Hoy toca comentar una historia de la mili. Y el detonante ha sido uno de esos hallazgos tontos, domésticos, casi clandestinos, que de pronto abren una compuerta de la memoria. Andaba yo entre libros viejos, de esos que uno guarda porque sí, porque fueron compañía, porque tienen polvo noble o porque a estas alturas de la vida ya no se tira casi nada sin pedirle antes perdón al pasado, cuando apareció un viejo pase militar. Un papelito doblado, envejecido, con sello, firma, letra mecanografiada y mi nombre escrito a mano: Enrique Pampliega. O sea, servidor de ustedes antes de convertirse en este viejo labriego de la tecla que todavía anda peleándose con palabras, recuerdos y máquinas.
El pase está fechado en 1984. Ya os digo yo que aquello fue en el 85, pero tampoco conviene ponerse exquisito con la burocracia cuartelera de entonces. Eran otros tiempos. Una época en la que nada se desperdiciaba. Si quedaban impresos del 84, servían perfectamente para el 85, para el 86 y, si me apuran, para escoltar a los Reyes Magos si hacía falta. Papel había, sello había, bolígrafo había y ganas de imprimir formularios nuevos, las justas. Así funcionaba aquel mundo: con economía de medios, disciplina de tampón y una admirable capacidad para estirar los recursos hasta que el papel pedía la extremaunción.

Ese pase, encontrado por casualidad dentro de un libro viejo, ha hecho más que muchas fotografías. Me ha devuelto de golpe a la Zaragoza de mediados de los años ochenta, a la mili obligatoria, a la cartilla militar, a las botas, a los permisos, a la cantina, a los amigos y a un regimiento cuyo nombre hoy parece inventado por un novelista con querencia ferroviaria: Regimiento de Movilización y Prácticas de Ferrocarriles. IV Batallón, 41 Unidad.
De aquella mili obligatoria que hoy suena a arqueología nacional, a baúl con olor a naftalina, a manta áspera y a madres despidiendo hijos en la estación del tren. Una mili que a muchos nos arrancó durante unos meses de la vida civil y nos dejó, según el caso, una colección de manías, recuerdos, amistades y anécdotas que con los años se vuelven más soportables. Incluso entrañables. Cosas de la memoria, que tiene la mala costumbre de quitarle hierro a casi todo y ponerle barniz a lo que entonces nos parecía una faena de campeonato.
A mí me tocó hacer el servicio militar español en Zaragoza, a mediados de los años ochenta del siglo pasado, en el Regimiento de Movilización y Prácticas de Ferrocarriles. Dicho así parece que uno hubiera servido en una unidad sacada de un manual olvidado en algún cajón de RENFE, mitad cuartel, mitad estación, mitad relicario de una España que todavía olía a gasóleo, café de cantina y papel carbón. Y quizá era exactamente eso. Un regimiento raro. Raruno, si queremos hablar con propiedad. Una pieza peculiar dentro del Ejército de Tierra, encuadrada en esa tradición ferroviaria militar que tuvo más importancia de la que hoy sospechan quienes creen que la guerra se gana sólo con discursos solemnes, drones y ministros poniendo cara de estrategas en rueda de prensa.
Mi periplo empezó como empezaban tantos: de recluta en el CIR-10 de San Gregorio, en Zaragoza. San Gregorio. Nombre de resonancias ásperas para varias generaciones de quintos. Aquello no era precisamente un balneario para señoritos con sabañones. Era polvo, frío, instrucción, voces de mando, botas, formación y ese desconcierto inicial del que todavía no sabe muy bien en qué casilla del tablero lo ha colocado la administración militar. Allí uno dejaba de ser paisano y empezaba a convertirse en soldado, que era la manera oficial de decir que aprendía a obedecer, cuadrarse, formar, contestar lo justo y descubrir que la manta militar tenía vida propia en invierno.
Y allí, en San Gregorio, ocurrió algo curioso. Me encontré con un buen puñado de paisanos del barrio, gente a la que no veía desde el colegio. Tuvo su gracia la cosa. Años sin cruzarnos para acabar reunidos por la patria, vestidos de recluta y con esa misma cara universal de “qué demonios hago yo aquí”. La mili tenía esas bromas administrativas. Te separaba de tu vida normal para devolverte, de golpe, a compañeros de infancia que ya creías perdidos en la niebla del barrio, del colegio y de los años. De pronto, allí estábamos, convertidos en soldados en proyecto, compartiendo destino, rapado emocional y aquella cancioncilla sobre San Gregorio que circulaba entre reclutas como circulan las leyendas de cuartel: medio burla, medio resignación, medio himno de supervivientes.
Después de la instrucción pasé de recluta a soldado y fui destinado a Ferrocarriles. Creo recordar que el cuartel estaba en la avenida de Navarra, junto a un lugar que había sido mercado de pescados y que por aquellas fechas funcionaba como espacio de conciertos y fiestas varias. Ese detalle siempre me pareció muy de España: un cuartel ferroviario junto a un viejo mercado de pescados reconvertido en escenario de vida civil, música y jarana. A un lado la disciplina. Al otro, la ciudad respirando. A un lado el parte, la formación y el servicio. Al otro, la gente empeñada en pasárselo bien sin pedir permiso al cabo de guardia. Y en medio, nosotros, los de reemplazo, mirando el calendario con la precisión de quien cuenta los días como traviesas de una vía interminable.
Aquel cuartel tenía incluso apodo. Algunos lo llamaban “el hotelito”, quizá por su aspecto, quizá por comparación con otros destinos más ásperos, quizá porque en la mili siempre hubo una capacidad admirable para bautizar los lugares con ironía. El caso es que aquel “hotelito” fue mi casa militar durante unos meses que, siendo sincero, se pasaron de forma razonable. No voy a adornarlo con sufrimientos de opereta ni con épica de cartón piedra. No fue Stalingrado, ni Annual, ni las Termópilas con bocadillo de mortadela. Fue la mili. Y dentro de lo que cabía esperar de la mili, hubo cantina, amigos y una vida soportable. Que tampoco es poco, cuando uno está cumpliendo una obligación y no precisamente disfrutando de un retiro espiritual pagado por el Estado.
La cantina merece capítulo propio. Toda mili que se precie tenía una cantina, y toda cantina era media taberna, medio confesionario y medio Parlamento de soldados. Allí se arreglaba España con una contundencia que ya quisieran muchos tertulianos de nómina. Se hablaba de permisos, mandos, novias, pueblos, ascensos, trenes, licencias y días pendientes para volver a ser civil. La cantina era el Senado de los reclutas, el Congreso de los soldados y la Real Academia de la supervivencia cuartelera. Sin cantina no hay memoria militar. Hay reglamento, sí, pero no hay alma.
Y luego estaban los amigos. Eso es lo que queda de verdad. No los partes, ni las órdenes, ni las formaciones. Quedan las caras, las bromas, los apodos, las conversaciones tontas y las pequeñas complicidades de quienes compartían una etapa extraña de la vida. Uno llega allí porque lo mandan y sale con una colección de nombres y escenas que, sin pedir permiso, se quedan dentro.
Pero conviene explicar qué demonios era aquel Regimiento de Movilización y Prácticas de Ferrocarriles, porque dicho hoy suena a arqueología administrativa. Las unidades ferroviarias militares españolas venían de lejos. El Ejército comprendió ya en el siglo XIX que el ferrocarril no era sólo un invento moderno para llevar viajeros con sombrero, maletas y prisa. Era una herramienta estratégica de primer orden. Los trenes servían para mover tropas, transportar material, sostener una retaguardia, evacuar heridos, reparar líneas dañadas, organizar convoyes y mantener en pie esa cosa tan poco vistosa y tan decisiva que se llama logística.
Y la logística, conviene recordarlo, no luce en los desfiles como una bandera ni tiene el relumbrón de una carga de caballería. Pero cuando falla, todo lo demás se va al carajo con una rapidez admirable. Sin comida, munición, combustible, repuestos y transporte, los ejércitos se convierten en romerías armadas. Durante mucho tiempo, el ferrocarril fue la columna vertebral de esa movilidad. Quien controlaba los raíles controlaba una parte esencial del territorio. Quien sabía repararlos, explotarlos y ponerlos al servicio de una operación militar tenía en sus manos algo más importante que una vía: tenía una arteria.
De aquella tradición nacerían, con el tiempo, los Zapadores Ferroviarios y las unidades de Movilización y Prácticas de Ferrocarriles. En los años sesenta, esa estructura terminó tomando forma en dos regimientos: el Regimiento de Zapadores Ferroviarios nº 13 y el Regimiento de Movilización y Prácticas de Ferrocarriles nº 14. El mío era este último. Una unidad con un pie en el Ejército y otro en el mundo ferroviario. Disciplina militar, sí, pero también prácticas, oficios, explotación ferroviaria y una relación evidente con aquel universo de estaciones, vías, convoyes y personal que podía acabar vinculado a RENFE.
Estábamos los que hacíamos el servicio militar obligatorio —los de Unidad—, como era mi caso, con nuestros trece meses de mili, nuestros permisos, nuestras obligaciones y nuestro deseo muy razonable de volver cuanto antes a la vida civil. Y estaban aquellos otros —los llamados prácticos— que hacían tres años entre Ejército y prácticas ferroviarias porque después aspiraban a quedarse en RENFE. Compartíamos espacio y uniforme, pero no destino vital. Para unos, aquello era una etapa impuesta. Para otros, una inversión de futuro, una puerta de entrada al ferrocarril civil.
Los de reemplazo mirábamos el calendario. Los otros miraban también la vía profesional que podía abrirse al final del trayecto. Nosotros queríamos licenciarnos. Ellos, quizá, querían llegar a RENFE. Misma unidad, distinta película.
Yo llegué a ser cabo primero en prácticas. Hice el curso de cabo primero en Albacete y luego volví a Zaragoza para las prácticas. Todo dentro de aquellos trece meses de servicio militar obligatorio, que daban para más peripecias de las que hoy parece posible meter en tan poco tiempo. Uno entraba de recluta, pasaba por instrucción, se convertía en soldado, podía ascender a cabo, hacer curso de cabo primero y terminar con galones provisionales mientras seguía preguntándose quién demonios había diseñado aquella maquinaria capaz de convertir la juventud en expediente, instrucción y calendario de licenciamiento.
Ser cabo primero no era poca cosa. De entrada, dejabas de dormir en una litera junto al resto de soldados y subías al piso superior, a la segunda planta, a un espacio para tres cabos al que, por algún motivo que ya se habrá llevado la niebla del tiempo, llamábamos el chusqui. Teníamos otros pequeños privilegios, claro, esas minucias que en la vida civil no valen nada pero que en un cuartel parecen concesiones imperiales. Ahora bien, lo mejor era apretarte una cerveza a las tantas de la noche mientras veías el ambiente de algún jolgorio en el viejo mercado de pescados. Para ello salíamos por la ventana del chusqui y nos subíamos al tejado de un pequeño cobertizo, o algo parecido, donde creo que se guardaba combustible. Desde allí charlábamos con las muchachas que pasaban y más de una vez hubo que parar a alguno que, envalentonado por la noche, la cerveza o la nostalgia de la vida civil, quería salir del cuartel y unirse a la fiesta. Cosas de la mili. Cosas de tener veinte años y creer que una ventana abierta era poco menos que una frontera internacional.
En Albacete disparé algo más. Tampoco mucho, que nadie se imagine aquí a Rambo con boina ferroviaria. Di algún tiro más allá de los reglamentarios, sí, pero también di algún que otro tripazo, porque aquello no consistía sólo en mirar el horizonte con gesto marcial. Había que correr, tirarse al suelo, levantarse, sudar, obedecer y volver a correr. Todos los días caían diez o quince kilómetros, poca cosa, claro, para un tipo de veinte años que por entonces corría como un jamaicano. Lo digo ahora con la ligereza que permite la distancia, porque el cuerpo de entonces no era el de ahora y porque a los veinte años uno cree que las rodillas vienen con garantía ilimitada.
Mi mili, en cualquier caso, no fue una película bélica. Fue más bien una película de oficinas, cantinas, vías, uniformes azules, papeles, mandos y trenes de fondo. Que nadie espere de estas líneas una epopeya de bayoneta calada. Si hubo una guerra, fue contra el aburrimiento, contra la burocracia y contra el reloj.
Mi destino real, por aquello de llevar gafas y saber escribir a máquina, fue la oficina de unidad. La selección natural del Ejército español en los años ochenta funcionaba así: si un soldado tenía gafas, cierta pinta de leer sin mover los labios y era capaz de darle a las teclas sin romper la máquina, acababa entre papeles. A otros les tocaba limpiar, cargar, patrullar, conducir o cocinar. A mí me colocaron en la oficina. Buena vida, dentro de lo que se entiende por buena vida en un cuartel.
Y allí ocurrió algo que con el tiempo ha terminado pareciéndome casi fundacional: tuve mi primer contacto con un ordenador y con un libro titulado BASIC para niños. Parece una tontería, pero no lo es. Uno no siempre sabe cuándo empieza algo importante en su vida. A veces empieza sin música, sin ceremonia y sin que nadie levante acta. Empieza en una oficina militar, con un ordenador delante, con un libro de programación elemental y con un soldado con gafas que no imagina que décadas después seguirá dándole a la tecla, peleándose con webs, blogs, máquinas, sistemas, gestores de contenido e inteligencias artificiales.
Allí, en aquel regimiento ferroviario de Zaragoza, entre papeles militares y rutina de unidad, apareció una primera semilla tecnológica. No sé si fue destino, casualidad o simple administración castrense, pero ahí estaba: BASIC para niños. A veces la vida tiene un sentido del humor magnífico. Te manda a la mili para que descubras un teclado. Te viste de azul ferroviario para que, sin saberlo, empieces a caminar por otra vía. No la de RENFE, sino la de los ordenadores, la comunicación digital y esa manía mía de seguir escribiendo cuando otros, más sensatos, se habrían ido a pescar.
El regimiento, visto con la distancia, era una rareza necesaria. No era una unidad de postal guerrera. No tenía, al menos en mi memoria, el dramatismo marcial de otros destinos. Tenía algo más civil, más técnico, más híbrido. Era Ejército, sí, pero también era ferrocarril. Era disciplina, pero también oficio. Era uniforme, pero también práctica. Era una España en la que todavía convivían de manera extraña el servicio militar obligatorio, los trenes como símbolo de modernidad heredada y una administración capaz de meter en el mismo saco a soldados de reemplazo, futuros ferroviarios, mandos, oficinas, talleres, prácticas y cantinas.
Con el paso del tiempo, aquel mundo se fue apagando. Llegó la profesionalización de las Fuerzas Armadas, terminó el servicio militar obligatorio y muchas unidades fueron reorganizadas, absorbidas o disueltas. El Regimiento de Movilización y Prácticas de Ferrocarriles nº 14 acabaría fusionándose con el de Zapadores Ferroviarios nº 13 para dar forma al Regimiento de Ferrocarriles nº 13, y más tarde también ese heredero terminó desapareciendo como unidad independiente. Sus capacidades residuales pasaron al ámbito de Ingenieros, especialmente al Regimiento de Pontoneros y Especialidades de Ingenieros, heredero de parte de aquella tradición.

Ahí está la melancolía del asunto. Lo que para mí fue una mili de trece meses, para la historia militar española fue un pequeño capítulo de una tradición de más de un siglo. Yo pasé por allí como pasan los soldados de reemplazo: con prisa por irse y sin saber que un día miraría hacia atrás con ternura. Pero aquel regimiento tenía raíces profundas. Venía de una España que había entendido que el tren era poder. Poder militar, poder económico, poder territorial. El ferrocarril cosía el país y el Ejército quería saber manejar esa aguja.
No seré yo quien pida el regreso de la mili obligatoria con trompeta, manta parda y muchachos arrancados de su casa porque sí. No idealizo aquel sistema. Tuvo sus miserias, sus absurdos y sus pérdidas de tiempo. Pero sí conviene reconocer que, con todo aquello, se fue también un mundo. Un mundo de reemplazos, quintas, destinos raros, cuarteles urbanos, cantinas, amistades improbables y regimientos que parecían sacados de una novela de otro siglo actualizada por RENFE.
Hoy, de aquel universo queda memoria dispersa. Quedan fotos, insignias, veteranos, foros de antiguos soldados, recuerdos familiares y algún espacio museístico. El Museo del Ejército conserva un pequeño recuerdo de aquellas unidades ferroviarias. No una gran sala con fanfarrias, ni una glorificación desmedida, sino algo más justo y quizá más hermoso: un rincón, una mención, una pieza, un eco. Lo suficiente para que quien sepa mirar entienda que también hubo soldados de ferrocarriles.
Ese pequeño espacio en el Museo del Ejército tiene algo de justicia poética. Porque no toda la historia militar está hecha de grandes batallas, generales con estatua y cargas heroicas. También está hecha de unidades discretas, de oficios, de logística, de soldados que mecanografiaban partes, de otros que aprendían prácticas ferroviarias, de quienes mantenían la maquinaria administrativa y técnica funcionando sin salir nunca en los libros gordos. La historia también se escribe con papeles de oficina, con grasa de locomotora, con cervezas en la cantina y con botas que pisan andenes militares.
Zaragoza quedó en mi corazón. No sólo por la mili, aunque la mili tenga esa manía de apropiarse de los lugares donde uno la hizo. Volví varias veces con el transcurrir de los años. Volver a una ciudad donde uno fue joven siempre tiene algo de ajuste de cuentas. Las calles cambian, los edificios cambian, los recuerdos se deforman, pero uno reconoce ciertas esquinas interiores. San Gregorio, la avenida de Navarra, Ferrocarriles, el mercado de pescados, la cantina, los amigos, Albacete, los tiros justos, los tripazos, las carreras, la oficina, el ordenador, el BASIC para niños. Todo eso forma una geografía privada.
Y hay un último recuerdo que redondea la historia con esa mala leche que tiene el tiempo. La última vez que pasé por Zaragoza, el cuartel ya no existía. Así de simple. Allí donde uno había contado días, hecho amigos, tomado birras en la cantina, escrito papeles de unidad y descubierto que dentro de un ordenador podía esconderse un futuro, ya no quedaba el cuartel. El “hotelito” se había ido por la vía muerta de las cosas desaparecidas. No hubo corneta de despedida, ni formación, ni parte de novedades. Sólo la evidencia brutal de que los lugares donde fuimos jóvenes también envejecen, se derriban, se transforman o se borran del mapa mientras uno sigue creyendo, ingenuo de solemnidad, que la memoria basta para mantenerlos en pie.
Y quizá por eso merece la pena contarlo. Porque las historias pequeñas, si se cuentan bien, explican mejor una época que muchos discursos solemnes. Mi mili ferroviaria no cambió el curso de la historia. No ganó batallas ni levantó monumentos. Pero formó parte de un regimiento singular del Ejército español, nacido de la convicción de que los raíles también eran defensa, de que la logística era tan importante como el fusil y de que un país se sostiene no sólo con banderas, sino con estaciones, puentes, máquinas, horarios y hombres capaces de hacer que todo eso funcione cuando vienen mal dadas.
A mí me tocó vivirlo desde la parte más modesta: la del soldado de reemplazo, cabo primero en prácticas, oficinista por gafas y mecanografía, ferroviario militar de paso y zaragozano sentimental desde entonces. No hice tres años para quedarme en RENFE. No fui un profesional del raíl. No disparé más que lo justo. No tengo batallas que contar, salvo las de la memoria. Pero pasé por aquel mundo y aquel mundo, de alguna forma, pasó por mí.
Hoy lo miro con una mezcla de ironía, gratitud y melancolía. Ironía, porque la mili daba para mucha retranca. Gratitud, porque hubo amigos, cantina y meses razonables. Melancolía, porque aquel regimiento raruno ya no existe y porque todos los mundos que desaparecen se llevan consigo un ruido particular. En este caso, el ruido de unas botas sobre el patio, de una máquina de escribir en la oficina, de un tren al fondo y de un soldado joven descubriendo que, además de la vida militar, existía también un lenguaje llamado BASIC esperándole detrás de una pantalla.
Y allí empezó otra vía. Sin uniforme azul. Sin corneta. Sin permiso de fin de semana. Pero con teclado. Que, visto lo visto, tampoco ha sido mala manera de seguir haciendo camino.

















