Hay días en los que una tarjeta roja explica mejor la política internacional que una cumbre de la OTAN, un editorial solemne o un informe de esos que se imprimen en papel grueso para que parezcan más importantes.
La tarjeta roja a Balogun, la intervención de Donald Trump para que la FIFA revisara la sanción y la posterior derrota de Estados Unidos ante Bélgica son una de esas escenas menores que, al mirarlas con calma, cuentan una época entera.
Trump quiso arreglar una expulsión de fútbol como quien prometió arreglar la guerra de Ucrania en veinticuatro horas. Levantando el teléfono. Dando órdenes. Poniendo cara de propietario del planeta. Hablando de injusticia, comparando a su jugador con Messi, Cristiano Ronaldo o Harry Kane, y dejando claro que, para él, las reglas son estupendas siempre que no molesten a los suyos.
Luego vino Bélgica y le metió cuatro goles. Como cuatro soles.
El marcador, a veces, tiene más sentido del humor que la diplomacia.
La escena sería cómica si no fuera tan reveladora. Porque esto no va de fútbol. Ni de Balogun. Ni de una entrada a destiempo. Va de una manera de entender el poder. La del tipo que cree que todo se puede resolver con una llamada, una amenaza, un berrido en redes o una rueda de prensa con banderas detrás.
La tarjeta roja es el botón pequeño que enciende la máquina grande. Uno mira ese episodio y ve Ucrania, ve Irán, ve Ormuz, ve la OTAN, ve Europa haciendo cola para pagar la factura y ve a Trump caminando por el escenario como si fuera el sheriff de una película mala, de esas en las que el protagonista no distingue entre autoridad y chulería.
El hombre que iba a cerrar la guerra de Ucrania en un suspiro sigue viendo cómo la guerra continúa. Sangrando. Pudriéndose. Comiéndose arsenales, defensas aéreas, presupuestos y paciencia. Ucrania pide más sistemas antiaéreos. La OTAN responde con palmaditas, comunicados y ese gesto de cajero de banco que mira la cuenta y dice: mire usted, saldo hay, pero no tanto.
El hombre que presumía de pacificador ha dejado Irán convertido en una caja de cerillas junto a un bidón de gasolina. Y el estrecho de Ormuz, que no es precisamente una calle peatonal de Wisconsin, vuelve a recordarnos que el petróleo no entiende de bravuconadas. Basta un proyectil, un buque tocado, una ruta amenazada o una aseguradora nerviosa para que el precio del barril empiece a moverse como una lagartija en agosto.
La geopolítica del petróleo es así de antipática. No se deja domesticar por eslóganes. Tiene estrechos, refinerías, primas de riesgo, flotas fantasma, sanciones, navieras, países productores, bancos centrales y ciudadanos que acaban pagando la fiesta en la gasolinera, en la calefacción o en la hipoteca. Trump puede hinchar el pecho cuanto quiera, pero Ormuz no se aparta para dejarle pasar.
Y mientras tanto, Europa, nuestra vieja Europa, sigue en su papel de señora educada que invita a cenar, paga la cuenta y encima pide perdón por ocupar sitio. La OTAN se reúne, promete unidad y mira hacia Washington con la misma mezcla de dependencia y pudor con la que un adolescente mira al padre que le paga el alquiler.
Rutte puede decir que la Alianza está más unida que nunca, pero a estas alturas esa frase suena como cuando en una familia todos repiten que no pasa nada justo antes de que alguien tire el plato contra la pared. Ucrania necesita defensas. Europa necesita rearmarse. Alemania se endeuda hasta las cejas. Las empresas de defensa estadounidenses huelen negocio. Y el contribuyente europeo, ese animal de carga con nómina, vuelve a preparar el lomo.
Porque aquí siempre hay alguien que paga y alguien que factura.
Lo hemos visto con la energía. Nos contaron que las sanciones eran una cuestión moral, estratégica, casi civilizatoria. Había que dejar de comprar a Rusia, había que asumir sacrificios, había que cambiar de proveedores, había que pagar más por el gas y por el petróleo porque la libertad tiene un precio. Muy bien. Pero luego uno se entera de que determinadas navieras europeas han hecho negocio transportando petróleo ruso durante años y la épica empieza a oler a chiringuito.
Resulta que el ciudadano paga la virtud, Bruselas redacta la virtud, Washington vende la virtud licuada en forma de gas y algunos intermediarios transportan la contradicción en petroleros muy rentables. Qué cosas tiene la moral cuando navega con bandera conveniente.
Y en estas aparece Trump, no contento con enredar en guerras, petróleo, fútbol y alianzas, y decide dedicarle a Giorgia Meloni una de esas gracietas de vestuario sin ventilar. Publica una imagen de la primera ministra italiana con la ocurrencia de la orden de alejamiento. “Restraining order needed”, vino a decir el caballero, como si estuviera en una despedida de soltero de mala muerte y no al frente de la primera potencia mundial. La cosa es bajuna incluso para los estándares del personaje.
Atizar políticamente a Meloni es legítimo. Discutir con ella sobre gasto militar, Irán, Ucrania, la OTAN o lo que toque entra dentro del oficio. Pero convertirla en objeto de burla con una insinuación de patio de colegio, presentarla como una señora embobada que necesita una orden de alejamiento, rebajar a una jefa de Gobierno a meme de macho alfa con gomina espiritual, eso ya no es política. Es ordinariez con wifi.
Y además es cobarde. Porque Trump no se permite esas gracias con quien de verdad teme. Las reserva para aliados, subordinados, socios incómodos o gente que sabe que tendrá que sonreír en la siguiente foto. Lo de Meloni no es una broma: es un gesto de dominio. Un capón público. Una forma de decir: mando tanto que puedo humillarte antes de una cumbre y tú todavía tendrás que sentarte conmigo. Marca Trump. Gilipollez de autor.
La Italia oficial, por lo visto, ha elegido no entrar al trapo. Hace bien. Hay provocaciones que se contestan mejor dejando que el provocador se retrate solo. Y Trump, en eso, es generoso: se autorretrata con una frecuencia admirable.
El problema es que ese estilo, que a algunos les parece espontáneo, viril o antisistema, tiene consecuencias. No es solo ruido. No es solo una excentricidad del abuelo con móvil. Cuando el presidente de Estados Unidos actúa como un troll con acceso al botón nuclear, los aliados toman nota, los enemigos toman nota, los mercados toman nota y las instituciones internacionales empiezan a parecer decorado de cartón piedra.
Por eso la tarjeta roja importa. Porque es pequeña, sí, pero exacta. Trump no vio una norma: vio un obstáculo. No vio un árbitro: vio a alguien a quien presionar. No vio un partido: vio una oportunidad para imponer su voluntad. Y no vio el ridículo: eso se lo tuvo que enseñar Bélgica con cuatro goles.
La derrota real de Trump no está en el marcador. Está en que cada uno de estos episodios va desgastando la leyenda del solucionador infalible. El hombre que venía a poner orden se está revelando como un fabricante de desorden. El que prometía cerrar guerras abre frentes. El que decía defender a Occidente humilla a sus aliados. El que iba a controlar el petróleo lo agita. El que iba a domesticar la OTAN la convierte en una sobremesa familiar con cuchillos largos. El que quería intervenir en la FIFA acaba viendo cómo el balón le saca la lengua.
Hay quien seguirá aplaudiendo. Siempre hay palmeros para el poder, sobre todo si creen que alguna migaja puede caer de la mesa. También hay quienes confunden grosería con autenticidad, insulto con valentía y abuso con liderazgo. Son los mismos que llaman “decir verdades” a lo que, en cualquier barra de bar con serrín en el suelo, sería simplemente mala educación.
Pero conviene no engañarse. La política internacional no es un grupo de WhatsApp. Ni una partida de golf. Ni una rueda de prensa. Ni un partido que se pueda repetir porque al señor no le gustó la expulsión.
Ucrania no se arregla en veinticuatro horas. Irán no se pacifica con amenazas. Ormuz no se estabiliza con fanfarronadas. Europa no se rearma gratis. La OTAN no se cohesiona a base de humillaciones. Meloni no deja de ser primera ministra porque Trump necesite hacer el gallito en redes. Y el fútbol, mira por dónde, tampoco se gana llamando a la FIFA.
Quizá por eso esta historia merece guardarse. Una tarjeta roja. Un presidente indignado. Una llamada. Una goleada. Una dama italiana insultada con una gracieta de mal gusto. Un estrecho petrolero temblando. Una guerra que no termina. Una alianza que cruje. Y un mundo que empieza a cansarse de los sheriffs de pega.
Al final, la tarjeta roja no era para Balogun.
Era para Trump.
Y el árbitro, esta vez, fue la realidad.

Después de leer este post, me viene de nuevo a la mente el refrán español: ‘Donde dije digo, digo Diego’. La falta de coherencia de Trump y de muchos políticos conocidos entristece el panorama al saber por qué manos estamos gobernados.
Muchas gracias, Yolanda, por leer el artículo y por dejar tu comentario. El refrán viene aquí como anillo al dedo. Lo preocupante no es solo que algunos dirigentes cambien de opinión, algo que puede ser razonable cuando cambian las circunstancias, sino que cambien de principios, de aliados y hasta de relato según convenga en cada momento. Entonces ya no hablamos de rectificar, sino de puro oportunismo. Y sí, resulta bastante desalentador comprobar que decisiones capaces de afectar a millones de personas dependen con frecuencia de egos, cálculos electorales y ocurrencias disfrazadas de estrategia.