Hay días en que uno no sabe si vive en un país serio o en una novela picaresca corregida a desgana. Abres el periódico, enciendes la radio, miras de reojo la televisión —grave imprudencia, lo sé— y vuelven a desfilar los mismos personajes de siempre: comisiones, mordidas, enchufes, adjudicaciones sospechosas, sobres, favores, familiares colocados, fontaneros, conseguidores y toda esa fauna que crece al calor del presupuesto público como la humedad en una pared vieja.

España, en estos días, parece una corruptela entera. O quizá no lo sea, concedamos eso por no disparar con trabuco de brocha gorda. Pero lo parece. Y cuando un país lo parece durante demasiado tiempo, el problema ya no está sólo en los juzgados. Está también en el alma colectiva.

Así que uno hace lo que debe hacer un hombre civilizado cuando el presente huele a alcantarilla: refugiarse en los libros. Me acerqué a mi vieja amiga, la biblioteca, y allí estaban, esperándome con esa paciencia noble del papel antiguo, dos volúmenes de Bandidos célebres españoles. Serie primera y serie segunda.

Los tomé entre las manos y me vino la sospecha, puñetera como una astilla bajo la uña: a los españoles nos cae bien el trincas.

No siempre, claro. No a todos. Pero hay en este país una extraña pulsión por mirar al ladrón con cierta simpatía si el ladrón tiene salero, si se presenta como rebelde, si roba “contra los otros”, si reparte alguna migaja o si sabe disfrazarse de Robin Hood con trabuco, gomina, acta de diputado o coche oficial.

Antes el bandido asaltaba diligencias en un camino polvoriento. Ahora puede asaltar contratos públicos, subvenciones, empresas públicas, fundaciones, presupuestos, recalificaciones o cualquier despacho donde haya una firma y un dinero ajeno esperando dueño. La estética ha cambiado. El mecanismo, no tanto.

El bandido antiguo llevaba manta, caballo y navaja. El bandido moderno lleva argumentario, asesor jurídico y rueda de prensa.

Y ahí está la tragedia española: no siempre odiamos la corrupción. Muchas veces odiamos la corrupción del adversario. Si el corrupto es de los otros, pedimos dimisiones, cárcel, devolución del dinero y escarnio público. Si es de los nuestros, entonces empiezan los matices: “habrá que ver”, “todos lo hacen”, “esto es una campaña”, “no es para tanto”, “peor fue lo de aquellos”.

No odiamos el robo. Odiamos que robe el equipo contrario.

La picaresca española viene de lejos. Del Lazarillo, del Buscón, del hambre, del señorito, del criado que engaña para sobrevivir y del poderoso que engaña porque puede. Hemos convertido al pícaro en personaje simpático, casi entrañable. El problema empieza cuando confundimos al pícaro que roba para comer con el profesional del saqueo que roba para mandar.

Ahí ya no hay literatura. Hay corrupción.

Robar, cualquiera que sea el nombre que le dé luego el juez —cohecho, malversación, prevaricación, apropiación indebida, tráfico de influencias o corrupción pura y dura—, debería producir rechazo inmediato. Pero no siempre ocurre. A veces produce una sonrisa torcida. Una disculpa. Un “algo habrá hecho bien”. Un “por lo menos este roba, pero hace cosas”. Frase que debería figurar en letras negras a la entrada del infierno administrativo español.

Porque el trincas simpático siempre tiene coartada. Si roba, es porque los otros robaron más. Si coloca a los suyos, es porque todos colocan. Si miente, es estrategia. Si lo investigan, es persecución. Si lo condenan, es mártir. Si lo absuelven, santo varón. Siempre hay una bandera bastante grande para envolver la basura propia. Y así se pudre una sociedad.

La corrupción no roba sólo dinero público. Roba confianza. Roba futuro. Roba respeto por las instituciones. Roba ganas de cumplir la ley. Cada euro desviado falta en algún sitio. Pero el daño mayor es otro: convencer al ciudadano honrado de que el tonto es él por pagar, esperar su turno y no llamar al primo de turno para que le arregle la vida por la puerta de atrás.

Cuando una sociedad empieza a creer que cumplir las normas es de idiotas, el edificio ya está agrietado.

Y quizá por eso aquellos Bandidos célebres españoles me parecieron algo más que una curiosidad de biblioteca. Eran un espejo. Viejo, amarillento, con manchas de humedad, pero espejo al fin. En sus páginas estaban los trabucos de otros siglos, sí, pero también asomaba nuestra vieja debilidad por el sinvergüenza con relato.

El bandido de antaño al menos se jugaba el pellejo en el monte. El de ahora suele jugar con el pellejo de los demás. Y encima pretende que le demos las gracias.

Tal vez hemos romantizado demasiado al ladrón y despreciado demasiado al honrado. Nos falta épica de la decencia. Hacer respetable, incluso admirable, al que dice no, al que no firma lo que no debe, al que no enchufa al sobrino, al que no se lleva una comisión, al que no convierte el cargo público en cortijo particular.

Porque no todo ladrón es un pícaro. No todo pícaro es un rebelde. No todo rebelde es un héroe. Y no todo el que roba al Estado roba a una abstracción lejana. Nos roba a nosotros.

El dinero público no es de nadie, dijo en su día Carmen Calvo cuando era ministra de Cultura con José Luis Rodríguez Zapatero. Luego volvió al Gobierno con Pedro Sánchez como ministra de la Presidencia y vicepresidenta, lo que demuestra que en España algunas frases no hunden carreras políticas: a veces las resumen. La cita exacta suele recordarse como “estamos manejando dinero público, y el dinero público no es de nadie”, una de esas perlas que explican mejor que mil tratados la relación de cierta clase política con el bolsillo del contribuyente.

Pues no. El dinero público no es de nadie. Es de todos. Y precisamente por eso debería cuidarse más, no menos. Robar a todos no es robar a nadie. Es robar más. Es meter la mano en una caja común donde están la sanidad, la educación, la justicia, la dependencia, las carreteras, la investigación, la cultura y los servicios públicos que luego faltan cuando más se necesitan.

Cierro los dos volúmenes de Bandidos célebres españoles y los devuelvo a su estante. Afuera, España sigue a lo suyo: unos trincan, otros justifican, algunos denuncian, muchos se cansan y demasiados aplauden según el color del pañuelo.

Y uno sale de la biblioteca con una certeza incómoda: mientras el trincas nos siga cayendo simpático, mientras confundamos golfería con inteligencia e impunidad con carisma, este país seguirá siendo una novela picaresca escrita con dinero público.

Una mala novela, además.

Y sin IA de corrector.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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