Leo que Madrid tendrá robotaxis y, antes de sacar la corneta tecnológica, conviene mirar la letra pequeña. Uber, WeRide y AVOMO han anunciado un piloto comercial de robotaxis en Madrid para finales de 2026. La idea es que esos vehículos puedan solicitarse desde la aplicación de Uber, dentro de una colaboración que se presenta como el primer despliegue de este tipo en España y como una entrada relevante de estas compañías en Europa. Eso sí, al principio incluirá operadores de seguridad a bordo, que es una forma elegante de decir que el coche conducirá solo, pero con un humano cerca por si el algoritmo decide ponerse metafísico en una rotonda.
La noticia me alegra. Con prudencia, pero me alegra. Porque confirma algo que algunos llevamos años pensando: que la conducción autónoma no tiene por qué ser una extravagancia de Silicon Valley, ni un juguete para ciudades con exceso de nota de prensa. Bien aplicada, puede resolver problemas cotidianos. De esos que no salen tanto en los congresos, pero que afectan a la vida real de la gente.

Y ahí es donde aparece Meco.
Porque en junio de 2019 publiqué en mi blog un artículo sobre la puesta de largo del autobús autónomo que iba a recorrer la Ruta de los Volcanes, en Timanfaya. Aquel proyecto, conocido como CITIES Timanfaya —Concepto Inteligente para un Transporte Integrado, Ecológico y Seguro—, planteaba un vehículo eléctrico, autónomo y sin puesto de conducción para realizar un recorrido turístico en Lanzarote. Estaba coordinado por la Asociación Española de la Carretera y contaba con la participación de la Universidad Carlos III de Madrid, 2RK y otras entidades tecnológicas.
Aquel vehículo se presentó en Madrid, ante medios y representantes del sector viario, como un demostrador tecnológico destinado a circular sin conductor por la Ruta de los Volcanes. No era una fantasía de folleto. Era una propuesta seria, con tecnología española y con un objetivo concreto: probar una solución de transporte ecológico, autónomo y seguro en un entorno natural tan singular como Timanfaya.
Y a mí aquello me hizo pensar en algo mucho menos volcánico, pero bastante más cercano: Meco.
Una lanzadera autónoma para Meco
Después de conocer aquel proyecto, contacté con la Asociación Española de la Carretera y, desde ahí, con 2RK. Mi pregunta era sencilla: ¿sería posible un autobús autónomo, eléctrico y de transporte colectivo que hiciera una ruta en Meco y llegara hasta la estación de tren?
No hablaba de instalar una base lunar en la plaza. Hablaba de una lanzadera útil, discreta y razonable. Una ruta de unos siete kilómetros, ida y vuelta, que conectara el casco urbano con la estación. Una solución para vecinos que van al tren, para jóvenes, para mayores, para trabajadores y para todos los que dependen del coche hasta para ir a mirar si ha llovido.
La respuesta fue clara. Me indicaron que el recorrido planteado —Camino del Olivo, M-116 hasta la rotonda de salida de la autopista de peaje y calle Poseidón, en el parque industrial— era factible para un vehículo autónomo y eléctrico de transporte colectivo de personas hasta la estación.
Ahí estaba la cosa. Siete kilómetros. Una necesidad real. Una tecnología posible. Y una respuesta técnica afirmativa.
Pero mi pregunta no llegó al consistorio. No me atreví. Y no me atreví porque, sinceramente, no veía entonces a los responsables municipales muy proclives a perder cinco minutos en mirar aquello con un mínimo de curiosidad. Quizá me equivoqué. Quizá no. No sé si vieron los pocos comentarios que se hicieron en los grupos de Facebook de la localidad. El caso es que aquella idea quedó entre yo mismo, los vecinos que la leyeron y algunos que tuvieron a bien comentarla.
Como tantas otras cosas, se quedó flotando en ese limbo mequero donde conviven las ocurrencias, las buenas ideas y las oportunidades que nunca llegan a ventanilla.
Timanfaya: cuando el futuro se dio de bruces con la lava
Conviene contar también la parte menos lucida de aquella historia. Porque el autobús autónomo de Timanfaya, presentado en 2019 con música de futuro y promesa de revolución tecnológica, no terminó exactamente como anunciaban los titulares.
El prototipo existió. Se probó. Incluso realizó un primer viaje en modo autónomo en Leganés, todavía como demostrador, antes de su hipotético traslado a Lanzarote.
Pero cuando llegó la hora de enfrentarlo a la realidad áspera de Montañas del Fuego, la cosa se complicó. En junio de 2021, tras dos semanas de pruebas en Timanfaya, los ensayos se paralizaron porque la guagua daba fallos. Según se publicó entonces, en determinadas ocasiones el vehículo se quedaba frenado y no avanzaba.
Y en junio de 2022 varios medios locales dieron ya el proyecto por fracasado, después de que se señalara que el trazado de Timanfaya era demasiado abrupto para aquel experimento tecnológico, tras un gasto superior al millón de euros.
Dicho de otra manera: el futuro llegó, miró la lava, consultó sus sensores y decidió quedarse quieto.
Y esto, lejos de invalidar la idea de la movilidad autónoma, la hace más interesante. Porque demuestra precisamente lo que algunos defendíamos entonces y seguimos defendiendo ahora: la conducción autónoma no puede venderse como si bastara con colocar un vehículo bonito, llenarlo de sensores y dejar que el algoritmo haga el paseíllo. Hay que elegir muy bien el recorrido, el terreno, las pendientes, las curvas, las condiciones ambientales, la regulación, la supervisión y el uso real que se le va a dar.
Por eso mi idea de Meco, comparada con Timanfaya, no era ninguna fantasía. Al contrario. Una lanzadera autónoma entre el casco urbano y la estación, en un recorrido fijo, conocido, repetitivo y mucho menos abrupto que una ruta volcánica, tenía —y quizá sigue teniendo— bastante más sentido práctico que enfrentar a un microbús experimental con un paisaje nacido del fuego.
Menos épica, sí. Menos lava. Menos foto. Menos titular. Pero quizá más utilidad.
Innovación de escaparate e innovación de pueblo
Ahora Madrid anuncia robotaxis y todo parece más serio. Y es que Madrid decidió, con buen criterio, ser un campo seguro de pruebas del futuro. Si lo dice Uber, es innovación. Si lo acompaña una gran empresa tecnológica, es futuro. Si aparece en titulares, es transformación urbana. Pero si hace unos años alguien decía que un autobús autónomo podía conectar Meco con su estación, entonces podía sonar a chaladura de paisano viejuno y rural, de los de boina a rosca en la parte alta del tarro.
Y, sin embargo, quizá tenía más sentido lo segundo.
Porque la conducción autónoma puede tener un encaje muy lógico en rutas fijas, controladas y repetitivas. Lanzaderas entre pueblos y estaciones. Conexiones con polígonos industriales. Recorridos universitarios. Transporte en zonas peatonales. Rutas turísticas. Espacios donde la tecnología no tenga que improvisar cada segundo entre repartidores, patinetes, dobles filas y peatones que cruzan mirando el móvil con la fe ciega de un mártir digital.
Una lanzadera autónoma entre Meco y la estación no habría sido un capricho futurista. Habría sido movilidad. Transporte limpio. Menos dependencia del coche
Una lanzadera autónoma entre Meco y la estación no habría sido un capricho futurista. Habría sido movilidad. Transporte limpio. Menos dependencia del coche. Más autonomía para muchos vecinos. Una forma de conectar mejor el municipio con el tren, que para eso está, aunque a veces parezca colocado allí como una promesa que hay que alcanzar por medios propios.
Esa es, para mí, la diferencia entre la innovación de escaparate y la innovación de verdad. La primera queda muy bien en una presentación. La segunda se nota cuando una vecina puede llegar al tren sin pedir favores, cuando un trabajador del polígono no depende de un coche para todo, cuando un estudiante puede moverse con autonomía o cuando una persona mayor no se queda atrapada porque el transporte público no llega donde debería.
Prudencia, sí; inmovilismo, no
Naturalmente, no se trata de soltar vehículos autónomos por las calles como quien libera perdices en un coto. Hay que probar, regular, supervisar, medir riesgos, garantizar seguridad, estudiar costes y explicar bien las cosas.
España ya cuenta con un marco de la DGT para pruebas de vehículos automatizados en vías abiertas al tráfico general: el Programa ES-AV, diseñado para autorizar y supervisar ensayos con vehículos automatizados, apoyar la innovación y mejorar la transparencia de este tipo de pruebas.
Por eso el piloto de Madrid es interesante. No porque vaya a cambiarlo todo de un día para otro, sino porque ayuda a normalizar la conversación. La movilidad autónoma deja de ser una rareza de laboratorio y empieza a convertirse en una opción que merece ser estudiada. Con cabeza, eso sí. Sin vendernos que mañana por la mañana un robotaxi nos llevará a comprar churros mientras canta copla y paga el impuesto de circulación.
Pero tampoco podemos quedarnos siempre en el “eso no se puede”. Porque muchas veces sí se puede. Otra cosa es que apetezca molestarse.
La movilidad autónoma deja de ser una rareza de laboratorio y empieza a convertirse en una opción que merece ser estudiada
Y ahí está una de las grandes enfermedades nacionales. Nos sobran discursos sobre innovación y nos faltan pilotos bien pensados. Nos sobran jornadas, congresos, fotos de familia y palabras como “transformación”, “ecosistema” y “disrupción”, pronunciadas con cara de haber descubierto el fuego. Pero cuando alguien plantea una solución concreta, pequeña, aplicable y pegada al terreno, entonces empiezan los bostezos, las dudas, los silencios administrativos y el clásico “ya lo veremos”. Que, traducido del dialecto burocrático al español corriente, suele significar: “No lo veremos jamás”.
El futuro también debería parar en Meco
La movilidad autónoma no debería ser sólo cosa de grandes ciudades, multinacionales y titulares con olor a nota de prensa. Puede tener mucho sentido en municipios medianos y pequeños, precisamente porque allí los problemas de conexión son más evidentes. Una estación lejos. Un polígono mal comunicado. Un centro de salud incómodo. Un casco urbano que necesita alternativas al coche. Una población que envejece. Jóvenes que no siempre tienen vehículo. Trabajadores que dependen de horarios imposibles.
Eso también es innovación. O debería serlo.
Por eso me alegra lo de Madrid. Porque quizá abre una puerta. Porque demuestra que aquella pregunta de 2019 no era tan descabellada. Porque confirma que el futuro, cuando se piensa con un poco de sentido común, no tiene por qué limitarse a las grandes avenidas. También puede circular despacio, en silencio, por una carretera local, camino de una estación.
No sé si algún día Meco tendrá una lanzadera autónoma. No sé si alguien recuperará aquella idea. No sé si quienes entonces no parecían muy proclives a mirar estas cosas hoy tendrían más interés, más curiosidad o más ganas de no quedarse fuera de la fotografía. Lo que sí sé es que en 2019 pregunté. Y me dijeron que era posible.
Luego no hice más. No llevé la pregunta al Ayuntamiento. No empujé. No insistí. Quizá por prudencia. Quizá por cansancio preventivo. Quizá porque uno, a ciertas alturas, ya distingue entre una puerta cerrada y una pared con pomo pintado.
Pero hoy, al leer que Madrid tendrá robotaxis, me permito sonreír con cierta retranca.
Porque a veces el futuro no llega de golpe. A veces se anuncia en Madrid, se prueba con grandes empresas y se vende con palabras en inglés. Pero antes, mucho antes, ya había pasado por la cabeza de algún paisano que sólo quería una cosa bastante sencilla: que su pueblo estuviera mejor conectado con la estación.
Y eso, aunque no tenga tanto glamour como un robotaxi en la app de Uber, también era futuro.
Quizá más futuro todavía.
Porque el futuro, cuando es de verdad, no siempre llega haciendo ruido. A veces aparece en silencio, eléctrico, puntual, bajando por el Camino del Olivo camino de la estación.
Y entonces uno, que ya lo había imaginado en 2019, sonríe con retranca y piensa:
—Pues no debía de ser tan mala idea.