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SpaceX sale a bolsa: cuando Marte cotiza en Wall Street

SpaceX salió a bolsa con una OPV histórica, una valoración de vértigo y el inevitable incienso bursátil alrededor de Elon Musk. La empresa que nació para llevarnos a Marte acaba de aterrizar en Wall Street, donde el planeta rojo ya no se mira con telescopio, sino con una pantalla de cotizaciones, una orden de compra y la fe ciega de quienes creen que todo futuro, por lejano que esté, puede convertirse en plusvalía.

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SpaceX ha salido a bolsa y Wall Street ha vuelto a hacer lo que mejor sabe cuando huele futuro, cohetes, satélites y a Elon Musk cerca: sacar la chequera, apagar las dudas y comprar mañana como si mañana ya hubiera ocurrido. La compañía nació para abaratar el acceso al espacio, fabricar cohetes reutilizables y llevar algún día al ser humano a Marte. Pero en su estreno bursátil lo que realmente pareció colonizado no fue el planeta rojo, sino esa vieja y muy terrestre codicia que desde siempre acompaña a los grandes relatos de progreso.

Conviene empezar por los datos, porque entre tanta épica espacial, tanta pantalla iluminada y tanto profeta tecnológico, siempre acaba haciendo falta este viejo contable con gafas, mala leche y bolígrafo rojo. La OPV de SpaceX se fijó en 135 dólares por acción. La acción empezó a cotizar en torno a 150 dólares. Cerró cerca de 160,95 dólares. La operación recaudó unos 75.000 millones de dólares y dejó a la compañía con una valoración inicial próxima a 1,77 billones de dólares. Billones de los de verdad, de los que en español significan millón de millones, aunque el idioma financiero global venga cada vez más contaminado por el “trillion” anglosajón, ese palabro que parece diseñado para que los ricos parezcan todavía más ricos y los pobres entendamos todavía menos la magnitud del atraco visual.

También hay otros datos menos lucidos, de esos que no caben bien en los titulares con fanfarria. SpaceX declaró en 2025 unos 18.700 millones de dólares de ingresos, una cifra formidable, sí, pero acompañada de una pérdida neta aproximada de 4.900 millones de dólares. Es decir: la empresa factura como un titán, crece como una bestia y, sin embargo, sigue sin ser rentable en términos netos. Starlink aparece como la parte más sólida del negocio, la joya de la corona, el segmento que ya no pertenece sólo a la ciencia ficción, sino al territorio mucho más serio de los clientes, los contratos, la conectividad y el dinero entrando por la puerta. Morningstar destaca que Starlink duplicó sus suscriptores y elevó con fuerza su EBITDA ajustado entre 2024 y 2025. Pero incluso con esa joya brillando en mitad del escaparate, la compañía sigue teniendo pérdidas relevantes. Mucho cohete, mucho satélite, mucha gloria orbital, pero el beneficio neto todavía anda buscando escafandra.

Y aquí empieza lo interesante.

Porque SpaceX no es humo. Sería demasiado cómodo decirlo y, además, sería falso. SpaceX no es una de aquellas empresas de la burbuja puntocom que tenían una página web, dos becarios, una oficina alquilada, un logotipo espantoso y un plan de negocio escrito con rotulador en una servilleta. SpaceX existe. Sus cohetes despegan. Algunos regresan. Sus satélites están ahí arriba, formando esa telaraña metálica que envuelve la Tierra como si el cielo también pudiera convertirse en una urbanización privada. Starlink funciona. La NASA contrata. Los ejércitos miran de reojo. Las telecomunicaciones toman nota. Y medio planeta, entre fascinado e inquieto, observa cómo Elon Musk va colocando piezas en un tablero que ya no parece sólo empresarial, sino geopolítico.

Precisamente por eso el asunto merece atención. Porque las burbujas más peligrosas no siempre se levantan sobre mentiras. A veces se levantan sobre verdades indiscutibles infladas hasta lo grotesco. Internet era real en 1999. Cambió el mundo, vaya si lo cambió. Pero eso no impidió que alrededor de aquella verdad gigantesca creciera una selva de empresas sobrevaloradas, cuentos para inversores, presentaciones con muchas flechas de colores y cadáveres bursátiles que acabaron decorando el cementerio de las puntocom. La inteligencia artificial es real. La economía espacial también lo es. SpaceX lo es. Lo que ya resulta más discutible es que todo eso justifique cualquier precio, cualquier valoración y cualquier genuflexión ante el santo patrón de los visionarios con cuenta corriente de emperador romano.

SpaceX nació en 2002 con una misión que entonces sonaba a disparate de garaje ilustrado: reducir los costes del acceso al espacio, fabricar cohetes reutilizables y avanzar hacia una humanidad multiplanetaria. La idea era audaz. Casi poética. Frente al viejo espacio de agencias estatales, contratos mastodónticos, lentitud burocrática y presupuestos infinitos, Musk propuso algo muy norteamericano: hacerlo más barato, hacerlo más rápido y hacerlo con una mezcla de ingeniería, propaganda, audacia y espectáculo. El resultado, hay que reconocerlo, ha sido formidable. SpaceX cambió la conversación espacial. Dejó de parecer imposible que una empresa privada compitiera en un terreno reservado durante décadas a Estados, ejércitos y agencias nacionales.

Primero soñamos con Marte. Luego lo empaquetamos. Después lo titulizamos. Finalmente lo vendemos por acciones

Pero una cosa es llevar un cohete al espacio y otra llevar una cuenta de resultados al paraíso. Y ahí, como siempre, termina apareciendo la realidad con sus botas sucias. SpaceX ingresa mucho. Crece. Tiene negocio. Starlink parece haberse convertido en una máquina formidable de facturación, una red de internet satelital con millones de usuarios y enorme potencial en zonas sin buena conectividad terrestre, buques, aviones, operaciones militares, emergencias y territorios donde la infraestructura convencional llega tarde, mal o nunca. Pero SpaceX también gasta como lo que es: una compañía que no está levantando una tienda de ultramarinos, sino una infraestructura espacial, satelital y tecnológica que devora capital como un agujero negro con apetito de buffet libre.

Los ingresos son enormes, sí. Pero las pérdidas también son relevantes. Y ahí conviene no marear la perdiz: una empresa puede ser extraordinaria desde el punto de vista tecnológico y estar al mismo tiempo sometida a una valoración bursátil que exige creer en todos sus futuros a la vez. En el éxito de Starlink. En el despliegue de Starship. En los contratos públicos. En la defensa. En la inteligencia artificial. En la conectividad global. En la colonización marciana. En que los reguladores mirarán para otro lado lo justo. En que la competencia no llegará demasiado deprisa. En que los costes no se desmadrarán más de lo previsto. En que Musk seguirá siendo Musk, pero no demasiado Musk, que ésa es otra variable de riesgo que ningún folleto financiero sabe valorar con decencia.

Porque Elon Musk es, a la vez, el mayor activo y el mayor cortocircuito narrativo de sus empresas. Es el rostro, el mito, el vendedor, el ingeniero honorario, el profeta, el agitador, el niño con cerillas en una gasolinera y el tipo que consigue que millones de personas compren una acción como quien compra un billete para presenciar el futuro desde primera fila. A Musk se le perdona casi todo mientras el cohete sube. Pero en bolsa los milagros tienen una cosa desagradable: cotizan cada día. Y cuando cotizan cada día, también pueden dejar de parecer milagros y empezar a parecer deuda, gasto, retraso, litigio, sobrecoste o simplemente realidad.

La comparación con la burbuja de las puntocom no es exacta, pero sí útil. No porque SpaceX sea una mascota de peluche vendida por internet con pérdidas infinitas, sino porque vuelve a repetirse el mismo mecanismo psicológico. Una tecnología real. Un relato de transformación global. Una promesa de futuro inevitable. Una demanda inversora desbordada. Una valoración que parece escrita por alguien que ha confundido el Excel con el Apocalipsis. Y, por supuesto, una frase recurrente que debería figurar en la entrada de todos los manicomios financieros: “esta vez es distinto”.

Siempre es distinto. Hasta que deja de serlo.

En 1999 también era distinto. Internet iba a cambiarlo todo. Y lo cambió. Pero eso no salvó a quienes pagaron precios disparatados por empresas que no sabían ganar dinero, ni a quienes confundieron una tendencia histórica con una autorización para abandonar el sentido común en la cuneta. El problema no era internet. El problema era el precio. El problema no era el futuro. El problema era pagar por el futuro como si ya estuviera garantizado, empaquetado, auditado y entregado con acuse de recibo.

Con SpaceX ocurre algo parecido, aunque a otra escala y con más acero inoxidable. La empresa tiene tecnología real, barreras de entrada enormes y una posición estratégica que no se improvisa en dos tardes. Pero su estreno bursátil ha puesto sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿está el mercado valorando una empresa o está comprando una mitología? ¿Compra lanzamientos, satélites y conectividad, o compra la sensación de que Elon Musk siempre acaba sacando un conejo de la chistera, aunque a veces el conejo venga con retraso, sobrecostes y demandas judiciales?

La economía espacial es uno de los grandes territorios del siglo XXI. Ahí están la observación de la Tierra, la defensa, las comunicaciones, la navegación, la logística orbital, la explotación futura de recursos, los servicios de datos, la gestión de constelaciones, la basura espacial y todo ese repertorio que hace años sonaba a literatura de ciencia ficción y ahora aparece en informes de consultoras con gráficos muy serios y señores con corbata. SpaceX está en una posición privilegiada dentro de ese mundo. Negarlo sería absurdo. Pero también lo sería aceptar sin pestañear que porque una empresa esté bien situada en el futuro, el futuro pueda descontarse completo en el presente.

Elon Musk, elevado a la categoría de rico planetario, extraplanetario y casi mitológico

Ésa es la gran trampa de Wall Street. Convierte el mañana en producto financiero. Mete Marte en una pantalla de cotizaciones. Transforma la exploración espacial en un ticker. Reduce la épica humana a una orden de compra. Y entonces uno mira el espectáculo y no sabe si está viendo el amanecer de una nueva era o una procesión de tahúres vestidos de astronauta.

La ironía es deliciosa. SpaceX se creó para liberarnos de la gravedad. Y en su primer día de bolsa nos recordó que la gravedad más poderosa sigue siendo la del dinero. No hay planeta rojo que compita con una plusvalía verde. No hay discurso sobre la humanidad multiplanetaria que no acabe pasando por los bancos colocadores, los grandes fondos, los inversores institucionales y esa fauna de analistas que un día te explican que una empresa no tiene precio porque cambiará el mundo y al día siguiente te recomiendan venderla porque el margen operativo se ha resfriado.

También está la cuestión del control. Porque una cosa es salir a bolsa y otra repartir de verdad el poder. SpaceX puede cotizar públicamente, pero eso no significa que el pequeño inversor vaya a sentarse en el puente de mando. Compra una porción del sueño, pero no necesariamente una silla junto al capitán. Compra exposición, no mando. Compra épica, no gobierno corporativo. Compra futuro, pero el futuro lo sigue conduciendo otro.

No es necesariamente malo. Muchas grandes empresas han tenido fundadores dominantes. Algunas funcionaron mejor gracias a ellos. Otras acabaron convertidas en monumentos al ego. Con Musk, como siempre, las dos posibilidades parecen estar abiertas al mismo tiempo. Es capaz de empujar industrias enteras y de incendiar media conversación pública antes del desayuno. Es capaz de mover talento, capital y tecnología como pocos hombres de su generación. Y también es capaz de convertir cualquier análisis financiero en una discusión sobre su personalidad, sus obsesiones, sus pleitos, sus provocaciones o su última ocurrencia en X.

El inversor que entra en SpaceX no compra sólo cohetes. Compra Starlink. Compra contratos públicos. Compra una infraestructura crítica. Compra defensa. Compra inteligencia artificial. Compra Marte. Compra a Musk. Compra una narración de poder tecnológico que mezcla Silicon Valley, Cabo Cañaveral, Wall Street, el Pentágono y una pizca de western interplanetario. Y lo compra a un precio que exige que casi todo salga bien durante mucho tiempo.

Quizá salga bien. No hay que descartarlo. Sería necio negar que SpaceX ha hecho cosas que muchos expertos consideraban imposibles o económicamente inviables. Quizá dentro de veinte años miremos esta salida a bolsa como se mira hoy a quienes dudaban de Amazon, Apple o Tesla en sus momentos más difíciles. Quizá Starlink sea una máquina gigantesca de beneficios. Quizá Starship funcione como prometen. Quizá la economía orbital crezca hasta justificar cifras que hoy parecen indecentes. Quizá Musk termine poniendo un cartel de “se vende parcela” en Marte y haya fondos soberanos preguntando por el agua, las vistas y la fiscalidad.

Pero también puede ocurrir lo contrario. Puede que la valoración se haya adelantado demasiado. Puede que el mercado haya confundido liderazgo tecnológico con inmunidad financiera. Puede que los costes de la ambición espacial sigan siendo brutales durante mucho tiempo. Puede que la competencia, los reguladores, los accidentes, los retrasos o la política recuerden a todos que el espacio no es sólo una oportunidad, sino una trituradora de presupuestos. Puede que Marte cotice hoy en Wall Street, sí, pero Marte sigue estando lejos, vacío y sin consumidores que paguen suscripción mensual.

Y ahí está, a mi juicio, la mejor metáfora de todo este asunto. SpaceX representa lo mejor y lo peor de nuestra época. Lo mejor: la ambición, la ingeniería, la capacidad de romper inercias, el deseo de mirar más allá de la baldosa inmediata. Lo peor: la conversión de cualquier sueño en activo financiero, la adoración al fundador providencial, la prisa por monetizar el futuro antes incluso de haberlo entendido y esa tendencia tan contemporánea a creer que si algo sube en bolsa tiene necesariamente razón.

No. Una acción que sube no tiene razón. Sólo tiene compradores.

Por eso conviene mirar a SpaceX con una mezcla de admiración y desconfianza. Admiración por lo que ha construido. Desconfianza por lo que el mercado ya da por hecho. Aplaudir los cohetes no obliga a arrodillarse ante la cotización. Reconocer la grandeza tecnológica no exige tragarse entera la liturgia bursátil. Uno puede mirar un Falcon aterrizando y sentir que está viendo historia. Y acto seguido mirar la valoración de la compañía y pensar que alguien ha echado demasiado queroseno en la hoguera.

SpaceX salió a bolsa para financiar su siguiente salto, para dar liquidez a inversores, para abrir una nueva etapa y para convertir su mito en capital público. Pero también salió a bolsa para algo más profundo: para recordarnos que el siglo XXI ya no separa la exploración de la especulación. Primero soñamos con Marte. Luego lo empaquetamos. Después lo titulizamos. Finalmente lo vendemos por acciones. La épica viene con folleto de riesgos. El futuro, con comisión de intermediación.

Y mientras tanto Elon Musk, elevado a la categoría de rico planetario, extraplanetario y casi mitológico, contempla el espectáculo desde su trono de acero, satélites y algoritmos. Dicen que quiere llevarnos a Marte. Tal vez sea cierto. Pero, de momento, lo que ha conseguido es traer Marte a Wall Street. Y allí, entre pantallas, brokers, fondos y titulares febriles, el planeta rojo ha empezado a cotizar como cotizan todas las promesas humanas desde que el mundo es mundo: con codicia, con miedo, con esperanza y con una sospecha muy razonable de que alguien, en alguna parte, acabará pagando la fiesta.

Porque los cohetes despegan hacia arriba. Las burbujas también. La diferencia es que los cohetes, si todo va bien, saben volver a tierra. Las burbujas, cuando estallan, sólo dejan humo, chatarra y un puñado de inversores mirando al cielo con cara de haber financiado una misión que nunca fue suya.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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