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El eje del mundo que viene: el Indo-Pacífico, o cuando Europa descubre que ya no manda en el mapa

He leído El eje del mundo que viene. Cómo el Indo-Pacífico está transformando el orden mundial, de Juan Luis López Aranguren, con esa mezcla de curiosidad, inquietud y mala leche que suele acompañar a los libros que obligan a uno a recolocar el mapamundi mental. Porque el asunto no va sólo de China, Estados Unidos, Taiwán o las rutas marítimas. Va de algo más incómodo: de aceptar que el centro del mundo se ha movido, que Europa ya no está en el centro de la fotografía y que el siglo XXI se está escribiendo lejos de nuestras tertulias, nuestras cumbres y nuestros ombligos reglamentados.

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Hay libros que no se leen sólo para aprender algo, sino para cambiar de postura en la silla. Uno empieza con la comodidad del europeo de sobremesa, con su café, su tertulia, sus ruinas romanas, sus reglamentos, sus comisiones, sus subvenciones y su invencible habilidad para redactar documentos estratégicos que no asustan ni al gato, y termina mirando hacia el Indo-Pacífico con la desagradable sensación de que el mundo se ha desplazado mientras nosotros seguíamos discutiendo si el adjetivo inclusivo debía ir antes o después del sustantivo.

Eso es lo primero que consigue El eje del mundo que viene, publicado por Ariel y firmado por Juan Luis López Aranguren: recordarnos que el centro de gravedad del planeta se ha movido del Atlántico al Indo-Pacífico. No como frase bonita de contraportada para vender libros, sino como constatación geopolítica de primer orden. Allí se cruzan dos tercios de la humanidad, las principales rutas comerciales, grandes economías y potencias nucleares decisivas del siglo XXI.

Y aquí conviene detenerse, porque el Indo-Pacífico no es una rayita azul dibujada con compás académico sobre dos océanos. Es un trazo grueso, casi una cicatriz, que podríamos situar en Indochina con prolongación en Indonesia, entre India y China, entre las viejas zonas de influencia del sur y el este asiático, allí donde el Índico y el Pacífico se dan la mano, se vigilan y, llegado el caso, se enseñan los dientes. Pero el eje no lo explica todo. El perímetro es aún más revelador. Porque el verdadero mundo del Indo-Pacífico no es sólo el mar, sino la tierra que lo rodea: África oriental, Arabia, India, el sudeste asiático, China, Japón, Corea, Australia, Nueva Zelanda, la costa americana del Pacífico y ese rosario de islas y estrechos donde una mala decisión puede convertir una crisis regional en una tragedia planetaria.

Un libro para entender dónde se juega el siglo XXI

El subtítulo del libro, Cómo el Indo-Pacífico está transformando el orden mundial, no exagera. Estamos ante una obra que combina historia, geoestrategia y prospectiva con voluntad divulgativa. López Aranguren no escribe para cuatro iniciados que ya conocen de memoria a Mahan, Mackinder, Huntington, Nye, Fukuyama o Mearsheimer, sino para quien necesita un mapa, una brújula y alguien que le explique por qué el ruido de fondo que llega desde Taiwán, el mar de la China Meridional o el estrecho de Malaca no es música ambiental, sino el chirrido de las placas tectónicas del poder.

El autor no llega a este asunto de oído. López Aranguren es profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales en la Universidad de Zaragoza, doctor internacional en Comunicación, miembro del Grupo de Investigación Japón, investigador posdoctoral de la Fundación Japón y profesor visitante en Princeton, Kobe y la Pontificia Universidad Católica de Chile, entre otras instituciones. Y eso se nota. Se nota en la arquitectura del libro, que no se limita a repetir que China crece, Estados Unidos resiste y Europa bosteza. Se nota en el modo en que ordena conceptos. En cómo distingue entre potencias marítimas y terrestres, esas ballenas y elefantes que sirven para explicar siglos de historia sin convertir cada página en una penitencia académica. Se nota también en su manera de ir de España al Pacífico, de China al siglo de la humillación, de la trampa de Tucídides a la diplomacia del panda, de Japón a Mario Bros, de Taiwán a los semiconductores, de India al multialineamiento y de Corea del Norte a la desagradable certeza de que las armas nucleares, para ciertas dictaduras, no son una ficha negociadora, sino el seguro de vida del régimen.

Ballenas, elefantes y viejos imperios que no entendieron el mar

Una de las virtudes del libro es que recupera categorías clásicas sin momificarlas. Las talasocracias, potencias del mar, y las telurocracias, potencias de la tierra, aparecen traducidas al lenguaje visual de ballenas y elefantes. No es una ocurrencia infantil. Es una imagen poderosa. La ballena necesita rutas, puertos, flotas, comercio, océanos abiertos. El elefante necesita masa territorial, profundidad estratégica, población, recursos, continuidad continental. España se nos presenta como una primera gran ballena globalizadora, con un papel histórico en el Pacífico hasta el punto de que aquel océano llegó a ser llamado “el lago español”.

La idea tiene más veneno del que parece. Porque los imperios caen, entre otras cosas, cuando olvidan qué fueron. España miró durante siglos al mar y luego se fue replegando entre derrotas, amenazas atlánticas, bancarrotas, ensimismamientos y esa afición nacional a discutir en cubierta mientras el barco hace agua. China, por el contrario, aparece en el libro como el gran elefante que un día decidió que podía vivir de espaldas al océano. Y el océano, que no suele perdonar las ofensas, volvió en forma de cañoneras británicas, opio, humillación y puertos arrancados a golpe de tratado desigual. La lección es antigua, brutal y muy actual: ninguna civilización, por grande que sea, puede aislarse de las corrientes del mundo.

Por eso China ya no quiere ser sólo elefante. Quiere aprender a nadar. Quiere flota, puertos, rutas, bases, cadenas de suministro, tecnología, energía, minerales críticos y una zona de seguridad que le permita respirar sin que la primera cadena de islas —Japón, Taiwán, Filipinas— le apriete el cuello como una corbata mal anudada. Y ahí empieza el problema. Porque cuando un elefante decide hacerse ballena, el mar se llena de olas.

Indo-Pacífico: el nombre también es una batalla

Una de las intuiciones más interesantes del libro es que nombrar una región no es un gesto inocente. Antes se hablaba de Asia-Pacífico. Sonaba a comercio, a contenedores, a fábricas, a globalización feliz, a ejecutivos con gomina y sonrisas de aeropuerto. Indo-Pacífico suena distinto. Suena a seguridad, a flotas, a alianzas, a contención, a estrechos, a portaaviones, a submarinos, a cables submarinos y a satélites vigilando desde arriba.

El libro recoge esa idea con claridad: el término Indo-Pacífico nació en el ámbito de la biología marina, pero terminó convertido en concepto geopolítico, y Pekín lo interpreta como una forma de diluir el peso de China incorporando a India al tablero, como un concepto orientado a la seguridad y como un caballo de Troya que esconde alianzas como QUAD o AUKUS. Dicho en cristiano viejo: China sospecha que cuando Occidente dice “Indo-Pacífico libre y abierto” no está pensando sólo en que los barcos naveguen felices bajo el sol, sino en que la República Popular no pueda convertir sus mares cercanos en un patio trasero con bandera roja.

Y no anda del todo desencaminada. La Unión Europea lanzó en 2021 su estrategia de cooperación para el Indo-Pacífico, definiéndola como marco de su implicación en una región que va desde la costa oriental de África hasta las islas del Pacífico. La OTAN, por su parte, ha intensificado su diálogo con Australia, Japón, Corea del Sur y Nueva Zelanda, los llamados socios del Indo-Pacífico, porque considera que lo que ocurre allí afecta directamente a la seguridad euroatlántica. Es decir, que incluso la vieja Europa, ese continente que a veces parece una residencia de ancianos con himno propio, ha empezado a entender que el fuego de la otra punta del mapa también calienta, y a veces quema, la alfombra de casa.

China, Estados Unidos y la madre de todas las partidas

En el centro del libro late el gran duelo de nuestro tiempo: Estados Unidos contra China. La ballena hegemónica frente al elefante que ha aprendido la lección del mar. Washington conserva una red militar, financiera, tecnológica y diplomática formidable. Pekín, mientras tanto, fabrica, compra, invierte, presta, construye puertos, despliega influencia, moderniza su ejército y calcula con paciencia de civilización antigua. No siempre acierta, claro. También se equivoca, envejece, reprime, se endeuda, contamina, vigila y tropieza. Pero sería suicida confundir sus problemas con debilidad terminal. Occidente lleva décadas anunciando el inminente derrumbe de China con la misma seguridad con la que otros anuncian lluvia mirando una aplicación del móvil. Y ahí sigue China, dándonos hasta en el carné de identidad.

López Aranguren plantea el choque como una competición monumental por recursos, rutas, tecnología, influencia y capacidad de destrucción. En esa partida, Taiwán no es una ficha más. Es el tapón, el portaaviones insumergible, el escudo de silicio, la isla donde se cruzan la soberanía china, la credibilidad estadounidense, la seguridad japonesa, la economía mundial de los semiconductores y la posibilidad de que una crisis mal gestionada nos meta a todos en una versión moderna de 1914, pero con misiles hipersónicos y redes sociales retransmitiendo el desastre en tiempo real.

La administración estadounidense lleva años presentando el Indo-Pacífico como prioridad estratégica, y el presupuesto federal de 2025 incluyó más de 4.000 millones de dólares para un Indo-Pacífico “libre, abierto, seguro y conectado”, con fondos para alianzas, presencia diplomática, ASEAN y asistencia relacionada con Taiwán. La cuestión, por tanto, no es si Washington mira hacia allí. Mira. La cuestión es si puede mirar hacia allí, hacia Ucrania, hacia Oriente Medio, hacia su propia fractura interna y hacia el espejo de su deuda sin que se le desencaje la mandíbula.

Taiwán, la isla donde el mundo contiene la respiración

El capítulo de Taiwán parece uno de los grandes nervios de la obra. Taiwán no es sólo democracia frente a autoritarismo, ni sólo identidad nacional, ni sólo una provincia rebelde a ojos de Pekín, ni sólo el lugar donde se fabrican los chips que sostienen la economía digital. Es geografía pura. Quien controla Taiwán controla el acceso de Asia al Pacífico occidental.

Ahí está la clave. China puede tener más buques que nadie, pero mientras permanezca encerrada tras la primera cadena de islas, su poder naval tiene un problema de respiración. Necesita salir al agua azul, al océano profundo, donde sus submarinos puedan moverse con menos riesgo de ser detectados. Y para eso Taiwán, el canal de Bashi, el estrecho de Miyako, Japón y Filipinas son algo más que nombres en un atlas. Son cerrojos.

El libro, además, se atreve con escenarios incómodos. Señala que el modelo ucraniano no serviría para Taiwán, porque la isla no puede ser abastecida por camiones desde Polonia. Si empieza una guerra, Taiwán puede quedar aislada a su suerte, y la entrada de Japón en el conflicto podría ser decisiva para sostener operaciones aliadas. Todo esto debería hacernos pensar antes de repetir consignas de barra de bar sobre “defender valores” sin mirar el mapa, los puertos, los arsenales, las reservas de munición y la logística. La moral sin logística es literatura. Hermosa, quizá. Pero literatura.

India, Japón, Australia y los demás convidados al baile

Otro acierto de El eje del mundo que viene es no reducirlo todo al binomio China-Estados Unidos. Sería cómodo, pero falso. India no es comparsa. Es una civilización, una potencia demográfica, una democracia gigantesca con costuras, una economía emergente, un actor nuclear y un país que practica eso que el libro llama autonomía estratégica o multialineamiento. Compra armamento ruso, participa en BRICS, se sienta con China y Rusia en la Organización de Cooperación de Shanghái, pero también forma parte del QUAD con Estados Unidos, Japón y Australia.

Eso, que a ojos europeos puede parecer contradicción, quizá sea simplemente inteligencia geopolítica. India no quiere cambiar de amo. Quiere no tenerlo. Y en un mundo que se fragmenta en bloques, esa ambición vale oro.

Japón, por su parte, vive bajo la sombra de su pasado y de su artículo 9, pero también bajo la presión de una China que ya no se conforma con fabricar juguetes baratos para los niños de Occidente. Corea del Sur mira al norte con una mano en la tecnología y otra en el refugio antiaéreo. Corea del Norte ha demostrado que un régimen pobre, brutal y aislado puede comprar supervivencia si consigue una bomba nuclear. Australia se ha descubierto más isla que nunca, mirando al Pacífico con la inquietud de quien sabe que los socios comerciales no siempre son familia estratégica. AUKUS fue, en ese sentido, un aldabonazo. La OTAN y sus socios del Indo-Pacífico han reforzado la cooperación en áreas como ciberdefensa, desinformación e inteligencia artificial, precisamente porque las amenazas ya no caben en mapas separados.

Europa, ese museo con conexión wifi

La pregunta desagradable es qué pinta Europa en todo esto. Y la respuesta, me temo, no permite demasiados fuegos artificiales. Pinta menos de lo que cree y más de lo que puede permitirse ignorar. Porque Europa depende de rutas comerciales, semiconductores, energía, materias primas críticas, mercados asiáticos, estabilidad financiera global y cadenas de suministro que cruzan precisamente ese espacio. Pero nuestra musculatura estratégica es la de un señor que conserva muy bien el traje de juventud, aunque ya no pueda subir tres pisos sin jadear.

En una entrevista en La Razón, López Aranguren defendía que Europa corre el riesgo de convertirse en un continente de museos, una imagen dura pero difícil de despachar con un gesto displicente. Y duele porque contiene una verdad incómoda. Europa tiene historia, cultura, patrimonio, universidades, industria, talento y una capacidad normativa descomunal. Pero también tiene dependencia energética, debilidad militar, fragmentación política, invierno demográfico y una tendencia patológica a confundir la redacción de una estrategia con su ejecución.

La Unión Europea tiene estrategia para el Indo-Pacífico, sí. Y es bueno que la tenga. La estrategia europea se presenta como pragmática, flexible y multifacética, abierta a cooperar con socios según intereses y valores compartidos. Pero entre tener una estrategia y tener poder hay el mismo trecho que entre tener una receta de rabo de toro y sacarlo tierno, oscuro y glorioso de la cazuela. El papel lo aguanta todo. El mar, no.

Un ensayo necesario para no seguir mirando el mundo con mapas viejos

El eje del mundo que viene parece uno de esos libros que conviene leer con un lápiz en la mano y un mapa cerca. No porque el lector vaya a examinarse de geopolítica, sino porque ayuda a colocar las piezas de un desorden que nos llega fragmentado en titulares: maniobras chinas cerca de Taiwán, nuevas alianzas en el Pacífico, tensiones en el mar de la China Meridional, rearme japonés, ambiciones indias, ansiedad australiana, sanciones, chips, cables submarinos, inteligencia artificial, energía, minerales críticos y ese runrún de fondo que anuncia que la globalización feliz se nos ha quedado vieja.

El índice desarrollado muestra una obra ambiciosa: ideas fundamentales del Indo-Pacífico, ballenas y elefantes, España como potencia marítima globalizadora, China, Estados Unidos, Fukuyama, Huntington, Nye, Japón, diplomacia del panda, Asia, demografía, economía, fuerza militar, potencias nucleares, las cuatro C —cooperación, competición, contención y conflicto—, Taiwán y las islas Senkaku. No es poca artillería. Y, sin embargo, López Aranguren evita convertirla en un desfile de tecnicismos. El libro es riguroso y legible. En España, donde a veces confundimos profundidad con escribir como si el lector nos debiera dinero, eso se agradece.

Conclusión: el mundo que viene no espera a Europa

El eje del mundo que viene es un ensayo útil, claro y oportuno. No porque ofrezca respuestas fáciles, sino precisamente porque muestra la complejidad del tablero. Es un libro para entender por qué el Indo-Pacífico no es una región lejana, sino el lugar donde se está definiendo buena parte de nuestro futuro. Para comprender por qué Taiwán importa. Por qué China no puede ser despachada con tópicos. Por qué Estados Unidos sigue siendo imprescindible aunque esté más ensimismado y dividido que nunca. Por qué India juega su propia partida. Y por qué Europa debería espabilar antes de convertirse definitivamente en parque temático de sí misma.

No estamos ante un libro para especialistas encerrados en una torre de marfil, sino ante una obra que ayuda a cualquiera con curiosidad a mirar el mapa con ojos menos provincianos. Y eso, en estos tiempos de ruido, consignas y analistas de saldo, ya es mucho.

Sin duda, El eje del mundo que viene es una lectura interesante y necesaria para que los europeos dejemos de mirarnos el ombligo. Porque, desgraciadamente, ya no estamos en la pomada, que se decía en mi época. Y lo peor no es haber dejado de estarlo. Lo peor sería no habernos enterado todavía.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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