Apenas me quedan unos días para apretarme un nuevo año, así como si tal cosa. Otro calendario que cae, otra muesca en la culata, otra cifra que añadir al expediente vital. A estas alturas de partido no sé si es mejor que te feliciten o que te den el pésame. Uno ya no sabe si soplar velas o pedir asistencia técnica.
El caso es que este fin de semana pasado, charlando con un amigo, nos dio por repasar aquellas películas que marcaron una época. Películas, digo. Ahora lo llaman flims, que suena a cosa dicha por un consultor cultural con gafas de pasta y alergia al español. Y entre título y título apareció una de esas joyas que conviene rescatar de vez en cuando: The Blues Brothers, titulada en España Granujas a todo ritmo.
Para los no avisados: esto no es una película cualquiera. Es una gamberrada gloriosa, una misa laica con saxofones, una persecución policial convertida en verbena, un homenaje al blues, al soul y al góspel, y una de esas piezas que sólo podían salir bien en una época en la que el cine todavía se permitía el lujo de estar un poco loco.
Estrenada en 1980 y dirigida por John Landis, The Blues Brothers nació de unos personajes creados por John Belushi y Dan Aykroyd en Saturday Night Live. Belushi interpreta a Jake Blues, recién salido de la cárcel. Aykroyd es Elwood Blues, su hermano, siempre con gafas de sol, traje negro, sombrero y esa cara de funcionario del Apocalipsis que viene a sellarte el alma.
La trama es sencilla: el orfanato católico donde se criaron está a punto de cerrar por una deuda de 5.000 dólares. Para salvarlo, los hermanos deciden reunir a su antigua banda y conseguir el dinero tocando música. Eso sí, no por simple caridad ni por nostalgia de escenario. Ellos están, como repiten con una seriedad que desarma, “en una misión de Dios”.
Y desde ahí, que Dios reparta suerte.
Porque la película avanza como un coche patrulla sin frenos. Jake y Elwood van dejando caos allá por donde pasan. Les persigue la policía, una banda country, unos nazis de Illinois y una exnovia interpretada por Carrie Fisher que intenta liquidar a Jake con un entusiasmo bélico digno de una campaña napoleónica. Todo ello mientras atraviesan restaurantes, iglesias, carreteras, escenarios y hasta un centro comercial, en una de las persecuciones más disparatadas y memorables de la historia del cine.
Lo grande de The Blues Brothers no es sólo el desmadre. Lo grande es la música
Por la pantalla desfilan James Brown, Aretha Franklin, Ray Charles, Cab Calloway y John Lee Hooker. No como adornos, sino como columnas del templo. James Brown predica desde el púlpito como si el Espíritu Santo hubiera aprendido a bailar. Aretha Franklin canta Think y convierte un restaurante en un tribunal supremo del soul. Ray Charles vende instrumentos con más autoridad que muchos ministros gestionan un país. Cab Calloway rescata Minnie the Moocher con una elegancia de otra galaxia. Y John Lee Hooker aparece en la calle cantando Boom Boom, como si Chicago respirara blues por las alcantarillas.
Eso es lo que hace especial a la película. No utiliza la música como decoración. La música es el motor, la sangre y la excusa sagrada de todo el invento. Detrás de la comedia, de los coches destrozados y de las gafas negras hay un respeto profundo por una tradición musical que forma parte de la médula cultural de Estados Unidos.
Además, la banda no era de pega. Allí estaban músicos de verdad, gente con carretera y oficio, como Steve Cropper y Donald “Duck” Dunn. Por eso las canciones suenan como tienen que sonar: vivas, sudadas, con alma. No como esas cosas plastificadas que hoy te sirven algunos algoritmos con la misma emoción que una factura de la luz.
Vista ahora, The Blues Brothers tiene algo de cápsula del tiempo. Nos recuerda un cine más libre, más físico, más excesivo. Un cine donde los coches se estrellaban de verdad, los músicos tocaban de verdad y los personajes no necesitaban explicar sus traumas infantiles durante media hora para caer bien. Bastaba con ponerlos en marcha y dejar que el mundo ardiera un poco a su alrededor.
Y, sin embargo, bajo el disparate, hay una historia casi clásica: dos pícaros modernos, dos caballeros andantes con traje negro, intentando salvar el lugar donde crecieron. No son santos. Ni falta que hace. Son granujas, sí. Pero granujas con banda sonora, que es bastante más de lo que puede decirse de muchos próceres contemporáneos.
Quizá por eso aguanta tan bien. Porque no pretende ser importante y acaba siéndolo. Porque parece una broma y es un homenaje. Porque empieza como una comedia absurda y termina convertida en una celebración de la música, la amistad, la memoria y la bendita capacidad humana de seguir adelante aunque te persiga medio estado de Illinois.
Así que, para los no avisados, ahí va mi recomendación: vean The Blues Brothers. O revéanla. Pero háganlo sin móvil, sin prisas y sin esa pose moderna de analizarlo todo como si fuera un expediente administrativo. Déjense llevar. Acepten el pacto: dos hermanos, un orfanato, una banda que reunir, un coche viejo y una misión divina.
No tiene desperdicio.
Y si al terminar no se les ha movido un pie, no han sonreído como delincuentes menores y no han sentido ganas de ponerse unas gafas de sol aunque sea medianoche, háganse mirar el pulso. Porque quizá no estén muertos, pero andarán peligrosamente cerca.
Yo, por mi parte, seguiré aquí unos días más antes de apretarme otro año. Con más memoria, más retranca y menos paciencia para los flims con ínfulas. Pero con una certeza intacta: hay películas que no envejecen. Sólo esperan a que uno vuelva a reunir a la banda.


















