Hoy juega España y eso, cuando lo que se juega es una final del Mundial, son palabras mayores. Esta noche volveremos a sentarnos frente al televisor con esa liturgia absurda y maravillosa que solo entiende quien alguna vez ha visto un partido importante con el estómago encogido. Cada cual tendrá su sitio, sus manías y sus supersticiones: habrá quien se ponga la camiseta roja, quien no permita que nadie cambie de silla desde el primer minuto y hasta quien sostenga que el gol llegó porque fue al baño justo antes del córner. El fútbol tiene estas cosas. Nos pasamos la vida presumiendo de racionales para terminar creyendo que el destino de una Copa del Mundo depende de que uno no cambie de postura en el sofá.
Y hoy, enfrente, estará Argentina. Hace unos días me preguntaba mi cuñao —figura imprescindible de la antropología nacional y fuente inagotable de debates que empiezan con fútbol y pueden terminar hablando de la Reconquista— a quién prefería para una hipotética final, y no tuve demasiadas dudas. Como buen español, le dije, contra la pérfida Albión si vamos a ganar, porque ganarles a los ingleses tiene siempre un cierto regusto histórico y uno siente que, además de levantar una copa, está arreglando alguna cuenta pendiente desde los tiempos de Francis Drake. Tonterías nuestras, claro está, pero para eso está el fútbol: para permitirnos ser irracionales durante noventa minutos sin que venga nadie a pedir explicaciones. Ahora bien, añadí, si hubiera que perder, entonces Argentina.
Y aquí estamos: España contra Argentina. No tengo hoy el corazón partío, como cantaría Alejandro Sanz. Mi corazón está con España entero, de la primera aurícula al último ventrículo. Quiero que ganemos, quiero ver a los nuestros levantar la Copa, quiero escuchar ese silencio maravilloso que se produce durante una décima de segundo justo antes de que un país entero grite gol al mismo tiempo y quiero volver a sentir lo que sentimos hace dieciséis años, cuando durante unas horas pareció que todos cabíamos bajo la misma bandera y que hasta nuestros eternos desencuentros podían esperar al lunes.
Pero también digo una cosa. Si el fútbol decide torcer el gesto, si la pelota se vuelve caprichosa, si el poste escupe hacia fuera lo que debería entrar y acaba entrando lo que jamás debió hacerlo, prefiero que al otro lado estén ellos: los argentinos. Esa nación hermana con la que nos une mucho más de lo que a veces reconocemos, una lengua compartida que ellos han convertido en música propia, millones de historias familiares cruzando el Atlántico en ambos sentidos y una relación construida con todas las virtudes y todos los defectos que suelen acompañar a las familias numerosas.
Porque España y Argentina son un poco eso: familia. Y ya se sabe que en familia uno puede discutir, gritarse, llamarse de todo y jurar que no volverá a hablar con aquel primo insoportable, pero cuando aparece alguien de fuera la familia vuelve a cerrar filas. Tengo un par de buenos amigos argentinos y un puñado considerable de conocidos de aquellas tierras, gente con la que uno puede discutir sobre fútbol durante tres horas sin alcanzar más conclusión que la necesidad de pedir otra botella. Ellos creen que Maradona fue algo parecido a una revelación divina y nosotros seguimos explicando que Iniesta apareció una noche en Johannesburgo para demostrar que los dioses también pueden ser de Fuentealbilla.
Y quizá por eso esta final tiene algo especial. No es solo una final del Mundial, sino el encuentro de dos maneras apasionadas, exageradas y profundamente sentimentales de entender el fútbol; dos países capaces de convertir once hombres detrás de una pelota en una cuestión nacional y dos aficiones que no saben mirar un partido sin representar, de alguna manera, la historia entera de la patria.
Hace dieciséis años, en un día como hoy, tuneé para este mismo blog una de las mejores arengas jamás escritas. La escribió un inglés, tenía que ser, porque la historia tiene también ese perverso sentido del humor: para animar a España recurrí a Shakespeare. Tomé prestadas las palabras que Enrique V dirige a sus hombres antes de Agincourt y las llevé a un campo de fútbol. Aquella España terminó siendo campeona del mundo.
No sé si las palabras ayudan a meter goles. Sospecho que no. Tampoco creo que los jugadores necesiten hoy que este viejo labriego de la tecla les explique lo que tienen delante, porque ellos saben perfectamente que hay partidos que duran noventa minutos y partidos que duran toda una vida. Este será uno de los segundos. Dentro de muchos años apenas recordaremos algunos detalles de este domingo: habremos olvidado qué comimos, dónde aparcamos el coche o de qué demonios discutían nuestros políticos aquella semana, pero recordaremos dónde estábamos cuando España y Argentina salieron al campo para jugarse un Mundial, porque así funciona la memoria: no guarda los días, guarda los momentos.
Y esta noche puede ser uno de ellos. Así que habrá que volver a desempolvar el espíritu de aquella vieja arenga. «Quien hoy derrame su sudor por esta camiseta será nuestro hermano; quien corra hasta que las piernas no respondan, quien meta el pie cuando el cuerpo pida retirarlo, quien persiga un balón imposible y quien crea hasta el último segundo tendrá reservado su sitio en nuestra pequeña memoria colectiva. Los que hoy estemos lejos del césped lamentaremos no haber estado allí y quienes dentro de muchos años pregunten qué ocurrió este 19 de julio de 2026 escucharán nuestras historias convenientemente exageradas, porque para entonces cada uno recordará haber visto mejor el gol, haber gritado más fuerte y haber sabido desde el principio que aquello terminaría así».
Naturalmente, quiero que gane España. Quiero ganar, quiero celebrarlo y quiero poder escribir mañana que otra generación añadió una estrella a nuestra historia. Pero si los dioses del fútbol hubieran decidido otra cosa, que sean los hermanos argentinos quienes levanten la Copa. Dolerá, por supuesto. Uno puede querer mucho a un hermano y seguir sin tener ninguna intención de dejarle ganar al mus. Pero será diferente, porque hay derrotas frente a adversarios y derrotas frente a la familia.
Esta noche, sin embargo, dejemos el sentimentalismo para después. Ahora toca jugar, ahora toca sufrir y ahora toca creer. Hace dieciséis años escribí aquello de a por ellos y, dieciséis años después, no encuentro una forma mejor de decirlo.
A por ellos.
A por Argentina.
A por la Copa.
Y que mañana tengamos que buscar otra vez palabras para explicar algo que, en realidad, solo puede explicarse levantando los brazos y gritando hasta quedarse sin voz.





















¡Lo conseguimos, compi! Con confianza, fe, unión de equipos, garra y pundonor. Orgullosa de haber vivido este momento histórico para España y recordando cómo habrían disfrutado nuestros padres si hubieran vivido este Mundial. Ojo con la afición, somos los mejores del mundo.
Siento una emoción tremenda al ver cómo este hecho ha unido y sacado a la calle a mogollón de gente.
¡Esto es España y así somos los españoles!
Y solo queda decir que la segunda estrella ya está en nuestra camiseta.
¡Qué grandes son nuestros futbolistas! Nos han hecho disfrutar, emocionarnos y sentirnos orgullosos. Ahora, a celebrar esta segunda estrella… y dentro de cuatro años, ¡a por la tercera! ⭐️⭐️