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Cuando las redes sociales profesionales aún podían ser nuestras

En 2010, antes de que LinkedIn se convirtiera en la gran plaza profesional de Internet, el Colegio Oficial de Geólogos puso en marcha su propia red social profesional de marca blanca junto a Antártida Soluciones y su plataforma Profit BC. Duró dos años. Fue una apuesta pionera, algo quijotesca y muy hija de aquella Web 2.0 en la que todavía creíamos que las comunidades profesionales podían tener casa propia.

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En los últimos tiempos me he convertido en el Abuelo Cebolleta del Colegio de Geólogos. Amenazo a mis compañeros con batallitas de otro tiempo, de esas que empiezan con un “pues yo me acuerdo de cuando…” y terminan con algún pobre incauto mirando el reloj, la puerta o la ventana más cercana, por si la huida todavía resulta posible. Pero qué quieren que les diga. Más de treinta y cinco años en la entidad dan para haber visto mucho, aprendido algo y perpetrado unas cuantas fechorías, algunas confesables y otras sólo aptas para ser contadas con un café delante y la prudente distancia que concede el tiempo.

Una de aquellas fechorías fue la creación de una red social profesional de marca blanca. Bueno, de marca ICOG. De geomarca, si me apuran. Una de esas aventuras que hoy suenan a rareza arqueológica, a fósil digital, a ammonites de la Web 2.0, pero que en su momento fueron la leche de modernas. Porque hubo un tiempo, aunque cueste creerlo, en que las redes sociales profesionales aún podían parecer nuestras. No de Silicon Valley, no de un algoritmo que decide si existes o no existes, no de una multinacional que te alquila la plaza pública y luego te cobra por poner un tenderete en ella. Nuestras. De una organización, de un colectivo, de un oficio, de una comunidad profesional.

Esa es una de las historias con las que amenazo a mis compañeros cuando les digo que algún día escribiré un libro de anécdotas y momentos vividos en el Colegio. Lo digo medio en broma y medio en serio, que es como se dicen las cosas importantes cuando uno ya ha peinado más canas de las que conviene contar. Y por eso las escribo aquí, en este rincón de la red. Para que cuando se me vaya la pinza —más de lo reglamentario— quede al menos constancia de algunas de esas pequeñas batallas. Aquí, o en ese libro que quizá un día escriba con ayuda de la inteligencia artificial, porque la neurona, seamos sinceros, ya no da para mucho más que para protestar, recordar y elegir el vino con cierto criterio.

Hoy vamos con una de esas historias bizarras que en su tiempo fueron modernísimas. Vamos con ello, Tello.

Corría el año 2010. España todavía andaba metida hasta las cejas en una crisis económica que había dejado a muchos profesionales mirando la pantalla del ordenador como quien mira un pozo sin fondo. Los colegios profesionales intentaban entender qué demonios estaba pasando en Internet. Las empresas hablaban de Web 2.0 con esa solemnidad de quien acaba de descubrir el fuego y ya quiere venderte un máster para manejar la cerilla. Y los que andábamos metidos en comunicación, gestión, empleo y tecnología intuíamos que algo se estaba moviendo, aunque no siempre supiéramos si aquello era una revolución, una moda o una ocurrencia.

En ese escenario, el Colegio Oficial de Geólogos puso en marcha su propia red social profesional. Sí, querido lector: el ICOG tuvo una red social profesional de marca blanca. No un grupo en LinkedIn, no una página corporativa, no un tablón de empleo con contraseña y cuatro campos mal cosidos, sino una plataforma propia, pensada para sus colegiados, para la búsqueda de empleo, desarrollada de la mano de Antártida Soluciones y apoyada sobre una herramienta llamada Profit BC.

Imagen utilizada en su día para publicitar la red profesional del Ilustre Colegio Oficial de Geólogos, una iniciativa nacida desde el área de Desarrollo Profesional del ICOG.

Hoy puede sonar raro. Incluso ingenuo. Una red social profesional propia para geólogos. Una comunidad digital cerrada, sectorial, con perfiles, contactos, ofertas, documentación, comunicación interna y vocación de punto de encuentro. Pero en 2010 aquello tenía todo el sentido del mundo. Entonces aún no estaba escrito el catecismo actual de Internet. LinkedIn no era todavía ese elefante planetario que acabaría devorando el mercado profesional. Xing mandaba en España. Viadeo todavía asomaba la cabeza. Facebook era el gran salón mundial de las fotos, los grupos y las ocurrencias. Twitter olía a taberna rápida de periodistas, políticos y tecnólogos. Y muchos sectores profesionales, incluidos los colegios, pensaban que podían construir su propia casa digital antes de que los gigantes cerraran la verja y cobraran entrada.

La noticia oficial del ICOG, fechada el 26 de enero de 2010, era breve, casi espartana. Anunciaba que el Colegio ponía en marcha una nueva plataforma de empleo para sus colegiados, que sustituiría a la existente y que en febrero desaparecería la plataforma antigua para dar paso a lo que se llamó Red Social Profesional del ICOG. Poco más. Unas líneas, un aviso práctico, una dirección de contacto y esa naturalidad con la que a veces se anuncian cosas que, vistas años después, merecían más memoria.

Porque aquello no fue sólo un cambio de plataforma. Fue uno de esos experimentos que hablan de una época.

Hubo un tiempo en que las redes sociales profesionales aún podían parecer nuestras

Antártida Soluciones era entonces una empresa española que ofrecía soluciones online para organizaciones. Su plataforma Profit BC se presentaba como una herramienta modular, alojada en la nube, bajo modelo SaaS, con la promesa de reducir costes y tiempos de implantación frente a los desarrollos tradicionales. Dicho en cristiano: no hacía falta levantar desde cero una catedral tecnológica con programadores picando piedra durante meses, sino contratar una plataforma ya disponible, personalizable y capaz de servir como red social corporativa, portal de empleo, sistema de comunicación, gestor de contenidos, herramienta de marketing, CRM o incluso espacio de comercio electrónico.

La palabra mágica era SaaS. Software as a Service. Hoy la pronuncia cualquiera con la misma soltura con la que pide un café con leche. En 2010 todavía sonaba a modernidad importada, a cosa de consultor con portátil ligero y gráficos de crecimiento. Pero tenía lógica. Las organizaciones pequeñas y medianas no podían permitirse grandes desarrollos. Los colegios profesionales necesitaban herramientas que les permitieran comunicarse mejor con sus colegiados, ofrecer servicios, gestionar información y no depender de plataformas externas que todavía no se sabía hasta dónde llegarían.

Profit BC prometía precisamente eso: rapidez de puesta en marcha, ausencia de instalación, actualizaciones gestionadas por el proveedor, acceso web, escalabilidad, módulos diversos y una arquitectura pensada para comunidades. Entre sus usuarios potenciales se citaban universidades, escuelas de negocio, empresas de formación, pymes, asociaciones, colegios profesionales, asociaciones empresariales y organismos públicos. Es decir, todo ese ecosistema institucional y semiprofesional que en aquellos años intentaba trasladar su vida interna a Internet sin perder el control de su identidad. Y ahí entraba el ICOG.

La Red Social Profesional del ICOG nació como una herramienta de desarrollo profesional. Su núcleo era el empleo, que para un colegio profesional no es un asunto menor ni accesorio. En una profesión como la geología, dispersa, muy especializada, dependiente de ciclos económicos, obra pública, minería, medio ambiente, hidrogeología, geotecnia, energía, consultoría y administraciones, tener un espacio propio para cruzar perfiles, ofertas, necesidades y contactos era una idea razonable. Incluso necesaria.

No era sólo una bolsa de empleo. O al menos no debía serlo. La idea de una red social profesional implicaba perfiles de colegiados, contactos, mensajes, segmentación, búsqueda, comunidad, servicios añadidos, documentación, formación, noticias. Una pequeña ciudad amurallada para geólogos en tiempos en los que las grandes capitales digitales todavía estaban construyendo sus avenidas.

Visto desde hoy, con la perspectiva que da el polvo acumulado en los servidores y en la memoria, aquella iniciativa tiene algo de pionera y algo de quijotesca. Pionera porque se adelantaba a una preocupación que hoy vuelve con fuerza: no depender siempre de plataformas ajenas. Quijotesca porque las redes sociales, para vivir, necesitan una masa crítica, una costumbre de uso, una dinámica diaria y una utilidad tan clara que obligue al profesional a volver. Y eso, conviene decirlo sin paños calientes, no es fácil. No lo era entonces y no lo es ahora.

La red duró dos años. Dos años, que en tecnología equivalen a una campaña militar completa. Suficiente para nacer, probar, corregir, ilusionar a unos cuantos, desesperar a otros, comprobar los límites de la participación y, finalmente, aceptar que el viento soplaba en otra dirección. No porque la idea fuera mala. Más bien porque el mundo cambió deprisa. O quizá porque ya estaba cambiando antes de que nos diéramos cuenta.

En aquellos años, Xing era la red profesional fuerte en España. Tenía una presencia que hoy muchos han olvidado. No era raro ver tarjetas, firmas de correo y perfiles profesionales enlazados a Xing. Para muchos, LinkedIn era todavía una red extranjera, más anglosajona, más fría, menos presente en el mercado español. Xing tenía actividad local y era utilizada por profesionales, consultores, comerciales, emprendedores y gente que buscaba oportunidades en ese mundo entonces llamado networking, palabra que servía para todo: desde hacer contactos útiles hasta tomarse una cerveza con desconocidos con tarjeta de visita.

LinkedIn, mientras tanto, apenas asomaba. Asomaba con fuerza, sí, pero todavía no había conquistado la plaza. Hoy parece inevitable que LinkedIn terminara siendo el estándar, como si la historia digital estuviera escrita de antemano por algún notario californiano. Pero no lo estaba. En 2010 la partida seguía abierta. Había redes generalistas, redes profesionales, redes verticales, comunidades propias, plataformas blancas, foros resistentes y portales corporativos que aún creían poder ser el centro de la conversación.

Una red social no vive porque exista: vive porque se usa

El ICOG, en ese contexto, hizo algo lógico: intentar crear una comunidad profesional propia. No regalar desde el primer minuto toda la vida colegial a un tercero. No depender de los cambios de humor de una plataforma externa. No someter sus servicios a algoritmos, tarifas, condiciones de uso o modas ajenas. Aquello tenía sentido institucional. Tenía sentido corporativo. Tenía incluso sentido estratégico.

Otra cosa es que los usuarios, esa materia indómita se comporten como uno espera.

Una red social no vive porque exista. Vive porque se usa. Y se usa cuando ofrece algo que no está en otro sitio o cuando resuelve un problema con menos esfuerzo que las alternativas. Esa es la cruel ley de Internet. Puedes tener una plataforma impecable, módulos, perfiles, mensajería, documentos, ofertas de empleo y un proveedor diligente. Pero si el usuario entra una vez, rellena medio perfil, no encuentra movimiento y tarda tres meses en volver, la red empieza a convertirse en un museo. Y los museos, salvo honrosas excepciones, no son buenos lugares para buscar trabajo un martes por la mañana.

Además, había otro problema. Las redes horizontales crecían con una fuerza brutal. El profesional no quería mantener cinco perfiles distintos. No quería actualizar su experiencia en el portal del colegio, en Xing, en LinkedIn, en InfoJobs, en su web personal y en sabe Dios cuántos sitios más. Quería estar donde estuvieran los demás. Es la vieja lógica de la plaza pública. Uno no va al mercado porque el pavimento sea bonito, sino porque allí están los tenderos, los clientes, los curiosos, los chismosos y los que compran.

Las redes profesionales propias, las de marca blanca, tenían una virtud: el control. Pero tenían una debilidad: la escala. Eran útiles para comunidades muy cohesionadas, con servicios exclusivos y una gestión constante. Pero si se parecían demasiado a lo que ofrecía una red general, perdían la batalla contra el gigante antes de desenvainar. Eso no resta mérito al intento. Al contrario. Lo pone en su sitio.

La Red Social Profesional del ICOG fue hija de una época en la que los colegios profesionales todavía podían imaginar Internet como una extensión natural de su casa. Un espacio propio, reconocible, gobernado por sus normas y orientado a sus colegiados. No era una mala visión. De hecho, en parte seguimos necesitándola. Hoy hablamos de soberanía del dato, de dependencia tecnológica, de plataformas, de algoritmos, de privacidad, de comunidades profesionales, de identidad digital y de servicios personalizados. Muchas de esas discusiones ya estaban, de forma embrionaria, en aquellas iniciativas de 2010. Lo que ocurre es que entonces no teníamos el vocabulario completo. Teníamos intuiciones. Y alguna herramienta.

Profit BC formaba parte de ese ecosistema de soluciones que prometían llevar a las organizaciones a la Web 2.0. Red social, CRM, boletines, contenidos, empleo, foros, publicidad, facturación, marketplace. Todo integrado, todo modular, todo en la nube. Hoy muchas de esas funciones están repartidas entre WordPress, Mailchimp, HubSpot, LinkedIn, Teams, Slack, CRMs variados, plataformas de formación, gestores colegiales y herramientas de automatización. En 2010, la tentación de reunirlo todo en un mismo entorno era poderosa. Orden, control, economía, marca propia. La música sonaba bien.

Antártida Soluciones, por lo que aún puede rastrearse, fue una de esas empresas españolas que intentaron abrirse camino en aquel territorio de frontera. No hablamos de una multinacional con ejército de comerciales y campañas globales, sino de un proveedor tecnológico que ofrecía soluciones a organizaciones que querían dar el salto digital sin arruinarse. Su discurso era el de la eficiencia, la rapidez, la personalización y el bajo coste frente al desarrollo tradicional. Un discurso muy de la época, pero también muy reconocible hoy. Porque cambian los nombres, cambian los envoltorios y cambian las siglas, pero la promesa sigue siendo la misma: haga usted más, hágalo antes, hágalo más barato y no se quede fuera del tren.

El tren, por supuesto, no espera a nadie. A veces ni siquiera se detiene en la estación correcta.

Dos años después, aquella red social profesional del ICOG dejó de formar parte de la vida colegial. No fue un fracaso estrepitoso, ni una catástrofe, ni una de esas ruinas digitales que conviene esconder bajo la alfombra. Fue una prueba. Un intento. Un paso de una organización profesional en un momento en que todos estábamos aprendiendo a caminar por una red que cambiaba de forma cada seis meses. Y eso merece contarse.

Porque la historia digital no está hecha sólo de grandes plataformas que triunfan y salen a bolsa. También está hecha de pequeñas iniciativas sectoriales, de colegios profesionales que prueban caminos, de proveedores que levantan herramientas, de técnicos que migran datos, de usuarios que olvidan contraseñas, de correos enviados a las ocho de la tarde y de plataformas que un día desaparecen dejando apenas una noticia breve en una web institucional.

Hay algo casi geológico en todo esto. Capas. Estratos. Sedimentos digitales. Una plataforma sustituye a otra. Una noticia queda enterrada bajo cientos de noticias nuevas. Un enlace apunta a un dominio que ya no es lo que era. Una empresa cambia de actividad, de enfoque o de rastro público. Una red que pareció moderna se convierte en fósil. Y el que quiera entender de verdad la historia tiene que excavar.

La Red Social Profesional del ICOG fue una de esas capas. Una pequeña huella en el registro sedimentario de la transformación digital de los colegios profesionales. Duró tres años. Nació cuando Xing aún parecía fuerte en España y LinkedIn apenas empezaba a imponer su ley. Llegó antes de que las redes profesionales se convirtieran en rutina diaria y antes de que todos aceptáramos, con mayor o menor resignación, que buena parte de nuestra identidad profesional viviría en servidores ajenos.

Quizá por eso merece recordarse. No por nostalgia tecnológica, aunque algo de eso también hay. Sino porque recuerda que hubo un momento en que todavía pensábamos que las comunidades profesionales podían construir sus propias plazas digitales. Que un colegio podía ofrecer empleo, contactos, información y pertenencia bajo su propia marca. Que Internet no tenía por qué ser siempre territorio alquilado.

Luego vino la realidad, que suele entrar sin llamar y con las botas manchadas de barro. Vinieron LinkedIn, la concentración de usuarios, la economía de la atención, la dificultad de mantener comunidades cerradas, la falta de tiempo, la dispersión de perfiles y esa ley implacable que dice que una red social vale tanto como la gente que la usa cada día.

Pero durante dos años el ICOG tuvo su red social profesional. Y eso, en 2010, no era poca cosa. Era una apuesta. Una de esas apuestas que quizá no ganan la guerra, pero explican muy bien la batalla.

Y a mí, que cada vez creo más en la memoria de las cosas pequeñas, me parece justo rescatarla del polvo. Porque también de estas aventuras discretas, de estas plataformas olvidadas y de estos intentos medio pioneros, medio ingenuos, está hecha la historia de Internet en España. No todo fueron unicornios, rondas de inversión y muchachos de Silicon Valley vendiendo el futuro con sonrisa de anuncio. También hubo colegios profesionales, proveedores españoles, redes de marca blanca, plataformas SaaS de bajo coste y gente intentando que sus colegiados encontraran trabajo, contacto y oficio en mitad de una crisis.

Eso también fue transformación digital.

Aunque entonces no la llamáramos así con tanta pompa.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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