Tinto de Verano es una serie de post ligeros para leer con calor, sin corbata y con hielo. Temas serios, cotidianos o simplemente veraniegos, tratados con una sonrisa, algo de socarronería y la sana intención de no derretirse del todo.

La Unión Europea anda buscando cara nueva para sus billetes. Se ve que los actuales, con aquellos puentes que no existen y no conducen a ninguna parte —metáfora europea bastante más precisa de lo que seguramente pretendieron sus diseñadores—, ya no transmiten la emoción necesaria. Ahora podemos acabar llevando en la cartera a Beethoven, Marie Curie, Cervantes, Leonardo da Vinci o una colección de pájaros, ríos, cascadas y estuarios europeos. Todo muy cultural, muy ecológico y muy de folleto institucional impreso en papel reciclado.

En el billete de cincuenta podría aparecer Cervantes, probablemente para recordarnos que la economía europea tiene bastante de novela y que, puestos a luchar contra gigantes, mejor no preguntar si son molinos, fondos de inversión, agencias de calificación o comisarios armados con nuevas regulaciones.

La otra posibilidad es una cigüeña blanca sobrevolando un río. Puestos a elegir pájaro, yo preferiría la avutarda: animal de porte regio, andar solemne, carácter esquivo y siempre atento a cuanto se mueve a su alrededor, cualidades todas ellas muy recomendables cuando empiezan a hablarnos de monedas digitales, registros y privacidad.

Además, la avutarda es el animal que mejor representa a mi pueblo, Meco —el de España, no el de México—, donde todavía puede contemplarse en las estepas cerealistas con esa elegante prudencia de quien procura mantenerse lejos del ser humano y, sobre todo, de sus innovaciones tecnológicas. La cigüeña, por su parte, conserva cierta libertad de movimientos y todavía no necesita identificarse mediante una aplicación para desplazarse de un campanario a otro.

Nos invitan, por tanto, a contemplar retratos, aves, cascadas y paisajes mientras, en la trastienda, continúa avanzando el euro digital. No digo que una cosa se haya inventado para distraernos de la otra. Eso sería pensar mal, y pensar mal está muy feo, especialmente cuando se corre el riesgo de acertar.

El mensaje oficial es tranquilizador. El euro digital será cómodo, seguro, accesible y respetuoso con la privacidad. Podrá utilizarse en pagos electrónicos y se estudia una modalidad sin conexión que pretende aproximarse, en cuanto a confidencialidad, al uso del efectivo. Las instituciones europeas aseguran también que no será dinero programable: no caducará, no estará limitado a determinados establecimientos y nadie podrá decidir desde un despacho que solo sirve para comprar zanahorias, bicicletas eléctricas o productos con una determinada etiqueta energética.

Magnífico.

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Porque el problema no es únicamente lo que una tecnología vaya a hacer durante su presentación inaugural, con música ambiental, pantallas azules y una vicepresidenta hablando de inclusión, autonomía estratégica y resiliencia. El problema es lo que podrá hacerse con ella dentro de diez o quince años, cuando cambien las leyes, llegue una emergencia, aparezca una nueva amenaza o algún gobierno descubra que controlar determinadas operaciones resulta extraordinariamente útil para protegernos de nosotros mismos.

Hoy se afirma que el euro digital no será programable. Conviene creerlo, pero también entender la diferencia entre que una moneda no nazca programada y que la infraestructura sobre la que funciona no permita establecer automatismos, condiciones, límites y nuevas reglas en el futuro.

No es necesario imaginar un siniestro funcionario decidiendo si uno merece comprarse una botella de vino. Basta con pensar en pequeñas excepciones razonables: medidas temporales contra el fraude, controles extraordinarios durante una crisis, restricciones para combatir el blanqueo, límites para evitar movimientos de capital o mecanismos destinados a garantizar la estabilidad financiera.

Todo perfectamente explicado, jurídicamente justificado y pensado, por supuesto, por nuestro bien.

El efectivo tiene una característica incómoda para cualquier poder: es bastante torpe para vigilarlo. Un billete no manda notificaciones, no genera automáticamente un historial de consumo, no necesita batería, no instala actualizaciones y no pregunta por qué hemos comprado tres botellas de vino, dos barras de pan y un décimo de lotería.

Cambia de mano y guarda silencio, virtud que ya querrían muchos teléfonos móviles, algunas redes sociales y no pocos cuñaos.

El euro digital, en cambio, será necesariamente una infraestructura. Necesitará programas, dispositivos, sistemas de identificación, intermediarios, normas técnicas, controles de seguridad y algún tipo de registro, aunque se establezcan mecanismos para limitar quién puede acceder a los datos y cómo pueden utilizarse.

El Banco Central Europeo sostiene que no podrá identificar directamente a las personas a partir de sus pagos. Sin embargo, en las operaciones digitales ordinarias, los proveedores de servicios financieros tendrán que conocer a sus clientes y cumplir la legislación contra el blanqueo de capitales, la financiación del terrorismo y el fraude. El pago dejará de ser, por tanto, aquel pequeño acto anónimo consistente en entregar una moneda, recibir el cambio y seguir caminando.

No significa necesariamente que un oscuro burócrata de Bruselas vaya a estudiar cuánto gastamos en torreznos. Significa que existirá una infraestructura capaz de registrar, procesar y condicionar operaciones. Y cuando una capacidad técnica existe, la discusión ya no consiste únicamente en saber si se utilizará hoy, sino en determinar quién podrá utilizarla mañana, con qué autorización y bajo qué circunstancias.

Además, se contempla la posibilidad de establecer límites a la cantidad de euros digitales que cada ciudadano pueda mantener. La explicación oficial es evitar que el dinero abandone masivamente los depósitos bancarios y provoque problemas de estabilidad financiera. Puede tener lógica económica, pero resulta curioso que nos presenten como equivalente digital del efectivo una moneda cuya cantidad máxima podrá estar determinada de antemano.

Nadie limita los billetes que uno puede guardar en una caja de zapatos, salvo el tamaño de la caja, la paciencia del ahorrador y las preguntas que pueda hacer Hacienda si un día aparecen demasiados.

También conviene distinguir entre dinero programable y pagos programables. Las instituciones aseguran que el euro digital no podrá quedar restringido a determinados bienes, personas o fechas. Sin embargo, la tecnología sí podrá permitir operaciones automáticas, reservas de fondos o pagos que se ejecuten cuando se cumplan ciertas condiciones.

No es exactamente lo mismo, desde luego. Pero la frontera tranquiliza menos cuando uno sabe que las fronteras jurídicas y tecnológicas tienen la costumbre de desplazarse en tiempos de crisis.

Quizá todo salga bien. Quizá el euro digital termine siendo una herramienta útil, privada y segura, capaz de reducir nuestra dependencia de las grandes empresas estadounidenses que actualmente dominan buena parte de los pagos electrónicos. Europa necesita autonomía tecnológica y monetaria, y no parece muy sensato entregar todas nuestras compras, hábitos y movimientos a unas pocas plataformas extranjeras. Ese es uno de los argumentos más sólidos del proyecto y merece ser considerado.

Pero tampoco estaría de más conservar una saludable desconfianza. Las libertades rara vez desaparecen con una banda de música y un decreto que anuncie solemnemente su abolición. Se van erosionando mediante excepciones razonables, controles provisionales, medidas contra el fraude, procedimientos de seguridad y casillas que debemos marcar para continuar.

Mientras tanto, votaremos si preferimos a Cervantes o a una cigüeña en el billete de cincuenta.

Yo elegiría a Cervantes. Y, si admitieran propuestas locales, colocaría también una avutarda de Meco en algún rincón. Al menos, cuando llegue el euro digital y alguien asegure que será imposible vigilarlo, limitarlo o modificar sus reglas, podremos mirar el billete y recordar que también don Quijote contemplaba la realidad de una manera muy particular.

La avutarda, mientras tanto, seguirá observándonos desde lejos, con ese aire regio, desconfiado y prudente de quien sabe que cuando el ser humano anuncia una gran innovación conviene guardar las distancias.

Y, por si acaso, conservaré algunos billetes debajo del colchón, junto a las joyas —no tengo caja fuerte—.

No por un afán patrimonial.

No porque desconfíe.

Es por mejorar mi experiencia de usuario.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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