Hay noches en las que uno comprende que la humanidad ha avanzado mucho menos de lo que presume. Hemos puesto satélites en órbita, hemos metido bibliotecas enteras dentro de un teléfono, hemos enseñado a las máquinas a escribir, diagnosticar, vigilar y recomendarnos qué serie ver antes de dormir. Pero llega la noche de San Juan y seguimos haciendo lo mismo que hacían nuestros antepasados: reunirnos alrededor del fuego para mirar las llamas como quien mira una promesa.
Y no deja de tener su gracia. O su tragedia.
La fiesta de San Juan, como tantas celebraciones cristianas, se levantó sobre suelos mucho más antiguos. Antes de que la Iglesia pusiera su calendario, sus santos y sus campanas, ya existían ritos vinculados al solsticio de verano. El momento en que el sol alcanza su apogeo y los días comienzan, lentamente, a menguar. Nuestros antepasados no necesitaban telescopios ni aplicaciones meteorológicas para saber que aquello importaba. Lo sabían mirando el campo, las cosechas, los animales, la luz y la sombra. Sabían que el sol era vida, calor, alimento y calendario. Y también sabían que todo lo que sube acaba bajando.
Por eso encendían hogueras. Para ayudar simbólicamente al sol. Para purificar. Para ahuyentar malos espíritus. Para quemar lo viejo. Para pedir protección, fertilidad, salud o suerte. El fuego era frontera y refugio. Un muro luminoso contra lo oscuro. Una manera de decirle al miedo: hasta aquí.
Después llegó San Juan Bautista, cuya festividad se celebra el 24 de junio, y la vieja liturgia pagana encontró acomodo bajo ropajes cristianos. Nada nuevo bajo el sol, nunca mejor dicho. La historia de la humanidad está llena de costumbres antiguas que sobreviven cambiando de nombre. El pueblo sigue bailando alrededor del fuego, aunque el cura bendiga la noche y el calendario la domestique.
En España, como en tantos otros lugares de Europa, las hogueras de San Juan han tenido mil formas. En la playa, en la plaza, en el descampado, junto al río, en el pueblo de interior donde el mar queda lejos pero la superstición llega puntual. Se queman trastos viejos, papeles con deseos, recuerdos que pesan, muebles rotos, apuntes de exámenes, promesas incumplidas y alguna que otra vergüenza íntima. Se salta la hoguera, se piden deseos, se mira al fuego con esa mezcla de pudor y esperanza que tenemos los humanos cuando sospechamos que la razón no alcanza para todo.
Porque de eso va San Juan. No sólo de fuego. Va de incertidumbre.
El campesino antiguo miraba al cielo y no sabía si habría cosecha. El marinero miraba el horizonte y no sabía si volvería. La mujer que esperaba un hijo no sabía si ambos sobrevivirían al parto. El enfermo no sabía si amanecería. El soldado no sabía si regresaría del frente. El enamorado no sabía si sería correspondido. Y todos, absolutamente todos, necesitaban creer que podían hacer algo. Encender una vela. Saltar una hoguera. Lavarse la cara con agua de la noche. Guardar una rama. Recitar una oración. Quemar un mal recuerdo.
Hoy nos reímos de aquellas cosas con una suficiencia bastante ridícula. Como si nosotros fuéramos distintos.
Nosotros no saltamos hogueras. O sí, pero con menos fe y más postureo. Nosotros consultamos algoritmos. Preguntamos al móvil si lloverá, al banco si somos solventes, a Google si estamos enfermos, a una aplicación si hemos dormido bien y a una inteligencia artificial si merece la pena escribir un artículo sobre San Juan. Hemos sustituido al chamán por el panel de control, al augur por la predicción estadística y al brujo por el científico de datos con sudadera corporativa.
Pero conviene no caer en la caricatura fácil. Los algoritmos no son sólo el nuevo chamán con bata de laboratorio y servidores en la nube. Pueden ser herramientas poderosas, útiles y hasta necesarias cuando se usan con escepticismo, control y sentido común. El problema no está en calcular, prever o apoyarse en la tecnología. El problema empieza cuando dejamos de mirar la herramienta como herramienta y comenzamos a obedecerla como si fuera destino.
Seguimos saltando hogueras para espantar la incertidumbre; sólo que ahora muchas arden dentro de un algoritmo
Ahí hay una diferencia importante con aquellas viejas hogueras de San Juan. El fuego era simbólico, sí, pero también comunitario. Reunía al pueblo alrededor de una llama común. Se saltaba la hoguera en compañía. Se compartía el miedo, la esperanza, el deseo y la superstición. Había algo torpe, antiguo y humano en aquel corro de sombras iluminadas por las brasas.
Los algoritmos actuales, sobre todo los de recomendación y predicción, funcionan muchas veces al revés. No nos convocan alrededor de una llama, sino que nos aíslan en pequeñas hogueras privadas, hechas a medida de nuestras manías, nuestros miedos, nuestros gustos y nuestras debilidades. Cada cual recibe su mundo filtrado, su noticia exacta, su tentación precisa, su dosis personalizada de indignación, entretenimiento o consuelo. Antes el rito nos reunía frente al misterio. Ahora el sistema nos separa en burbujas confortables donde cada uno cree estar viendo la realidad entera cuando apenas contempla el reflejo amaestrado de sí mismo.
La hoguera, al menos, era honesta. Ardía, iluminaba y quemaba. No fingía ser objetiva. No te pedía aceptar condiciones de uso. No almacenaba tus deseos para venderte luego un seguro, un curso, un viaje o una ideología envuelta en recomendación personalizada.
El algoritmo, en cambio, tiene modales de notario y alma de tahúr. Nos dice qué comprar, qué leer, qué ruta tomar, qué noticia ver, qué música escuchar y hasta qué rostro puede gustarnos. Y nosotros, encantados, saltamos por encima de esa hoguera invisible convencidos de que estamos ejerciendo nuestra libertad, cuando muchas veces sólo estamos siguiendo el sendero que otros han pavimentado con nuestros propios datos.
Tampoco conviene olvidar otra cosa: la incertidumbre no es un fallo que haya que corregir. No es un error de programación del universo. Es una de sus condiciones naturales. La física, la biología, la historia y la propia vida se encargan de recordárnoslo cada día con una puntualidad cruel. Queremos prever el clima, la salud, el amor, la carrera profesional, la economía, la política y hasta el próximo sobresalto del mundo. Pero esa obsesión por anticiparlo todo puede volvernos más frágiles, no más sabios.
Porque quien delega demasiado en el oráculo acaba perdiendo músculo para caminar entre nieblas. Y vivir, al fin y al cabo, siempre ha consistido en eso: avanzar sin garantías, decidir con información incompleta, equivocarse, rectificar y seguir. Saltar la hoguera o consultar al algoritmo nacen del mismo viejo impulso humano: domesticar el miedo. Pero si entregamos toda nuestra agencia a la máquina, corremos el riesgo de olvidar algo que nuestros antepasados, con toda su superstición encima, quizá entendían mejor que nosotros: que la incertidumbre no se vence; se atraviesa.
Quizá por eso conviene seguir celebrando San Juan. No sólo por tradición, ni por fiesta, ni por esa belleza primitiva que tiene ver arder la noche. Sino porque una hoguera nos enseña algo que ninguna pantalla debería hacernos olvidar: que la incertidumbre forma parte de estar vivos.
Podemos iluminarla un poco. Podemos rodearla de palabras, datos, santos, fórmulas, sensores y algoritmos. Podemos saltar sobre ella con más o menos elegancia. Pero nunca la dominamos del todo.
Y quizá eso sea lo que más nos cuesta aceptar: que, bajo la camisa planchada de la modernidad, seguimos siendo aquellos mismos hombres y mujeres que miraban el fuego esperando que el sol no les abandonara.
















