Va artículo largo. De esos que conviene leer sin prisa, con el café cerca y la guardia alta. Va entre nieblas de guerra, mapas borrosos, comunicados que dicen poco, silencios que dicen demasiado y esa incómoda certeza de nuestro tiempo: que ya casi nada es blanco o negro, porque todo, incluso la guerra, ha aprendido a volverse gris.

Hubo un tiempo en que la guerra tenía la decencia brutal de presentarse con uniforme. Venía con botas, banderas, cañones, partes militares, himnos patrióticos y muertos contados al amanecer. Uno podía detestarla, naturalmente, pero al menos sabía que estaba allí. Tenía rostro de soldado, ruido de artillería y olor a pólvora. Cruzaba una frontera y ya no hacía falta convocar a un comité de expertos para decidir si aquello era una agresión, un malentendido, una operación especial, un fallo técnico o una casualidad con muy mala leche.

Hoy, en cambio, la guerra ha aprendido modales de notario tramposo y sonrisa de tahúr. Ya no siempre declara sus intenciones. No siempre enseña la bandera. No siempre dispara primero. A veces apaga una central, intoxica unas elecciones, sabotea una tubería, manipula una frontera, compra voluntades, financia disturbios, fabrica bulos, lanza un ciberataque contra un hospital o convierte un juzgado en campo de batalla. Y luego se sienta a esperar. Porque sabe que el mundo libre, tan reglamentado, tan garantista y tan orgulloso de sus procedimientos, tardará un buen rato en decidir si debe responder o abrir una comisión. A eso lo llamamos zona gris.

Y el nombre es perfecto, porque no hay color más apropiado para esta época de niebla moral, tecnológica y política. La zona gris es ese territorio viscoso donde no hay paz verdadera, pero tampoco guerra oficialmente reconocida. Donde el agresor golpea sin terminar de levantar la mano. Donde el defensor recibe el daño y, antes de contestar, debe demostrar quién le pegó, por qué le pegó, con qué intención, bajo qué jurisdicción, con qué pruebas y si la respuesta no será peor que la agresión.

La idea me rondaba desde hace tiempo, pero terminó de tomar cuerpo leyendo el documento de Guillem Colom Piella, Desdibujar el umbral: zona gris, atribución y coerción acumulativa, publicado por el Instituto Español de Estudios Estratégicos. El texto tiene una virtud que no abunda en estos asuntos: no se limita a repetir el catálogo habitual de amenazas híbridas, sino que va al hueso. Su tesis es que la zona gris no debe entenderse como un simple espacio entre la paz y la guerra, ni como una colección de herramientas exóticas, sino como un régimen de escalada. Es decir, como una forma de fragmentar, dosificar y administrar el conflicto para que el agresor conserve la iniciativa mientras el defensor soporta el coste de probar, explicar y responder. Traducido al idioma de la calle: la zona gris es la guerra cuando no quiere pagar el precio de llamarse guerra.

Durante años hemos hablado de amenazas híbridas como quien enumera los cacharros de una caja de herramientas: ciberataques, sabotajes, campañas de influencia, presión económica, instrumentalización migratoria, lawfare, espionaje, chantaje energético, operaciones encubiertas, desinformación, proxies, empresas pantalla, mafias patrióticas y demás fauna de alcantarilla. Todo eso existe, por supuesto. Pero si nos quedamos ahí, si convertimos la zona gris en una lista de instrumentos, nos perdemos lo importante.

Lo decisivo no es solo qué herramienta se usa, sino cómo se usa. En qué momento. Con qué cobertura. Con qué ambigüedad. Con qué ritmo. Con qué efecto acumulativo. Una pedrada puede ser una gamberrada. Cien pedradas, lanzadas cada noche contra la misma ventana, son otra cosa. Una filtración puede ser un accidente. Una cadena de filtraciones selectivas, amplificadas por medios, redes y agentes interesados, es una operación. Un ciberataque aislado puede ser obra de delincuentes. Una secuencia de ataques contra hospitales, puertos, administraciones e infraestructuras críticas, acompañada de propaganda y presión diplomática, huele a estrategia aunque nadie haya tenido la cortesía de firmarla.

La zona gris funciona así: por acumulación. Por desgaste. Por goteo. Por cansancio. No siempre busca vencer en una gran batalla. Busca que el adversario llegue tarde a todas las pequeñas.

Ahí está su perversidad. No cruza la línea roja de golpe. La emborrona. La desplaza. La convierte en una línea rosa, luego en una sombra, luego en una mancha, luego en un recuerdo administrativo. Y cuando alguien pregunta si no deberíamos haber respondido antes, ya hay varios ministros, tres expertos, dos tertulianos y un informe preliminar explicando que la situación es compleja y conviene actuar con prudencia. La prudencia es una virtud. Convertida en reflejo pavloviano ante el agresor, puede ser una soga.

Lo vemos en esa guerra, hoy en alto el fuego, que se está librando en torno al estrecho de Ormuz. O que parece librarse. O que quizá no. O que se libra a medias. O que alguien quiere que parezca que se libra. Y ahí está precisamente el asunto. Unos dicen que hay ataques en mitad del alto el fuego. Otros dicen que no. Unos hablan de buques alcanzados, drones, misiles, sabotajes, interferencias, amenazas y respuestas militares. Otros desmienten, relativizan, silencian o embarran. La información fiable escasea. La propaganda abunda. Las versiones se contradicen. Los comunicados oficiales parecen escritos para aclarar lo menos posible.

Y mientras tanto, el estrecho de Ormuz sigue ahí, como una garganta estratégica por la que respira buena parte del comercio energético mundial. Un punto estrecho en el mapa donde cualquier chispa puede oler a petróleo, póliza de seguro, inflación, fragata y sala de crisis. No hace falta hundir media flota para alterar el pulso del mundo. Basta con sembrar la duda suficiente para que cada armador, cada aseguradora, cada gobierno y cada operador energético empiece a preguntarse si cruzar por allí es una decisión comercial o una ruleta rusa con contenedores. Eso es zona gris en estado puro.

No saber del todo qué ha ocurrido forma parte de lo ocurrido. La niebla no es un defecto del escenario. Es el escenario. El rumor, la duda, la atribución incompleta, el comunicado tibio, la fuente anónima, la fotografía borrosa, el vídeo sin contexto, el radar que falla, el GPS que enloquece, el testimonio que no encaja, la acusación que llega demasiado pronto y el desmentido que llega demasiado limpio. Todo eso no rodea al conflicto. Todo eso es conflicto.

La zona gris no solo ataca barcos, redes, fronteras o instituciones. Ataca la claridad. Y sin claridad no hay decisión. Sin decisión no hay respuesta. Sin respuesta hay precedente. Y con suficientes precedentes, lo intolerable se convierte en rutina.

Ese es el truco viejo de todos los matones inteligentes: no dar un puñetazo que obligue al otro a levantarse, sino empujarlo todos los días un centímetro hasta que termina sentado en el suelo sin recordar en qué momento perdió la dignidad.

En política internacional ocurre algo parecido. Un Estado hostil no necesita invadirte mañana si puede erosionarte durante años. No necesita derrotarte en el campo de batalla si puede dividir tu sociedad, contaminar tu conversación pública, encarecer tu energía, atacar tus infraestructuras, colapsar tus procedimientos y hacer que tus aliados discutan entre ellos antes de mover un dedo. No necesita conquistar tu capital si consigue que tú mismo dejes de confiar en tus instituciones.

La zona gris es una tecnología política de la erosión.

Y ahí aparece uno de los conceptos más importantes del documento de Colom Piella: el umbral. El umbral es esa frontera, a veces jurídica, a veces política, a veces psicológica, a partir de la cual una sociedad o un Estado decide que algo ya no puede tolerarse. Pero la zona gris no juega a romper el umbral de manera escandalosa. Sería demasiado burdo. Juega a desplazarlo. A hacerlo discutible. A convertirlo en materia de debate. A lograr que cada agresión parezca insuficiente por separado, aunque el conjunto sea devastador.

Un sabotaje puede ser investigado. Dos sabotajes pueden preocupar. Tres sabotajes pueden sugerir un patrón. Pero entre el primer informe técnico y la conclusión política, el agresor ha ganado tiempo. Y el tiempo, en la zona gris, es munición.

Lo mismo ocurre con la atribución. En una guerra clásica, si un ejército cruza una frontera con insignias, tanques y generales en televisión, no hace falta llamar a Sherlock Holmes. En la zona gris, en cambio, todo empieza con una pregunta: quién ha sido. Y después viene la segunda: podemos demostrarlo. Y luego la tercera: podemos demostrarlo de forma pública, jurídicamente defendible, políticamente asumible y estratégicamente útil. Ahí empieza la trampa.

Puede que los servicios de inteligencia sepan bastante. Puede que los técnicos tengan indicios sólidos. Puede que los aliados compartan sospechas. Pero entre la certeza interna y la atribución pública hay un abismo lleno de abogados, diplomáticos, periodistas, intereses económicos, miedo a la escalada y opiniones públicas que hoy aplauden firmeza y mañana denuncian belicismo.

El agresor lo sabe. Por eso no solo busca golpear. Busca obligar al defensor a justificar cada movimiento. Es decir, a perder iniciativa. Mientras el defensor investiga, el agresor avanza. Mientras el defensor redacta, el agresor prueba otro límite. Mientras el defensor reúne pruebas, el agresor fabrica narrativas alternativas. Mientras el defensor duda si responder, el agresor convierte el hecho consumado en paisaje.

Hay que decirlo sin anestesia: la zona gris convierte la democracia en un campo lleno de rendijas. Nuestras libertades, nuestras garantías, nuestra prensa libre, nuestros tribunales, nuestros mercados abiertos, nuestra pluralidad política y nuestra protección de los derechos son conquistas que merecen ser defendidas. Pero también son superficies de ataque. El adversario no siempre golpea nuestras debilidades. A veces golpea nuestras virtudes.

La libertad de expresión permite el debate, pero también puede ser intoxicada por campañas de desinformación. La independencia judicial protege al ciudadano, pero puede ser instrumentalizada mediante estrategias de lawfare. La protección de los refugiados honra a una civilización, pero puede ser explotada por regímenes que empujan seres humanos contra una frontera como si fueran munición barata. La apertura económica genera prosperidad, pero también dependencias críticas. La digitalización nos hace eficientes, pero nos convierte en rehenes de sistemas que pocos comprenden y muchos pueden atacar.

La zona gris es eficaz porque no necesita destruir una democracia de frente. Le basta con hacer que se vuelva lenta, desconfiada, histérica o cobarde.

Y aquí conviene no caer en el extremo contrario. No todo fallo informático es una operación extranjera. No toda crítica al Gobierno es propaganda enemiga. No todo procedimiento judicial incómodo es lawfare. No toda protesta social está dirigida desde una embajada. No todo movimiento migratorio responde a una mano negra. La paranoia también puede ser una derrota, y no pequeña. Una sociedad que empieza a ver conspiraciones en cada sombra acaba regalando al adversario la victoria moral y la factura del psiquiatra.

Pero la ingenuidad tampoco es una política de Estado. Creer que las potencias revisionistas, los regímenes autoritarios, las mafias, los servicios de inteligencia y los aparatos de propaganda juegan limpio porque nosotros preferimos vivir cómodamente es una forma refinada de estupidez. Y la estupidez, cuando se sienta en un consejo de ministros o en un comité de seguridad, sale carísima.

La cuestión está en aprender a mirar patrones sin ver fantasmas. A exigir pruebas sin exigir imposibles. A distinguir el ruido de la señal. A entender que la ambigüedad no siempre es ausencia de estrategia. A aceptar que, en la zona gris, la duda puede ser parte del ataque.

Eso es lo que hace especialmente peligrosa la guerra no guerra de Ormuz. La falta de información fiable no calma. Al contrario. Alimenta el nerviosismo. Cada versión contradictoria se convierte en otra pieza del tablero. Cada desmentido abre una sospecha. Cada acusación obliga a calcular consecuencias. Cada silencio parece culpable. Cada barco que cambia ruta, cada aseguradora que sube primas, cada gobierno que convoca una reunión discreta, cada medio que publica con condicionales, cada analista que dice “si se confirma”, contribuye a ese clima en el que la paz parece una palabra vieja y la guerra una palabra demasiado grande para pronunciarla. La zona gris vive de ese pudor.

No quiere que digamos guerra, porque decir guerra obliga a decidir. Prefiere que digamos tensión, incidente, crisis, anomalía, interferencia, operación, presión, episodio, atribución pendiente. Palabras mullidas, palabras de pasillo institucional, palabras que permiten ganar veinticuatro horas más. Y veinticuatro horas, en una campaña de coerción acumulativa, pueden ser una eternidad.

La vieja escalada era una escalera. Se subía un peldaño, luego otro, luego otro. Todos veían el movimiento. Todos podían calcular el riesgo. La zona gris, en cambio, no sube escaleras. Cambia la altura de los peldaños mientras caminas. Hace que el primer paso parezca normal, el segundo discutible, el tercero inevitable y el cuarto demasiado costoso de revertir. Cuando miras hacia abajo, ya no sabes desde dónde empezaste.

Por eso la respuesta no puede limitarse a repetir el gesto del agresor en espejo. Si te atacan con propaganda, no basta con propaganda. Si te atacan con ciberataques, no basta con ciberseguridad. Si te presionan en una frontera, no basta con levantar una valla. Si te golpean en el terreno judicial, no basta con quejarse de los jueces. La zona gris es interconectada, y la defensa también debe serlo. Inteligencia, diplomacia, comunicación pública, resiliencia social, protección de infraestructuras, cultura estratégica, cooperación europea, atribución rápida y capacidad de imponer costes. Todo junto. Y a tiempo. Porque llegar tarde, en la zona gris, es casi lo mismo que perder.

España debería tomarse esto en serio. No somos una isla histórica ni estratégica, aunque a veces nos guste comportarnos como un casino con sol. Tenemos puertos, cables, redes energéticas, infraestructuras críticas, fronteras sensibles, empresas expuestas, instituciones vulnerables, administraciones digitalizadas y una opinión pública que arde en redes sociales con la facilidad de un pajar en agosto. Somos parte de Europa, del Mediterráneo, del Atlántico, de la OTAN, de la economía global y de todas las dependencias que eso implica. Quien crea que la zona gris es cosa de generales en despacho debería mirar un poco menos el ombligo y un poco más los mapas.

La seguridad nacional del siglo XXI no se juega solo en los cuarteles. Se juega en los servidores de un hospital, en la red eléctrica, en los satélites, en los puertos, en los juzgados, en los algoritmos, en las cadenas de suministro, en los medios de comunicación, en las aulas, en las fronteras y en la confianza de los ciudadanos. Sobre todo en la confianza. Porque una sociedad que ya no cree en nada es una plaza conquistada sin necesidad de disparar. Ese es el objetivo último de muchas operaciones en zona gris: no ocupar territorio, sino quebrar voluntad. No destruir edificios, sino erosionar certezas. No vencer militarmente, sino lograr que el adversario se agote, se divida, se contradiga, se autocensure o se paralice.

La zona gris no siempre busca que te rindas. A veces le basta con que te canses.

Y nosotros estamos bastante cansados. Cansados de crisis, de mentiras, de propaganda, de titulares histéricos, de expertos de saldo, de instituciones que explican tarde y mal, de políticos que confunden estrategia con ocurrencia y de ciudadanos que ya no saben si informarse es un deber cívico o una forma lenta de envenenamiento. En ese ecosistema, la zona gris prospera como moho en una pared húmeda.

Por eso conviene llamar a las cosas por su nombre. La zona gris no es una rareza académica. No es una moda de los estudios estratégicos. No es una etiqueta para adornar documentos oficiales. Es la forma en que muchos actores han aprendido a competir sin asumir los costes de una guerra abierta. Es el arte sucio de obtener ventajas sin cruzar del todo el umbral. Es la ciencia miserable de golpear lo bastante para dañar, pero no tanto como para despertar al gigante. El problema es que, si el gigante se acostumbra a dormir, un día despierta encadenado.

Quizá la próxima gran guerra no empiece con una declaración solemne. Quizá no haya un presentador interrumpiendo la programación con voz grave. Quizá no veamos columnas de tanques cruzando una frontera al amanecer. Quizá empiece, o haya empezado ya, con una avería que no era avería, una noticia falsa que no era inocente, una querella que no buscaba justicia, una frontera tensionada a propósito, un barco atacado en un estrecho, una señal de navegación alterada, un apagón oportuno, una filtración selectiva y una multitud de voces repitiendo que todavía no hay información suficiente. Para cuando la haya, puede que el daño ya esté hecho.

La zona gris es eso: la guerra que llama al timbre vestida de avería. Y si uno no sabe reconocerla, termina abriéndole la puerta, ofreciéndole café y preguntándole si viene a revisar el contador.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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