Una molondra, un tinto de verano y demasiadas preguntas
No sé si será el calor, la edad o esa querencia mía por hacerme preguntas cuando lo verdaderamente sensato sería echar la persiana, buscar una sombra y esperar a septiembre, pero hoy me ha venido a la cabeza aquello de «solo sé que no sé nada», frase que solemos colocar en boca de Sócrates aunque probablemente el pobre hombre jamás la pronunciara exactamente así y que, sin embargo, resume bastante bien una de esas pequeñas tragedias que acompañan al conocimiento: cuanto más aprende uno, más grande se vuelve el territorio de aquello que ignora. Lo malo es que yo tardé bastante tiempo en descubrirlo. Cuando era más joven sabía muchas más cosas que ahora; tenía opiniones firmes, respuestas rápidas y esa maravillosa seguridad que proporciona no haber profundizado demasiado en casi nada. Con los años he ido empeorando. Ahora necesito matices, me asaltan las dudas, desconfío de las explicaciones demasiado sencillas y tengo la desagradable costumbre de preguntarme qué habrá detrás de aquello que parece evidente. Un desastre, vamos.
Porque este labriego de la tecla ha pasado buena parte de su vida sembrando preguntas para recoger dudas. Uno empieza leyendo sobre tecnología y termina preguntándose por la economía; tira del hilo de la economía y aparece la energía; escarba un poco en la energía y, como no podía ser de otra manera, asoma la geología; detrás vienen el clima, la demografía, las migraciones, la política, la geopolítica, la psicología, la inteligencia artificial y vaya usted a saber cuántas disciplinas más, hasta que llega un momento en que uno contempla el montón de libros, artículos, informes y pestañas abiertas en el navegador y alcanza una conclusión científica de extraordinaria precisión: soy bastante más zoquete de lo que pensaba. Lo verdaderamente inquietante es que seguramente mañana, si tengo la fortuna de aprender algo nuevo, descubriré que lo soy todavía más.
Y quizá sea esa una de las mayores paradojas del conocimiento. Cuando sabemos poco, nuestra ignorancia también nos parece pequeña porque desconocemos incluso la existencia de aquello que ignoramos. Vivimos felices en una pequeña isla y creemos conocer el mundo porque conocemos cuatro cocoteros, dos playas y una cabra. Después comenzamos a explorar, nuestra isla del conocimiento crece y sucede algo inesperado: aumenta también la costa que limita con el océano de lo desconocido. Cuanto mayor es la superficie de aquello que sabemos, mayor resulta la frontera desde la que podemos contemplar todo lo que todavía no sabemos. Y allí aparece ante nosotros, inmenso, oscuro y fascinante, ese océano inabarcable de la ignorancia que tiene la mala educación de recordarnos nuestra verdadera dimensión.
La extraordinaria felicidad de no tener ni idea
Hay, sin embargo, una situación mucho más confortable: no saber y, sobre todo, no saber que no se sabe. Esa debe de proporcionar una paz interior extraordinaria. El mundo se vuelve sencillo, manejable y maravillosamente pequeño; para cada problema existe una causa, para cada causa un culpable y para cada pregunta una respuesta que cabe perfectamente en un tuit, un vídeo de treinta segundos o una conversación de barra de bar. No hacen falta matices porque los matices son un coñazo, ni contexto porque ocupa demasiado espacio, ni fuentes porque alguien ya habrá puesto un gráfico de colores por ahí. Basta con tener opinión y, preferiblemente, expresarla con enorme seguridad, porque vivimos tiempos en los que la contundencia suele confundirse con el conocimiento.
No descubro nada nuevo. La psicología lleva tiempo estudiando esa curiosa tendencia humana por la que quienes poseen menos conocimientos sobre un asunto pueden sobreestimar precisamente su competencia para juzgarlo. Pero tampoco hace falta conocer el nombre de ningún efecto psicológico para observarlo cualquier mañana mientras uno desayuna. Basta abrir las redes sociales. Allí encontrará usted especialistas instantáneos en conflictos internacionales, epidemiología, incendios forestales, inteligencia artificial, energía nuclear, economía, cambio climático, terremotos, educación y política monetaria, frecuentemente reunidos en una misma persona que hasta ayer dedicaba su conocimiento enciclopédico a explicar por qué el seleccionador nacional no tiene ni puñetera idea de fútbol.
Y no se ría demasiado, querido lector, porque usted y yo también caemos en ello. Yo, al menos, me descubro haciéndolo con una frecuencia bastante poco decorosa. Emitimos opiniones sobre asuntos que apenas conocemos, confundimos haber leído tres artículos con dominar una materia, tomamos información por conocimiento y conocimiento por sabiduría, y después nos quedamos tan anchos. La diferencia quizá no esté en evitar completamente esa estupidez —empresa que considero fuera del alcance de este escribidor—, sino en conservar algún mecanismo interior que de vez en cuando levante la mano y pregunte: «¿Seguro que sabes de qué estás hablando?». Es una pregunta bastante antipática. Precisamente por eso conviene hacerla.
Una sociedad con muchas respuestas y pocas preguntas
Lo que sí me preocupa algo más, mientras sigo removiendo este imaginario tinto de verano, es que hemos construido una sociedad extraordinariamente eficaz para proporcionarnos respuestas y bastante menos interesada en enseñarnos a formular preguntas. Tenemos más información disponible que cualquier ser humano de cualquier época anterior y, paradójicamente, cada vez disponemos de menos tiempo para detenernos ante ella. Todo compite por nuestra atención: el titular, la notificación, el vídeo, la polémica, el mensaje, la indignación del día, el famoso que dijo aquello, el político que respondió lo otro y el algoritmo que ya ha decidido qué será lo siguiente que debemos mirar. No hace falta prohibir los libros cuando puedes conseguir que nadie tenga tiempo ni paciencia para leerlos.
Ahí está, a mi juicio, una de las formas más refinadas del aborregamiento contemporáneo. No consiste necesariamente en ocultarnos información, sino en sepultarnos bajo tal cantidad de ella que perdamos la curiosidad necesaria para comprenderla. Nos quieren mirando, reaccionando, compartiendo, comprando, votando, indignándonos o aplaudiendo; pensar ya es otro asunto. Pensar requiere tiempo, silencio y una actividad hoy casi revolucionaria: hacerse preguntas. ¿Por qué? ¿Quién lo dice? ¿De dónde procede ese dato? ¿Qué intereses existen detrás? ¿Qué parte de la historia me falta? ¿Qué ocurriría si estuviera equivocado? ¿Y si el asunto fuera bastante más complejo de lo que me están contando?
Una persona que pregunta resulta incómoda. Lo ha sido siempre. Lo es para el poder político, para el económico, para el religioso, para una empresa, para un medio de comunicación y hasta para la sobremesa familiar cuando alguien tiene la ocurrencia de preguntar de dónde ha salido esa noticia que el cuñao acaba de presentar como palabra revelada. La curiosidad tiene esa desagradable costumbre de levantar alfombras, abrir cajones y mirar detrás del decorado. Por eso quizá una sociedad verdaderamente libre no debería preocuparse solamente de que sus ciudadanos tengan acceso a información, sino de que conserven intactas las ganas de preguntar, contrastar, dudar y cambiar de opinión.
Porque hundir la curiosidad es mucho más eficaz que imponer silencio. Al que callan quizá todavía le queden preguntas; al que han conseguido que deje de hacérselas ya no hace falta vigilarlo.
Cuanto más aprendo, menos sé
Y aquí regreso a mi pequeña parcela, azada en mano y teclado delante, porque tampoco quiero arreglar el mundo antes de terminarme el tinto. La curiosidad me viene de antiguo y no creo que tenga ya remedio. Me gusta saber cómo funcionan las cosas, por qué suceden, qué relación existe entre acontecimientos aparentemente desconectados y qué demonios hay detrás de aquello que damos por sentado. Un incendio en España puede llevarme hasta el clima, el abandono rural, la política forestal y la economía; un estrecho perdido en un mapa conduce a rutas comerciales, petróleo, ejércitos y precios; una inteligencia artificial abre preguntas sobre empleo, educación, privacidad, poder, conocimiento y hasta sobre qué significa realmente pensar. Y así anda uno, saltando de piedra en piedra, convencido de que se acerca a alguna parte para descubrir que el horizonte se aleja exactamente a la misma velocidad.
Antes eso me molestaba. Ahora casi me reconforta. He terminado comprendiendo que no saber no es el problema; el problema es perder las ganas de saber. La ignorancia es nuestro estado natural y probablemente también nuestro destino. Podemos arañar una minúscula superficie del conocimiento humano, especializarnos en algunas cosas, curiosear muchas otras y llegar al final de nuestros días habiendo comprendido apenas una fracción ridícula de cuanto existe. Pero entre el que ignora y quiere aprender y el que ignora convencido de saberlo todo media un océano bastante más profundo que cualquiera de los que aparecen en los mapas.
Por eso cada vez admiro más a quien dice «no lo sé». No al que lo utiliza como escapatoria, sino al que añade inmediatamente: «voy a intentar entenderlo». Hay una enorme dignidad intelectual en reconocer los límites propios y una todavía mayor en estar dispuesto a corregirse. Cambiar de opinión cuando aparecen mejores argumentos no debería considerarse debilidad, sino inteligencia; reconocer un error no debería avergonzarnos, sino tranquilizarnos, porque significa que entre ayer y hoy hemos aprendido algo.
Querido lector, tengo malas noticias
Si ha llegado usted hasta aquí, sospecho que también padece cierta curiosidad y me temo que no tiene buen pronóstico. Cuanto más lea, más preguntas tendrá; cuanto más investigue, menos sencillas le parecerán algunas respuestas; cuanto más conozca sobre un asunto, más precaución tendrá probablemente al hablar de él. Llegará incluso ese momento terrible en que escuchará una afirmación rotunda sobre algo que conoce bien y descubrirá la gigantesca cantidad de matices que han sido triturados para conseguir meterla en un titular. Entonces estará perdido.
Pero quizá merezca la pena.
Porque frente al océano de nuestra ignorancia tenemos dos posibilidades. Podemos quedarnos sentados en la playa, satisfechos con nuestros cuatro cocoteros y nuestra cabra, convencidos de que aquello es todo cuanto existe, o podemos empujar una pequeña barca hasta el agua y salir a navegar sabiendo que jamás alcanzaremos la otra orilla.
Yo he elegido lo segundo, aunque navegue regular, me maree con frecuencia y de vez en cuando descubra que llevaba varios kilómetros remando en dirección equivocada. Será cosa del calor. Será este tinto de verano que hoy se me ha subido a la molondra.
O será simplemente que, después de tantos años sembrando palabras y recogiendo preguntas, este viejo labriego de la tecla empieza a comprender que la sabiduría quizá no consista en acumular respuestas, sino en ser cada día un poco más consciente de la inmensidad de nuestras preguntas.
Así que hágase una, querido lector. Una sola. Coja cualquiera de esas cosas que considera indiscutibles y pregúntese por qué está tan seguro de ella. Tire después del primer hilo. Luego del segundo. Busque, lea, contraste, pregunte y, sobre todo, desconfíe de quien tenga respuestas demasiado sencillas para problemas demasiado complejos.
Puede ocurrir algo maravilloso. Que descubra que estaba equivocado. Y entonces, enhorabuena. Acaba usted de hacerse un poquito menos ignorante y, al mismo tiempo, bastante más consciente de lo muchísimo que ignora.
No se preocupe. Aquí fuera somos unos cuantos zoquetes navegando.
Y el océano es inmenso.

No tengo demasiada autoridad para dar consejos sobre sabiduría y quizá precisamente por eso me atreva con estos. Tómelos, querido lector, como las recomendaciones de otro náufrago que lleva algún tiempo chapoteando en su propio océano de ignorancia y que ha descubierto que cuanto más lejos nada, más agua aparece delante. No pretendo ayudarle a alcanzar la otra orilla porque empiezo a sospechar que no existe. Apenas propongo doce pequeñas costumbres para ensanchar nuestra isla, alimentar la curiosidad y, con un poco de suerte, descubrir cada día que somos algo más ignorantes de lo que ayer creíamos.
1. Pregúntese por qué, aunque resulte incómodo. Recupere aquella maravillosa impertinencia de los niños que preguntan por qué, reciben una respuesta y vuelven inmediatamente con otro por qué. Los adultos dejamos de hacerlo quizá porque aprendemos, entre otras cosas bastante inútiles, que preguntar demasiado molesta. Pues moleste. Pregúntese por qué cree lo que cree, quién se lo contó, de dónde procede ese dato y qué ocurriría si estuviera equivocado. No hace falta convertirse en un desconfiado profesional ni sospechar que detrás de cada maceta trabaja la CIA; basta con conservar cierta resistencia a tragarse las cosas enteras y sin masticar.
2. Lea cosas con las que no esté de acuerdo. Leer únicamente a quienes piensan como nosotros es una actividad extraordinariamente confortable y bastante parecida a conversar con un espejo. Busque de vez en cuando al adversario intelectual, pero busque al bueno, no al imbécil que confirma nuestra sospecha de que todos los del otro lado son idiotas. Lea a alguien inteligente que defienda exactamente lo contrario de lo que usted piensa. Si después sigue opinando igual, al menos conocerá mejor sus razones; y si descubre que el otro tenía algo de razón, felicidades: acaba de perder una certeza y ganar una pregunta.
3. Hable con personas, a ser posible sin un aparato en medio. Parece una extravagancia, pero hubo una época en la que los seres humanos se sentaban alrededor de una mesa y hablaban mirándose a la cara. Incluso discutían, contaban historias, guardaban silencios y se aburrían juntos sin consultar cada treinta segundos un rectángulo luminoso. Pruebe alguna vez. Deje el móvil lejos, tome un café, un vino o simplemente un banco en un parque y escuche a alguien cuya vida sea diferente de la suya. Un agricultor, un mecánico, una médica, un camarero, una científica, un taxista o esa anciana que lleva ochenta años observando el mundo pueden enseñarle cosas que ningún algoritmo sabe que usted necesita aprender.
4. Abúrrase un poco. El aburrimiento tuvo muy mala prensa y terminamos exterminándolo. Grave error. Antes, cuando uno esperaba el autobús, esperaba el autobús. Miraba alrededor, observaba a la gente, pensaba tonterías y, de vez en cuando, alguna no tan tonta. Ahora sacamos inmediatamente el móvil porque hemos desarrollado un miedo casi patológico a permanecer tres minutos solos con nuestra molondra. Recupere pequeñas parcelas de aburrimiento. Pasee sin auriculares. Espere sin pantalla. Mire por una ventana. El cerebro, cuando no recibe entretenimiento precocinado, tiene la desconcertante costumbre de empezar a fabricar pensamientos propios.
5. Aprenda algo que aparentemente no le sirva para nada. Vivimos obsesionados con la utilidad. Cursos útiles, conocimientos útiles, habilidades útiles, contactos útiles. Como si la vida fuera una gigantesca hoja de cálculo y al morir alguien fuera a calcularnos la rentabilidad. Lea sobre astronomía aunque sea contable, aprenda historia si es ingeniero, descubra geología si jamás distinguirá un granito de una cuarcita, plante tomates, reconozca tres constelaciones, averigüe cómo funciona un reloj mecánico o por qué vuelan los aviones. La curiosidad no necesita justificar gastos ante ningún consejo de administración.
6. Pregunte a quien sabe y después escuche. Parece sencillo, pero tiene su ciencia. Estamos acostumbrándonos a preguntar mientras preparamos mentalmente nuestra respuesta. Escuchar exige algo bastante más difícil: admitir durante unos minutos que quizá la persona que tenemos delante sepa algo que nosotros ignoramos. Pregunte al carpintero por la madera, al geólogo por las rocas, al médico por el cuerpo, al abuelo por su juventud y al niño por aquello que está mirando. Y no tenga prisa por demostrar inmediatamente cuánto sabe usted también. A veces la mejor aportación a una conversación consiste en cerrar la boca.
7. Diga «no lo sé» con absoluta tranquilidad. Son tres palabras extraordinariamente liberadoras. No saber algo no nos convierte en estúpidos; fingir que lo sabemos quizá sí contribuya. Hemos creado una sociedad donde parece obligatorio tener opinión inmediata sobre Ucrania, Oriente Medio, inteligencia artificial, tipos de interés, incendios forestales, energía nuclear y la alineación del domingo. Renuncie al privilegio. Cuando no sepa, diga que no sabe. Y si el asunto le interesa, añada una frase todavía más peligrosa: «Voy a informarme».
8. Desconfíe especialmente de aquello que confirma exactamente lo que ya pensaba. Todos somos magníficos detectives cuando investigamos las contradicciones ajenas y pésimos inspectores de nuestras propias convicciones. Si una noticia confirma perfectamente que sus adversarios son malvados, idiotas y posiblemente ambas cosas, no corra a compartirla. Deténgase. Compruébela. Precisamente porque desea que sea cierta debería desconfiar un poco más de ella. Nuestro cerebro tiene una extraordinaria capacidad para llamar «evidencia» a aquello que le da la razón y «propaganda» a aquello que se la quita.
9. Salga de su pequeño mundo. Viaje si puede, pero no hace falta coger un avión. Cruce barrios. Entre en una biblioteca desconocida. Visite un mercado. Camine por el campo con alguien que conozca sus árboles. Entre en un museo sobre un asunto que jamás le interesó. Asista a una conferencia de la que apenas entienda el título. Converse con alguien veinte años mayor o treinta más joven. La ignorancia prospera maravillosamente cuando todo nuestro entorno piensa, vive, compra y vota como nosotros. Cambiar de escenario de vez en cuando ventila bastante bien la cabeza.
10. Recupere el placer de hacer las cosas despacio. Lea un libro sin mirar cuánto le queda. Mantenga una conversación sin pensar en la siguiente cita. Cocine algo que necesite dos horas. Camine sin medir pasos. Escriba con una pluma. Repare alguna cosa antes de comprar otra. Mire cómo cae la tarde sin fotografiarla. Hay conocimientos que solamente aparecen cuando uno permanece suficiente tiempo delante de las cosas. La velocidad proporciona información; la atención, algunas veces, proporciona comprensión.
11. Utilice la tecnología como herramienta, no como prótesis de la curiosidad. Internet, el móvil y la inteligencia artificial son prodigios extraordinarios; este mismo labriego de la tecla los utiliza con entusiasmo. Pero una herramienta que responde todas nuestras preguntas puede terminar evitando que aprendamos a formularlas. Pregunte a la máquina, por supuesto, pero después pregúntese usted. Contraste. Lea la fuente original. Discuta la respuesta. Salga a comprobar el mundo físico. La tecnología debería ampliar nuestra curiosidad, no sustituirla. Si dejamos que piense, recuerde, elija, recomiende, escriba, oriente y decida permanentemente por nosotros, quizá acabemos disponiendo de máquinas cada vez más inteligentes manejadas por humanos cada vez menos curiosos.
12. Conserve siempre una pregunta sin responder. Esta quizá sea mi favorita. No tenga demasiada prisa por cerrar todos los cajones. Mantenga algún misterio abierto. Algo que quiera comprender, un libro pendiente, una conversación que continuar, un lugar por visitar, una idea que todavía no consigue encajar. Las preguntas abiertas tiran de nosotros hacia delante. Son pequeñas cuerdas lanzadas hacia ese océano inmenso que rodea nuestra diminuta isla.
Y sobre todo no convierta estos doce consejos en mandamientos, porque entonces habríamos hecho un pan como unas hostias. Añada los suyos, quite los que le parezcan una majadería y contradiga al escribidor si encuentra mejores argumentos. De eso iba todo esto.
Porque navegar por el océano de nuestra ignorancia tiene una peculiaridad bastante puñetera: cuanto mejor navegamos, más grande descubrimos que es el océano. Aprendemos algo de historia y aparecen cien preguntas; comprendemos un poco de ciencia y descubrimos mil misterios; empezamos a entender a otra persona y advertimos cuánto habíamos supuesto sobre ella sin conocerla. Cada respuesta ilumina un pequeño círculo y, precisamente gracias a esa nueva luz, podemos ver mejor toda la oscuridad que permanece alrededor.
Quizá por eso no deberíamos aspirar tanto a sentirnos sabios como a mantenernos curiosos.
Leer. Preguntar. Escuchar. Pasear. Conversar. Dudar. Equivocarse. Volver a preguntar. Y de vez en cuando apagar el maldito móvil.
Sentarse frente a alguien. Pedir un vino. Y hablar. Puede que no arreglemos el mundo. Pero durante un rato volveremos a estar dentro de él.
Y si ha sido usted capaz de llegar hasta aquí, querido lector, enhorabuena: en estos tiempos de atención medida en segundos, semejante hazaña empieza a merecer diploma. Como recompensa —y para evitarle la tortura de releer las divagaciones de este labriego de la tecla— le dejo ahí abajo esta docena de consejos convenientemente condensados en una sola imagen. Cópiela, péguela en algún lugar visible y échele un vistazo de vez en cuando, especialmente esos días en los que tenga la absoluta certeza de saber cómo funciona el mundo. Probablemente sea justo entonces cuando más falta le haga. Y si algún consejo le parece una soberana estupidez, magnífico: cuestiónelo, discútalo y formule uno mejor. Al fin y al cabo, de eso iba todo este asunto.



















