Mientras se suceden las informaciones sobre la visita del Papa León XIV a España, y concretamente a Madrid, uno se descubre haciendo algo que no esperaba: presignarse. No tanto por devoción litúrgica, que también cada cual sabrá cómo lleva su alma, sino por puro instinto de supervivencia urbana. Porque Madrid, cuando se pone solemne, multitudinaria y blindada, puede convertirse en una especie de penitencia colectiva con semáforos apagados, calles cortadas, policías sudando bajo el uniforme, fieles con abanico, turistas despistados y algún taxista pronunciando homilías que no figuran en el Misal Romano.
El Papa estará en España del 6 al 12 de junio de 2026, con parada en Madrid del 6 al 9, y con actos que se anuncian multitudinarios, incluida una misa en Cibeles y una agenda institucional de esas que obligan a medio país a mirar el reloj, el mapa y la paciencia disponible. Y uno, que ya peina canas suficientes como para saber que las grandes convocatorias se preparan con mucha fe pero también con mucha Policía Municipal, ruega que todo salga perfectamente, que no haya trastornos excesivos, que los que acudan puedan hacerlo con alegría y que los que tengan que cruzar la capital para trabajar, ir al médico o recoger a un nieto no acaben maldiciendo en arameo, que siempre queda feo cuando el protagonista del día es el sucesor de Pedro.
Y estaba uno en esas, entre la previsión de cortes, el runrún político y la liturgia mediática que acompaña a toda visita papal, cuando aparece la encíclica. La primera de León XIV. Magnifica Humanitas. Y ahí, lo confieso, el Santo Padre me tocó la fibra.
Porque una encíclica no es un tuit largo con incienso. Conviene aclararlo, por si alguno anda despistado entre notificaciones, titulares de urgencia y vídeos de treinta segundos. Una encíclica es una carta solemne del Papa dirigida normalmente a los obispos, a los fieles católicos y a todas las personas de buena voluntad. Es uno de esos textos importantes del magisterio pontificio donde la Iglesia fija reflexión, orientación y doctrina sobre cuestiones de fe, moral, sociedad, economía, política o cultura. No es una ocurrencia de sobremesa ni un editorial escrito con prisas. Es, en términos eclesiales, palabra pesada. De las que no se lanzan al aire para ver si hacen bonito.
Y resulta que esta primera encíclica de León XIV trata sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Así, sin anestesia. Digitalización, robótica, IA, poder tecnológico, verdad, trabajo, libertad, guerra, multilateralismo y dignidad humana. El documento se publicó el 15 de mayo de 2026 en la web oficial de la Santa Sede.
Comprenderán ustedes que, cuando uno lleva años viendo cómo la inteligencia artificial se nos mete hasta en la sopa —en el buscador, en el correo, en los móviles, en las empresas, en la administración pública, en la medicina, en la educación, en la propaganda, en el periodismo y hasta en la manera de escribir felicitaciones navideñas—, que aparezca el Papa hablando de esto obliga, como mínimo, a dejar el café sobre la mesa y prestar atención.
Porque no habla un tertuliano de guardia. Habla el Vicario de Cristo. Y conviene explicar también esto, porque vivimos tiempos en los que se desconoce casi todo con una seguridad admirable. Llamar al Papa “Vicario de Cristo” significa reconocerlo, dentro de la tradición católica, como representante visible de Cristo en la Tierra, sucesor de San Pedro y pastor de la Iglesia universal. No quiere decir que el Papa sea Cristo, ni que tenga línea directa para resolver atascos en la M-30, aunque a veces vendría bien. Quiere decir que, para los católicos, su palabra tiene una autoridad espiritual singular, especialmente cuando se pronuncia sobre los grandes desafíos morales de cada época.
Y vaya si este lo es.
León XIV arranca la encíclica con una imagen poderosa: Babel o Jerusalén. La humanidad, dice, está ante una elección decisiva. Puede levantar una nueva torre de Babel, brillante, eficiente, arrogante y deshumanizada, o puede reconstruir una ciudad habitable, fraterna y justa. Babel es la vieja tentación de siempre, sólo que ahora con servidores, algoritmos y centros de datos: creernos dioses porque hemos aprendido a procesar toneladas de información en segundos. Jerusalén, en cambio, es la imagen de una comunidad que reconstruye sus murallas con esfuerzo compartido, sentido, responsabilidad y mirada hacia el otro.
Y ahí el Papa acierta de lleno. Porque la tecnología nunca llega desnuda. Viene vestida con los intereses de quien la financia, la diseña, la distribuye, la controla y la vende. Nos han repetido durante años que la tecnología es neutral, como si un algoritmo naciera en un páramo puro, entre angelitos digitales tocando el laúd. Pero no. La tecnología tiene dueño, tiene sesgo, tiene coste, tiene ideología, tiene infraestructura, tiene factura eléctrica, tiene condiciones de uso que nadie lee y tiene, sobre todo, una capacidad inmensa para ordenar la vida de millones de personas sin que esas personas sepan exactamente quién mueve los hilos.
La inteligencia artificial puede calcularlo casi todo, salvo aquello que nos hace humanos
La encíclica lo dice con bastante más elegancia: la técnica no es mala en sí misma, pero tampoco puede considerarse neutral en concreto, porque adopta el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza. Traducido al castellano de barra de bar: cuidado con entregar el alma, la cartera y la memoria colectiva a empresas cuyo principal mandamiento no es “amarás al prójimo”, sino “maximizarás el retorno trimestral”.
Y no se trata de caer en el sermón apocalíptico del abuelo cebolleta que grita contra las nubes porque los nietos miran el móvil. No. La encíclica no es una diatriba contra la inteligencia artificial. León XIV reconoce que la tecnología puede curar, conectar, educar, cuidar y mejorar la vida humana. Puede ayudar a diagnosticar enfermedades, traducir idiomas, detectar fraudes, gestionar recursos, investigar materiales, explorar el universo o facilitar el acceso al conocimiento. Sería absurdo negar eso. Tan absurdo como creer que porque algo sea útil ya es moralmente bueno.
Ahí está lo mollar del asunto.
La pregunta no es si la inteligencia artificial funciona. Muchas veces funciona. La pregunta es para quién funciona, contra quién funciona, quién la controla, quién responde cuando falla y qué clase de ser humano está modelando.
Porque la IA no sólo automatiza tareas. También automatiza criterios. Clasifica personas. Prioriza contenidos. Decide qué vemos, qué compramos, qué nos indigna, qué noticia nos llega, qué préstamo se concede, qué perfil resulta sospechoso, qué candidato pasa un filtro, qué trabajador sobra y qué alumno será tratado como brillante, mediocre o problemático antes incluso de que abra la boca. Y todo eso, si no se gobierna con transparencia y responsabilidad, puede convertir la vida humana en una ficha de cálculo con pretensiones de oráculo.
El Papa habla de responsabilidad, transparencia y gobernanza. Palabras que suenan muy de informe europeo, lo sé. Uno las lee y casi ve aparecer al fondo una comisión, tres subsecretarios y un PowerPoint con degradados azules. Pero detrás de esa jerga hay algo muy sencillo: que nadie debería poder construir sistemas capaces de afectar la vida de millones de personas sin dar explicaciones, sin auditorías, sin límites y sin asumir consecuencias.
Vivimos fascinados por la eficiencia. Todo debe ser rápido, escalable, medible, rentable y optimizado. Hemos convertido la palabra “optimizar” en un becerro de oro con wifi. Optimizar plantillas, optimizar procesos, optimizar atención al cliente, optimizar recursos humanos, que ya de entrada es una expresión bastante inquietante, porque cuando a una persona se la llama “recurso”, mal empezamos. La IA entra en ese mundo como cuchillo caliente en mantequilla. Y si no ponemos cuidado, acabaremos llamando progreso a despedir trabajadores, precarizar servicios, encerrar al ciudadano en laberintos automatizados y sustituir la conversación humana por una máquina que siempre empieza diciendo: “Entiendo tu frustración”.
No, no la entiendes, aparato. Me estás reteniendo en una cola invisible mientras una empresa ahorra salarios.
La encíclica pone mucho énfasis en la dignidad del trabajo. Y hace bien. Porque el trabajo no es sólo ingreso. Es pertenencia, responsabilidad, aprendizaje, vínculo social, oficio, orgullo, disciplina y pan. Naturalmente que habrá tareas que puedan automatizarse. Siempre ha ocurrido. La historia de la técnica es también la historia de herramientas que liberan al ser humano de cargas pesadas, repetitivas o peligrosas. Pero una cosa es liberar al hombre del trabajo indigno y otra muy distinta expulsarlo del sistema para que unos pocos acumulen rentas mientras la mayoría observa el escaparate desde fuera.
El Santo Padre no cae en la ingenuidad de pensar que la innovación reparte sus beneficios automáticamente. Y ese es otro acierto. Durante demasiado tiempo hemos escuchado el viejo cuento de que basta con dejar hacer al mercado, al algoritmo, al fondo de inversión o al visionario de camiseta negra para que la prosperidad caiga sobre todos como lluvia fina. Luego uno mira alrededor y descubre que la lluvia fina moja siempre a los mismos, mientras otros se compran el paraguas, la nube y el satélite meteorológico.
Por eso la encíclica recupera los principios clásicos de la Doctrina Social de la Iglesia: dignidad humana, bien común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, solidaridad y justicia social. A algunos les sonará antiguo. A mí me suena más actual que muchas conferencias de innovación donde un señor con micrófono inalámbrico cobra una fortuna por decir que el futuro será disruptivo. La dignidad humana no caduca. El bien común no es una antigualla. La justicia social no es un adorno piadoso. Son precisamente las cosas que hacen falta cuando el poder se concentra, cuando la economía se deshumaniza y cuando el lenguaje de la eficiencia pretende tapar el ruido de los huesos rotos.
El Vaticano hablando de la nueva Babel con uno de sus albañiles sentado al lado
Hay, además, un detalle que a mí me resulta raruno. Y digo raruno con toda la intención, porque no llega a escándalo, pero sí levanta una ceja. La encíclica no fue presentada en una discreta rueda de prensa vaticana con cardenales, teólogos, algún responsable de comunicación y periodistas tomando notas como Dios manda. Esta vez el propio Papa quiso marcar presencia en la presentación, y junto a él apareció Chris Olah, cofundador de Anthropic, una de las empresas más relevantes del actual tablero de la inteligencia artificial.
Y claro, uno ve aquello y se pregunta si estamos ante un gesto de apertura al mundo tecnológico, una jugada inteligente de comunicación o una imagen demasiado delicada para pasarla por alto. Porque invitar a un experto en inteligencia artificial puede tener todo el sentido del mundo. Pero poner en escena a un dirigente de una de las grandes compañías del sector mientras se presenta una encíclica que denuncia la concentración de poder y datos en manos de unos pocos tiene su aquel. Es como presentar una encíclica sobre la usura invitando a un banquero de inversión a sujetar el atril. Puede salir bien, sí. Pero conviene vigilar dónde se coloca cada símbolo, porque Roma lleva dos mil años sabiendo que los símbolos no son decoración: son mensaje.
Olah, para ser justos, no fue allí a vender humo ni a cantar las glorias del algoritmo redentor. Advirtió de que la pérdida masiva de empleos por la inteligencia artificial es una posibilidad real, y que apoyar a los trabajadores desplazados será un imperativo moral de proporciones históricas. También reconoció que los grandes laboratorios de IA, incluido el suyo, trabajan bajo presiones comerciales, geopolíticas y personales que pueden entrar en conflicto con hacer lo correcto. Dicho en castellano viejo: incluso los que están dentro de la maquinaria admiten que la maquinaria no siempre avanza hacia el bien común, sino hacia donde empujan el dinero, la competencia, el poder y el miedo a quedarse atrás.
Por eso la escena tiene tanta fuerza. El Papa denunciando la nueva Babel tecnológica y, a su lado, uno de los arquitectos de esa torre reconociendo que quizá convenga poner barandillas antes de que alguien se despeñe. La imagen es potente, incómoda y, precisamente por eso, útil. Porque muestra que la Iglesia no está hablando de una abstracción, sino de una industria concreta, con nombres, empresas, intereses, laboratorios y consecuencias reales sobre el trabajo, la guerra, la educación y la vida cotidiana.
Ahora bien, que nadie confunda diálogo con bendición. Que el Vaticano escuche a Silicon Valley no significa que deba dejarse envolver por su incienso digital. Y si Magnifica Humanitas tiene valor es precisamente porque no se arrodilla ante la tecnología, sino que la mira a los ojos y le recuerda que el ser humano no puede quedar reducido a usuario, dato, consumidor, soldado remoto o trabajador descartable.

Otro punto fundamental es la verdad. La verdad como bien común. Y aquí León XIV pisa terreno minado. Porque si algo ha reventado la era digital es el viejo ecosistema de confianza. Antes también se mentía, por supuesto. La mentira no nació con internet, como tampoco la estupidez nació con las redes sociales, aunque a veces parezca que allí encontró piso en propiedad. Pero ahora la mentira viaja más rápido, se personaliza mejor, se disfraza con imágenes sintéticas, voces clonadas, titulares fabricados y ejércitos de cuentas que repiten consignas hasta que la realidad acaba pidiendo perdón por existir.
La inteligencia artificial puede multiplicar ese problema hasta niveles difíciles de imaginar. Deepfakes, textos falsos, manipulación emocional, propaganda hipersegmentada, campañas de desinformación, reputaciones destruidas en minutos. La democracia necesita ciudadanos capaces de distinguir hechos, argumentos y propaganda. Pero si convertimos el espacio público en una feria de espejos donde cada cual recibe su verdad prefabricada, lo que queda no es libertad, sino domesticación.
Y conviene decirlo claramente: una sociedad que ya no distingue entre verdad y relato queda a merced del más fuerte, del más rico, del más ruidoso o del más cínico. Y de esos, créanme, vamos sobrados.
La encíclica también habla de educación. Y aquí el asunto resulta crucial. Porque la escuela no puede limitarse a enseñar a los niños a usar herramientas digitales como quien reparte linternas en una cueva. Debe enseñarles a pensar. A leer despacio. A desconfiar con inteligencia. A distinguir una fuente seria de una paparrucha envuelta en diseño bonito. A escribir. A argumentar. A callarse un rato, que también es una competencia del siglo XXI aunque no aparezca en LinkedIn.
La IA puede ser una herramienta formidable en educación, sí. Pero también puede convertir el aprendizaje en una simulación confortable donde nadie se esfuerza demasiado, todos entregan trabajos impecables y al final no sabe nada ni el alumno, ni el profesor, ni el algoritmo que los parió digitalmente. Si la escuela renuncia a formar criterio, la inteligencia artificial no vendrá a salvarla. Vendrá a certificar su defunción con una rúbrica automática y un emoticono amable.
Hay otro tramo de la encíclica que merece atención: la guerra y el poder. León XIV advierte sobre las armas autónomas, la delegación de decisiones letales en sistemas artificiales y la normalización de la fuerza. Ahí el Papa no está haciendo poesía. Está señalando uno de los riesgos más graves de nuestro tiempo: que la distancia tecnológica haga más fácil matar, vigilar, sabotear, manipular y dominar sin que nadie se manche las manos. El dron no tiembla. El algoritmo no siente remordimiento. La máquina no ve a una madre, a un hijo, a un anciano, a un recluta muerto de miedo. Ve objetivos, patrones, probabilidades.
El progreso deja de ser progreso cuando exige que el hombre se arrodille ante la máquina
Y cuando el lenguaje moral se sustituye por cálculo operativo, la barbarie no desaparece. Sólo se vuelve más limpia en pantalla.
Por eso el Papa reclama control humano, responsabilidad verificable y límites internacionales. Lo cual, en un mundo donde las grandes potencias se miran de reojo mientras afilan sus juguetes tecnológicos, suena casi revolucionario. Porque la carrera por la IA no es sólo económica. Es militar, geopolítica, industrial y cultural. Quien controle los datos, la capacidad de cómputo, los chips, las plataformas, los modelos y las infraestructuras tendrá una forma de poder que no cabe del todo en los viejos manuales de política.
Y aquí volvemos a Babel.
La nueva torre no está hecha de ladrillos cocidos, sino de centros de datos, cables submarinos, servidores, nubes privadas, modelos fundacionales, patentes, capital riesgo y acuerdos que ningún ciudadano corriente entiende pero que condicionan su vida. La cúspide no pretende llegar al cielo; pretende llegar a cada bolsillo, a cada pantalla, a cada conversación, a cada decisión. Y lo más inquietante es que muchos subirán encantados por sus escaleras, porque la torre ofrece comodidad, entretenimiento, productividad y una voz suave que responde a cualquier pregunta. Pero la comodidad también puede ser una jaula con buenos acabados.
León XIV no pide destruir la torre. Pide discernir. Pide orientar. Pide humanizar. Pide no sacrificar al hombre en el altar de la máquina. Y eso, dicho desde Roma, tiene más calado del que algunos querrán reconocer. Porque durante años se ha intentado vender la digitalización como destino inevitable. Como si no hubiese alternativa. Como si todo avance técnico debiera ser aceptado sin discusión porque viene envuelto en promesas de futuro. La encíclica rompe esa lógica. Nos recuerda que la pregunta decisiva no es “qué puede hacerse”, sino “qué debe hacerse”. No es lo mismo.
Podemos vigilar a todos los ciudadanos todo el tiempo. ¿Debemos hacerlo?
Podemos sustituir relaciones humanas por asistentes artificiales. ¿Debemos hacerlo?
Podemos fabricar contenidos infinitos, falsos, personalizados y adictivos. ¿Debemos hacerlo?
Podemos automatizar decisiones administrativas que afectan a los más vulnerables. ¿Debemos hacerlo?
Podemos entregar a unas pocas corporaciones una parte creciente de la memoria, la comunicación y el juicio social. ¿Debemos hacerlo?
Esa es la pregunta que incomoda. Y por eso hace falta formularla.
A mí, que no soy sospechoso de ingenuidad tecnológica, la encíclica me parece oportuna. No porque resuelva todos los problemas, ni porque el Vaticano vaya a auditar mañana los algoritmos de Silicon Valley con agua bendita y un equipo de canonistas. Sino porque coloca el debate donde debe estar: en el terreno humano, moral y político. La inteligencia artificial no es sólo una cuestión de eficiencia. Es una cuestión de poder. Y cuando el poder crece sin control, conviene que alguien le recuerde que el hombre no es un dato, ni un producto, ni un perfil, ni una variable de ajuste.
Quizá por eso Magnifica Humanitas tiene un título tan bien elegido. Magnífica humanidad. No humanidad perfecta, ni todopoderosa, ni aumentada hasta convertirse en caricatura de sí misma. Humanidad magnífica precisamente porque es frágil, limitada, corporal, relacional, necesitada de amor, de trabajo, de verdad, de perdón, de comunidad y de esperanza.
La máquina puede calcular, pero no esperar.
Puede responder, pero no consolar.
Puede simular empatía, pero no sufrir con el otro.
Puede producir texto religioso, pero no rezar.
Puede imitar una voz humana, pero no tener alma.
Y ahí está la frontera que no deberíamos cruzar alegremente, por mucho que nos inviten a hacerlo los vendedores de futuros empaquetados.
Mientras el Papa prepara su visita a Madrid y media ciudad se dispone a comprobar si la fe mueve montañas o simplemente desvía autobuses, León XIV ha dejado sobre la mesa un documento de fondo. Uno de esos textos que merecen lectura reposada, lápiz en mano y el móvil boca abajo. Porque habla de inteligencia artificial, sí, pero en realidad habla de nosotros. De qué queremos ser cuando las máquinas sean capaces de hacer cada vez más cosas. De qué vamos a proteger cuando todo pueda medirse. De qué llamaremos progreso cuando el progreso empiece a pedir sacrificios humanos con sonrisa corporativa.
Y yo, que empecé preocupado por los atascos, los cortes de tráfico y la multitud en Cibeles, termino agradeciendo que el Vicario de Cristo haya metido el báculo en este jardín digital. Porque hacía falta. Porque alguien tenía que recordar, con lenguaje de encíclica y no de folleto comercial, que la tecnología debe servir al hombre y no convertir al hombre en apéndice obediente de la tecnología.
La nueva Babel ya está en obras. Tiene fibra óptica, aire acondicionado industrial y financiación abundante.
La pregunta es si todavía estamos a tiempo de levantar, entre todos, una Jerusalén habitable.
Y eso, aunque parezca mentira, también empieza por saber apagar la pantalla, mirar al prójimo a los ojos y recordar que no somos máquinas con biografía, sino personas con alma.

















