El ostracismo fue una institución política de la democracia ateniense y su nombre procede del griego óstrakon, término con el que se designaban los fragmentos de cerámica sobre los que los ciudadanos escribían el nombre de la persona a la que querían mandar a paseo durante una temporada. No había papeletas impresas, campañas de comunicación ni sesudos argumentarios. Bastaba un trozo de barro y un nombre. Y, pensándolo bien, quizá tampoco hemos avanzado tanto. En determinadas ocasiones, los ciudadanos atenienses podían decidir mediante votación si una persona debía abandonar la ciudad durante diez años. No era exactamente una condena penal: el desterrado no perdía necesariamente sus bienes ni quedaba convertido en delincuente. Simplemente tenía que marcharse. Que es una forma bastante civilizada de decirle a alguien que su presencia empieza a resultar molesta.

La idea original tenía incluso cierta lógica. Atenas era una democracia joven, rodeada de enemigos y no precisamente escasa de ciudadanos con ganas de acumular poder, así que el ostracismo servía, en teoría, para apartar temporalmente a quienes podían convertirse en una amenaza para el sistema. El problema, como ocurre con casi todas las herramientas concebidas para protegernos de los malos, aparece cuando los buenos descubren que también pueden utilizarlas contra quien les estorba. Porque una cosa es expulsar al tirano y otra bastante más habitual es quitar de en medio al que hace sombra, al que discrepa, al que tiene criterio propio o, peor todavía, al que empieza a caer demasiado bien.

Uno de los nombres más conocidos ligados al ostracismo fue Arístides, político y militar ateniense que vivió entre los siglos VI y V antes de Cristo y pasó a la historia con un sobrenombre que, visto lo visto, terminó resultándole más peligroso que útil: Arístides el Justo. Tenía fama de hombre íntegro, austero y honrado, participó en algunos de los grandes acontecimientos de las guerras médicas y ocupó responsabilidades políticas y militares de primer orden. Pero la política, ayer como hoy, tiene la desagradable costumbre de convertir las diferencias de criterio en enemistades de alquiler. Arístides acabó enfrentado políticamente a Temístocles, partidario de una gran expansión naval de Atenas, y la disputa terminó inclinándose del lado de este último. Hacia el año 482 antes de Cristo, Arístides fue condenado al ostracismo y tuvo que abandonar la ciudad.

Y aquí aparece una de esas anécdotas que, sean completamente ciertas o hayan sido convenientemente pulidas por los siglos, contienen más verdad que muchos archivos enteros. Cuenta Plutarco que durante la votación un ciudadano analfabeto se acercó a Arístides sin reconocerlo y le pidió que escribiera un nombre en su fragmento de cerámica. El nombre era el suyo. Arístides le preguntó si aquel hombre le había causado algún daño. El ciudadano respondió que no. Ni siquiera lo conocía. Simplemente estaba cansado de escuchar que todo el mundo llamaba a Arístides «el Justo». Y Arístides, según la tradición, escribió su propio nombre.

Ahí está casi todo.

No había corrupción que denunciar, traición que vengar ni agravio personal que ajustar. Había algo mucho más humano y bastante más miserable: el cansancio que produce la reputación ajena cuando esa reputación nos obliga a mirarnos en un espejo que no favorece. A veces no se aparta al incompetente, porque el incompetente tranquiliza. Tampoco al mediocre, porque la mediocridad compartida genera camaradería. El problema suele ser el que sabe, el que trabaja, el que recuerda, el que tiene criterio y, para mayor incordio, no necesita pedir permiso para ejercerlo. Ese tipo de personas introducen una comparación allí donde van. No hace falta que señalen a nadie. Les basta con existir. Y eso, en determinados ecosistemas humanos, es una provocación.

Dos mil quinientos años de filosofía, ciencia, imprenta, electricidad, internet e inteligencia artificial para seguir descubriendo que hay gente a la que molesta más un hombre justo que un sinvergüenza bien integrado en el organigrama.

Arístides acabó regresando a Atenas antes de cumplir completamente su destierro porque la amenaza persa aconsejó a la ciudad recuperar a algunos de sus mejores hombres. Es decir, Atenas volvió a necesitar a quien había decidido apartar. Tampoco esta parte de la historia resulta especialmente exótica. Las organizaciones tienen una sorprendente capacidad para prescindir del conocimiento, la experiencia o el criterio justo hasta el día en que alguien descubre que hacían falta. Entonces empiezan las preguntas. Quién sabía cómo funcionaba esto. Quién conocía aquello. Quién avisó de que podía pasar. Quién tenía la memoria del asunto. Y en algún rincón alguien recuerda, generalmente sin demasiado entusiasmo, que a esa persona la mandaron hace tiempo al cuarto oscuro de los molestos.

Con los siglos desapareció la institución ateniense, pero sobrevivió la palabra. Hoy, cuando decimos que alguien ha sido condenado al ostracismo, no estamos diciendo que se haya reunido una asamblea ciudadana para escribir su nombre sobre un pedazo de cerámica. Significa apartarlo de la vida pública, profesional, social o política; ignorarlo deliberadamente; excluirlo de los lugares donde se toman decisiones; dejar de contar con él hasta que su ausencia termine pareciendo natural. El ostracismo moderno, además, tiene una elegancia burocrática que los atenienses no llegaron a conocer. Ya no hace falta desterrar a nadie de manera oficial. Basta con dejar de convocarlo, sacarlo de un correo, olvidarlo en una reunión, no pedirle opinión, mirar hacia otro lado cuando entra en una habitación o conseguir que sus aportaciones dejen de circular. Nadie ha tomado una decisión. Nadie es responsable. Y, sin embargo, el resultado está ahí.

Los atenienses, al menos, tenían la decencia de votar.

Hoy el ostracismo se administra en dosis pequeñas y casi siempre sin firma. Una invitación que no llega, una llamada que deja de producirse, un proyecto que pasa por otras mesas, una puerta que permanece cerrada el tiempo suficiente. No hace falta expulsar a nadie cuando puedes volverlo invisible. Y esa es probablemente la gran evolución del procedimiento. En Atenas alguien escribía tu nombre en un trozo de cerámica. Hoy basta con no escribirlo en ninguna parte.

Por eso seguimos utilizando una palabra nacida hace veinticinco siglos. Porque describe algo que nunca hemos dejado de hacer. Las sociedades cambian, las instituciones cambian, las herramientas cambian y hasta los modales cambian, pero nuestra habilidad para apartar a quien incomoda se conserva con una salud envidiable. Puede ser en la política, en una empresa, en una universidad, en una asociación, en una junta directiva o en cualquiera de esas pequeñas cortes de provincias donde tres personas con un cargo se convencen de que están administrando los destinos de Occidente.

Y quizá la lección de Arístides siga siendo justamente esa. El ostracismo no siempre cae sobre el peor. A veces cae sobre el incómodo. Sobre el que recuerda demasiado, pregunta demasiado, sabe demasiado o conserva la desagradable costumbre de llamar a las cosas por su nombre. Y entonces resulta más sencillo apartarlo que discutir con él.

Hasta que vuelve a hacer falta.

Porque el ostracismo nunca desapareció.

Solo modernizamos el procedimiento y sustituimos los trozos de cerámica por silencios.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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