comprendió que el adversario podía sobrevolarlo desde una altura que las viejas categorías jurídicas y militares no sabían encajar.

Desde entonces, el espacio ha sido siempre doble. Civil y militar. Científico y estratégico. Cooperativo y competitivo. Poético y brutal. Un telescopio mira galaxias, pero un satélite también puede mirar bases militares. Una constelación conecta escuelas remotas, pero también puede guiar bombas para escabechar al enemigo. Un sistema de navegación ayuda a un ciudadano a encontrar una calle, pero también permite a un ejército golpear un objetivo con precisión quirúrgica. Esa es la incomodidad del espacio: casi todo en él tiene doble uso.

Pedro Duque firma el primer capítulo y aporta una mirada especialmente valiosa, porque no habla del espacio desde la teoría pura ni desde el entusiasmo de folleto institucional. Lo hace desde el conocimiento técnico y desde la experiencia. Su capítulo recuerda que colocar aparatos en órbita permite resolver problemas de manera distinta y, a menudo, mejor que desde la superficie terrestre. Comunicaciones, observación, posicionamiento, investigación y posibles recursos futuros forman parte de un ecosistema que ya sostiene buena parte de la economía moderna.

El espacio ya no es solo exploración y ciencia: es poder, soberanía, economía y defensa

Pero también recuerda algo que conviene no olvidar: llegar al espacio fue difícil, sigue siendo difícil y continuará siendo difícil. El entorno espacial es hostil. Radiación, vacío, temperaturas extremas, imposibilidad de reparación sencilla, costes de lanzamiento, basura orbital, vulnerabilidad tecnológica. No hay romanticismo que resista mucho tiempo si se olvida la ingeniería. Y sin embargo, esas barreras se han ido reduciendo. El resultado es una democratización relativa del acceso al espacio. Cada vez más países, empresas y actores privados entran en la partida. Y cuando entran más jugadores, aumentan las oportunidades, sí, pero también las fricciones.

Ana Molina Sánchez aborda después los programas espaciales europeos. Y ahí el lector español debería detenerse un momento, respirar hondo y abandonar ciertos complejos. Europa no es del todo irrelevante en el espacio. Tiene Copernicus, Galileo, EGNOS, GOVSATCOM, IRIS² y una arquitectura institucional, industrial y científica nada desdeñable. Otra cosa es que Europa, como tantas veces, avance con la elegancia pesada de quien lleva una biblioteca entera a la espalda y discute el color de las cortinas mientras otros ya han levantado la casa.

Europa tiene capacidades. Tiene talento. Tiene industria. Tiene programas. Tiene necesidad. Lo que le falta demasiadas veces es decisión política sostenida, músculo estratégico y una conciencia clara de que en este mundo nadie regala soberanía. Ni en la tierra, ni en el mar, ni en los cables submarinos, ni en la nube digital, ni en la órbita baja.

La autonomía estratégica europea aparece en el cuaderno como una cuestión central. Y no es para menos. Porque depender de terceros en comunicaciones seguras, navegación, observación o acceso al espacio no es una simple incomodidad técnica. Es una vulnerabilidad política. Cuando uno depende demasiado de otro para ver, comunicarse, orientarse o defenderse, llega un día en que descubre que su libertad tenía condiciones escritas en letra pequeña.

El capítulo dedicado a las operaciones militares en el espacio, firmado por José María Cifuentes Rivera, deja pocas dudas. La OTAN ya reconoce el espacio como dominio operacional. Estados Unidos lo trata como dominio de combate. Otros aliados adaptan doctrinas, capacidades y estructuras. Esto no significa que mañana vayamos a ver batallas de película entre naves armadas con rayos láser, aunque algunos titulares amarillentos agradecerían mucho semejante espectáculo. Significa algo más discreto y más serio: que atacar, interferir, cegar, degradar o destruir sistemas espaciales puede decidir una guerra en la Tierra.

Porque una guerra moderna sin satélites se parece mucho a un ejército al que le han arrancado los ojos, cortado los nervios y confundido el reloj. Sin posicionamiento, sin comunicaciones fiables, sin inteligencia persistente, sin alerta temprana, sin sincronización, sin vigilancia, la maquinaria militar pierde precisión y coordinación. La batalla multidominio, tan citada en los papeles estratégicos actuales, depende en buena parte de lo que ocurre por encima de nuestras cabezas.

El capítulo sobre China, Rusia e India, escrito por José M. Martínez Cortés, añade la parte más incómoda del diagnóstico. Las capacidades antisatélite ya no son ciencia ficción. Existen pruebas, doctrinas, desarrollos y programas. Hay armas cinéticas capaces de destruir satélites, pero también láseres, guerra electrónica, interferencias, ciberataques, microondas de alta potencia y tecnologías destinadas a inutilizar activos espaciales sin necesidad de hacerlos estallar en mil pedazos.

Esto último es importante. La guerra en el espacio no tiene por qué parecerse a una explosión luminosa sobre el planeta. Puede ser silenciosa. Una señal degradada. Un satélite cegado. Una comunicación interferida. Un sistema de navegación falseado. Un ciberataque contra el segmento terrestre. Un apagón selectivo. Una pérdida de confianza. Y en el mundo moderno, perder la confianza en los sistemas que coordinan la vida cotidiana puede ser tan grave como perder los sistemas mismos.

Juan Manuel Chomón Pérez dedica su capítulo a la autonomía estratégica europea en el espacio, y el título elegido contiene una magnífica carga de ironía conceptual: Europa tiene órbita, pero también gravedad política. Es difícil expresarlo mejor. Europa sabe lo que tiene que hacer, pero a menudo tarda demasiado en hacerlo. Sabe que necesita autonomía, pero sigue atrapada en dependencias. Sabe que debe integrar capacidades, pero continúa fragmentada entre instituciones, Estados, programas, presupuestos y prioridades nacionales.

El problema europeo no es la falta de inteligencia. Es la falta de voluntad común llevada hasta sus últimas consecuencias. Y en el espacio, como en la energía, la defensa, los semiconductores o la inteligencia artificial, las buenas intenciones no bastan. Hace falta inversión, continuidad, industria, doctrina, mando, riesgo asumido y una idea adulta del poder. No para dominar el mundo, sino para no ser dominado por quienes sí tienen esa idea clarísima.

El capítulo sobre la Estrategia de Seguridad Aeroespacial Nacional, firmado por Juan Carlos Sánchez Delgado y Juan Antonio de la Torre Valentín, aterriza la cuestión en España. Y aquí el asunto nos toca de cerca. España no puede limitarse a mirar el espacio como las vacas miran al tren pasar. Tiene intereses, capacidades, industria, centros estratégicos, posición geográfica, talento y responsabilidades. La aprobación de la ESAN ( Estrategia de Seguridad Aerospacial Nacional) en 2025, según expone el documento, introduce ya el concepto de dominio y plantea objetivos ligados a protección, capacidades de seguridad y defensa, sostenibilidad y resiliencia.

Es un paso relevante. Pero un paso no es un camino. España necesita una política espacial de Estado. No un titular, no una foto, no una nota de prensa con mucho adjetivo y poco presupuesto. Una política de Estado. Sostenida, seria, medible, conectada con Europa, con la defensa, con la industria, con la universidad, con la innovación y con la seguridad nacional. Porque el espacio no entiende de legislaturas cortas ni de ocurrencias de temporada. Un satélite, una constelación, una capacidad industrial o una doctrina de defensa requieren años. A veces décadas. Justo lo contrario de la política española, tan aficionada al cortoplacismo, al eslogan y a la bronca de taberna parlamentaria.

Quien no proteja sus satélites perderá ojos, voz y pulso estratégico

El último capítulo, de Cecilia Hernández Rodríguez, pone el foco en la industria espacial española. Y quizá sea una de las partes más importantes para quienes seguimos pensando que la soberanía no se declama, se fabrica. España cuenta con una arquitectura institucional e industrial con posibilidades reales: la Agencia Espacial Española, el INTA, el Mando Operativo Espacial, el Ejército del Aire y del Espacio, el Centro de Satélites de la Unión Europea en Torrejón, centros vinculados a Galileo, capacidades de comunicaciones gubernamentales, observación de la Tierra, inteligencia geoespacial y un ecosistema New Space que puede aportar flexibilidad, innovación y rapidez.

En ese paisaje industrial aparece, además, un nombre propio que conviene no despachar de cualquier manera: el programa Miura, de PLD Space. No es solo un cohete español con vocación de titular tecnológico. Es una pieza que apunta a algo mucho más serio: la capacidad de acceso propio al espacio, la respuesta rápida y la posibilidad de que España no se limite a usar infraestructuras ajenas, sino que empiece también a lanzar, sostener y reconstituir capacidades propias. Porque en el siglo XXI, quien no puede acceder al espacio por sus propios medios siempre dependerá de que otro le abra la puerta.

Pero el potencial no basta. El potencial es esa palabra que se utiliza mucho cuando algo aún no se ha convertido en realidad. Para que España desempeñe un papel decisivo necesita recursos, continuidad, coordinación y una voluntad política que no se evapore con el primer cambio de viento. La industria espacial no se improvisa. Tampoco la defensa. Tampoco la autonomía. Se construyen con paciencia, dinero, conocimiento y una visión de país que hoy, por desgracia, no siempre abunda.

Uno de los grandes aciertos del cuaderno es mostrar que el espacio no puede analizarse desde una sola disciplina. No basta la ingeniería. No basta la economía. No basta el derecho internacional. No basta la defensa. No basta la diplomacia. El espacio obliga a juntar todas esas piezas. Es tecnología y es geopolítica. Es mercado y es soberanía. Es ciencia y es riesgo militar. Es cooperación y es competencia. Es oportunidad y es amenaza.

También es una advertencia sobre nuestra dependencia. Las sociedades desarrolladas se han vuelto extraordinariamente sofisticadas, pero también extraordinariamente frágiles. Vivimos rodeados de sistemas que funcionan tan bien que hemos dejado de pensar en ellos. Hasta que fallan. Y si un día fallan de verdad, si se degradan comunicaciones, navegación, observación, sincronización financiera o infraestructuras críticas, descubriremos que la modernidad no era una roca, sino una red. Y que muchas de sus hebras pasaban por el espacio.

Hay otro elemento de gran actualidad: la saturación orbital. Miles de satélites, megaconstelaciones, basura espacial, objetos obsoletos, riesgos de colisión, competencia por frecuencias y órbitas. La órbita baja empieza a parecerse a ciertas carreteras españolas en operación salida, solo que a velocidades absurdas y con consecuencias potencialmente devastadoras. La sostenibilidad del espacio no es una cursilería ambientalista. Es una condición para seguir usándolo.

Y luego está la regulación internacional. O, mejor dicho, su insuficiencia. El Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1967 fue una pieza fundamental de su tiempo. Pero aquel mundo no era este. No existían las megaconstelaciones privadas, ni la actual dependencia digital, ni la perspectiva cercana de minería espacial, ni la multiplicación de actores estatales y comerciales, ni el grado actual de militarización tecnológica. El derecho va detrás de los hechos, como suele ocurrir. Y cuando los hechos corren a velocidad orbital, el derecho llega jadeando.

El cuaderno no cae en ingenuidades. No vende un espacio convertido en patrimonio pacífico de la humanidad por la simple bondad de los discursos. Sabe que las grandes potencias no renuncian alegremente a sus ventajas. Sabe que los actores emergentes quieren cambiar reglas que consideran diseñadas por otros. Sabe que las empresas privadas tienen ya un peso formidable. Sabe que el Consejo de Seguridad de la ONU sigue condicionado por las mismas lógicas de poder de siempre. Sabe, en definitiva, que el espacio no está fuera de la historia humana. Está dentro. Con sus grandezas y sus miserias.

Por eso este trabajo es imprescindible. Porque nos obliga a abandonar la mirada infantil. El espacio no es solo el lugar donde colocamos nuestros sueños. También es el lugar donde colocamos nuestras dependencias, nuestras ambiciones, nuestros miedos y nuestras armas. No es un cielo abstracto. Es una extensión de la política. Y la política, cuando se viste de geopolítica, rara vez conserva las manos limpias mucho tiempo.

Agradecer este cuaderno significa agradecer que se nos hable claro. Que se recuerde la importancia de España en este tablero. Que se ponga sobre la mesa la necesidad de una estrategia nacional. Que se explique la fragilidad europea. Que se describan las capacidades de aliados y competidores. Que se analice la industria. Que se conecte economía, defensa y soberanía. Y que se haga, además, desde una perspectiva española, algo que no siempre abunda en debates dominados por informes anglosajones, agendas ajenas y traducciones apresuradas de andar por casa.

El espacio es ya un lugar más. Pero un lugar decisivo. No porque vayamos a vivir todos en Marte pasado mañana, ni porque las minas de asteroides vayan a pagar las pensiones dentro de tres legislaturas, ni porque cada ciudadano vaya a tener su parcelita lunar con vistas al cráter. Es decisivo porque la Tierra depende del espacio. Porque nuestros ejércitos dependen del espacio. Porque nuestras economías dependen del espacio. Porque nuestra seguridad depende del espacio. Porque nuestra autonomía dependerá, cada vez más, de lo que sepamos hacer allí arriba.

Y ahí está la clave. No se trata de militarizar el pensamiento hasta convertir cada estrella en una amenaza. Se trata de comprender el mundo tal como es. Y el mundo actual, guste o no, se ordena también en órbitas. Un país que no entienda eso será usuario, cliente o rehén. Un continente que no entienda eso será protectorado tecnológico. Una sociedad que no entienda eso seguirá mirando al cielo con poesía mientras otros colocan allí sus herramientas de poder.

El Cuaderno de Estrategia 235 merece lectura pausada. No es un texto para despachar entre dos titulares. Es una obra para subrayar, discutir, resumir, divulgar y llevar al debate público. Porque la geopolítica del espacio no pertenece solo a militares, científicos, ingenieros o diplomáticos. Nos afecta a todos. Al ciudadano que usa el GPS. Al agricultor que consulta datos satelitales. Al periodista que informa de una guerra. Al empresario que depende de comunicaciones globales. Al Estado que necesita proteger infraestructuras. Al europeo que todavía aspira a no vivir eternamente bajo paraguas ajeno.

El espacio ya no es el cielo. Es frontera. Es infraestructura. Es negocio. Es ciencia. Es vigilancia. Es defensa. Es tablero. Y quizá, si no somos prudentes, también pueda convertirse en trinchera.

Por eso trabajos como este son necesarios. Porque ayudan a mirar hacia arriba sin ingenuidad, pero también sin histeria. Con conocimiento. Con perspectiva. Con sentido de Estado. Y con la conciencia de que en esa inmensidad silenciosa, tan hermosa desde las fotografías del Hubble y tan peligrosa desde los mapas de Estado Mayor, se juega una parte nada menor de nuestro futuro.

El siglo XXI no se entenderá solo mirando a Washington, Pekín, Moscú, Bruselas o Madrid. También habrá que mirar a la órbita baja, a los satélites de comunicaciones, a las constelaciones de navegación, a los sistemas de observación, a los centros de control, a las estaciones terrestres, a los lanzadores, a los radares de vigilancia espacial y a los tratados que tal vez lleguen tarde.

Y cuando levantemos la vista, conviene hacerlo sabiendo una cosa: allí arriba no reina el vacío. Reina, como aquí abajo, el poder.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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