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El Día del Asteroide: Shoemaker y las piedras que escriben la historia del cielo

Cada 30 de junio recordamos que el cielo no es una postal inmóvil, sino una maquinaria antigua, hermosa y peligrosa. En el Día del Asteroide conviene volver la mirada a Eugene Shoemaker, el geólogo que enseñó a leer los cráteres como capítulos de una epopeya cósmica, y a quienes, como Jesús Martínez Frías, han seguido explicándonos que la geología no termina en la Tierra: simplemente cambia de escenario.

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Hay días en los que el calendario no señala una fiesta, sino una advertencia. El 30 de junio, Día del Asteroide, es uno de ellos. No nació para adornar agendas científicas ni para llenar redes sociales con piedras espaciales más o menos fotogénicas. Nació para recordarnos que la Tierra viaja por un Sistema Solar lleno de memoria, de escombros primordiales, de fragmentos que vienen de muy lejos y que, de vez en cuando, llaman a la puerta con modales poco diplomáticos.

La fecha no es casual. El 30 de junio de 1908, sobre Tunguska, en Siberia, un objeto explotó en la atmósfera con una energía estimada por la ESA entre 3 y 5 megatones. Derribó unos 60 millones de árboles en unos 2.200 kilómetros cuadrados. La suerte quiso que aquello ocurriera sobre una zona poco poblada. La mala suerte, esa vieja funcionaria del universo, podría haber elegido otra latitud, otra ciudad, otra mañana.

Por eso este día tiene algo de liturgia laica. Miramos al cielo, pero no como quien busca horóscopos, sino como quien estudia mapas de riesgo. Y ahí aparece, inevitablemente, Eugene Shoemaker, geólogo estadounidense, pionero de la astrogeología, hombre de campo con la mirada puesta en la Luna. Shoemaker hizo algo aparentemente sencillo y profundamente revolucionario: llevó la geología al espacio. Nos enseñó que los cráteres no eran cicatrices mudas, sino archivos. Que la Luna podía leerse como se lee un corte geológico. Que el Sistema Solar tenía estratigrafía, golpes, fracturas, polvo, tiempo.

No llegó a pisar la Luna, aunque la deseó como pocos. Su salud le cerró la puerta del viaje, pero él hizo algo quizá más duradero: preparó a otros para mirarla con ojos de geólogo. Los astronautas del Apolo no fueron solo héroes con traje blanco; también fueron, gracias a hombres como Shoemaker, aprendices de campo en otro mundo. Y como si la vida quisiera escribir un final imposible, una parte de sus cenizas terminó descansando en la superficie lunar a bordo de la misión Lunar Prospector. El geólogo que no pudo caminar por la Luna acabó, de algún modo, formando parte de ella.

La Agencia Espacial Europea ha recordado hoy ocho fechas clave en la historia de los asteroides. Ocho mojones en este camino que va del susto primitivo a la defensa planetaria. Tras Tunguska llegó, en 1991, el encuentro de la sonda Galileo con Gaspra, cuando descubrimos que los asteroides no eran simples pedruscos aburridos, sino pequeños mundos geológicos, irregulares, fracturados, llenos de cráteres y señales de colisiones. En 2001, la nave NEAR Shoemaker se posó sobre Eros, como si la Tierra hubiera enviado una pequeña ofrenda metálica a una roca errante. En 2008, Rosetta sobrevoló Šteins, y en 2010 Lutetia, mostrando de nuevo que los impactos son uno de los grandes alfabetos del Sistema Solar.

Después llegó Hayabusa, la misión japonesa que en 2010 trajo a la Tierra unos 1.500 granos microscópicos del asteroide Itokawa. Apenas polvo, sí. Pero en ciencia, a veces un grano de polvo pesa más que una montaña. Luego, en 2013, Cheliábinsk nos despertó de golpe: un asteroide de unos 20 metros entró sobre los Urales a más de 18 kilómetros por segundo, explotó en la atmósfera, rompió miles de ventanas e hirió a unas 1.500 personas. Nadie lo vio venir. Venía desde la dirección del Sol, ese ángulo ciego que tanto preocupa a quienes se toman en serio la defensa planetaria.

Y entonces la humanidad pasó de mirar a actuar. En 2022, la misión DART de la NASA impactó contra Dimorphos y modificó su órbita alrededor de Didymos. Por primera vez cambiamos de forma medible el movimiento de un cuerpo del Sistema Solar. No fue una escena de película. Fue mejor: fue ingeniería, ciencia, cooperación internacional y una saludable dosis de humildad. La ESA continúa ese relato con Hera, lanzada en 2024, que debe estudiar las consecuencias de aquel impacto y convertir el experimento en conocimiento útil. Y en 2029 llegará Apophis, que pasará a menos de 32.000 kilómetros de la Tierra, visible para más de dos mil millones de personas. No hay riesgo de impacto, pero sí una oportunidad científica extraordinaria.

En esta historia hay épica, claro. Pero no la épica hueca de los discursos con música de tráiler. Hay una épica más seria: la de comprender antes de lamentar. La de mirar un cráter y saber que allí hubo una fuerza capaz de cambiar paisajes, climas y destinos. La de aceptar que la Tierra no vive bajo una campana de cristal, sino en un vecindario cósmico bastante movido.

Y aquí quiero acordarme también de mi buen amigo Jesús Martínez Frías, geólogo, experto en meteoritos, geología planetaria y astrobiología; uno de esos científicos que nos recuerdan que una piedra caída del cielo no es una rareza de museo, sino un documento. Un fragmento de historia solar. Un mensaje mineral escrito antes de que existiera la vida, antes de que existieran los continentes, antes incluso de que hubiera nadie para hacerse preguntas.

Shoemaker nos enseñó a leer los impactos. Jesús Martínez Frías lleva años ayudando a divulgar y ensanchar esa mirada desde la geología planetaria y la astrobiología. Entre ambos, separados por biografías distintas pero unidos por una misma brújula científica, hay una lección clara: los geólogos no solo interpretan montañas, fallas o volcanes. También interpretan la Luna, Marte, los meteoritos y los asteroides. Porque la geología, cuando se toma en serio, no cabe dentro de un planeta.

El Día del Asteroide no debería servir para asustarnos. Bastante miedo de baratillo circula ya por el mundo. Debería servir para algo más noble: para entender. Para defender la ciencia. Para apoyar la vigilancia del cielo. Para recordar que la defensa planetaria no es ciencia ficción, sino política pública, cooperación internacional y conocimiento acumulado.

Al fin y al cabo, somos una especie joven caminando sobre una corteza antigua, bajo un cielo lleno de piedras viejas. Y algunas de esas piedras, cuando caen, no solo golpean la Tierra: también golpean nuestra soberbia.

Por eso hoy, 30 de junio, conviene mirar arriba. Pero mirar bien. Con telescopios, con radares, con geólogos, con astrofísicos, con ingenieros, con memoria. Y, si se me permite, con una pequeña reverencia a Eugene Shoemaker, el hombre que no pisó la Luna, pero nos enseñó a comprender sus heridas.

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2 COMENTARIOS

  1. ¡Que peligro tienen los asteroides! Los hemos visto acabar con la humanidad una y otra vez ¡que persistencia! en películas de gran presupuesto a series Z. Quizás tendríamos que aclarar la diferencia entre asteroide, meteorito y cometa ¿Son o no son lo mismo?

    Según la SEA (Sociedad Española de Astronomía) los cometas «son cuerpos menores, desde una pocos metros hasta algunos kilómetros de diámetro, compuestos de hielo y silicatos. Se trata básicamente de grandes «bolas de hielo sucio»». Los meteoritos son » toda partícula extraterrestre, o meteoroide, que penetra en la atmósfera terrestre y logra sobrevivir a la fricción y llegar hasta el suelo. Los meteoritos producen en la atmósfera estrellas fugaces (o meteoros), que si alcanzan un gran brillo son conocidos como bólidos. Los meteoritos pueden ser rocosos, metálicos, o una mezcla de ambos.» ¿Y que son los asteroides? Pues la SEA los describe como » cuerpos menores del Sistema Solar, mayoritariamente compuestos de silicatos y metales. La mayoría de ellos son pequeños, de algunos metros hasta las decenas de kilómetros, y de formas muy irregulares. Unos pocos alcanzan a varios cientos o hasta mil kilómetros de diámetro. Ese es el caso de Ceres, el primer asteroide descubierto en 1801 por Giusseppe Piazzi y hoy día clasificado como planeta enano. Casi todos los asteroides se encuentran en la región entre Marte y Júpiter, conocida como cinturón principal.» Y aunque no lo digan, parece ser que son cuerpos que orbitan alrededor del sol.

    Así que no son lo mismo. si bien parece más clara la diferencia entre cometa y los otros, a nivel popular y mediático no hay diferencia entre asteroide y meteorito. se usan indistintamente. ¿Qué acabó con los dinosaurios, un asteroide o un meteorito? Pues por el radio del cráter de impacto, está claro que fue un asteroide de 12 km de diámetro, según wikipedia. Y sin embargo, la BBC publica el 22/10/24 la siguiente noticia: «Un meteorito 200 veces mayor que el que extinguió a los dinosaurios golpeó la Tierra millones de años antes y puso a hervir los océanos» (https://www.bbc.com/mundo/articles/c98y891792no) ¿Es correcto el titular? Y no son los únicos. está en el acervo popular. No hay diferencia en el uso de asteroide y meteorito. ¿Un meteorito es un asteroide diminuto y un asteroide es un meteorito gigantesco? Esa idea parece desprenderse de este empleo equivalente. Y si añadimos a los cometas al lío de términos, este ya es morrocotudo.

    • Querido Doctor M.,

      Qué alegría verle de nuevo por este humilde blog. Sus comentarios son siempre bienvenidos y aportan, como de costumbre, una mirada precisa, culta y muy necesaria.

      Tiene usted toda la razón: en estos temas las palabras importan, y mucho. Asteroide, cometa, meteoroide, meteoro y meteorito no son lo mismo, aunque el lenguaje común, y no pocos titulares, los mezcle con alegre entusiasmo.

      Me quedo con su observación porque merece, casi con toda seguridad, una entrada propia. A veces divulgar no consiste solo en contar historias del cielo, sino también en poner un poco de orden en el vocabulario con el que miramos hacia arriba.

      Gracias, de verdad, por enriquecer la conversación. Un lujo tenerle por aquí.

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