Unas gafas que no se limitan a mirar
Hace unos días me detuve ante un expositor de gafas inteligentes. Había distintos modelos, monturas más o menos clásicas, generaciones nuevas y anteriores, y precios que comenzaban alrededor de los 250 euros para ir subiendo con la misma alegría con la que sube todo aquello que incorpora una aplicación, una batería y la palabra inteligencia. A simple vista parecían unas Ray-Ban normales, quizá algo más gruesas en las patillas, pero suficientemente discretas como para que nadie sospechara que detrás de aquellos cristales podía haber una cámara, varios micrófonos y un ciudadano dispuesto a inmortalizar el mundo aunque el mundo no le hubiera pedido semejante favor.
Las llaman Ray-Ban Meta y pertenecen a esa familia de cacharros que ahora denominamos wearables, anglicismo utilizado para definir la tecnología que se lleva puesta y que, traducido al castellano práctico, significa que ya no basta con cargar con un teléfono, un reloj y unos auriculares: ahora también podemos llevar el dispositivo de grabación incorporado a la cara. Válgame San Válgame.
Estas gafas pueden tomar fotografías, grabar vídeos con sonido, reproducir música, realizar llamadas, enviar mensajes y atender órdenes de voz. También permiten conversar con Meta AI y formular preguntas sobre aquello que el usuario está contemplando. Uno puede mirar un edificio, un cartel, un monumento o quizá un plato de calamares y pedir a la inteligencia artificial que le explique qué tiene delante, porque hemos llegado a un punto de progreso en el que mirar, leer y pensar por nuestra cuenta comienza a considerarse una pérdida de tiempo. Los modelos actuales incorporan una cámara de 12 megapíxeles y pueden grabar vídeos desde el punto de vista del usuario, en resolución 1080p o 3K según el modelo.
La idea es sencilla y tecnológicamente brillante: hacer todo lo que ya hacíamos con el teléfono sin necesidad de sacarlo del bolsillo. Basta con pulsar un botón situado en la montura o pronunciar una orden de voz. La persona continúa mirando con aparente naturalidad mientras las gafas fotografían o graban lo que tiene delante. No hay teléfono levantado, brazo extendido ni postura de reportero improvisado. Solo un individuo con gafas observándonos fijamente, situación que hasta hace poco podía significar interés, despiste o mala educación y que ahora también puede significar que estamos protagonizando un vídeo que veremos aparecer esa misma tarde en una red social.
Meta ha incorporado una pequeña luz blanca en la parte frontal para advertir de que la cámara está funcionando. Según la compañía, si el usuario cubre ese indicador, las gafas pueden impedir la captura y pedirle que lo deje visible. La propia Meta recomienda apagarlas en espacios sensibles, como consultas médicas, vestuarios, baños, colegios o lugares de culto.
Todo muy tranquilizador. Especialmente porque nuestra intimidad queda ahora protegida por un diminuto punto luminoso que debemos reconocer a cierta distancia, a pleno sol y antes de que la grabación haya terminado. Una solución formidable: ante una cámara difícil de identificar, una lucecita que tampoco resulta especialmente fácil de identificar.
La comodidad del que graba y la incertidumbre del que pasa por allí
No cabe negar que estas gafas pueden resultar útiles. Permiten registrar una ruta, una actividad deportiva o un trabajo manual; mostrar durante una videollamada exactamente lo que tenemos delante; escuchar indicaciones sin apartar la vista; traducir textos y ayudar a personas con determinadas dificultades visuales. La tecnología no es, en sí misma, el enemigo. Un martillo sirve para colgar un cuadro y también para romper una ventana. El problema comienza cuando observamos quién sostiene el martillo y recordamos que vivimos en una sociedad que lleva años sacando el teléfono ante cualquier accidente, pelea, caída o desgracia antes de preguntarse si quizá convendría echar una mano.
Porque somos así. Vemos humo y grabamos. Vemos a alguien tropezar y grabamos. Vemos un coche accidentado, una persona herida o un vecino discutiendo en zapatillas y enseguida sentimos la vocación documental de los grandes corresponsales de guerra. No para informar a la humanidad, naturalmente, sino para enviarlo al grupo de WhatsApp, obtener unas cuantas reacciones o alimentar ese molino insaciable que llamamos redes sociales.
Hasta ahora, al menos, sacar el teléfono constituía una advertencia. Uno veía el aparato, comprendía que estaba siendo grabado y podía apartarse, protestar o dedicar al camarógrafo alguna observación poco compatible con la vida contemplativa. Con estas gafas desaparece buena parte de esa fricción. El usuario puede grabar mientras mantiene las manos en los bolsillos, toma café o finge escuchar una conversación. Quien está enfrente no sabe si aquel fulano mira, graba, escucha música, atiende una llamada o consulta con la inteligencia artificial si el ser humano ha perdido definitivamente el sentido del ridículo.
Esa incertidumbre no es un detalle menor. El propietario de las gafas sabe cuándo está grabando; los demás solo podemos sospecharlo. La cámara queda integrada en un objeto cuya función natural consiste precisamente en apuntar hacia aquello que miramos. Ya no es necesario dirigir el dispositivo hacia una persona, porque basta con volver la cabeza.
La cámara se ha convertido en mirada y la mirada en archivo.
San Fermín, los toros y el creador de contenido
La mejor demostración de hasta dónde puede llegar esta fiebre tecnológica se produjo durante los Sanfermines de 2026. En los primeros días de las fiestas, la Policía Municipal de Pamplona requisó 54 gafas con capacidad de grabación a personas que pretendían llevarlas dentro del recorrido del encierro. Otros años, según explicó el Ayuntamiento, los agentes encontraban sobre todo teléfonos móviles; esta vez los dispositivos se habían vuelto más sofisticados y difíciles de detectar. Cincuenta y cuatro pares de gafas.
No hablamos de alguien paseando por la Estafeta o grabando desde un balcón, sino de individuos dispuestos a correr delante de toros de más de quinientos kilos con una cámara instalada entre los ojos. Porque, al parecer, ser perseguido por una manada de animales con cuernos ya no proporciona una experiencia suficientemente intensa. Es necesario grabarla, publicarla y añadirle después una música épica para que el algoritmo comprenda que uno estuvo allí.
La Ordenanza del Encierro prohíbe utilizar cualquier medio grabador de imagen o sonido dentro del recorrido o de los vallados reservados sin autorización. No necesita mencionar marcas ni modelos. Si el artefacto graba, está prohibido. Las gafas fueron retiradas por incumplir esa norma y, sobre todo, porque el encierro exige que los corredores presten atención a los toros, a los pastores, a las caídas y a quienes corren a su alrededor, no a conseguir el plano más espectacular de su futura hazaña digital.
Habrá quien argumente que las gafas dejan las manos libres y que, por tanto, resultan menos peligrosas que un teléfono. Es cierto: permiten correr sin sostener nada. Pero liberar las manos no libera necesariamente el cerebro. Quien entra pensando en grabar puede buscar una posición más arriesgada, girar la cabeza, detenerse donde no debe o permanecer más tiempo delante de los animales para conseguir unas imágenes mejores. Las gafas eliminan el teléfono de la mano, pero no eliminan la estupidez del portador, que suele ser el componente tecnológico más difícil de actualizar.
La escena tiene algo profundamente representativo de nuestra época. El toro corriendo, el mozo tratando de no morir y, entre ambos, la industria del contenido reclamando un primer plano. Ni siquiera frente a seis astados somos capaces de dejar de producir material para Instagram.
Pamplona había terminado por enfrentarse a un problema que resume perfectamente la naturaleza de estos dispositivos: se han diseñado cámaras tan discretas que ahora hacen falta agentes atentos a distinguir quién lleva unas gafas para ver y quién lleva unas gafas para grabar.
¿Puede cualquiera grabarnos por la calle?
En España no existe un derecho ilimitado a grabar y publicar la imagen o la voz de cualquier persona por el mero hecho de que se encuentre en un espacio público. La imagen de una persona identificada o identificable puede constituir un dato personal, pero la aplicación del Reglamento General de Protección de Datos depende del contexto, la finalidad y el uso que se haga de la grabación.
El RGPD excluye, con carácter general, los tratamientos realizados por una persona física en el ejercicio de actividades exclusivamente personales o domésticas. Por eso una fotografía familiar, un vídeo de vacaciones o una grabación destinada al ámbito estrictamente privado no reciben necesariamente el mismo tratamiento jurídico que una captación profesional, sistemática o difundida públicamente. La frontera, sin embargo, deja de ser tan cómoda cuando las imágenes se publican en internet, llegan a una audiencia indeterminada o afectan de forma relevante a terceras personas. La Agencia Española de Protección de Datos recuerda, además, que grabar una imagen no autoriza automáticamente a difundirla de forma abierta.
Junto a la normativa de protección de datos está el derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen, protegido por el artículo 18 de la Constitución y desarrollado por la Ley Orgánica 1/1982. Esta ley protege a las personas frente a determinadas captaciones, reproducciones o publicaciones no consentidas de su imagen, aunque también contempla excepciones relacionadas con el interés público, la información y la aparición meramente accesoria en acontecimientos públicos.
Dicho de manera menos jurídica: que uno aparezca al fondo de una panorámica de la plaza Mayor no es lo mismo que ser grabado de cerca, identificado, convertido en protagonista y publicado después con comentarios, burlas o información sobre dónde estaba y qué estaba haciendo. Tampoco es igual conservar una grabación en el teléfono que lanzarla a una red social para que circule fuera de todo control.
Estar en la calle no convierte a nadie en figurante gratuito de la película de otro.
La voz plantea problemas añadidos. Grabar una conversación propia, en la que participa quien realiza la grabación, no equivale a instalarse junto a una mesa para registrar deliberadamente conversaciones ajenas. Y aunque una grabación pueda haberse obtenido lícitamente, su utilización posterior, su difusión o la revelación de contenidos íntimos pueden vulnerar derechos y generar responsabilidades.
Las gafas no suspenden la legislación. Tampoco conceden a su propietario una especie de licencia cinematográfica universal. Que el dispositivo permita grabar discretamente no significa que todo lo grabado pueda conservarse, utilizarse o publicarse sin límite.
La privacidad reducida a una recomendación de buena conducta
Meta pide a sus usuarios que sean respetuosos, que expliquen a los demás cómo funciona la luz indicadora y que apaguen las gafas en lugares sensibles. La recomendación resulta sensata. También revela el problema: buena parte de la protección de quienes nos rodean depende de la educación, la prudencia y el sentido común de la persona que lleva el aparato. Y ahí es donde uno empieza a inquietarse.
Durante los últimos años hemos comprobado que el sentido común es un recurso natural escaso, mal distribuido y difícilmente renovable. Entregar millones de cámaras discretas y confiar en que todos sus propietarios se comportarán correctamente es un acto de fe comparable a dejar una bandeja de pasteles en una guardería y pedir a los niños que reflexionen sobre la moderación.
La empresa fabrica unas gafas capaces de grabar mediante una orden de voz, integradas en una montura reconocible y socialmente aceptada, y después coloca una luz frontal y recomienda utilizarlas con responsabilidad. Es el sistema habitual de nuestra época: se crea una tecnología que facilita al máximo una conducta y se descarga sobre el usuario la obligación moral de no abusar de ella.
El que graba obtiene comodidad. Quien es grabado recibe una lucecita. No parece un reparto especialmente equilibrado.
El último reducto de la discreción
Confieso que las Ray-Ban Meta despiertan curiosidad. El diseño es atractivo, la tecnología está bien integrada y algunas funciones pueden resultar verdaderamente útiles. No estamos ante un juguete absurdo ni ante una extravagancia destinada únicamente a quienes hacen cola durante la noche para comprar objetos que seis meses después consideran anticuados. Pero una cosa es admirar el invento y otra aceptar sin preguntas la clase de sociedad que contribuye a construir.
Llevamos cámaras en los portales, en los comercios, en los vehículos, en las calles y en los teléfonos. Ahora empezamos a llevarlas también en la cara. La grabación deja de ser un acto visible y deliberado para convertirse en una posibilidad permanente, silenciosa y cotidiana. El desconocido que tenemos delante puede no estar haciendo nada, desde luego, pero también puede estar registrando nuestra conversación, nuestra expresión o ese momento poco glorioso en que intentamos abrir una bolsa de plástico mientras fingimos conservar cierta dignidad.
Quizá no grabe.
Quizá escuche música.
Quizá esté hablando con alguien.
Quizá pregunte a Meta AI dónde se encuentra la parada del autobús que tiene delante.
O quizá dentro de diez minutos aparezcamos en internet, acompañados por una canción insoportable, un texto escrito con faltas de ortografía y la mirada satisfecha de alguien que confunde disponer de una cámara con tener derecho a utilizarla.
Nos dijeron que los wearables servirían para integrarnos mejor con el entorno. Puede ser. Pero también están convirtiendo el entorno, incluidas las personas que lo habitan, en una fuente continua de imágenes, sonidos y datos.
Un día descubriremos que la única manera de no ser grabados consiste en no salir de casa. Y ni siquiera entonces convendrá confiarse demasiado. El vecino puede tener unas Ray-Ban Meta.




















