Uno llega a una edad en la que empieza a sospechar que el verdadero signo de los tiempos no consiste en que ocurran cosas extraordinarias, sino en que ya casi ninguna consiga parecérnoslo. Hace unos años, no tantos como quizá nos gustaría pensar, determinadas noticias habrían levantado un escándalo de dimensiones bíblicas, con portadas, dimisiones, comisiones de investigación y media sociedad llevándose las manos a la cabeza. Hoy, en cambio, uno las lee mientras desayuna, arquea ligeramente una ceja, moja una tostada en el café y sigue adelante, porque bastante tiene ya cada cual con llegar vivo al viernes. Debe de ser eso que llamamos progreso.
La última viene de Trump Media, la empresa propietaria de Truth Social, que ha anunciado Truth API, un servicio destinado, entre otros clientes, a operadores financieros capaces de procesar información a una velocidad que convierte al ser humano corriente en una criatura del Paleolítico. La idea, expresada en el lenguaje inofensivo y aséptico de la tecnología moderna, consiste en ofrecer acceso ultrarrápido a las publicaciones más relevantes de la plataforma, incluidas las de Donald Trump, presidente de Estados Unidos, propietario de una capacidad considerable para alterar la agenda política mundial y hombre cuyas palabras pueden hacer que en los mercados financieros cambien de manos miles de millones de dólares en cuestión de milisegundos.
Dicho así, con las palabras adecuadas (API, baja latencia, datos institucionales, acceso en tiempo real), todo parece razonable, incluso aburrido. Una innovación tecnológica más en ese océano de innovaciones destinadas, según nos cuentan, a hacer el mundo más rápido, eficiente y maravilloso. Pero si apartamos durante un momento el envoltorio de celofán y llamamos a las cosas por su nombre, el asunto adquiere otro aspecto: el presidente de Estados Unidos utiliza una red social vinculada económicamente a su entorno para realizar comunicaciones capaces de influir en los mercados, y esa misma empresa pretende cobrar a determinados operadores financieros por recibir y procesar esas publicaciones más rápido que el común de los mortales.
Conviene aclarar algo antes de que alguien empiece a cargar el trabuco. No estamos hablando, al menos con lo que sabemos, de que un financiero de Manhattan reciba en secreto las decisiones de Trump cinco minutos antes de que este pulse el botón de publicar. No se trata de un señor con gabardina pasando un sobre debajo de la mesa de un restaurante poco iluminado. La información, una vez publicada, será pública. La diferencia está en la velocidad, y cualquiera que conozca mínimamente el funcionamiento de los mercados automatizados sabe que allí la velocidad no es un detalle pintoresco. En determinados entornos financieros, unos pocos milisegundos pueden separar al que compra del que llega tarde, al que gana del que contempla cómo otro se lleva el dinero. No vivimos ya en un mundo donde uno leía tranquilamente el periódico, ajusta sus gafas y llama a su agente de bolsa. Ahora las máquinas leen antes que nosotros, deciden antes que nosotros y compran y venden mientras nosotros todavía intentamos recordar dónde dejamos las gafas.
Y aquí, naturalmente, aparece esa vieja conocida a la que cada vez invitamos menos a nuestras reuniones: la ética.
Puede que todo sea legal. Incluso es muy posible que lo sea. Siempre aparece un abogado competente capaz de explicar que la legislación vigente permite esto, aquello y lo de más allá, y seguramente tendrá razón. Las leyes son importantes, faltaría más, aunque también conviene recordar que constituyen el suelo mínimo sobre el que una sociedad decide caminar sin acabar a mordiscos. El problema empieza cuando confundimos ese suelo con el techo y aceptamos que todo aquello que no esté expresamente prohibido merece automáticamente el certificado de conducta honorable.
Porque una cosa es preguntarse si algo puede hacerse y otra bastante diferente preguntarse si debería hacerse. Esa segunda pregunta, sin embargo, parece haberse quedado anticuada. Tiene algo de reloj de bolsillo, de carta escrita a mano, de palabra dada y de otras antiguallas que nuestros tiempos contemplan con la condescendencia reservada a las costumbres de los abuelos. Hoy las preguntas son otras: ¿funciona?, ¿escala?, ¿genera dinero?, ¿se puede monetizar? Y si la respuesta es afirmativa, adelante con los faroles, que para escrúpulos siempre habrá tiempo en la próxima versión del código de conducta corporativa.
Tal vez por eso la ventana de Overton se ha vuelto loca.
La famosa ventana sirve para explicar cómo determinadas ideas pasan de ser impensables a radicales, después aceptables, más tarde razonables y finalmente normales. El problema es que uno tiene la impresión de que el mecanismo ha sufrido alguna avería y ahora funciona con un motor de Fórmula 1. Ya no vemos cómo la ventana se desplaza lentamente. La vemos correr por la pared mientras nosotros trotamos detrás intentando recordar en qué momento comenzamos a considerar normales cosas que hace veinte años nos habrían parecido una caricatura de una novela distópica.
La política se mezcla con los negocios, los negocios con las redes sociales, las redes sociales con los mercados financieros y los mercados financieros con algoritmos capaces de reaccionar antes de que usted y yo terminemos de leer una frase. El hombre más poderoso del planeta escribe unas palabras desde un teléfono; esas palabras viajan por una plataforma privada relacionada con sus intereses económicos; unas máquinas especialmente preparadas las reciben, las interpretan y actúan en milisegundos; y nosotros contemplamos el espectáculo mientras algún experto explica en televisión que se trata simplemente de innovación tecnológica.
Y seguramente lo sea. También una ametralladora fue una notable innovación tecnológica.
La ética, entretanto, se fue de vacaciones hace ya bastantes años y no parece tener intención de regresar. Tal vez esté tumbada en alguna playa del Caribe, sin cobertura y con el teléfono apagado, que es exactamente lo que haría cualquier persona sensata después de observar durante un rato el mundo que hemos construido. De vez en cuando alguien pregunta por ella en un congreso, una universidad o una comisión parlamentaria, pero enseguida llega el café, se reparten unas carpetas sostenibles y todos vuelven a sus asuntos.
Nos hemos acostumbrado a que quienes toman decisiones públicas mantengan intereses privados. Nos hemos acostumbrado a las puertas giratorias, a empresarios que se convierten en gobernantes y gobernantes que terminan en consejos de administración, a plataformas privadas convertidas en plazas públicas, a multimillonarios que controlan las infraestructuras por las que circula buena parte de la conversación política y a políticos que acumulan audiencias mayores que muchos medios de comunicación. Nos hemos acostumbrado a convertir nuestra intimidad en datos, los datos en perfiles, los perfiles en publicidad y la publicidad en dinero. La siguiente estación era casi inevitable: convertir también la palabra presidencial en un producto susceptible de ofrecer diferentes velocidades de acceso.
La monetización definitiva de la política. Hay que reconocer que tiene cierta grandeza.
Antes, un presidente comparecía ante los periodistas, pronunciaba unas palabras y estos preguntaban, contrastaban, interpretaban y transmitían la información al público. El sistema tenía muchos defectos, naturalmente, y tampoco conviene ponerse ahora nostálgicos de un pasado que nunca fue tan limpio como lo recordamos. Pero había intermediarios, preguntas incómodas y un cierto ritual institucional. Ahora el presidente puede publicar directamente desde su propia red social, y al otro lado puede haber algoritmos preparados para analizar sus palabras y colocar órdenes de compra o venta antes de que el ciudadano corriente haya recibido siquiera una notificación en el teléfono.
Hemos ganado velocidad. Sobre eso no hay discusión. Lo que no tengo tan claro es todo lo demás.
Una de las grandes habilidades de nuestro tiempo consiste precisamente en encontrar palabras suficientemente modernas para que las viejas cuestiones morales parezcan problemas técnicos. Si alguien dijera que una empresa vinculada económicamente a la familia del presidente de Estados Unidos va a vender a grandes operadores financieros una vía de acceso privilegiadamente rápida a las comunicaciones de ese mismo presidente, quizá algún despistado todavía levantaría una ceja. Pero si hablamos de Truth API, servicios institucionales de datos, integración automatizada y feeds de baja latencia, entonces todo adquiere ese brillo tranquilizador de las presentaciones de PowerPoint donde las flechas siempre apuntan hacia arriba.
Ese quizá sea el verdadero asunto. No Donald Trump, aunque su capacidad para colocar un espejo delante de las contradicciones de nuestra época resulte difícil de igualar. Trump es protagonista, pero también síntoma. El problema es una sociedad que ha decidido que prácticamente todo puede convertirse en mercancía siempre que encontremos una tecnología adecuada, un contrato bien redactado y un departamento de marketing capaz de ponerle un nombre atractivo.
Nuestra atención tiene precio. Nuestros datos tienen precio. Nuestra intimidad tiene precio. Nuestras opiniones, nuestros hábitos, nuestras relaciones y nuestros temores tienen precio. Y ahora también puede tenerlo la velocidad con la que determinados actores reciben las palabras de un presidente.
Lo verdaderamente inquietante no es que ocurra. Es que ya no nos sorprenda.
Uno lee la noticia, levanta la vista de la pantalla, se sirve otro café y sigue con su vida. Al fin y al cabo, hemos visto tantas cosas que desarrollar capacidad de asombro empieza a parecer una forma de ingenuidad. La ventana de Overton lleva tanto tiempo corriendo de un lado para otro que quizá ya no sepamos dónde estaba la pared, y la ética, por su parte, continúa de vacaciones sin dejar dirección conocida.
Mientras vuelve, siempre podremos consolarnos con la frase que resume buena parte de nuestro tiempo: tranquilos, seguramente es legal.
Y así nos va.


















