El verano, la neurona y el humangilipollensis
Hay películas que uno ve para entretenerse. Otras para pensar. Y algunas, pocas, para mirar alrededor y decir: cuidado, que esto ya lo he visto yo en alguna parte. Idiocracia pertenece a esta última categoría, aunque venga disfrazada de chiste grueso, de comedia zafia, de disparate de madrugada y pizza fría. Sin duda es una de las películas más bizarras que recuerdo. No sé si llamarla serie B, serie C o directamente serie Z con matrícula de honor en mala leche. Pero tiene algo que muchas películas solemnes no tienen: una intuición brutal.
La película nos sitúa en un futuro lejano, allá por el año 2500, donde la humanidad ha alcanzado una cima inesperada: la de la estupidez organizada. No hay grandes imperios galácticos, ni sabios ancianos, ni civilizaciones luminosas que hayan resuelto los enigmas del universo. Hay basura, anuncios, bebida energética, televisión idiota, políticos de circo y ciudadanos que parecen haber sido diseñados por un comité de incompetentes después de una comida larga con carajillos.
El protagonista, Joe Bauers, no es un genio. Ni falta que hace. Es un tipo corriente, mediocre, del montón. Un hombre sin grandes talentos conocidos. El problema es que, cuando despierta siglos después, la mediocridad de 2006 se ha convertido en superdotación del año 2500. No porque él haya mejorado, sino porque el mundo se ha despeñado por la escalera mecánica del pensamiento crítico. Y ahí está la gracia cruel de la película: no nos presenta al héroe más listo, sino a un hombre normal rodeado de una civilización que ha dimitido de la inteligencia.
Eso, más que ciencia ficción, empieza a oler a advertencia.
Mike Judge vio venir el tortazo

Lo curioso es que Idiocracia apareció en 2006, cuando buena parte de Occidente nadaba todavía en la abundancia. Eran años de crédito fácil, ladrillo triunfante, consumo alegre y esa fe infantil en que la sociedad sólo podía crecer, engordar y comprar televisores cada vez más grandes. En España lo recordamos bien: parecía que todo el mundo era rico, salvo quienes miraban las cuentas con una mínima seriedad.
Craso error, como suele decirse cuando la realidad entra en la habitación con botas embarradas.
Al poco llegó la gran crisis financiera y aquella confianza de escaparate se fue al carajo. Pero Mike Judge ya había dejado sembrada su bomba satírica. Bajo la apariencia de una gamberrada barata, Idiocracia planteaba una pregunta incómoda: ¿y si el progreso técnico no garantiza el progreso intelectual? ¿Y si podemos tener pantallas, máquinas, marcas, medicamentos, comida rápida y sistemas automatizados, pero al mismo tiempo volvernos cada vez más incapaces de distinguir una idea de una consigna?
Ese es el verdadero golpe de la película. No que el futuro sea feo. No que haya basura por todas partes. No que los idiotas manden. Lo inquietante es que todo eso resulte reconocible.
Basura, pantallas y el primo gamberro de WALL·E
Al verla, no pude evitar acordarme de WALL·E, aquella joya de Pixar de 2008 en la que un pequeño robot se dedica a limpiar un planeta convertido en vertedero. En WALL·E hay poesía, ternura y una melancolía casi religiosa. En Idiocracia, en cambio, hay mala uva, ruido y una humanidad que parece haber cambiado la biblioteca de Alejandría por un cubo de alitas de pollo.
Pero las montañas de basura conectan ambas películas. Una nos enseña el residuo físico de nuestra forma de vida; la otra, el residuo mental. En WALL·E, la Tierra está llena de desechos. En Idiocracia, también, pero la basura más peligrosa no está en las calles. Está en la cabeza. En el lenguaje. En la política. En la cultura del grito. En esa manera de vivir en la que todo debe ser inmediato, simple, chillón y apto para cerebros que han firmado un ERE voluntario.
Quizá Pixar no tomó nada directamente de Idiocracia, o quizá las dos películas bebieron del mismo miedo: una sociedad que produce demasiada basura y demasiado poco criterio. La diferencia es que WALL·E nos acaricia antes de advertirnos. Idiocracia nos da una colleja.
Y a veces, qué demonios, una colleja explica mejor el mundo.
El planeta de los simios era optimista
También me vino a la cabeza El planeta de los simios. Allí la humanidad había sido desplazada por una especie dominante, más organizada, más fuerte, más capaz de construir una civilización propia. Pero viendo Idiocracia, uno empieza a pensar que quizá los simios no necesitarían rebelarse. Bastaría con esperar.
Si seguimos bajando el listón, apagando la memoria, despreciando el conocimiento y premiando al más gritón de la manada, cualquier chimpancé con paciencia podría acabar gestionando un ministerio. Y quizá no lo haría peor. Al menos tendría la decencia de no convocar una rueda de prensa para explicar que todo va bien mientras se come un plátano.
La película exagera, claro. Ese es su oficio. Pero la exageración funciona cuando agranda algo que ya existe. Y aquí lo que agranda es una tendencia demasiado visible: la conversión de la estupidez en forma de prestigio social. Antes el ignorante podía ser humilde. Hoy, demasiadas veces, se exhibe. Opina de todo. Sienta cátedra. Reparte carnés de dignidad. Da lecciones sobre asuntos que no entiende. Y si alguien se atreve a corregirlo, responde con una mezcla de soberbia, victimismo y emoticonos.
Ahí nace el humangilipollensis. No como especie biológica, sino como categoría espiritual. Un ser que no ignora porque no puede saber, sino porque ha decidido que saber molesta.
El poder de la estupidez

En medio de todo esto recordé inevitablemente a Giancarlo Livraghi y su libro El poder de la estupidez. Porque la estupidez no es simplemente falta de inteligencia. Es una fuerza activa. Una maquinaria que multiplica daños, arrastra voluntades y convierte decisiones absurdas en políticas públicas, modas culturales o consignas repetidas por millones de bocas.
Lo peligroso de la estupidez no es que exista. Ha existido siempre. Lo peligroso es cuando se organiza, cuando se premia, cuando se convierte en espectáculo, cuando encuentra altavoces infinitos y cuando quienes deberían contenerla la utilizan como combustible electoral, comercial o mediático.
En Idiocracia, el mundo no se hunde por una guerra nuclear ni por una invasión extraterrestre. Se hunde por dejadez. Por abandono. Por acumulación de idioteces. Por generaciones enteras entregadas al mínimo esfuerzo mental. Por una cultura donde pensar se considera una rareza sospechosa, y hablar claro consiste en rebuznar más alto que el vecino.
Ese es el chiste. Y también la puñalada.
Políticos del año 2500, políticos de antes de ayer
La película presenta un futuro gobernado por idiotas, pero tampoco hace falta viajar 500 años para encontrar material de estudio. Uno mira el nivel intelectual de demasiados políticos actuales y empieza a sospechar que Mike Judge fue prudente con el calendario. Quizá no harán falta cinco siglos. Quizá basten cincuenta años. O cien. Tal vez menos, si seguimos apretando el acelerador con entusiasmo suicida.
La política moderna, cada vez más, parece competir por reducir la complejidad del mundo a una frase para redes sociales. Todo debe caber en un eslogan. Todo debe servir para dividir. Todo debe ser rápido, emocional, rentable. Los matices sobran. La memoria estorba. El conocimiento especializado incomoda. El ciudadano crítico es una molestia. El votante enfadado, en cambio, es una mina.
Y ahí aparece la idiocracia no como régimen futuro, sino como tentación presente. Una sociedad donde se desprecia al que sabe, se sospecha del que duda y se aplaude al que simplifica cualquier problema hasta convertirlo en papilla ideológica. Da igual hablar de economía, energía, educación, sanidad, geopolítica o deuda pública. Siempre habrá alguien dispuesto a resolverlo todo con una frase de taberna, una bandera al cuello y la seguridad infinita del que jamás ha leído un informe entero.
La estupidez política no consiste sólo en decir tonterías. Consiste en hacerlas obligatorias.
Una película mala que quizá era buena
Sería absurdo vender Idiocracia como una obra maestra del cine. No lo es. Tiene ritmo irregular, humor de brocha gorda y momentos que parecen escritos con un rotulador en la pared de un baño. Pero ahí está precisamente parte de su encanto. Es una película fea sobre un futuro feo. Una película tonta sobre una civilización tontificada. Una broma vulgar sobre el triunfo de lo vulgar.
Y, sin embargo, funciona.
Funciona porque debajo de su apariencia cutre hay una idea poderosa: el peligro de una sociedad que confunde comodidad con progreso, entretenimiento con cultura, consumo con felicidad y ruido con pensamiento. Mike Judge no necesitó efectos espectaculares ni discursos solemnes. Le bastó con imaginar qué ocurriría si lo peor de nuestro presente siguiera creciendo sin freno.
El resultado es un espejo deformante. Nos reímos porque parece exagerado. Nos incomodamos porque no lo parece tanto.
Cuando el mediocre parece sabio
La gran lección de Idiocracia es que la inteligencia no siempre desaparece con estruendo. A veces se evapora poco a poco. Un libro menos. Una conversación menos. Una exigencia menos. Una renuncia más. Una escuela que baja el listón. Una televisión que premia al necio. Una red social que convierte la opinión en eructo. Un político que descubre que explicar es menos rentable que agitar.
Y entonces llega un día en que el hombre mediocre parece sabio. No porque haya subido él, sino porque todos los demás han bajado al sótano.
Eso es lo que asusta de la película. Que su premisa, tomada en serio, no habla del futuro. Habla de la fragilidad del presente. De lo fácil que es perder lo ganado. De cómo una civilización puede conservar sus cacharros mientras pierde su cabeza.
Porque tal vez el verdadero apocalipsis no sea nuclear, climático o tecnológico. Tal vez el apocalipsis sea un debate público donde nadie entiende nada, pero todos gritan muchísimo.
Relajar la neurona, sí, pero no apagarla
Decía al principio que estos días de calor temprano, cuando la primavera se arrastra ya como soldado herido y el verano asoma con malas intenciones, invitan a relajar la neurona. Y está bien hacerlo. Uno no puede vivir siempre en estado de alarma intelectual. A veces conviene ver una película absurda, reírse un rato y dejar que el cerebro respire.
Pero relajar la neurona no significa entregarla en depósito.
Idiocracia se puede ver como una comedia cafre, una rareza de culto o una gamberrada futurista. Pero también como una advertencia envuelta en celofán mugriento. Nos dice que ninguna sociedad tiene garantizada la inteligencia. Que el conocimiento hay que defenderlo. Que la educación importa. Que la cultura importa. Que la memoria importa. Que el criterio importa. Y que cuando todo eso se desprecia, no aparece el vacío: aparece el humangilipollensis, con mando a distancia, bebida energética y derecho al voto.
Quizá Mike Judge no quiso hacer una profecía. Quizá sólo quiso reírse del personal. Pero a veces los bufones ven más lejos que los ministros, los tertulianos y los expertos con carpeta.
Por eso Idiocracia merece verse. No porque sea elegante. No porque sea fina. No porque tenga grandes virtudes cinematográficas. Sino porque, entre chiste y chiste, nos deja una pregunta incómoda sobre la mesa: ¿estamos seguros de que el año 2500 queda tan lejos?
Yo, visto lo visto, no apostaría demasiado.



















