Tinto de Verano es una serie de post ligeros para leer con calor, sin corbata y con hielo. Temas serios, cotidianos o simplemente veraniegos, tratados con una sonrisa, algo de socarronería y la sana intención de no derretirse del todo.
Bienvenidos al paraíso
El mundo imaginado por Aldous Huxley ha conseguido lo que todos los gobiernos, ideologías, gurús empresariales y cuñados de sobremesa llevan siglos prometiendo: una sociedad estable, limpia, eficiente y sin sobresaltos. No hay guerras, no existe el hambre, la producción funciona como un reloj suizo y cada ciudadano ocupa su puesto, disfruta de su entretenimiento y recibe la correspondiente ración de felicidad química. Nadie necesita preguntarse quién es, adónde va o por qué lleva tres horas mirando vídeos de gente ordenando frigoríficos, porque el Estado ya se lo ha explicado todo y, además, se lo ha explicado tantas veces que la explicación ha terminado pareciendo un pensamiento propio.
La humanidad se fabrica en laboratorios, como los yogures, los tornillos o los programas electorales. Ya no hay nacimientos naturales, madres, padres ni esas reuniones familiares donde alguien acaba preguntando cuándo vas a casarte, por qué no tienes hijos o qué haces exactamente con tu vida. Cada persona es producida, clasificada y condicionada para ocupar un lugar preciso en la sociedad: alfas, betas, gammas, deltas y épsilones. Los primeros piensan y mandan; los últimos obedecen y cargan con los trabajos menos agradecidos. Hasta aquí, nada que no conozcamos. La gran innovación consiste en que todos están satisfechos con su posición.
El épsilon no sueña con convertirse en alfa, ni el delta en abandonar la cadena de producción para escribir poemas junto al mar. Cada cual ha sido educado para considerar su función como la mejor posible. No hay resentimiento, lucha de clases ni incómodos debates sobre igualdad. Cada uno ama la casilla en la que ha sido colocado y contempla con alivio las casillas ajenas. Una maravilla administrativa, en suma. El sistema no necesita policías en cada esquina porque lleva décadas fabricando ciudadanos incapaces de imaginar una esquina distinta.
Ford nuestro que estás en los cielos
En esta civilización, Henry Ford ha sustituido a Dios. No parece una elección demasiado poética, pero sí muy práctica. Ford representa la cadena de montaje, la producción masiva, la eficiencia y la estandarización. El ser humano deja de ser una criatura misteriosa, imprevisible y algo complicada para convertirse en una pieza del engranaje económico, con su función asignada, su margen de error reducido y sus aspiraciones debidamente domesticadas.
Cada individuo nace —es un decir— con una finalidad concreta. La biología, la educación y el deseo se ajustan a las necesidades del sistema productivo. No se fabrican productos para las personas; se fabrican personas para los productos. Y ahí reside una de las intuiciones más afiladas de Huxley: cuando la economía deja de limitarse a satisfacer necesidades y empieza a producirlas, el ciudadano deja de ser cliente para convertirse en materia prima.
El consumo es una obligación cívica. Reparar algo resulta sospechoso. Conservar un abrigo durante muchos años podría poner en peligro el crecimiento económico. Pensar antes de comprar constituye una conducta profundamente antisocial. La consigna es sencilla: mejor estrenar que remendar, mejor sustituir que conservar, mejor desear que comprender. El ciudadano ideal consume ropa, objetos, viajes, diversiones, cuerpos y experiencias. Todo debe ser nuevo, rápido y reemplazable. Lo importante no es disfrutar de las cosas, sino mantener la maquinaria en movimiento.
A primera vista, parece una exageración literaria de los años treinta. Luego uno mira ese teléfono perfectamente funcional que empieza a parecer viejo porque ha salido otro capaz de fotografiar los poros de la luna, y la exageración pierde parte de su exotismo. Huxley comprendió que el consumo no se limita a responder a un vacío. Puede fabricarlo. Primero se crea la insatisfacción y después se vende el producto encargado de aliviarla durante unos minutos, hasta que aparece el modelo siguiente.
El soma nuestro de cada día
Naturalmente, incluso en una sociedad perfecta puede surgir alguna molestia: una tarde melancólica, un enamoramiento inconveniente, una sensación de vacío o la remota sospecha de que uno lleva una vida diseñada por otros. Para esas emergencias existe el soma, una droga limpia, eficaz y socialmente recomendada que proporciona bienestar sin resaca, olvido sin consecuencias y vacaciones mentales sin tener que aguantar aeropuertos.
Ante cualquier problema, una dosis. Si la tristeza persiste, dos. Si empieza usted a pensar por su cuenta, consulte inmediatamente con las autoridades.
El soma no resuelve las causas del malestar, pero elimina el malestar, que para una sociedad obsesionada con las estadísticas viene a ser prácticamente lo mismo. Huxley imaginó una civilización incapaz de soportar el dolor, no porque hubiera aprendido a comprenderlo, sino porque había decidido anestesiarlo. El sufrimiento es molesto, improductivo y poco fotogénico, de modo que conviene retirarlo cuanto antes del escaparate.
Nuestra época todavía no dispone de soma exactamente, aunque cuenta con una respetable variedad de sucedáneos: compras impulsivas, notificaciones, vídeos infinitos, polémicas diarias, comida a domicilio, entretenimiento bajo demanda y esa saludable costumbre de mirar el teléfono cada vez que aparece un pensamiento propio. No todo control necesita uniforme. A veces basta con que nadie disponga de cinco minutos de silencio.
La dictadura que te cae bien
George Orwell imaginó en 1984 una sociedad dominada por el miedo, la vigilancia y la violencia. Huxley tomó otro camino. Su dictadura no golpea: seduce. No prohíbe los libros porque ha conseguido que nadie quiera leerlos; no censura el pensamiento porque ha fabricado personas para las que pensar resulta agotador; no encierra a la población porque la población lleva la cárcel dentro y, además, está encantada con la decoración.
El Estado Mundial ha descubierto que resulta mucho más cómodo gobernar a ciudadanos satisfechos que a ciudadanos aterrorizados. El poder más eficaz no es el que ordena lo que debemos hacer, sino el que decide aquello que deseamos. Una vez moldeado el deseo, la obediencia parece libertad y la sumisión se vive como una preferencia personal.
El ciudadano puede escoger entre veinte diversiones, treinta productos y cuarenta experiencias. Lo único que no puede elegir es dejar de consumir, quedarse a solas o preguntarse quién ha organizado el catálogo. La libertad existe, por supuesto, pero se encuentra en el menú desplegable.
Todo el mundo pertenece a todo el mundo
La familia ha sido eliminada. Las palabras “madre” y “padre” resultan obscenas o ridículas. Nadie crece en un hogar, nadie hereda recuerdos y nadie siente que pertenece de una manera especial a otra persona. Todos pertenecen a todos. La frase parece inclusiva, moderna y estupenda para imprimirla en una camiseta, hasta que se comprende que también significa que nadie pertenece verdaderamente a nadie.
Las relaciones afectivas profundas son peligrosas porque introducen dependencia, exclusividad, celos, sacrificios y otras complicaciones capaces de alterar la estabilidad. Mejor mantener encuentros breves, intercambiables y sin demasiadas consecuencias. El sexo es abundante, pero la intimidad ha desaparecido; la pasión se convierte en higiene, el deseo en actividad recreativa y el compromiso en una extravagancia.
El Estado no prohíbe las relaciones sexuales; las fomenta. Pero las ha vaciado de todo aquello que podría convertirlas en un vínculo capaz de competir con el sistema. Aquí Huxley introduce una idea incómoda: el poder puede controlar la sexualidad mediante la represión, pero también mediante su banalización. Una sociedad aparentemente liberada puede estar igual de condicionada si convierte el cuerpo en otro objeto de consumo rápido, disponible y sustituible.
La cuestión no consiste en cuánta libertad sexual existe, sino en quién define sus reglas, con qué lenguaje y para qué propósito. Porque incluso la liberación, cuando viene empaquetada, reglada y recomendada por la autoridad, puede parecerse sospechosamente a otra forma de obediencia.
Shakespeare contra el parque temático
En este mundo feliz no hay lugar para Shakespeare. Demasiado dolor, demasiada pasión y demasiados personajes diciendo cosas complicadas mientras se enamoran, traicionan, sufren o mueren. La tragedia ha sido sustituida por espectáculos sensoriales, la literatura por diversiones inmediatas y la belleza por estímulos.
El arte verdadero plantea problemas. Conmueve, abre grietas y obliga a contemplar emociones que no se resuelven deslizando un dedo sobre una pantalla. Por eso resulta peligroso. Una sociedad estable necesita productos culturales que entretengan sin transformar, historias fáciles de consumir, olvidar y sustituir por la siguiente temporada. Nada que permanezca demasiado tiempo en la cabeza. Nada que produzca esa desagradable sensación de haber descubierto algo.
John el Salvaje, uno de los personajes centrales de la novela, ha crecido leyendo a Shakespeare. Sus palabras le proporcionan un lenguaje para hablar del amor, del sufrimiento, de la belleza y de la muerte. Cuando llega al Estado Mundial, descubre una civilización técnicamente brillante pero emocionalmente analfabeta. Todos saben divertirse, pero nadie sabe llorar; todos conocen el placer, pero nadie entiende el amor; todos viven felices, aunque ninguno parezca completamente vivo.
El derecho a ser desgraciado
La conversación más importante de la novela enfrenta a John con Mustafá Mond, uno de los grandes administradores del sistema. Mond no es un tirano ignorante. Conoce el arte, la historia, la ciencia y la religión. Sabe perfectamente lo que la sociedad ha perdido y considera que el sacrificio merece la pena.
La verdad genera conflictos, la ciencia introduce cambios, la religión plantea preguntas, el arte despierta emociones y la libertad provoca incertidumbre. Todo ello resulta incompatible con la estabilidad. John responde reclamando algo que parece absurdo en aquel paraíso: el derecho a sufrir, a enfermar, equivocarse, envejecer, amar sin garantías y enfrentarse a la tristeza. No porque el dolor sea bueno, sino porque una vida sin riesgo tampoco puede contener coraje, compasión, entrega o grandeza.
Mustafá Mond ofrece una felicidad sin sobresaltos. John pide el derecho a no ser feliz. Ese es el corazón de la novela. ¿Preferimos una vida cómoda diseñada por otros o una vida incierta que realmente nos pertenezca? La respuesta parece sencilla mientras se formula en abstracto. Resulta algo más complicada cuando la comodidad llega con conexión de alta velocidad, recomendaciones personalizadas y envío gratuito.
Adultos de bolsillo
Otro de los grandes logros del Estado Mundial es haber eliminado la madurez. Sus ciudadanos buscan gratificación inmediata, evitan cualquier frustración y consideran el sacrificio una idea de pésimo gusto. Permanecen atrapados en una adolescencia perpetua, aunque con salario, agenda compartida y contraseña corporativa.
Madurar significa aprender a esperar, asumir responsabilidades, aceptar límites y comprender que no todo malestar debe desaparecer inmediatamente. También implica dejar de considerar que el universo entero se ha organizado para confirmar nuestras opiniones. Nada de eso interesa demasiado al sistema.
Un adulto responsable puede pensar por sí mismo, cuidar de otros, resistir una tentación y comprometerse con algo que no produzca beneficios inmediatos. Un niño grande, en cambio, necesita recompensas constantes. Es un consumidor formidable y bastante manejable.
Quizá por eso vivimos rodeados de discursos que presentan la disciplina como una forma de opresión, la paciencia como un defecto y la incomodidad como un fallo del sistema operativo. No se trata de que nos traten como niños. Es mucho más eficaz convencernos de que crecer no merece la pena.
La hipnopedia ha cambiado de formato
En la novela, los niños reciben mensajes repetidos mientras duermen. Frases simples que determinan lo que deben amar, odiar, comprar y pensar. La técnica se llama hipnopedia.
Nosotros somos bastante más modernos. Recibimos los mensajes despiertos.
Se repiten en anuncios, redes sociales, tertulias, campañas políticas, titulares y vídeos de pocos segundos. No importa demasiado que las consignas sean contradictorias. Lo importante es que sean breves, emocionales y fáciles de repetir. El pensamiento crítico requiere tiempo. El eslogan cabe en una taza.
Pensar obliga a soportar dudas y matices. La consigna permite saber inmediatamente quiénes son los buenos, quiénes son los malos y qué indignación toca esta semana. La educación del Estado Mundial no enseña a razonar, sino a repetir. A nosotros se nos permite razonar, siempre que lo hagamos deprisa y no interrumpamos la publicidad.
El gran triunfo del condicionamiento no se produce cuando alguien acepta una mentira, sino cuando ha perdido la capacidad de formular la pregunta.
Ese mundo que nunca será
Un mundo feliz fue publicado en 1932. No había teléfonos inteligentes, redes sociales, plataformas digitales ni algoritmos capaces de conocernos con una intimidad que muchos familiares jamás alcanzarán. Huxley no predijo exactamente nuestro presente. Hizo algo bastante más inquietante: comprendió sus mecanismos.
Entendió que la tiranía del futuro podía llegar envuelta en placer, que el ciudadano no tendría necesariamente que ser obligado a obedecer y que bastaría con mantenerlo entretenido, satisfecho, estimulado y ligeramente sedado. Comprendió que el consumo podía convertirse en identidad, que la tecnología podía diseñar deseos y que la libertad podía reducirse a escoger entre opciones previamente seleccionadas.
No vivimos en el Estado Mundial. Todavía podemos leer a Shakespeare, enamorarnos inconvenientemente, apagar el teléfono, reparar una chaqueta y pasar una tarde entera sin comprar nada. Conductas todas ellas profundamente subversivas.
El futuro imaginado por Huxley nunca será posible.
Seguramente.
Aunque conviene no afirmarlo demasiado alto, no sea que algún dispositivo cercano esté escuchando y decida recomendarnos una dosis de soma.



















