Hay frases que cruzan dos mil años como una daga bien templada. No llegan limpias, claro. Llegan con polvo, traducciones interesadas, adornos de sobremesa y manoseos de tertulia. Pero siguen cortando. Una de ellas se atribuye a Tácito: “Cuanto más corrupto es un Estado, más leyes crea”.
La frase original, escrita en latín en los Anales, viene a decir: corruptissima re publica plurimae leges. Es decir, cuando la república está más corrompida, las leyes son más numerosas. No es exactamente el mismo envoltorio, pero sí el mismo puñetazo. Tácito, que no era precisamente un animador sociocultural del Imperio, sabía mirar al poder con esos ojos de quien ha visto demasiadas sonrisas oficiales escondiendo demasiados cuchillos.
Conviene aclararlo desde el principio: Tácito no estaba defendiendo la ausencia de leyes. No era un anarquista con toga ni un tertuliano romano reclamando “menos Estado” entre ánfora y ánfora de vino. Lo que venía a denunciar era otra cosa mucho más profunda y más incómoda: cuando una sociedad pierde la virtud, la costumbre honrada, la responsabilidad personal y el sentido de justicia, empieza a necesitar leyes para todo. Normas para suplir lo que antes resolvía la decencia. Reglamentos para tapar lo que antes sostenía la confianza. Castigos para corregir lo que antes frenaba la vergüenza.
Y ahí es donde la frase se vuelve actual hasta dar miedo.
Porque uno mira alrededor y ve que el mundo moderno, tan satisfecho de su tecnología, sus sellos de calidad, sus planes estratégicos y sus mesas interministeriales, no ha inventado gran cosa en materia de corrupción moral. Sólo le ha puesto membrete, logotipo, comisión de seguimiento y nota de prensa.
Cuando una sociedad pierde la virtud, la costumbre honrada, la responsabilidad personal y el sentido de justicia, empieza a necesitar leyes para todo
Cada vez que algo se pudre, aparece una ley. Cada vez que alguien mete la mano donde no debe, se crea un protocolo. Cada vez que el poder fracasa, anuncia una reforma. Cada vez que la administración se muestra incapaz de cumplir lo que ya existe, promete nuevas normas para garantizar que esta vez sí, ahora sí, de verdad de la buena, todo quedará controlado. Y uno, que ya peina más calendarios que ilusiones, sabe que muchas veces no se legisla para arreglar nada, sino para aparentar que se está haciendo algo.
Ese es el gran teatro.
La corrupción no siempre entra con sobres bajo la mesa. A veces entra con traje planchado, expediente impecable y exposición de motivos. Entra cuando la ley se convierte en coartada. Cuando se legisla no para servir al ciudadano, sino para proteger al aparato. Cuando se multiplica la norma hasta hacerla incomprensible. Cuando el contribuyente necesita un guía sherpa para atravesar el Himalaya administrativo de permisos, excepciones, tasas, formularios, plataformas digitales que no funcionan y ventanillas que lo remiten a otra ventanilla, donde otro funcionario, tan perdido como él, le explica que falta el documento que nadie le pidió.
Tácito habría disfrutado poco, pero entendido mucho, leyendo algunos boletines oficiales contemporáneos. Esa prosa espesa, blindada contra la claridad, donde una frase tarda media página en no decir nada. Ese idioma administrativo que parece escrito por alguien que cobra por alejar al ciudadano de la realidad. Esa liturgia del papel —ahora digital, que suena más moderno aunque a veces funcione peor— donde todo parece legal, regulado y supervisado, mientras la vida real sigue llena de agujeros por los que se escapan el dinero, la responsabilidad y la vergüenza.
La ley, cuando nace de una comunidad sana, protege. Ordena. Marca límites. Defiende al débil frente al fuerte. Impide que el abuso se convierta en costumbre. Pero cuando nace de una comunidad enferma, puede convertirse en máscara. En maleza. En un bosque tan denso que ya nadie distingue el camino. Y ahí prosperan los mismos de siempre: los que conocen los atajos, los que tienen contactos, los que interpretan el reglamento como quien lee las vísceras de un animal sacrificado, los que saben qué puerta tocar y qué frase pronunciar.
La abundancia de leyes, por sí sola, no prueba la corrupción. Eso sería una simplificación barata, de esas que caben muy bien en una pancarta y muy mal en la verdad. Las sociedades complejas necesitan normas complejas. No vivimos en una aldea de pastores ni en una república de pequeños propietarios con sandalias y olivos. Hay economía global, inteligencia artificial, protección de datos, ciberseguridad, derechos laborales, medio ambiente, sanidad, fronteras, comercio, energía y mil demonios más. Hace falta ley. Claro que hace falta.
Pero una cosa es legislar por necesidad y otra legislar por coartada. Una cosa es ordenar la convivencia y otra sepultarla bajo capas de normativa para que nadie encuentre al responsable. Una cosa es proteger al ciudadano y otra marearlo hasta que renuncie. Una cosa es hacer justicia y otra fabricar el decorado de la justicia.
Ahí es donde Tácito sigue esperando, apoyado en una columna de mármol viejo, mirándonos con cara de pocos amigos. Porque lo que él vio en Roma no era sólo la decadencia de unas instituciones. Era la decadencia del carácter. La sustitución de la virtud por el trámite. De la responsabilidad por la norma. Del honor por el expediente. De la política por la administración del cinismo.
Y eso, por desgracia, no pertenece sólo a los romanos.
Cada época tiene sus emperadores, sus cortesanos, sus aduladores, sus especialistas en justificar lo injustificable y sus fabricantes de leyes como quien fabrica humo. Cambian los nombres, los partidos, los sellos y los palacios. Pero el mecanismo es viejo. Cuando el poder se corrompe, no suele presentarse diciendo: “He venido a corromperme”. Se presenta prometiendo regeneración. Transparencia. Modernización. Buen gobierno. Y detrás de cada palabra hermosa puede crecer una selva de normas inútiles si falta lo esencial: gente decente dispuesta a cumplirlas y gobernantes dispuestos a responder por ellas.
Por eso la frase de Tácito no debe leerse como una ocurrencia antigua para adornar un artículo o ganar una discusión en redes sociales. Debe leerse como una advertencia. La ley no sustituye a la moral pública. El boletín oficial no reemplaza a la honradez. La hiperregulación no compensa la falta de principios. Y un país puede ahogarse en normas mientras los sinvergüenzas aprenden a nadar perfectamente entre ellas.
Quizá por eso aquella sentencia sigue viva. Porque cada vez que un Estado produce leyes como una fábrica produce tornillos, conviene preguntarse si está ordenando la casa o escondiendo la basura debajo de las alfombras.
Y Tácito, que de basura imperial sabía un rato, probablemente nos respondería con una media sonrisa amarga: cuidado con los Estados que necesitan demasiadas leyes para fingir que todavía tienen virtud.


















