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Revista de Privacidad, Innovación y Tecnología: una iniciativa necesaria para pensar la IA con derechos

Ha nacido la Revista de Privacidad, Innovación y Tecnología, impulsada desde la AEPD, y su primer número llega con un asunto que ya no pertenece al futuro, sino al presente más incómodo: la inteligencia artificial, la gobernanza algorítmica y los riesgos para los derechos fundamentales. Una iniciativa interesante, ambiciosa y muy oportuna. Porque mientras algunos siguen vendiendo la tecnología como si fuera incienso digital, otros empiezan a preguntarse quién vigila al algoritmo cuando el algoritmo empieza a vigilarnos a todos.

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Hay publicaciones que nacen para llenar papel. O pantalla. O expediente. Y luego hay otras que, si cumplen lo que prometen, pueden servir para algo mucho más serio: poner orden en mitad del ruido. La Revista de Privacidad, Innovación y Tecnología, cuyo número 1 aparece fechado en abril de 2026, pertenece —o al menos aspira a pertenecer— a esta segunda categoría.

Y digo aspira porque una revista no se mide sólo por lo lustroso de su presentación, sino por la utilidad real que tenga cuando sus páginas empiecen a circular entre juristas, técnicos, responsables públicos, académicos y profesionales de la protección de datos. De entrada, la criatura viene bien armada intelectualmente. Nace vinculada a la Agencia Española de Protección de Datos, con un equipo editorial de peso y con una vocación declarada que me parece especialmente interesante: convertirse en un espacio de encuentro entre la reflexión académica, la experiencia profesional y la mirada institucional.

Dicho en cristiano: juntar en la misma mesa a quienes piensan, a quienes aplican y a quienes tienen que vigilar que el tinglado no acabe convertido en una tómbola algorítmica donde los derechos fundamentales se rifan al peso.

El primer número no se anda por las ramas. El monográfico se titula “IA, gobernanza algorítmica y riesgos para los derechos fundamentales”. Ahí queda eso. Nada de colorines, fuegos artificiales ni promesas de que la inteligencia artificial nos hará más listos, más ricos y más eficientes mientras nos arregla la vida. Aquí se habla de lo importante: decisiones administrativas algorítmicas, sesgos, sistemas de puntuación social, gobernanza de datos, transparencia, neurotecnologías, datos genéticos, IA en la educación superior, administración local y protección de datos.

Vamos, que no es una lectura para pasar la tarde haciendo scroll con una mano y sujetando una bolsa de pipas con la otra. Es una publicación seria. Y precisamente por eso resulta necesaria.

Porque vivimos tiempos extraños. A cualquier herramienta que lleve pegada la etiqueta de “innovación” se le hace reverencia como si acabara de bajar de una nube tecnológica con la solución definitiva para todos nuestros males. Si una aplicación decide, predice, clasifica o recomienda, parece que debemos aceptar su veredicto con obediencia de ciudadano administrado. Como si el algoritmo fuera una especie de notario celestial, limpio de pecado, libre de prejuicio y tocado por la gracia de Silicon Valley.

Pero no. El algoritmo no nace en una nube pura y angelical. Lo escriben personas, lo entrenan con datos, lo alimentan con decisiones anteriores y lo despliegan en sociedades llenas de desigualdades, intereses, torpezas y miserias. Y cuando se equivoca, puede equivocarse a lo grande. Con método. Con escala. Con apariencia de neutralidad. Que es una de las peores formas de injusticia: la que encima se presenta bien peinada.

Por eso me parece tan acertado que este primer número ponga el foco en la inteligencia artificial no como juguete tecnológico, sino como herramienta de poder. Porque eso es, al fin y al cabo. Poder para clasificar. Poder para decidir. Poder para excluir. Poder para conceder una ayuda, negar una prestación, ordenar una inspección, asignar recursos, perfilar ciudadanos o condicionar oportunidades vitales.

Y cuando el poder se automatiza, conviene hacerle preguntas. Muchas. Incómodas. De esas que estropean el entusiasmo de quienes confunden modernización con barra libre tecnológica.

La revista aborda, entre otros asuntos, la discriminación algorítmica en la administración pública, los sistemas de puntuación social, los sesgos en los datos y la necesidad de una gobernanza seria de la inteligencia artificial. También se adentra en territorios que ya asoman la oreja por el horizonte: la IA agéntica, las neurotecnologías o los neurodatos. Palabras que suenan a ciencia ficción hasta que un martes cualquiera aparecen en una licitación, en una universidad, en una empresa o en el despacho de un regulador.

Y entonces ya no son ciencia ficción. Son expediente.

Me parece especialmente valioso que la revista insista en una idea que debería estar grabada en piedra en todas las organizaciones que hablan de transformación digital: la privacidad y la protección de datos no son obstáculos para la innovación. Son condiciones para que la innovación sea legítima. Lo contrario es la vieja trampa de siempre: presentar los derechos como una molestia, la prudencia como una rémora y la legalidad como un estorbo para que los listos de turno corran más.

Ya conocemos esa música. Primero se despliega la herramienta. Luego se celebra la modernidad. Después aparecen los daños. Y al final alguien pregunta, con cara de sorpresa, cómo pudo suceder aquello. Pues pudo suceder porque nadie quiso mirar debajo de la alfombra cuando todavía había tiempo.

Por eso iniciativas como esta revista son importantes. Porque ayudan a crear cultura. Y la cultura de la privacidad, de la responsabilidad tecnológica y de la gobernanza del dato nos va a hacer falta. Mucha. No sólo en los despachos jurídicos, ni en las agencias reguladoras, ni en los comités científicos. También en las empresas, en las administraciones, en los colegios profesionales, en las universidades y en cualquier organización que maneje datos personales con la alegría con la que algunos reparten caramelos en una cabalgata.

Este número 1 de la Revista de Privacidad, Innovación y Tecnología llega, por tanto, en un momento oportuno. Cuando la inteligencia artificial empieza a colarse en todos los rincones. Cuando se habla de agentes autónomos, decisiones automatizadas, asistentes digitales, reconocimiento, predicción y vigilancia con una naturalidad que a veces asusta. Cuando conviene recordar que detrás de cada dato hay una persona. Y que detrás de cada persona hay derechos, dignidad, contexto, historia y vulnerabilidad.

Así que bienvenida sea esta revista. Bienvenida la iniciativa. Bienvenido el esfuerzo de levantar un espacio riguroso, abierto y especializado para pensar la tecnología sin caer de rodillas ante ella.

Porque la innovación está muy bien. Pero mejor está conservar la cabeza sobre los hombros. Y la privacidad, aunque algunos la den por muerta, sigue siendo una de las últimas trincheras donde el ciudadano puede defenderse del entusiasmo de quienes quieren medirlo, clasificarlo y administrarlo todo.

Incluida, si les dejamos, nuestra propia libertad.

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