Hay cosas que vuelven, aunque uno pensara que ya las había dejado atrás, bien dobladas, metidas en una carpeta antigua y condenadas a dormir el sueño de los disquetes, los módems chirriantes y aquellas páginas web que cargaban como quien arrastra un piano por una escalera.

Una web. Otra vez una web.

Lo escribo y casi me da la risa. O la ternura. O ambas cosas, que a ciertas edades uno ya mezcla los sentimientos como mezcla los cafés: cargados, sin azúcar y con el poso suficiente para recordar de dónde viene. Porque levantar una web, para quienes llevamos más de cuarenta años de galeras delante de una tecla, no es sólo encargar un diseño, aprobar una estructura o discutir si el botón debe ir en azul, en verde o en ese gris corporativo que parece sacado de una sala de espera de tanatorio administrativo. No. Una web es otra cosa.

Una web es una casa. Una trinchera. Una plaza pública. Una biblioteca con ventanas. Un mostrador abierto. Una tarjeta de visita que no se guarda en la cartera, sino en la memoria de Google, en la memoria de una IA, en el móvil de un usuario impaciente y en la primera impresión de quien llega preguntando qué somos, qué hacemos y si merecemos un minuto de su atención.

Y ahora me encuentro, casi al final de una etapa laboral larga como una carretera castellana en agosto, metido de nuevo en ese oficio antiguo y moderno de pensar una web. Como aquellas que hacía en 1996, cuando Internet olía a cable caliente, a HTML escrito a mano y a noches robadas al sueño. Entonces éramos cuatro gatos, algunos con más entusiasmo que manual de instrucciones, convencidos de que aquello iba a cambiarlo todo. Y vaya si lo cambió. Lo cambió tanto que ahora hasta los que entonces se reían de la red tienen varias cuentas, varios perfiles, varias contraseñas olvidadas y una ansiedad digital que no les cabe en el bolsillo.

Pero esta web ya no puede ser de finales del siglo XX. Ni siquiera de principios del XXI. No basta con digitalizar procesos, subir PDFs, ordenar menús y poner una portada apañada para que parezca que hemos llegado al futuro con americana limpia. Eso fue ayer. Necesario, sí. Meritorio, también. Pero ayer. Hoy estamos en otra pantalla.

Hoy la web debe ser rápida, clara, útil, accesible, segura, medible, viva y preparada para crecer sin convertirse en un trastero con logotipo. Debe hablar, escuchar, ordenar, recordar y servir. Debe ser el corazón de una comunicación que ya no vive sólo en una página principal, sino que late también en newsletters, redes sociales, buscadores, archivos, noticias, eventos, contenidos históricos y consultas de usuarios que no tienen tiempo para perderse en un laberinto de menús como Teseo sin hilo y sin cobertura.

Y ahí aparece la IA. La famosa IA. Esa señora nueva a la que unos miran como si viniera a robarles la silla y otros como si fuera a resolverles la vida mientras ellos se toman un vermú. Ni una cosa ni la otra. La inteligencia artificial, bien entendida y mejor vigilada, no es el sustituto del criterio humano. Es una herramienta. Un compañero de viaje. Un secretario incansable. Un archivero con memoria de elefante. Un corrector que no bosteza. Un ayudante que encuentra lo que tú habías perdido entre carpetas, versiones y documentos titulados “final definitivo bueno ahora sí”.

Y eso, para un viejo labriego de la tecla, tiene su gracia.

Porque uno ha visto de todo. Ha visto llegar ordenadores que parecían muebles. Ha visto impresoras matriciales cantar como cigarras borrachas. Ha visto nacer blogs, morir portales, resucitar newsletters, caer redes sociales que parecían imperios y aparecer plataformas que prometían democracia digital para luego vendernos anuncios de calcetines. Ha visto a gurús hablar de transformación digital con la misma solemnidad con la que un trilero enseña la bolita. Ha visto optimizaciones de procesos, cuadros de mando, planes estratégicos, automatizaciones, intranets, extranets y demás fauna de consultoría con nombre inglés y factura en castellano.

Y, sin embargo, aquí seguimos. Dando guerra. Con la tecla gastada, la paciencia en revisión y esa manía peligrosa de pensar que las cosas se pueden hacer mejor. Más claras. Más útiles. Más humanas. Incluso con algorrinos de por medio.

Quizá por eso este proyecto tiene algo de despedida y algo de comienzo. Despedida de una manera de trabajar que ya se va quedando atrás, con sus rutinas, sus apaños y sus heroicidades de andar por casa. Comienzo de otra en la que una web no será sólo un escaparate, sino una plataforma viva, una memoria organizada, una herramienta de servicio y una forma seria de decir: seguimos aquí, sabemos quiénes somos y no pensamos quedarnos mirando cómo pasa el siglo XXI por la ventana.

Una web del siglo XXI no se hace para presumir. Se hace para servir.

  • Para que quien llegue encuentre.
  • Para que quien busque entienda.
  • Para que quien pregunte obtenga respuesta.
  • Para que los contenidos no se pudran en un archivo invisible.
  • Para que la comunicación no dependa de ocurrencias, prisas o milagros de última hora.
  • Para que la institución tenga voz, memoria, orden y presencia.

Y si además contamos con una IA como compañera de viaje, mejor. No para que decida por nosotros. No para que piense en nuestro lugar. No para que escriba con alma de máquina lo que debe salir del criterio humano. Sino para ayudarnos a recordar, clasificar, revisar, relacionar, corregir, proponer y ahorrar tiempo allí donde antes lo perdíamos peleando con lo secundario.

La épica, a estas alturas, no está en fundar imperios digitales ni en vender humo con palabras recién salidas del horno de Silicon Valley. La épica está en hacer una web que funcione. Que sea limpia. Que sea honesta. Que no maree. Que no esconda lo importante debajo de siete clics y una oración a San Google. Que respete a quien la visita. Que esté pensada con cabeza y mantenida con disciplina. Que no nazca vieja. Que no dé vergüenza dentro de seis meses. Eso, créanme, ya es bastante revolución.

Así que aquí estamos. Otra web. Otro reto. Uno de los últimos, quizá. O quizá no, porque uno ya ha aprendido que la vida laboral, como ciertas malas hierbas nobles, siempre encuentra una grieta por la que seguir creciendo. Más de cuarenta años de galeras dan para mucho. Para cicatrices, para cansancio, para colmillo, para retranca y también para una clase de alegría que sólo conocen quienes han sobrevivido a suficientes cambios como para no asustarse del siguiente.

Que venga la IA, pues. Que se siente. Que tome nota. Que ayude la muy hideputa.

Pero que no se equivoque: aquí todavía queda un humano al mando, con gafas, memoria, oficio, mala leche moderada y ganas de seguir dando batalla. Porque el futuro, si viene con educación, no tiene por qué quitarnos el sitio. Puede venir a echarnos una mano.

Y si esa mano ayuda a levantar una web más útil, más clara, más viva y más digna del tiempo que nos ha tocado, bienvenida sea.

Al fin y al cabo, algunos empezamos en esto cuando Internet era casi una taberna con cuatro mesas. Ahora toca volver a levantar la persiana, encender las luces y preparar la casa para los años que vienen.

Una web del siglo XXI. Nada menos.

Y aquí sigue este viejo labriego de la tecla, con barro digital en las botas, la azada en forma de teclado y una sonrisa de quien sabe que aún quedan surcos por abrir.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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