Ayer escribía, antes de que comenzara todo, que quería que España ganase, naturalmente, aunque, puestos a perder, prefería hacerlo frente a nuestros hermanos argentinos. Lo contaba en A por ellos, otra vez: España, Argentina y una final entre hermanos. Decía también que esperaba poder sentarme esta mañana ante el teclado para contar que otra generación había añadido una segunda estrella a nuestra historia. Pues bien, aquí estamos. España es campeona del Mundial 2026 y, qué demonios, hay días en los que conviene dejarse de falsa modestia, sacar pecho, abrir las ventanas y decirlo un poco más alto: somos campeones del mundo. Otra vez.

La selección española derrotó a Argentina por 1-0 en Nueva York/Nueva Jersey gracias al gol de Ferran Torres en la prórroga y conquistó así su segundo Mundial, dieciséis años después de aquel inolvidable gol de Iniesta en Johannesburgo. Anoche, mientras millones de españoles envejecíamos varios años frente al televisor y las uñas pasaban a convertirse en una especie en peligro de extinción, la selección española volvió a demostrar algo que llevamos demasiado tiempo olvidando fuera de los terrenos de juego: cuando un grupo de personas con talento acepta trabajar por un objetivo común, cuando cada uno entiende cuál es su papel, cuando el éxito del compañero no se contempla como una amenaza y cuando todos empujan en el mismo sentido, pueden suceder cosas extraordinarias. Incluso ganar un Mundial.

España campeona del mundo: mucho más que once grandes futbolistas

No voy a descubrir ahora las virtudes futbolísticas de esta selección española. Para eso están quienes entienden de sistemas, transiciones, bloques, presión alta y todas esas cosas que este viejo labriego de la tecla escucha con interés mientras sigue pensando, en su ignorancia futbolística, que al final buena parte de este negocio consiste en meter el balón una vez más que el contrario. Pero, más allá de la táctica, del gol de Ferran Torres y de todos esos detalles que alimentarán durante años las tertulias futboleras, hay algo que me interesa bastante más: cómo se construye un equipo campeón del mundo.

Sobre ello escribí ya en julio de 2024, después de que esta selección conquistara Europa, en un artículo titulado La Roja: lecciones de liderazgo y formación de equipos de alto rendimiento. Dos años después, buena parte de lo que entonces escribía tiene todavía más sentido, porque ganar una Eurocopa puede ser una aventura extraordinaria, pero conquistar después un Mundial demuestra que aquello no fue fruto de una buena racha, de la casualidad o de que los astros decidieran alinearse durante unas semanas. Debajo había algo construido. Algo sólido. Un equipo.

Y conviene recordarlo en estos tiempos nuestros, tan aficionados al liderazgo de cartón piedra, a los iluminados con perfil de LinkedIn, a los egos inflamados y a esos jefes que confunden mandar con liderar porque alguien cometió un día la imprudencia de ponerles un despacho un poco más grande que el de los demás. La selección española campeona del Mundial 2026 ha mostrado otra manera de construir un grupo de alto rendimiento, una forma basada en la confianza, el compromiso, la responsabilidad compartida y una idea que parece sencilla hasta que uno intenta llevarla a la práctica: el equipo está por encima de cualquiera de sus integrantes.

El liderazgo de Luis de la Fuente: ganar sin querer ser la estrella

Luis de la Fuente ha demostrado otra manera de ejercer el liderazgo, la del entrenador que entiende que el protagonista no debe ser él, la del que construye confianza, reparte responsabilidades, protege al grupo cuando vienen mal dadas y deja que sean sus jugadores quienes ocupen el centro del escenario cuando llegan las victorias. El seleccionador cerró el Mundial precisamente en su partido número 50 al frente de España, con uno de los mejores porcentajes de victorias de la historia de la selección y después de haber conducido al equipo a una etapa extraordinaria de éxitos.

Porque seguramente ahí esté uno de los secretos de esta España campeona del mundo. De la Fuente no parece necesitar recordarnos a cada minuto que él es el seleccionador, no compite con sus futbolistas por los titulares, no necesita convertirse en el personaje principal de la función y ha conseguido algo extraordinariamente difícil en cualquier organización: que personas enormemente talentosas acepten poner su talento al servicio del conjunto. Y eso, amigos míos, es liderazgo. El verdadero. No el de quien entra primero en la fotografía, sino el de quien consigue que todos quieran estar en ella.

Un equipo de alto rendimiento no consiste en reunir a los mejores individuos disponibles y esperar que ocurra un milagro. Eso funciona en los cromos y acaso en algún consejo de administración particularmente optimista, pero raramente funciona en la vida real. Un equipo se construye consiguiendo que sus integrantes confíen unos en otros, comprendan que dependen del compañero y acepten que el éxito colectivo exige algunas veces renunciar al brillo individual; hay que correr cuando otro pierde el balón, cubrir el espacio que ha dejado el compañero, aceptar el banquillo, salir cinco minutos y dejarse el alma, celebrar el gol de otro como si fuera propio y, sobre todo, comprender algo que algunos tardan una vida en aprender: nadie gana solo.

El secreto de España: talento al servicio del equipo

España tiene futbolistas extraordinarios y algunos están llamados a ocupar durante años las portadas y quizá los altares futbolísticos, pero este Mundial 2026 no lo ha ganado una estrella, ni siquiera un puñado de ellas. Lo ha ganado una constelación. Y las constelaciones tienen una curiosa particularidad: solo pueden verse cuando uno deja de mirar cada estrella por separado y contempla el conjunto.

Ahí está la verdadera grandeza de esta selección. Cada jugador parece saber qué debe hacer, qué puede aportar y qué necesita de los demás; hay futbolistas consagrados y jóvenes que juegan con el descaro de quien todavía no ha aprendido a tener miedo, hay talento, naturalmente, pero también disciplina, sacrificio, confianza y esa misteriosa química que convierte a un vestuario en algo más que una habitación llena de futbolistas. Todos reman y, lo que resulta bastante más difícil, todos parecen remar hacia el mismo puerto.

Parece una obviedad, pero basta echar un vistazo a nuestras empresas, instituciones y a nuestra política para comprobar lo excepcional que resulta encontrar personas capaces de remar en la misma dirección sin que alguna decida agujerear la barca porque considera que el capitán debería ser ella. Esta selección española ha entendido algo fundamental: se puede ser extraordinariamente bueno sin necesitar que el compañero sea malo, se puede destacar sin apagar a quien tienes al lado, se puede liderar sin humillar, se puede mandar sin gritar y se puede construir un grupo en el que las diferencias no sean un problema, sino precisamente la razón de su fortaleza.

Eso exige un entrenador, claro está, pero también algo bastante más difícil: un entrenador capaz de comprender que su verdadero trabajo consiste en conseguir que el equipo llegue un día a funcionar sin estar constantemente pendiente de él. El buen líder no crea seguidores obedientes, sino personas capaces de asumir responsabilidades; construye autonomía, genera confianza, marca un rumbo y consigue que, cuando llega la tormenta, nadie pregunte hacia dónde hay que remar porque todos conocen ya el destino.

Remar todos en la misma dirección para ganar un Mundial

Esta selección ha atravesado tormentas, como las atraviesan todos los equipos que quieren conquistar algo importante. Habrá habido dudas, críticas, decisiones difíciles, suplencias dolorosas y momentos en los que las cosas no salieron como estaba previsto, pero la diferencia entre los equipos mediocres y los grandes no consiste en evitar los problemas, sino en atravesarlos sin que cada contratiempo abra una guerra civil dentro del vestuario.

España llegó a la final del Mundial 2026 frente a la vigente campeona del mundo, resistió una batalla que se marchó hasta la prórroga y terminó derribando la resistencia argentina con el gol de Ferran Torres para conquistar el segundo Mundial de su historia. Fue el triunfo de la insistencia y de una selección que había construido su identidad alrededor del colectivo, hasta completar un torneo extraordinario en el que apenas concedió un gol.

Después vendrán los análisis, las estadísticas y esa inevitable legión de personas que explicarán con absoluta certeza por qué ocurrió todo exactamente como ellos habían previsto, pero anoche, cuando llegó la hora de la verdad, hubo un grupo que siguió creyendo, siguió corriendo y continuó remando hasta encontrar la orilla.

Y ganó.

Ayer escribía que hay partidos que duran noventa minutos y otros que duran toda una vida. Este será de los segundos. Dentro de muchos años olvidaremos seguramente qué reunión teníamos hoy, qué nos preocupaba esta semana o cuál era el último escándalo político con el que andábamos entretenidos, pero muchos recordaremos dónde vimos la final del Mundial 2026, con quién estábamos y cómo gritamos cuando Ferran Torres mandó aquella pelota a la red y empezamos a comprender que la segunda estrella podía ser nuestra. Así funciona la memoria: no guarda calendarios ni hojas de Excel, sino emociones.

España celebra su segundo Mundial: hoy toca disfrutar

Y hoy España se ha despertado con una de esas emociones que cuesta explicar sin recurrir a lugares comunes. Las calles todavía conservan los restos de una noche larga, las gargantas están rotas, las banderas siguen colgadas en balcones y ventanas y el día promete nuevas celebraciones, porque hoy toca recibir a los campeones, volver a cantar, volver a abrazarnos y disfrutar de uno de esos raros momentos en los que este país nuestro, tan extraordinariamente dotado para discutir consigo mismo, recuerda que también sabe celebrar unido.

Ya tendremos mañana tiempo para regresar a nuestras trincheras. Hoy no. Hoy toca felicitar a los jugadores, al cuerpo técnico, a Luis de la Fuente y a todos los que han trabajado lejos de las cámaras para construir esta selección campeona del mundo. Y también, por qué no, felicitarnos un poco a nosotros mismos, porque anoche millones de personas sufrimos juntas, gritamos juntas y terminamos celebrando juntas.

Hace dos años escribía que La Roja ofrecía extraordinarias lecciones de liderazgo y formación de equipos de alto rendimiento. Hoy habría que añadir una última página a aquel manual: cuando el talento encuentra un propósito común, cuando el ego acepta ponerse al servicio del grupo y cuando todos reman en la misma dirección, hasta los sueños que parecían demasiado grandes terminan apareciendo en el horizonte.

España ya tiene dos estrellas. La primera siempre será aquella de Iniesta, la noche de Johannesburgo y el verano en el que descubrimos cómo se sentía un país cuando era campeón del mundo. La segunda pertenece a estos muchachos, a esta selección, a esta generación y también a un entrenador que entendió que, para liderar a grandes jugadores, no hacía falta caminar siempre delante de ellos, sino conseguir que todos quisieran caminar juntos.

Así se construyen los grandes equipos, así se ejerce el verdadero liderazgo y así se escriben las grandes historias. Dieciséis años después de Sudáfrica 2010, España volvió a conquistar el mundo.

Ayer gritábamos aquello de «A por ellos».

Hoy podemos decirlo mucho más sencillo.

La segunda ya es nuestra.

Enhorabuena, campeones.

Enhorabuena, España.

Y que siga la fiesta.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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