En este mundo nuestro, donde los hispanos seguimos a la greña, entretenidos en darnos navajazos dialécticos mientras otros nos dictan la partitura desde fuera, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, insiste con admirable terquedad en que España debe pedir perdón por la conquista, algo que volvió a reclamar públicamente en 2025 y que ha reavivado ahora al calor de la polémica sobre Hernán Cortés. Y uno no sabe si reír, llorar o pedir una silla, una bota de vino y paciencia franciscana. Porque resulta que todos los males del gran país que es México, con su historia inmensa, su talento, sus contradicciones y sus propias élites de ayer y de hoy, se le cargan de nuevo a un extremeño muerto hace casi cinco siglos, como si Cortés siguiera cabalgando por la calzada de Tacuba con el recibo de la luz, la inseguridad, la corrupción y el narcotráfico metidos en las alforjas. Mientras tanto, los viejos escribanos de la Leyenda Negra, o sus herederos con palomitas y sonrisa torcida, deben de estar descoyuntándose de risa al ver cómo seguimos buscando remedio a los problemas del presente hurgando en los muertos de hace quinientos años. España fue invadida antes incluso de llamarse España por fenicios, cartagineses, romanos, visigodos, musulmanes y media humanidad con sandalias, espadas o alfanje, y aquí no andamos exigiendo al alcalde de Roma, al presidente de Túnez o al emir de turno que vengan de rodillas a pedir perdón por Numancia, Sagunto o Covadonga.

Claro que lo de Sheinbaum, con toda su matraca de agravios cuidadosamente desempolvada para consumo interno, nos viene de perlas para hacer algo bastante más útil que repartir culpas a voleo: recordar a Hernán Cortés. No al santo de estampita que algunos quisieran levantar sobre un caballo imposible, ni al demonio con espada que otros necesitan para que les cuadre el catecismo político, sino al hombre entero, incómodo, contradictorio y formidable que cambió la historia de medio mundo. Así que dejemos por un momento el incienso, el látigo y la pancarta, que para eso ya hay demasiados voluntarios, y vayamos con Cortés. Porque si vamos a hablar de muertos, al menos hablemos de los que todavía tienen algo que decirnos.

Y ya puestos, habrá que agradecerle a la señora Sheinbaum el servicio involuntario prestado a esta casa. Porque este viejo labriego de la tecla, que lleva años arando el barbecho de Un Mundo Complejo con más terquedad que provecho, tenía todavía a Hernán Cortés esperando turno entre notas, papeles, lecturas pendientes y otros cadáveres ilustres que reclaman su parte de tinta y de bits. Ha tenido que venir la presidenta mexicana, con su matraca penitencial y su empeño en pedir cuentas al siglo XVI desde el mostrador político del XXI, para recordarme que ahí seguía el extremeño, con la espada apoyada sobre el mapa, mirándonos de reojo y preguntando cuándo demonios íbamos a hablar de él. Así que gracias, presidenta. A veces, hasta la propaganda sirve para abrir un buen libro.

Hernán Cortés, el hombre que no cabe en una caricatura

Hay personajes históricos a los que no conviene acercarse con las manos limpias de quien nunca ha tocado barro. Hernán Cortés es uno de ellos. Se le puede admirar, criticar, estudiar, discutir y revisar. Lo que no se puede, si uno conserva un mínimo de honradez intelectual, es reducirlo a una consigna.

Cortés no fue un santo con armadura ni un villano de cartón piedra. Fue un hombre de su tiempo. Y su tiempo no olía precisamente a colonia de ministerio ni a comunicado institucional. Olía a mar, a pólvora húmeda, a cuero, a caballo, a incienso, a hambre, a hierro, a miedo y a gloria. El siglo XVI no era un seminario de buenas intenciones. Era una época brutal, expansiva, contradictoria, deslumbrante y peligrosa. Un mundo donde los mapas todavía tenían huecos en blanco y donde algunos hombres, en lugar de mirarlos con prudencia, decidían meterse dentro.

Hernán Cortés de Monroy y Pizarro Altamirano nació en Medellín, Extremadura, en 1485. Y eso importa. Porque aquella Extremadura era tierra áspera, de hidalgos con más apellido que fortuna, de muchachos que aprendían pronto que la vida no regalaba nada salvo polvo y cicatrices. En ese paisaje nació un hombre que no parecía hecho para quedarse quieto. Pasó por Salamanca, aunque su vocación no estaba en pudrirse entre papeles, sino en la acción. Cortés tenía una inteligencia peligrosa: la del que observa, calla, calcula y actúa cuando los demás aún están pidiendo permiso.

En 1504 cruzó el Atlántico rumbo a las Indias. Y conviene detenerse ahí, porque hoy decimos “cruzar el Atlántico” con la misma ligereza con que uno pide un café, imprime una tarjeta de embarque o se queja porque el avión se retrasa cuarenta minutos. Hoy viajamos sentados, con aire acondicionado, mapas digitales, comunicaciones por satélite y agua mineral en vaso de plástico. Nos parece una odisea que no funcione el wifi. Pero aquello era otra cosa: meterse en un cascarón de madera, encomendarse a Dios, al piloto, a las estrellas y a la suerte, sabiendo que, si venían mal dadas, nadie acudiría en auxilio de aquellos hombres perdidos en la inmensidad del océano.

Intento imaginarlos, a Cortés y a tantos otros temerarios, rumbo a un mundo que aún no comprendían. Hombres hechos de hambre, ambición, fe y miedo, viendo cómo la costa se borraba hasta desaparecer. Delante sólo quedaba una llanura líquida, oscura, interminable. No eran turistas de crucero ni aventureros de salón. Eran hombres en frágiles embarcaciones, expuestos al capricho del viento, a corrientes inciertas y a la soledad de un mar que de noche no sería azul, sino negro.

Bebían agua tibia de cubas, a veces corrompida, y la que lograban recoger de la lluvia si el cielo se apiadaba. Comían lo que resistía al moho, a la humedad y a los gusanos. Dormían como podían, entre maderos, velas, aparejos, hedor, rezos y blasfemias. La muerte viajaba con ellos: una tormenta, una vía de agua, una fiebre, una caída al mar, un motín, una mala decisión del piloto o el simple capricho de un cielo cerrado.

Ni santo ni demonio: un hombre del siglo XVI juzgado cinco siglos después

Aquellos viajes no eran desplazamientos; eran apuestas contra lo desconocido. Cada jornada en alta mar era una negociación con la muerte. No había faros amigos, guardacostas, helicópteros ni coordenadas exactas parpadeando en una pantalla. Si el barco se perdía, se perdían todos. Y aun así, fueron. Cruzaron. Abrieron rutas donde antes sólo había miedo, niebla y superstición. Cortés lo hizo en 1504. Y desde ese momento, al poner pie en las Indias, dejó atrás la vida pequeña para entrar en esa otra vida feroz, incierta y desmedida que ya no habría de soltarlo jamás.

Y no deje de asistir, querido lector, al musical Malinche del gran Nacho Cano que nos sumerge en las raíces del mestizaje a través de la historia de amor entre Malinche y Cortés

Primero estuvo en La Española. Después en Cuba, donde participó en la empresa dirigida por Diego Velázquez. Allí aprendió no sólo el oficio de las armas, sino algo más importante: el oficio del poder. Porque Cortés no fue únicamente espada. Fue también política, negociación, cálculo y voluntad. Esa mezcla, tan incómoda para sus enemigos y tan eficaz para sus propósitos, explica buena parte de su vida.

En 1519 encabezó la expedición hacia las costas mesoamericanas. Y aquí conviene detenerse, porque una de las grandes trampas del lenguaje moderno consiste en decir que Cortés “conquistó México”. No. México no existía. Existía un mundo mesoamericano complejo, plural, con pueblos distintos, lenguas distintas, intereses distintos y conflictos antiguos. Existía el poder mexica, con Tenochtitlan como centro formidable. Existían pueblos sometidos, enemigos, aliados posibles, rencores acumulados, tributos, guerras, sacrificios, mercados, templos, ciudades, nobleza, religión y política. Cortés no llegó a un vacío. Llegó a un tablero encendido.

Y ahí estuvo su genio. Comprendió que la empresa no podía sostenerse sólo sobre caballos, acero y arcabuces. Esa explicación simplona, tan repetida, no sirve. La caída de Tenochtitlan no puede entenderse sin las alianzas indígenas, especialmente con los tlaxcaltecas, enemigos del poder mexica. Aquellos pueblos no fueron comparsas ni figurantes. Fueron actores históricos con voluntad propia, intereses propios y memoria propia. Negarles ese papel, como hacen algunos relatos modernos, es otra forma de desprecio: convertirlos en decorado de una película donde sólo cuentan los españoles y sus culpas.

Cortés fundó la Villa Rica de la Vera Cruz, y aquello fue una jugada política de primer orden. No era sólo levantar una población. Era dotarse de legitimidad, vincular su autoridad directamente con la Corona y apartarse de la tutela de Diego Velázquez. Cortés sabía que las batallas se ganan con hierro, sí, pero también con actas, cabildos, firmas y legalidades. España siempre ha sido así: capaz de abrir continentes y, acto seguido, pedir tres copias selladas del expediente.

Después vino el camino hacia Tenochtitlan. Y me gusta imaginar a aquellos hombres avanzando hacia lo desconocido, rodeados de aliados indígenas, intérpretes, enemigos invisibles, volcanes, rumores y presagios. No iban entrando en una tierra muda ni primitiva. Entraban en una civilización poderosa, con una capital asombrosa, levantada sobre el agua, llena de calzadas, canales, templos, mercados y grandeza. Tenochtitlan impresionó a los españoles porque era impresionante. Y reconocer eso no empequeñece a nadie. Al contrario: engrandece la magnitud de lo que ocurrió.

En 1519 Cortés entró en Tenochtitlan y se encontró con Moctezuma II. Dos mundos se miraron a los ojos. Dos formas de poder intentaron descifrarse. Dos universos simbólicos, religiosos y políticos comenzaron a rozarse con una mezcla de diplomacia, miedo y fatalidad. Y en medio de todo aquello estuvo también Malintzin, doña Marina, figura esencial, intérprete, mediadora y puente entre lenguas. Otra de esas mujeres que la Historia simplificada trata mal porque no sabe dónde colocarla.

Luego llegó la tragedia. La llamada Noche Triste, en 1520, fue una derrota brutal. Los españoles y sus aliados huyeron de Tenochtitlan en medio de una matanza. Cortés perdió hombres, oro, prestigio y quizá una parte de su arrogancia. Pero no perdió lo esencial: la voluntad. Y ahí se mide a los grandes personajes históricos. No sólo en la victoria, que a menudo es una amante complaciente, sino en la derrota, que desnuda al hombre y lo deja solo frente a su verdadero tamaño.

Cortés se recompuso. Rehízo alianzas. Volvió. Y en 1521 cayó Tenochtitlan.

No fue una escena limpia. La Historia rara vez lo es. Hubo guerra, muerte, enfermedades, destrucción y sufrimiento. Pero también hubo política, alianzas, reorganización del poder y nacimiento de un mundo nuevo. Sobre las ruinas de Tenochtitlan comenzó a levantarse la Nueva España. Y ahí aparece otro Cortés menos cinematográfico pero igual de importante: el fundador, el organizador, el constructor de ciudades, el hombre que no se limitó a pasar como una tormenta para desaparecer después.

Fue nombrado marqués del Valle de Oaxaca. Viajó a Honduras. Pleiteó. Escribió. Defendió su memoria. Se enfrentó a rivales y funcionarios. Y acabó, como tantos hombres de acción, atrapado en la telaraña de los papeles, las envidias y las sospechas. Porque España, conviene recordarlo con una sonrisa torcida, siempre ha tenido una capacidad prodigiosa para ponerle un escribano detrás a cualquier persona sobresaliente.

La Virgen de Guadalupe, Extremadura y el océano

Hay otro hilo que no conviene olvidar: el de la fe. No esa fe de catecismo escolar mal aprendido, sino la fe real, antigua, incrustada en la carne de aquellos hombres. Cortés era extremeño. Y en Extremadura, la Virgen de Guadalupe no era una advocación cualquiera. Era un símbolo poderoso, una presencia religiosa, cultural y emocional vinculada al monasterio de Guadalupe, uno de los grandes centros espirituales de la España de su tiempo.

Conviene distinguir bien las cosas, porque aquí también suelen mezclarse churras con merinas y luego pasa lo que pasa. La Virgen de Guadalupe extremeña existía mucho antes de la empresa americana. Era una devoción española, peninsular, profundamente arraigada. Con los conquistadores, marinos y pobladores viajó también esa devoción al otro lado del océano. Hay referencias a Cortés y otros navegantes vinculados a esa advocación, y la tradición del estandarte cortesiano relacionado con Guadalupe forma parte de ese imaginario histórico que une Extremadura, la Monarquía Hispánica y América. La devoción guadalupana española cruzó el Atlántico, y después, en la Nueva España, adquirió una dimensión propia, inmensa, especialmente a partir de la tradición de Juan Diego en 1531.

Ahí hay un símbolo poderoso. Cortés no sólo llevó hombres, armas, caballos y ambición. Llevó también una cosmovisión. Una forma de entender el poder, la vida, la muerte, la salvación y el destino. Se podrá creer o no creer, faltaría más. Pero no se puede entender el siglo XVI amputándole la religión como quien corta una frase incómoda de un discurso. La fe era columna vertebral de aquel mundo. Estaba en las banderas, en las cartas, en las promesas, en los miedos y en la forma de mirar la muerte.

Y quizá por eso resulta tan significativo que el nombre de Guadalupe acabara latiendo con tanta fuerza en la historia posterior de la Nueva España y del México independiente. La Guadalupe extremeña y la Guadalupe mexicana no son la misma cosa en sentido estricto, pero dialogan en el fondo de la Historia como dos campanas que suenan en orillas distintas del mismo océano. Una nace en la vieja Extremadura de monasterios, caminos y peregrinos. La otra se convierte en un símbolo espiritual e identitario de primer orden en América. Entre ambas, atravesándolo todo, está esa España del siglo XVI que no se entiende si se la reduce a codicia y espada.

Porque la espada estuvo, desde luego. Pero también estuvo la cruz. Y no como adorno. Estuvo como motor, justificación, consuelo, bandera y contradicción.

La muerte de Cortés y el peregrinaje de sus huesos

Cortés murió en Castilleja de la Cuesta en 1547. Pero ni siquiera muerto encontró quietud. Y esto, si se mira bien, parece casi una metáfora perfecta de su vida. Un hombre que no dejó de moverse en vida tampoco dejó de moverse después de muerto.

Sus restos tuvieron una peripecia casi novelesca. Fueron depositados primero en el monasterio de San Isidoro del Campo, cerca de Sevilla. Después, según las disposiciones testamentarias y familiares, acabaron cruzando de nuevo el océano rumbo a la Nueva España. Las fuentes históricas recogen ese traslado y señalan que sus huesos fueron llevados a San Francisco de Texcoco y más tarde al templo de San Francisco de la ciudad de México. En 1794, por iniciativa del virrey segundo conde de Revillagigedo, fueron trasladados al templo de Jesús Nazareno, anexo al Hospital fundado por el propio Cortés.

Ahí ya hay materia para una novela. El conquistador que pidió reposar en la tierra que había contribuido a fundar como Nueva España. El hombre de Medellín convertido en huesos viajeros. La osamenta que cruza el Atlántico como antes lo había cruzado la carne viva. El muerto que sigue atravesando mapas.

Pero la cosa no terminó ahí.

Tras la independencia mexicana, el ambiente contra los símbolos de la antigua dominación española se volvió hostil. En 1823, con el clima político encendido, surgió el temor de que los restos de Cortés fueran destruidos o profanados. Lucas Alamán, figura central de aquel México turbulento, intervino para ocultarlos y protegerlos. Las fuentes recogen que sus huesos fueron retirados de su mausoleo y escondidos en un lugar más seguro del Hospital de Jesús Nazareno. No fue una profanación consumada en plaza pública, pero sí existió una amenaza real de profanación, un deseo de borrar el símbolo, de arrancarlo de la piedra y del recuerdo. Qué escena, si uno la piensa despacio.

Unos hombres escondiendo de noche, o casi, los huesos de Hernán Cortés para que no fueran pasto de la ira política. La Historia convertida en osario clandestino. El conquistador, reducido ya a calavera y polvo, todavía resultaba peligroso. Todavía molestaba. Todavía había que esconderlo como se esconde un arma cargada. Y eso dice mucho más de Cortés que muchos discursos.

Porque los muertos verdaderamente irrelevantes no se esconden. Se olvidan. Cortés no fue olvidado. Fue buscado, odiado, protegido, ocultado, exhumado y vuelto a enterrar. Sus huesos pasaron por entierros, traslados, ocultamientos y búsquedas durante siglos. El Fondo de Cultura Económica, al resumir el estudio clásico de José Luis Martínez, recuerda que sus despojos sufrieron numerosas exhumaciones y reinhumaciones, incluyendo ocultamientos, hasta el punto de que pocos restos históricos han estado tan zarandeados como los suyos.

Durante mucho tiempo se creyó que sus restos estaban perdidos. Hubo rumores. Versiones. Silencios. Algunos pensaron que habían salido del país. Otros sospecharon que seguían ocultos en el Hospital de Jesús Nazareno. La búsqueda de sus huesos se convirtió en una especie de pesquisa histórica, casi detectivesca, donde archivos, testimonios y documentos iban dejando migas de pan en medio de la niebla.

Y al final, en el siglo XX, se confirmó lo que algunos sospechaban: los restos seguían allí, en el templo de Jesús Nazareno, en la Ciudad de México. El hombre que había entrado en Tenochtitlan seguía reposando en el mismo espacio simbólico de la ciudad que nació sobre aquella antigua capital. No en un panteón imperial, no bajo una gran estatua triunfal, no en una cripta visitada por multitudes. Allí. En una discreción casi incómoda. Como si la Historia mexicana y la española no supieran aún qué hacer con él.

Y quizá no lo sepan.

Cortés y la leyenda negra

La figura de Cortés ha sido manchada muchas veces por la leyenda negra española, esa vieja maquinaria de desprestigio que durante siglos presentó la expansión hispánica como una empresa singularmente cruel, como si el resto de potencias europeas hubieran repartido flores, manuales de urbanidad y chocolate caliente por el mundo. No se trata de negar errores, abusos o brutalidades. Se trata de negarse a aceptar que sólo España debe comparecer ante el tribunal de la Historia mientras otros imperios se sientan en el público comiendo palomitas.

Cortés no llegó a México, sino al corazón del poder mexica

También ha sido manchada por el revisionismo histórico más perezoso, ese que juzga el pasado con ojos del presente, pero sin el esfuerzo intelectual de comprenderlo. El que no estudia contextos, sino que reparte condenas. El que no lee crónicas, sino pancartas. El que no distingue entre mexicas, tlaxcaltecas, totonacas o castellanos, porque para su relato le basta con dos palabras: opresores y oprimidos. Qué cómodo resulta el mundo cuando uno lo reduce a un cartel de manifestación. Pero la Historia es mucho más puñetera.

Cortés no “conquistó México”, porque México no existía. Cortés participó en la caída del poder mexica y en la formación de la Nueva España. Lo hizo con un contingente español limitado, con aliados indígenas decisivos y en un contexto de rivalidades políticas mesoamericanas que no pueden borrarse sin insultar la inteligencia de los propios pueblos indígenas. Porque negar el papel de esos aliados es otra forma de desprecio: convertirlos en decorado, reducirlos a una masa muda que no pensaba, no decidía y no actuaba. Y no fue así.

A Cortés se le puede admirar sin beatificarlo. Se le puede estudiar sin convertirlo en santo de altar. Se le puede criticar sin escupir sobre cinco siglos de Historia. Ese equilibrio, que debería ser normal, hoy parece casi revolucionario.

Un libro recomendable para mirar a Cortés sin complejos

Por eso resulta recomendable acercarse a libros que intenten devolver contexto donde otros sólo ponen propaganda. Sobre Hernán Cortés se han escrito biografías de todos los tamaños, tonos y pelajes: obras académicas, estudios divulgativos, ensayos apasionados, retratos severos, defensas encendidas y condenas de esas que parecen redactadas con la sentencia escrita antes de abrir el legajo. Cortés, como todos los personajes históricos que de verdad importan, ha dado para bibliotecas enteras. Y seguirá dándolas, porque no hay forma de meterlo en una caja sin que se salgan por las rendijas la espada, el mapa, la ambición, la política, la fe, la violencia, la inteligencia y ese puñado de contradicciones que hacen interesante a un hombre y desesperan a los fanáticos.

Hoy traigo aquí la última que ha caído en mis garras, recién salida de imprenta: Hernán Cortés. Encuentro y conquista, de Juan Miguel Zunzunegui, publicado por La Esfera de los Libros. Y lo hago porque encaja bien con la necesidad urgente de sacar a Cortés del teatrillo infantil de buenos y malos, de verdugos con bigote y víctimas sin voz, de héroes de bronce o monstruos de cartón piedra. La obra permite acercarse al extremeño desde un terreno más fértil y más incómodo: el de la Historia, con sus luces, sus durezas, sus contradicciones y sus grandezas. Que ya es bastante, en estos tiempos en los que muchos confunden estudiar el pasado con buscar un culpable al que arrojarle piedras desde la comodidad moral del presente.

No es mala compañía para entrar en Cortés sin complejos. Ni para aplaudir como un beato ni para escupir como un comisario político. Sirve, más bien, para recordar que hace falta leer más y pontificar menos. Abrir libros antes de abrir trincheras. Entender que la Historia no está ahí para darnos la razón, sino para quitarnos tonterías; no para confirmar nuestras fobias, sino para obligarnos a pensar. Y pensar, cuando se trata de Hernán Cortés, exige aceptar que hubo grandeza y hubo sangre, hubo cálculo y hubo fe, hubo alianzas indígenas decisivas, hubo derrumbe de un poder y nacimiento de otro mundo. Todo eso, junto. Todo eso, sin pedirnos permiso.

A mí Cortés me interesa precisamente porque no es cómodo. Porque no cabe en el altar ni en el paredón. Porque obliga a reconocer grandeza y dureza al mismo tiempo. Porque representa una España que cruzaba mares, fundaba ciudades, discutía con escribanos, peleaba con imperios y todavía tenía el descaro de pensar que el mundo podía ensancharse.

No pido que se le venere. Pido que se le estudie. Que ya es bastante revolucionario en estos tiempos donde media humanidad parece dispuesta a opinar de todo con la profundidad de un charco seco.

Hernán Cortés fue audaz, ambicioso, inteligente, duro, político, soldado, negociador y fundador. Fue también contradictorio, como todos los grandes personajes históricos. Y esa contradicción no lo empequeñece. Lo hace real.

Los hombres pequeños caben bien en los eslóganes. Cortés no. Cortés necesita mapas, crónicas, contexto, estudio y memoria. Necesita que dejemos de usar la Historia como garrote ideológico y empecemos a verla como lo que es: el territorio áspero donde los vivos dialogan con los muertos para no convertirse en imbéciles satisfechos.

Cortés no conquistó México. México vendría después, con otra historia, otros dolores y otras grandezas. Cortés entró en Tenochtitlan, participó en la caída del poder mexica y abrió el camino a la Nueva España. Eso ya es bastante. Bastante para llenar bibliotecas. Bastante para incomodar a los fanáticos. Bastante para que, quinientos años después, su nombre siga sonando como suenan las cosas que no han terminado de apagarse.

Como una espada sobre una mesa antigua. Como un casco abollado junto a un mapa. Como una urna escondida para que la turba no la despedace. Como el eco de unos pasos entrando en Tenochtitlan, mientras la Historia, esa vieja dama cruel, tomaba nota.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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