Hay series que envejecen mal. Se les nota el decorado, el teléfono antiguo, el peinado imposible o aquella tecnología que en su día parecía futurista y hoy da ternura, como un fax con ínfulas de nave espacial. Y luego está Person of Interest, que envejece de otra manera mucho más inquietante: cada año parece menos una ficción televisiva y más un manual de instrucciones del mundo en el que nos han metido.

La serie, creada por Jonathan Nolan y producida por J. J. Abrams, se emitió entre 2011 y 2016. Cinco temporadas. Una Nueva York oscura. Un exagente de la CIA llamado John Reese, con pinta de fantasma armado y traje caro. Un millonario reservado, Harold Finch, genio informático, cojo, culpable y secretamente empeñado en arreglar el monstruo que él mismo había creado. Y, por encima de todos ellos, una inteligencia artificial conocida como La Máquina.

La idea era simple y terrible. Tras el 11-S, Finch construye para el Gobierno de Estados Unidos un sistema capaz de analizar llamadas, correos, cámaras, movimientos financieros, bases de datos, desplazamientos y patrones de conducta. Todo. La Máquina podía detectar amenazas terroristas antes de que se materializaran. Seguridad nacional, lo llamaban. Ya saben: esas dos palabras que, bien agitadas, sirven para abrir casi cualquier cerradura democrática.

Pero La Máquina veía más cosas. No sólo atentados. También veía crímenes comunes. Asesinatos domésticos. Secuestros. Ajustes de cuentas. Venganzas. Muertos anónimos. Personas corrientes que iban a matar o a morir. Para el Gobierno, esas vidas eran “irrelevantes”. Para Finch, no.

Así que La Máquina daba un número. Nada más. Un número de la Seguridad Social. Finch y Reese tenían que descubrir si aquella persona era víctima o verdugo. Y ahí empezaba cada episodio.

Durante un tiempo, Person of Interest parecía una serie policiaca con juguete tecnológico. Caso semanal, persecuciones, tiros, pesquisas, malos de medio pelo y una pareja protagonista con química de acero inoxidable. Pero la serie llevaba debajo otra cosa. Una bomba moral. Una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando una máquina puede verlo todo?

Y, sobre todo, ¿quién vigila a la máquina?

De la ficción al parte de incidencias

Cuando Person of Interest comenzó en 2011, el gran público todavía no había digerido hasta qué punto la vigilancia masiva formaba parte del paisaje. Dos años después, en 2013, Edward Snowden puso sobre la mesa documentos que revelaban programas de vigilancia de la NSA y sus aliados. De pronto, la serie dejó de parecer una exageración paranoica. La Máquina ya no era una ocurrencia de guionista. Era una metáfora bastante educada de algo que estaba ocurriendo delante de nuestras narices.

Vista hoy, lo más llamativo es que la serie fue prudente. Casi pudorosa. Porque en Person of Interest había una Máquina central, poderosa, secreta y peligrosa. En nuestro mundo hay muchas. Algunas públicas. Otras privadas. Unas policiales. Otras comerciales. Unas dicen protegernos. Otras dicen recomendarnos una película. Otras optimizan anuncios. Otras miden riesgos. Otras clasifican candidatos a un empleo. Otras cruzan fronteras, cámaras, rostros, voces, comportamientos y sospechas.

La Máquina de Finch al menos tenía un padre atormentado. Tenía límites. Tenía remordimiento. Tenía una especie de moral trágica. Hoy muchas máquinas no tienen Finch. Tienen departamentos jurídicos, rondas de financiación, consultoras, contratos públicos y términos de uso que no lee ni el que los redactó. Y ahí está la diferencia entre la distopía elegante y la realidad administrativa.

La vigilancia moderna no llega siempre con botas militares ni con un señor siniestro golpeando la puerta a las seis de la mañana. Llega con una aplicación gratuita. Con una cámara de seguridad. Con una pulsera inteligente. Con una nube. Con un asistente de voz. Con una mejora de experiencia de usuario. Con una promesa de seguridad. Con un formulario que dice “aceptar todo”.

Y nosotros aceptamos. Aceptamos como quien firma la rendición sin quitarse las zapatillas de estar por casa.

Samaritan, o cuando la vigilancia decide gobernar

La serie dio un salto magistral cuando apareció Samaritan, la otra inteligencia artificial. Más fría. Más ambiciosa. Más totalitaria. Si La Máquina observaba y alertaba, Samaritan quería ordenar el mundo. No se limitaba a detectar peligros. Quería decidir qué sociedad era más eficiente, qué personas eran útiles, qué riesgos había que neutralizar y qué futuros convenía impedir.

Ahí Person of Interest dejó de ser una serie sobre vigilancia y se convirtió en una serie sobre poder.

Porque vigilar no es sólo mirar. Vigilar es clasificar. Es anticipar. Es puntuar. Es convertir al ciudadano en expediente, al rostro en identificador, a la conducta en patrón, al error en sospecha y a la vida humana en una probabilidad estadística. Y eso ya no pertenece al terreno de la ficción.

Hoy hablamos de inteligencia artificial aplicada a fronteras, seguridad, empleo, educación, servicios públicos, banca, sanidad, publicidad, seguros y defensa. Hablamos de sistemas capaces de identificar rostros, voces, movimientos, relaciones y hábitos. Hablamos de algoritmos que deciden quién merece atención, quién merece crédito, quién merece vigilancia, quién merece sospecha.

La palabra clave es “eficiencia”. Siempre es eficiencia. Como si todos los atropellos modernos necesitaran pasar antes por una hoja de cálculo. Pero la libertad humana no es eficiente. La libertad es contradictoria, incómoda, imprevisible, a ratos absurda. Una persona puede buscar algo raro en internet sin ser peligrosa. Puede estar en el sitio equivocado por una razón inocente. Puede hablar con quien no debe por casualidad. Puede parecer sospechosa a ojos de un algoritmo y ser sólo un pobre desgraciado con mala suerte.

La máquina ama el patrón. Y el patrón, cuando se le deja gobernar, acaba detestando la excepción.

Bruselas mira el calendario y la industria aprieta

Y entonces llega Europa, esa gran señora que pronuncia discursos sobre derechos fundamentales mientras busca el bolígrafo para firmar aplazamientos.

El 7 de mayo de 2026, la Unión Europea acordó retrasar la aplicación de parte de las normas de la Ley de Inteligencia Artificial para sistemas de alto riesgo. Entre ellos, los sistemas relacionados con biometría, infraestructuras críticas, educación, empleo, migración, asilo y control fronterizo. La nueva fecha pasa al 2 de diciembre de 2027, dieciséis meses más tarde de lo previsto. Para sistemas integrados en productos, el plazo se va al 2 de agosto de 2028. La propia Comisión Europea lo presentó como una simplificación para impulsar la innovación y facilitar la aplicación de la Ley de IA.

Traducido al castellano de la calle: la identificación biométrica puede esperar. La vigilancia en fronteras puede esperar. La IA en empleo, educación o servicios públicos puede esperar. Lo urgente, al parecer, es que las empresas respiren tranquilas.

Reuters describió el acuerdo como una versión suavizada de las reglas europeas, orientada a reducir cargas administrativas para las empresas, y señaló que llega tras negociaciones intensas y concesiones reclamadas por grandes compañías. Otros medios han sido aún más claros al hablar de presión de la industria.

Y aquí conviene abandonar el incienso comunitario y decirlo sin demasiada delicadeza: cuando Bruselas habla de “industria”, no está hablando precisamente de una Europa sobrada de gigantes tecnológicos propios, soberanos y musculosos. Europa regula mucho, presume mucho, pontifica mucho, pero en tecnología va a menudo con el paso cambiado y el calzón bajao. La nube, los modelos, las plataformas, los sistemas, las infraestructuras y buena parte del negocio vienen de fuera. Principalmente de Estados Unidos.

Luego nos advierten de que las empresas chinas podrían espiarnos. Y seguramente podrían. Faltaría más. Pero hay que tener un sentido del humor bastante resistente para fingir que la vigilancia empieza en Pekín y no pasa por Silicon Valley. Como si media Europa no llevara años entregando fotos, documentos, búsquedas, correos, vídeos, rutas, conversaciones y miserias personales a empresas norteamericanas con una fe que ya quisieran para sí algunos santos medievales. Hay que joderse.

Porque el mensaje real es éste: no se trata de impedir que nos vigilen. Se trata de conceder más tiempo para que quienes nos vigilan se adapten a vigilarnos con papeles en regla, supervisión humana, documentación transparente, datos de calidad y reducción de sesgos. Todo muy bonito. Todo muy correcto. Todo muy europeo.

Pero la pregunta sigue ahí, negra como un apagón: ¿no deberían estar esas garantías antes de desplegar sistemas capaces de identificar ciudadanos por su cara o por su voz?

En Person of Interest, Finch creó La Máquina y después pasó media vida intentando limitarla. Europa parece hacer a veces lo contrario: anuncia límites solemnes y después concede más tiempo para que el mercado ajuste los engranajes.

La rendición cómoda

La serie se quedó corta, sí. Se quedó corta en la cantidad de cámaras. En la dependencia del móvil. En la docilidad con la que aceptamos ser rastreados. En la voracidad de las empresas. En la velocidad de la inteligencia artificial. En la facilidad con que la vigilancia se disfraza de comodidad. Pero, sobre todo, se quedó corta en nuestra mansedumbre.

Porque en Person of Interest todavía había conflicto moral. Había culpa. Había personajes conscientes de que cruzaban líneas peligrosas. Había una lucha entre La Máquina y Samaritan, entre libertad y control, entre personas y sistemas.

Hoy muchas veces no hay épica. Hay burocracia. Hay notas de prensa. Hay comités. Hay excepciones. Hay periodos transitorios. Hay calendarios de aplicación. Hay lobbies. Hay una industria que presiona y una Europa que aplaza.

La vigilancia ya no necesita conquistarnos por la fuerza. Le basta con ofrecernos servicios. Le basta con hacernos la vida más cómoda. Le basta con prometernos seguridad, rapidez, personalización y eficiencia. Y nosotros, que somos muy modernos para unas cosas y muy pardillos para otras, entregamos la cara, la voz, la ubicación y la biografía digital mientras preguntamos por qué tarda tanto en cargar la aplicación.

Person of Interest nos avisó de que una inteligencia artificial podía mirarlo todo. Diez años después, el problema no es que nos mire una Máquina. Es que nos miran muchas. Algunas cobran por hacerlo. Otras gobiernan con ello. Otras venden la información resultante. Y otras esperan pacientemente a que Bruselas termine de encontrar el momento adecuado para regularlas.

Mientras tanto, seguimos caminando bajo cámaras, sensores, móviles, bases de datos y algoritmos. Convencidos de que no somos importantes. De que nadie se fija en nosotros. De que todo esto va de terroristas, criminales, fronteras y amenazas lejanas.

Eso pensaban también los “irrelevantes” de Person of Interest. Hasta que La Máquina escupía su número.

Y entonces ya era tarde.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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