Lo primero, antes de cualquier dato, mapa, magnitud o explicación técnica, es la solidaridad. Solidaridad con las víctimas del terremoto que ha golpeado Venezuela, con sus familias, con quienes han perdido su casa, con quienes buscan a los suyos entre el polvo, los cascotes y esa angustia que sólo conocen quienes han sentido cómo el suelo, que creían firme, dejaba de serlo.
Tengo amigos y conocidos que, mientras escribo estas líneas, intentan contactar con sus familias. Esperan una llamada, un mensaje, una señal mínima que les diga que los suyos están bien. Y en esos momentos sobran las grandes palabras. Sólo queda eso que decimos cuando no sabemos qué decir y, sin embargo, lo decimos todo: abrazote gordo.
Cuando estoy cerrando esta breve nota, ya pasan de cien los fallecidos y no se descarta que esto sea sólo el principio. Ruego, de verdad, por que esto se quede aquí. Por que no haya más nombres que añadir a la lista. Por que las réplicas no terminen de rematar lo que el primer golpe dejó herido. Por que las familias encuentren a los suyos. Por que Venezuela pueda respirar.
No hay país que merezca una desgracia así. No hay pueblo que deba acostumbrarse a vivir entre sobresaltos. Y Venezuela, que ya carga bastante sobre sus hombros, ha recibido ahora una sacudida de esas que no sólo agrietan edificios, sino también biografías.
Por mi trabajo, los riesgos geológicos no me son ajenos. No los miro como un titular exótico que llega desde lejos, sino como una materia que conozco de cerca por mi relación profesional con el mundo de la geología, la comunicación, la prevención y la gestión de emergencias. En este mismo blog ya he hablado de la aportación del Colegio Oficial de Geólogos a algo tan relevante como la prevención de riesgos mediante la Guía ciudadana de los riesgos geológicos, una publicación disponible en PDF y orientada precisamente a las personas: a quienes viven sobre un terreno que puede inundarse, deslizarse, hundirse o temblar.
También he recordado en estas páginas el terremoto de Lorca, mucho más cercano para nosotros. Aquel seísmo dejó dolor, daños y una lección imprescindible: de una catástrofe sólo se sale mejor si se aprende de ella. Lorca enseñó la importancia de la protección civil, de la gestión de emergencias, de la evaluación de daños, de la coordinación institucional y de no dejar la prevención para el día después del desastre.
Ahora miramos a Venezuela.
La información disponible en este momento apunta a que el país sufrió el 24 de junio de 2026 dos terremotos muy potentes, registrados con magnitudes de 7,2 y 7,5, separados por apenas 39 segundos. El Colegio Oficial de Geólogos ha explicado hoy, en una nota de comunicación institucional, que se trata de un “terremoto doblete”, vinculado a la intensa actividad en el límite entre las placas del Caribe y Sudamericana. Grandes los geólogos, que saben de esto. Y conviene escucharlos antes, durante y después de que tiemble la tierra.
Según el ICOG, ambos movimientos se localizaron a profundidades muy superficiales, entre 10 y 21 kilómetros, con epicentro en el entorno del estado de Yaracuy. Esa combinación de alta magnitud y escasa profundidad explica la intensidad con la que el temblor ha golpeado la superficie, afectando a zonas densamente pobladas como Yaracuy, La Guaira, Carabobo y la Gran Caracas.

Y aquí conviene recordar algo que debería estar escrito en letras grandes en cualquier política pública de prevención: los terremotos no se pueden predecir. Lo que sí se puede hacer es prepararse. Construir mejor. Evaluar mejor. Mantener mejor. Revisar edificios e infraestructuras después del golpe. No permitir que la gente vuelva a inmuebles dañados sin una inspección técnica seria. No confundir la suerte con la seguridad.
El propio Colegio de Geólogos advierte de que las réplicas siguen siendo un factor de riesgo crítico para estructuras ya dañadas. Una réplica menor puede ser suficiente para derribar lo que el sismo principal dejó tocado. Por eso la ingeniería sísmica, la geología aplicada, la ordenación del territorio y la evaluación técnica no son lujos de despacho. Son herramientas para salvar vidas.
Precisamente por eso encaja tan bien recordar estos días la publicación en Tierra y Tecnología, la revista del Colegio Oficial de Geólogos, sobre el libro El gran terremoto, de Kathryn Schulz. La reseña destacaba que el volumen incluye dos textos: El gran terremoto y Cómo ponerse a salvo cuando llegue el gran terremoto. Y ese segundo título debería estar grabado en la puerta de entrada de muchas administraciones públicas: cómo ponerse a salvo. No cómo improvisar. No cómo lamentarse después. No cómo buscar culpables entre los escombros. Cómo prepararse antes. Porque la prevención no evita que la Tierra tiemble. Pero puede evitar que tiemble también nuestra incompetencia.
Y en esta tragedia ha aparecido además un elemento tecnológico que muchos ciudadanos han comentado con asombro: las alertas sísmicas en teléfonos Android.
Numerosos usuarios venezolanos aseguran haber recibido en sus móviles una alerta de terremoto segundos antes de notar la sacudida fuerte. El sistema no predice terremotos. Conviene repetirlo: no los predice. Lo que hace es detectarlos justo cuando empiezan y, si hay margen, avisar a quienes están más lejos del epicentro antes de que lleguen las ondas más destructivas.
La clave está en el acelerómetro del teléfono, ese sensor que usamos sin pensar cuando la pantalla gira o cuando el móvil cuenta pasos. Google lo emplea dentro de Android Earthquake Alerts para convertir millones de teléfonos en una red colaborativa de pequeños sensores sísmicos. Si muchos móviles estacionarios en una misma zona detectan una vibración compatible con las primeras ondas de un terremoto, el sistema cruza esos datos, estima ubicación y magnitud, y lanza una alerta a los usuarios que podrían verse afectados.

El principio físico es sencillo y poderoso. Las ondas P son las primeras en llegar: viajan más rápido y suelen causar menos daño. Después llegan las ondas S y las ondas superficiales, más lentas y normalmente más destructivas. Las señales digitales, en cambio, viajan por las redes mucho más deprisa que las ondas sísmicas por el terreno. Esa diferencia puede regalar unos segundos. Pocos, sí. Pero en un terremoto unos segundos pueden servir para alejarse de una fachada, protegerse bajo una mesa resistente, apartarse de una ventana o dejar de bajar una escalera.
No es magia. Es ciencia, sensores, telecomunicaciones y algoritmos trabajando contra el reloj.
La tragedia de Venezuela debe movernos a la solidaridad, por supuesto. Pero también a la memoria y a la responsabilidad. Los riesgos geológicos existen. Los mapas importan. Los geólogos importan. La ordenación del territorio importa. Los edificios importan. Las guías ciudadanas importan. La educación pública importa. Las alertas tempranas importan.
Y quizá convenga quedarse con una frase sencilla: el terremoto no avisa con educación. Pero nosotros sí podemos aprender a escuchar antes de que grite.



















