Hay libros que uno lee para aprender historia. Otros para confirmar sospechas. Y luego está el Commentariolum Petitionis, ese pequeño manual de campaña electoral que, más que un texto antiguo, parece una filtración incómoda del gabinete de estrategia de cualquier partido moderno. Lo lees con dos mil años de distancia, con Roma ya convertida en mármol, ruina, estatua, latín de instituto y souvenir para turistas, y de pronto descubres que aquello no está tan lejos. Que los romanos no solo inventaron calzadas, acueductos, derecho y maneras eficaces de invadir al vecino. También sabían mucho de pedir el voto, halagar al ciudadano, prometer lo justo, atacar al rival y sonreír a quien, fuera de campaña, quizá ni mirarían a la cara.

Ahora que estamos a tiro de piedra de las elecciones en la Comunidad Andaluza, me viene a la mente este viejo manual. Posiblemente el primero de su género. Un cuadernillo breve, práctico, sin demasiada poesía ni grandes proclamas morales, atribuido tradicionalmente a Quinto Tulio Cicerón, que habría escrito estos consejos para su hermano Marco Tulio Cicerón cuando este aspiraba al consulado de Roma en el año 64 antes de Cristo. Ahí es nada. Mientras nosotros discutimos de encuestas, pactos, bloques, sillones, platós televisivos y candidatos que sonríen como si les hubieran atornillado la mandíbula en una agencia de comunicación, en Roma ya se sabía que una campaña electoral no se gana solo con tener razón. Se gana con presencia, contactos, favores, memoria, teatro, cálculo y una paciencia infinita para soportar al prójimo durante unas semanas. Y eso, reconozcámoslo, tiene algo de desolador y algo de admirable.

Porque el Commentariolum Petitionis no es un tratado sobre la virtud republicana. No es una meditación elevada sobre el bien común. No es un sermón cívico para almas puras. Es otra cosa. Es un manual de campaña escrito con la frialdad del que conoce el barro. Una lista de consejos para ganar. No para salvar la República, ni para elevar el espíritu de los ciudadanos, ni para fundar una edad de oro. Para ganar. Que no es lo mismo, aunque algunos candidatos se empeñen en confundirlo cuando hay micrófonos delante.

El primer consejo, y quizá el más importante, es sencillo: un candidato no puede estar solo. Necesita una red. Amigos, clientes, conocidos, deudores, aliados, simpatizantes, familiares, vecinos, influyentes, oportunistas, tibios y hasta esos personajes que aparecen siempre cuando huelen poder, como moscas ilustradas alrededor del pastel. En Roma, la política funcionaba mucho a base de relaciones personales. Uno apoyaba a quien le había hecho un favor, a quien podía hacérselo mañana o a quien convenía tener cerca por si el viento cambiaba. Lo de las ideas estaba bien para adornar discursos. Lo de las lealtades prácticas servía para ganar elecciones. No hemos avanzado tanto.

Hoy hablamos de bases electorales, estructuras territoriales, militancia, simpatizantes, redes de apoyo, asociaciones, plataformas, influencers, líderes de opinión y no sé cuántas zarandajas más. Pero el principio sigue siendo romano: dime quién mueve gente por ti y te diré cuánto vales políticamente. Una campaña no se hace solo desde un atril. Se hace desde la agenda del teléfono, desde los cafés, desde las llamadas, desde los favores antiguos y desde la promesa no siempre explícita de los favores futuros.

Quinto, o quien escribiera aquel manual, aconsejaba a Cicerón que activara a todos los que le debían algo. Sin pudor. Sin timidez. Sin ese aire melindroso del que cree que en política basta con ser brillante. Cicerón era brillante, desde luego. Probablemente demasiado brillante para muchos de sus contemporáneos. Pero la brillantez no vota en bloque. Los amigos, los clientes y los interesados, sí.

El manual insiste mucho en recordar a los amigos que son amigos. Que parece una obviedad, pero no lo es. En campaña, la amistad se convierte en músculo político. Hay que llamar, pedir, comprometer, recordar favores, apelar a vínculos antiguos, poner a cada cual delante del espejo de sus deudas. No basta con que alguien diga: “Cuenta conmigo”. Hay que asegurarse de que cuenta de verdad, de que habla con otros, de que moviliza, de que acompaña, de que presta su nombre, su influencia o su tiempo. La política, ya entonces, distinguía muy bien entre el abrazo de foto y el apoyo útil.

Y luego está una de mis partes favoritas: conocer a la gente por su nombre.

En Roma existía el nomenclator, una especie de ayudante encargado de susurrar al candidato el nombre de los ciudadanos que se acercaban. Así, el aspirante podía saludar con familiaridad a Fulano, hijo de Mengano, vecino de tal sitio, comerciante de tal cosa o antiguo beneficiario de tal favor. El ciudadano, claro, se sentía visto. Importante. Reconocido. Y eso, en política, vale oro.

Hoy no hace falta un esclavo instruido caminando junto al candidato. Para eso están las bases de datos, los equipos de comunicación, los community managers, los asesores de barrio, los algoritmos y los que llevan veinte años pegando carteles y saben quién es quién en cada pueblo. Pero el principio es el mismo. Al votante le gusta creer que no es una cifra, aunque a menudo lo traten como una casilla demoscópica. Le gusta que le llamen por su nombre. Que recuerden su problema. Que el candidato sepa dónde está su calle, su asociación, su hermandad, su cooperativa, su comercio, su mercado, su centro de salud o su carretera abandonada por todas las administraciones desde tiempos de Trajano.

El manual romano lo sabía. El político moderno también. Otra cosa es que, una vez contados los votos, vuelva la amnesia selectiva. Esa enfermedad tan extendida en los palacios, parlamentos, diputaciones y consejerías. Una dolencia curiosa: afecta mucho a la memoria de las promesas, pero apenas toca la capacidad de recordar dietas, cargos, coches oficiales y sillones disponibles.

Otro consejo fundamental del Commentariolum es estar siempre visible. El candidato debe dejarse ver. En el foro, en las calles, en las casas, en los actos, en las reuniones, en los saludos, en los acompañamientos públicos. Debe parecer incansable. Disponible. Cercano. Como si no durmiera. Como si su única pasión fuera escuchar a los ciudadanos y no alcanzar el poder, que es una pasión bastante más antigua y resistente.

Esto también nos suena. En campaña los candidatos adquieren una ubicuidad casi mariana. Aparecen en mercados, ferias, romerías, polígonos, residencias, colegios, playas, bares, fábricas, campos de aceituna, hospitales, cooperativas, estudios de radio y platós de televisión. Comen lo que les pongan delante. Se ponen chalecos, cascos, botas, delantales o camisas remangadas según convenga al decorado. Miran con intensidad a una señora que les habla de la sanidad pública. Se hacen fotos con niños, mayores, perros, tractores, pescadores, panaderos, camareros y deportistas. Todo muy natural, por supuesto. Tan natural como un gladiador recitando poesía antes de entrar en la arena.

El manual romano no se engañaba. La política es también representación. Quien no aparece, no existe. Quien no saluda, desprecia. Quien no escucha, pierde. Quien no se deja ver, entrega el terreno al contrario. En eso Roma era despiadadamente moderna. O quizá nosotros somos ridículamente antiguos.

Pero donde el texto se vuelve más afilado, más humano y más cínico, es en el asunto de las promesas. El consejo viene a decir: no digas que no demasiado pronto. Mantén viva la esperanza. Promete con habilidad. No cierres puertas. No decepciones antes de tiempo. Ya habrá ocasión de matizar, explicar, aplazar, reinterpretar o envolver el incumplimiento en esa niebla administrativa que tanto gusta al poder. Esto es magnífico. Terrible, pero magnífico.

Porque ahí está una de las grandes artes del candidato: prometer sin quedar atrapado del todo por la promesa. Decir lo bastante para ilusionar y lo bastante poco para poder escapar. El político torpe promete como un borracho en una boda. El político hábil promete como un abogado con experiencia: dejando siempre una coma, una cláusula, un contexto, una prioridad presupuestaria, un “si las circunstancias lo permiten” o un “cuando lleguemos y veamos cómo están las cuentas”.

Cicerón recibió, según el manual, ese consejo hace más de dos mil años. Y uno mira alrededor y comprueba que ha tenido discípulos aventajados. Algunos incluso sin haber leído latín, que tiene mérito.

Las campañas modernas están llenas de esa promesa elástica. Bajaremos impuestos, reforzaremos servicios públicos, crearemos empleo, protegeremos el campo, modernizaremos la administración, defenderemos la identidad, escucharemos a los jóvenes, cuidaremos a los mayores, impulsaremos la innovación, mejoraremos el transporte, reduciremos listas de espera y traeremos prosperidad, equilibrio, justicia y, si se tercia, una primavera con banda sonora. Luego llega la legislatura, esa señora seria que siempre acaba pasando factura, y empieza el noble arte de explicar por qué no se puede hacer lo que se dijo que se haría.

Otro consejo muy importante del manual es adaptar el discurso a cada público. No se habla igual al senador que al comerciante, al veterano que al joven, al rico que al menesteroso, al vecino enfadado que al influyente ambicioso. Cada grupo espera algo distinto. Cada oído exige su música. Cada audiencia necesita una versión del candidato que le resulte aceptable.

Esto, traducido al idioma actual, se llama segmentación. Mensaje específico. Comunicación dirigida. Estrategia territorial. Relato adaptado. Antes se hacía con olfato político y sandalias. Ahora con consultores, encuestas internas, análisis de datos y presentaciones llenas de flechas, cuadrantes y palabras inglesas. Pero el fondo no cambia. El candidato debe ser muchos candidatos sin dejar de parecer uno solo. Debe hablar al empresario sin asustar al trabajador. Al agricultor sin olvidar al urbanita. Al joven sin ofender al jubilado. Al moderado sin aburrir al militante. Al devoto sin espantar al escéptico. Al que quiere cambio y al que teme perder lo que tiene.

La política es, muchas veces, el arte de decir a cada cual lo que necesita oír sin que el conjunto parezca una contradicción demasiado evidente.

Y luego está el adversario. Porque toda campaña necesita enemigos. El manual romano recomienda explotar las debilidades de los rivales: sus vicios, sus antecedentes, sus contradicciones, sus malas compañías, sus escándalos, su carácter. No basta con presentarse como el mejor. Hay que demostrar que el otro es peor, peligroso, indigno, corrupto, incapaz o directamente una amenaza para todos.

Aquí tampoco hemos inventado nada. Las campañas negativas tienen más años que las calzadas romanas. Cambia el soporte. Antes el rumor corría por el foro. Hoy galopa por redes sociales, tertulias, titulares, vídeos cortos y mensajes de WhatsApp enviados por ese cuñado entusiasta que siempre “lo ha recibido de buena fuente”. Pero la mecánica es idéntica: sembrar dudas, instalar sospechas, recordar errores, exagerar defectos, convertir una debilidad del rival en una mancha imposible de lavar.

En Roma no había trending topics, pero había lengua. Y la lengua, cuando se afila, no necesita tecnología.

El Commentariolum también aconseja a Cicerón que convierta su condición de hombre nuevo en virtud. Marco Tulio Cicerón no pertenecía a una de las grandes familias consulares de Roma. No era un aristócrata de pedigrí impecable. Era un novus homo, alguien que llegaba al primer plano por su talento, su oratoria, su trabajo y su ambición. Aquello podía ser una debilidad frente a candidatos con más linaje, pero el manual proponía darle la vuelta: presentar esa falta de abolengo como mérito. No vengo de una saga que hereda cargos, sino de mi propio esfuerzo. No soy el producto de una estirpe, sino de mi valía.

De nuevo, pura modernidad. Todo candidato inteligente intenta convertir sus debilidades en relato. El que no tiene experiencia dice que viene limpio. El que lleva demasiado tiempo dice que aporta solvencia. El que no pertenece al aparato dice que es libre. El que pertenece al aparato dice que sabe gestionar. El que viene de fuera dice que conoce la vida real. El que vive dentro del sistema dice que sabe mover sus engranajes. Todo defecto puede maquillarse como virtud si se encuentra el marco adecuado.

Eso también estaba ya en Roma. No lo inventaron los spin doctors. Lo hacían hombres con toga, ambición y una comprensión bastante exacta de la vanidad humana.

Otro consejo: hay que parecer ganador. El poder atrae al poder. La victoria probable genera apoyos. Nadie quiere quedarse fuera del banquete. Si un candidato transmite derrota, muchos se apartan antes de que suene el último clarín. Si transmite fuerza, empiezan a acercarse los prudentes, los indecisisos, los oportunistas y los expertos en cambiar de chaqueta sin despeinarse.

La política tiene mucho de procesión hacia el vencedor. Algunos apoyan por convicción. Otros por interés. Otros por miedo a quedarse solos. Otros porque creen que el futuro tiene dueño y conviene saludarlo pronto. El manual lo entiende perfectamente. Cicerón debía proyectar seguridad, confianza, inevitabilidad. Tenía que parecer no solo un candidato posible, sino el candidato al que convenía apoyar.

Esto lo vemos cada vez que una encuesta coloca a alguien en ascenso. De pronto, todos lo habían visto venir. Todos lo respetaban en privado. Todos tenían un primo que lo conocía. Todos decían que era cuestión de tiempo. La victoria, incluso antes de producirse, empieza a repartir credenciales.

También resulta muy romano, y muy actual, el consejo de no despreciar a nadie. En campaña, cualquier ciudadano puede sumar, cualquier agravio puede costar, cualquier desaire puede convertirse en un pequeño incendio. El candidato debe escuchar, sonreír, saludar, recibir, agradecer y tragarse el orgullo. Una campaña no es momento para sinceridades excesivas. La sinceridad, en política, suele administrarse con cuentagotas, como veneno caro.

Esto exige una resistencia casi sobrehumana. Hay que sonreír al pesado, al adulador, al fanático, al tibio, al ofendido profesional, al que exige imposibles, al que cuenta su vida entera en tres actos, al que aprovecha el apretón de manos para soltar una reivindicación de veinte minutos y al que lleva diez años esperando una farola en su calle. Todo voto cuenta. Todo gesto pesa. Todo desprecio se recuerda.

El poder, antes de mandar, se arrodilla un poco. Después ya se verá.

Hay otro aspecto delicioso: la casa del candidato como centro político. En Roma, la vivienda no era solo un espacio privado. Era también escenario de recepción, negociación, influencia y jerarquía. Quien acudía a ver al candidato debía sentirse atendido. El aspirante debía recibir, escuchar y generar la impresión de que allí se cocía algo importante.

Hoy las casas han sido sustituidas por sedes, despachos, oficinas de campaña, equipos de prensa y actos cuidadosamente escenificados. Pero el principio sigue vigente. Una candidatura necesita un centro de gravedad. Un lugar, físico o simbólico, donde los apoyos se ordenen, los mensajes se fabriquen, los favores se tramiten y las sonrisas se empaqueten para consumo público.

Lo fascinante del Commentariolum Petitionis es que no finge ingenuidad. No dice: “Sé el más virtuoso y Roma te premiará”. No. Dice, más bien: “Hazte visible, activa a tus amigos, compromete a tus deudores, halaga al votante, promete con cuidado, golpea a tus rivales y ofrece una imagen de victoria”. Es duro, sí. Pero también honesto a su manera. Mucho más honesto que tantos discursos modernos donde todo se envuelve en palabras nobles hasta que no se distingue la política de un anuncio de perfume institucional.

Y ahora, mirando hacia Andalucía, uno no puede evitar pensar en ese viejo manual. En los candidatos recorriendo provincias, pueblos, plazas, mercados, cooperativas, ferias, estudios de televisión y escenarios con focos. En las sonrisas que se multiplicarán como panes y peces. En los abrazos con coreografía. En las promesas de prosperidad, identidad, empleo, sanidad, agua, campo, industria, turismo, vivienda y futuro. En los ataques al adversario, siempre presentados como dolorosa obligación moral. En los mensajes adaptados a cada público. En los asesores midiendo cada palabra. En los equipos buscando la foto exacta. En los partidos llamando a filas a los suyos. En los tibios oliendo el viento.

Roma, desde su tumba de piedra y polvo, podría mirar todo eso y decir: muchachos, eso ya lo hacíamos nosotros.

La diferencia es que allí el foro era de mármol y aquí el foro cabe en un teléfono móvil. Allí el rumor viajaba de boca en boca; aquí viaja a la velocidad del dedo. Allí el candidato necesitaba un nomenclator para recordar nombres; hoy necesita una base de datos, un equipo digital y alguien que le diga qué vídeo de quince segundos puede arañar votos entre los indecisios. Allí se prometían favores; aquí se prometen planes estratégicos. Allí había clientelas; aquí hay redes orgánicas, estructuras territoriales y colectivos de interés. Allí se atacaba la moral del rival; aquí se hace con argumentarios, filtraciones, memes y tertulianos de guardia. Pero el ser humano es el mismo animal político, solo que con mejor cobertura.

El Commentariolum Petitionis nos recuerda algo que conviene no olvidar: la política no es únicamente el reino de las ideas. También es el reino de las emociones, las lealtades, las deudas, los intereses, las vanidades, los miedos y las esperanzas. Y quien ignore eso puede tener razón y perder. Puede ser honrado y perder. Puede ser brillante y perder. Porque una campaña electoral no premia necesariamente al más sabio, sino al que mejor entiende el terreno donde pisa.

Esto no significa que todo sea cinismo. Tampoco conviene pasarse de listo. Hay campañas que movilizan causas nobles, candidatos decentes, proyectos necesarios y votantes sinceros. No todo es barro. Pero negar que el barro existe es la mejor forma de acabar hundido en él hasta las rodillas. Roma lo sabía. Nosotros también, aunque a veces nos hagamos los sorprendidos.

Por eso me interesa tanto este viejo manual. Porque nos obliga a mirar la política sin incienso. Sin esa beatería democrática que imagina al votante como una criatura puramente racional y al candidato como un servidor público movido solo por el bien común. Ojalá fuera así. Pero la historia lleva siglos desmintiéndolo con una paciencia admirable.

El candidato quiere ganar. El partido quiere poder. El votante quiere ser escuchado, defendido, favorecido, respetado o, al menos, no tomado por imbécil de forma demasiado evidente. Entre esas tres fuerzas se mueve la campaña. Y en medio, como en Roma, aparecen los intermediarios, los amigos, los asesores, los aduladores, los fieles, los traidores, los conversos, los indignados y los que siempre acaban saliendo bien colocados gane quien gane.

Quizá por eso el Commentariolum Petitionis sigue teniendo vigencia. Porque no habla solo de elecciones romanas. Habla de nosotros. De esa parte nuestra que quiere creer en grandes principios, pero también atiende a quién nos saluda, quién nos escucha, quién nos promete, quién nos reconoce y quién parece tener más posibilidades de mandar mañana.

La democracia moderna presume de haber superado muchas cosas. Y en parte es verdad. Ya no votan solo unos pocos ciudadanos varones de una república esclavista. Hay sufragio universal, instituciones, garantías, medios de comunicación, leyes electorales, controles y una ciudadanía infinitamente más amplia. Pero bajo esa arquitectura moderna sigue latiendo algo muy antiguo. El deseo de influencia. La necesidad de pertenecer. El cálculo. La esperanza. El miedo. El favor. La palabra dada a medias. La sonrisa profesional. La puñalada envuelta en cortesía. Y ahí está Roma, como un espejo viejo pero todavía limpio.

Ahora en las andaluzas, vemos de nuevo el ritual. Los candidatos bajan al foro, aunque ahora el foro tenga cámaras, micrófonos, redes sociales y rótulos luminosos. Se dejarán ver. Llaman amigos a quienes apenas conocen. Prometen sin cerrar del todo la puerta de salida. Recuerdan los defectos del adversario con gesto grave, como si les doliera hacerlo. Abrazan niños, mayores, agricultores, autónomos, sanitarios, docentes, camareros, empresarios y todo colectivo con derecho a foto. Dicen que escuchan, que entienden, que esta vez sí.

Y nosotros, paisanos modernos con alma antigua, haremos lo de siempre: mirar, desconfiar, esperar, comparar, indignarnos, sonreír con cansancio y decidir si creemos, si castigamos, si premiamos o si simplemente elegimos al que nos parece menos peligroso para la vajilla.

El Commentariolum Petitionis no ofrece una visión hermosa de la política. Ofrece una visión útil. Tal vez por eso molesta. Porque los libros idealistas envejecen peor que los manuales escritos con conocimiento de la naturaleza humana. Y este pequeño texto romano, con su aire de consejo entre hermanos, sigue susurrándonos al oído una verdad incómoda: en campaña, la virtud ayuda, la inteligencia importa, el programa adorna, pero la victoria suele pertenecer a quien sabe saludar, prometer, recordar, golpear y sonreír en el momento exacto.

Roma votaba con toga. Nosotros votamos con papeleta.

Pero el candidato, ay, el candidato sigue siendo el mismo animal antiguo, perfumado ahora con marketing, iluminado por focos y rodeado de asesores que, sin saberlo quizá, llevan dos mil años copiando a Quinto Tulio Cicerón.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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