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La casta de los Metabarones: sangre, acero y ciencia ficción a lo grande

En estos días en los que el calor empieza a apretar, busco refugio donde puedo: algo de música, un rincón tranquilo y un cómic de esos que llevan años en casa esperando su turno. Este fin de semana le ha tocado a La casta de los Metabarones, de Alejandro Jodorowsky y Juan Giménez, una obra que lleva conmigo desde 2007. Casi veinte años. Hoy quiero compartirla con vosotros, porque hay lecturas que no envejecen: se quedan al acecho esperando que vuelvas a ellas.

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Hay cómics que uno compra, lee, coloca en la estantería y olvida, pero hay otros que no se resignan a quedar sepultados entre el polvo y la buena intención. Se quedan ahí como un animal agazapado, callados, sin pedir nada, esperando a que llegue el momento de volver a abrirlos y recordar que siguen teniendo colmillos.

Eso me ha pasado estos días con La casta de los Metabarones. Cuando el calor empieza a apretar y la tarde se vuelve espesa, me acerco a descansar la neurona —sólo me queda una, pero gorda, muy gorda— escuchando música y apretándome un cómic de esos que llevan tiempo en casa, descansando en la estantería como viejos soldados que esperan a que uno decida llamarles otra vez a filas.

Este fin de semana le ha tocado a La casta de los Metabarones, una obra que lleva en casa desde 2007. Casi veinte años, que se dice pronto, pero se vive con más arrugas, más lecturas y menos paciencia para las tonterías. Y vaya si ha merecido la pena volver a abrirlo.

Una dinastía condenada

La casta de los Metabarones no es un cómic de ciencia ficción al uso. No estamos ante una aventurita espacial de buenos, malos, pistolas láser y moraleja de saldo al final del capítulo, sino ante algo mucho más excesivo, más brutal y más ambicioso. Jodorowsky toma la ciencia ficción, la cruza con la tragedia griega, la mete en una armadura feudal y la lanza al espacio profundo. Después llega Juan Giménez y lo dibuja todo como si estuviera levantando una catedral de metal, carne, fuego y planetas moribundos.

La obra cuenta la genealogía de una estirpe de guerreros casi invencibles: los Metabarones. Generación tras generación, el título pasa de padres a hijos, pero no como se entrega una herencia civilizada, con papeles, notario y cara de circunstancias, sino mediante pruebas atroces, mutilaciones rituales, duelos imposibles, sacrificios familiares y una idea del honor que haría parecer moderado a un samurái borracho de pólvora.

El padre contra el hijo, el hijo contra el padre, la madre como figura terrible, el linaje como religión y la guerra como destino. Eso es La casta de los Metabarones: una saga familiar donde la familia no es refugio, sino condena.

Jodorowsky desatado

Uno lee esta obra y tiene la sensación de que Alejandro Jodorowsky escribió con todas las compuertas abiertas, sin miedo al exceso, sin pedir permiso y sin preocuparse demasiado por parecer razonable, que es una de las maneras más tristes de escribir. Aquí hay violencia, sexo, deformidad, incesto, misticismo, máquinas imposibles, planetas remotos, imperios, castas, ceremonias, mutilaciones y un sentido trágico de la existencia que lo empapa todo.

Dicho así puede parecer un disparate, y lo es, pero es un disparate con una lógica interna feroz. Porque los Metabarones no son simplemente tipos duros con armadura: son una pregunta incómoda. ¿Qué queda de un ser humano cuando se le educa sólo para vencer? ¿Cuánto se puede sacrificar en nombre del poder, del apellido, del honor o de la tradición? ¿En qué momento el héroe deja de ser héroe y se convierte en monstruo?

Ahí está una de las claves del cómic. La casta de los Metabarones no te pide que admires sin más a sus protagonistas, sino que te obliga a mirarlos, y mirar, como sabemos, no siempre es cómodo. Hay grandeza en ellos, desde luego: valor, disciplina, fuerza, inteligencia y una voluntad casi sobrehumana. Pero también hay crueldad, fanatismo, soberbia y una incapacidad absoluta para vivir una vida sencilla. Son gigantes, sí, pero gigantes encerrados en su propia armadura.

Juan Giménez y las catedrales de acero

Y luego está el dibujo de Juan Giménez. Qué barbaridad. Hay páginas que uno debería leer de pie, como se escucha el himno de tu país o se contempla una tormenta llegando desde el horizonte. Giménez tenía una capacidad extraordinaria para dar peso a la tecnología: sus naves no parecen decorados de cartón piedra, sus máquinas pesan, sus armaduras rozan, sus planetas tienen polvo, óxido, atmósfera y ruina.

Todo parece usado, reparado, combatido, abandonado y vuelto a poner en marcha porque no quedaba más remedio. Eso se agradece mucho al releer la obra casi veinte años después de tenerla en casa. En una época en la que tantas imágenes parecen fabricadas con la misma plantilla digital, volver a las páginas de Giménez es entrar en un taller antiguo donde todavía huele a metal caliente, tinta, grasa y oficio.

Hay dibujo, composición, arquitectura, músculo y artesanía. Y eso, amigos, se nota.

Ciencia ficción sucia, barroca y adulta

La ciencia ficción de La casta de los Metabarones no es limpia ni aséptica. No es una postal futurista de pasillos blancos, inteligencias artificiales educadísimas y ciudadanos impecables vestidos con ropa minimalista. Aquí el futuro es barroco, violento y casi medieval, lleno de imperios, rituales, linajes, armas imposibles, planetas perdidos y una sensación constante de fatalidad, como si toda esa tecnología no sirviera para liberar al ser humano, sino para perfeccionar sus viejas miserias.

Y quizá por eso me interesa tanto, porque debajo de la armadura, del láser y del delirio cósmico, lo que hay es una historia vieja como el mundo: padres e hijos, orgullo, herencia, ambición, amor mal entendido y esa manía tan humana de convertir la tradición en una trituradora de carne.

Los Metabarones son ciencia ficción, sí, pero también podrían ser una casa noble condenada, una familia de conquistadores, una saga de generales antiguos o una dinastía de poderosos incapaces de soltar el mando aunque se les caiga el mundo encima. Cambien ustedes la nave por un castillo, el planeta por un reino y el arma futurista por una espada. La historia seguiría funcionando, porque eso es lo que tienen las buenas obras: cambian de traje, pero conservan el esqueleto.

No es una lectura cómoda

Conviene advertirlo: La casta de los Metabarones no es una lectura amable, ni lo pretende. No es un cómic para quien busque una tarde blandita, un entretenimiento ligero o una historia cómoda para pasar páginas sin que nada moleste. Aquí hay violencia, crudeza, heridas físicas y morales, relaciones familiares enfermizas y decisiones que dejan mal cuerpo. Jodorowsky no escribe con algodones. Escribe con cuchillo ceremonial.

Y sí, a veces se le va la mano, pero incluso cuando se le va, lo hace a lo grande. A mí eso me resulta más interesante que tanta ficción domesticada, tanta historia diseñada para no incomodar a nadie y tanto producto cultural que parece haber pasado antes por un comité de prudencia, buenas maneras y anestesia general.

No pido que todo sea exceso, sangre y tragedia, faltaría más, pero de vez en cuando conviene recordar que la imaginación también debe tener permiso para despeinar, incomodar y meterse en habitaciones donde no huele precisamente a ambientador. Y La casta de los Metabarones despeina. Vaya si despeina.

Por qué recomiendo La casta de los Metabarones

Recomiendo La casta de los Metabarones a quien disfrute de la ciencia ficción adulta, del cómic europeo, de la ópera espacial, de las sagas familiares oscuras y de esas obras que parecen creadas sin pedir permiso al departamento de marketing. No es una obra perfecta, ni necesita serlo. Tiene excesos, rarezas y momentos discutibles, pero posee algo que no abunda: personalidad, voz propia, un mundo reconocible y una fuerza visual y narrativa que todavía aguanta el paso del tiempo con una dignidad envidiable.

Recomendar este cómic es decirle al lector: entre usted aquí, pero no espere salir limpio. Prepárese para una saga donde el poder cuesta sangre, el honor huele a tumba y cada generación cree superar a la anterior cuando, en realidad, sólo hereda una condena más pesada. Prepárese para ver cómo la ciencia ficción puede dialogar con los mitos antiguos, con la tragedia clásica y con esa parte oscura del ser humano que siempre anda rondando, aunque la tapemos con discursos modernos y sonrisas de catálogo.

Y, sobre todo, prepárese para disfrutar del dibujo de Juan Giménez, porque hay viñetas que justifican por sí solas la lectura. Páginas donde uno se detiene, no porque no entienda lo que ocurre, sino porque quiere quedarse un rato más dentro, mirando una nave, una armadura, un rostro, un planeta o una composición imposible. Eso, en el cómic, es oro.

Una obra que sigue esperando en la estantería

Mi ejemplar lleva en casa desde 2007, casi veinte años. Ha visto pasar modas, mudanzas interiores, entusiasmos pasajeros y mucho ruido cultural que llegó gritando y se fue dejando apenas cuatro migas. Y ahí sigue, sin notificaciones, sin algoritmos, sin titulares histéricos. Sólo papel, tinta y una historia capaz de volver a morder cuando la abres.

Este fin de semana puse música, busqué refugio del calor, dejé descansar la neurona y me lancé de nuevo a esa genealogía de bárbaros espaciales, héroes deformes y monstruos magníficos. Salí contento, no porque sea una obra cómoda, ni perfecta, ni porque uno termine la lectura con ganas de hacerse Metabarón, que bastante tiene uno con sobrevivir al recibo de la luz, a las noticias y a la estupidez ambiente, sino porque me reencontré con un cómic poderoso.

De esos que recuerdan que el noveno arte, cuando quiere, puede levantar universos enteros con papel y tinta. De esos que no se limitan a contar una historia, sino que fabrican mitología.

Así que sí: recomiendo La casta de los Metabarones. La recomiendo a quien no le tenga miedo a una lectura intensa, salvaje, visualmente deslumbrante y narrativamente excesiva. La recomiendo a quien quiera una ciencia ficción con barro, sangre, filosofía y mala leche. La recomiendo a quien todavía crea que un cómic puede ser algo más que entretenimiento rápido.

Porque hay obras que pasan por casa como visitas educadas, y hay otras que se quedan en la estantería como viejos guerreros, esperando a que llegue el calor, suene la música y uno vuelva a abrirlas para recordar que la imaginación, cuando se toma en serio, puede ser una cosa muy peligrosa. La casta de los Metabarones pertenece a esa segunda estirpe. Y bendita sea.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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