Tinto de Verano sobre el turismo de masas, las ciudades convertidas en decorados y aquella extraña época en la que todavía viajábamos para conocer lugares, no para demostrar que habíamos estado en ellos.
Cuando no entendía a quienes protestaban contra los turistas
Durante muchos años debo reconocer que contemplaba con cierta perplejidad las protestas de los habitantes de aquellos lugares que recibían millones de visitantes. Me parecía contradictorio, incluso un punto desagradecido. «Pero si vivís del turismo», pensaba uno con esa seguridad formidable que proporciona hablar de los problemas ajenos desde unos cientos o miles de kilómetros de distancia. Hoteles, bares, restaurantes, taxis, tiendas, excursiones, museos y comercios vivían en buena medida del dinero que dejaban aquellos seres humanos foráneos que desembarcaban con sus cámaras fotográficas, sus sandalias y aquella determinación inquebrantable de recorrer en tres días lo que había tardado siglos en construirse. Pensaba que las molestias formaban parte del negocio y que, después de todo, más valía una calle llena de visitantes que una calle vacía.
Hasta que llegué a Venecia y, en algún momento de aquella procesión interminable de seres humanos, comprendí que quizá estaba mirando el problema al revés. Caminaba como uno más de la riada, porque conviene decirlo desde el principio: yo no estaba observando a los turistas, yo era uno de ellos. Delante había turistas, detrás había turistas, a un lado turistas fotografiando a otros turistas y al otro lado turistas intentando hacer una fotografía en la que, mediante alguna proeza del encuadre, pareciera que habían descubierto solos la Serenísima. Y de pronto se me ocurrió una pregunta bastante elemental: ¿dónde estaban los venecianos? Había palacios, canales, góndolas, iglesias, terrazas y escaparates, pero empezaban a faltar las personas que convertían aquello en una ciudad. Entonces comprendí que una cosa es una ciudad con turistas y otra muy distinta una ciudad construida para turistas.
El turismo de masas no llena los lugares: los sustituye
La masificación turística tiene una cualidad extraordinaria: puede conservar perfectamente la fachada de un lugar mientras le arranca las entrañas. El edificio sigue donde estaba, la plaza conserva sus adoquines, la iglesia abre a las diez y el camarero incluso viste de manera suficientemente pintoresca para que el visitante crea que está viviendo una experiencia local. Sólo ocurre un pequeño inconveniente: los vecinos se han marchado. La tienda donde compraban ha cerrado, el bar de toda la vida sirve ahora brunch, la vivienda familiar se alquila por noches y la antigua ferretería vende imanes fabricados probablemente a ocho mil kilómetros del monumento que reproducen.
Así se produce una de las paradojas más deliciosas de nuestro tiempo: viajamos miles de kilómetros en busca de la autenticidad de un lugar y, cuando llegamos en número suficiente, contribuimos a destruirla. Queremos barrios genuinos, mercados tradicionales, pequeñas tabernas, pescadores remendando sus redes y ancianos jugando una partida a la sombra, pero exigimos al mismo tiempo vuelos a cuarenta euros, apartamentos en el centro, tiendas abiertas hasta la noche, terrazas, experiencias gastronómicas, cobertura 5G y un supermercado a cincuenta metros. Después nos sorprendemos cuando descubrimos que el pescador se ha ido, el anciano ya no puede pagar el alquiler y la pequeña taberna se llama ahora Authentic Local Experience y ofrece sangría a doce euros.
Viajamos miles de kilómetros en busca de la autenticidad de un lugar y, cuando llegamos en número suficiente, contribuimos a destruirla
No hace falta prohibir el turismo para comprender que algo se ha ido de madre. El problema no es viajar ni conocer otros lugares; pocas cosas hay más saludables para la mollera que abandonar de vez en cuando la aldea propia y descubrir que los habitantes del resto del planeta también desayunan, discuten con sus hijos, se enamoran, pagan impuestos y maldicen al gobierno de turno. El problema aparece cuando viajar deja de ser una relación con un lugar y se convierte en una industria extractiva, capaz de devorar viviendas, comercios, playas, barrios y hasta formas de vida para fabricar eso que ahora llamamos «destinos».
De viajeros a consumidores de destinos
Me vienen entonces a la cabeza aquellos viajeros de otro tiempo, cuando desplazarse por el mundo estaba reservado fundamentalmente a quienes tenían posibles, palabra estupenda que deberíamos recuperar porque describe el dinero con mucha mayor elegancia que «poder adquisitivo». Stefan Zweig, por ejemplo, perteneció a un mundo en el que viajar todavía requería tiempo, curiosidad y cierta disposición a dejarse sorprender. No pretendo idealizar aquella época: para que unos pocos pudieran recorrer Europa con calma había varios millones que apenas podían abandonar el pueblo donde habían nacido. Pero existía una diferencia fundamental. Aquellos privilegiados eran viajeros. Nosotros nos hemos convertido, demasiadas veces, en consumidores de destinos.
El viajero llegaba y miraba. El turista industrial contemporáneo aterriza y ejecuta. Tiene cuarenta y ocho horas para hacer Lisboa, tres días para hacer Roma y un fin de semana para hacer Praga, expresión esta de «hacer una ciudad» que siempre me ha parecido propia de comandos militares o empresas de derribos. A las nueve hay que desayunar, a las diez visitar el monumento imprescindible, a las once fotografiar el café secreto que conocen cuatro millones de seguidores de Instagram y al mediodía localizar ese rincón «que los turistas todavía no conocen» al que han llegado otros seis autobuses atraídos por el mismo vídeo de TikTok.
Hemos convertido el viaje en una colección de pruebas documentales. Ya no basta con estar delante de la Fontana di Trevi; hay que fotografiarse delante de la Fontana di Trevi. No basta contemplar una puesta de sol; hay que grabarla, subirla, etiquetarla y conseguir que unos cuantos conocidos que están cenando tranquilamente en Alcorcón sepan que nosotros estamos viendo cómo se pone el sol en Santorini. Y mientras documentamos obsesivamente nuestra presencia en el mundo quizá estemos dejando de mirar el mundo.
Cuando en un 600 cabía una familia entera
Claro que nosotros, los viejunos de hoy, también viajábamos. Y aquí es donde regresan algunos de esos recuerdos que, con los años, parecen escritos por un guionista aficionado al realismo mágico. De niño recuerdo viajes en un Seat 600 donde conseguíamos meternos mis padres, mis tíos, mis dos primos, mi hermana, mi abuela y este servidor. Hoy bastan dos adultos y un niño para que una familia considere imprescindible comprar un todocamino de cinco metros porque «necesitamos espacio», pero entonces alguien abría la puerta de un 600 y el coche parecía adquirir las propiedades de la bolsa de Mary Poppins. Entrábamos todos. No preguntéis cómo. Y además llevábamos equipaje.
Las maletas, eso sí, viajaban arriba, en la baca, sujetas mediante cuerdas con una técnica transmitida probablemente desde los fenicios. El aire acondicionado consistía en bajar la ventanilla, la climatización individual se lograba discutiendo quién se sentaba al lado de ella y las actuales sillas infantiles homologadas habrían resultado un concepto incomprensible en aquel Tetris humano donde un niño podía acabar dormido encima de una abuela mientras una tortilla de patatas recorría media España envuelta en papel de aluminio.
Aquello no era necesariamente mejor. Era otra cosa. Las carreteras eran peores, los coches infinitamente menos seguros y un viaje de cuatrocientos kilómetros podía adquirir dimensiones próximas a la expedición de Shackleton. Pero el destino tampoco estaba aguardando nuestra llegada con veinte mil personas que habían tenido exactamente la misma idea. Llegábamos a lugares donde todavía no todo estaba preparado para nosotros. Había que adaptarse al lugar en vez de exigir que el lugar se adaptara al visitante, y esa diferencia, que parece pequeña, quizá explique buena parte del desastre.
Errol Flynn, Mallorca y el lujo de estar solo
También recuerdo haber encontrado en Mallorca el recuerdo de Errol Flynn, aquel actor al que veía de zagal saltando de barco en barco, espada en mano y sonrisa de quien sabía que el guionista jamás permitiría que muriese antes del final de la película. Flynn frecuentó la Mallorca de los años cincuenta y basta imaginar por un momento lo que debía de ser aquella isla para sentir una punzada de envidia.
Pienso en aquellas calas antes de convertirse en coordenadas compartidas por Google Maps; en pequeñas carreteras sin procesiones de coches de alquiler; en barcos fondeados sin una docena de motos acuáticas alrededor; en playas a las que uno podía llegar y encontrar, qué extravagancia, arena. No tengo ninguna intención de convertir a Errol Flynn en un humilde mochilero —el hombre no viajaba precisamente contando las monedas—, pero disfrutó de un lujo que hoy empieza a ser bastante más difícil de comprar que un hotel de cinco estrellas: la posibilidad de encontrarse solo en un lugar hermoso.
Ahora descubrimos una cala maravillosa y cometemos inmediatamente el error de contárselo al mundo. Aparece primero una fotografía. Después alguien publica «cinco rincones secretos de Mallorca». Luego otro difunde «la cala que los turistas todavía no conocen». El algoritmo hace su trabajo, llegan los influencers, detrás vienen los autobuses y pocos meses después algún periódico publica un reportaje titulado «Los vecinos denuncian la masificación de una cala hasta ahora virgen». Resulta difícil encontrar un ejemplo mejor de asesinato con retransmisión en directo.
Instagram, Airbnb y la fabricación industrial de lugares imprescindibles
Internet ha democratizado el descubrimiento, lo que parecía una magnífica noticia hasta que descubrimos que también podía destruir aquello que descubría. Antes un lugar podía necesitar décadas para hacerse famoso. Un escritor hablaba de él, algún periódico publicaba un reportaje, corría la voz y poco a poco empezaban a llegar visitantes. Ahora un vídeo de veinte segundos o el post de un turista en su blog puede enviar una pequeña localidad directamente a cuidados intensivos turísticos antes de que termine el verano.

Las redes sociales han creado además una categoría particularmente peligrosa: el lugar imprescindible. Todo es imprescindible. Hay playas que tienes que visitar antes de morir, restaurantes en los que tienes que comer al menos una vez en la vida, pueblos que no puedes perderte, miradores que debes conocer y puestas de sol que tienes obligación de contemplar. Si uno hiciera caso a semejante programa necesitaría aproximadamente cuatro vidas, una fortuna considerable y varias prótesis de cadera.
A ello se suman los apartamentos turísticos, los vuelos baratos, los cruceros que descargan varios miles de pasajeros sobre una ciudad durante unas horas y toda una maquinaria cuyo beneficio depende, lógicamente, de conseguir que cada año viajen más personas, con mayor frecuencia y preferentemente a los mismos sitios. El resultado es extraordinario: París, Venecia, Praga, Lisboa, Barcelona, Roma, Ámsterdam o Florencia empiezan a parecerse cada vez más entre sí porque alrededor de sus monumentos prosperan las mismas tiendas, las mismas franquicias, los mismos alquileres imposibles y la misma multitud levantando un teléfono móvil.
Mi hija, que conoció algunas de esas ciudades cuando viajaba con nosotros, me lo cuenta ahora con una mezcla de estupor y resignación. Turistas había entonces, naturalmente. Nosotros estábamos entre ellos. Pero regresa hoy a algunos de aquellos lugares y la palabra que utiliza es mucho menos amable: insufrible. Y eso debería preocuparnos, porque cuando una ciudad que todo el mundo desea conocer se vuelve insoportable precisamente por la cantidad de gente que desea conocerla quizá hayamos encontrado el punto exacto en el que el éxito empieza a parecerse mucho al fracaso.
La turismofobia, maravilloso invento lingüístico
Cuando los vecinos protestan aparece enseguida una palabra estupenda: turismofobia. Es un hallazgo lingüístico formidable porque permite convertir un problema económico, urbanístico y social en una especie de enfermedad mental del residente. Si alguien protesta porque no puede alquilar una vivienda en el barrio donde nació, tiene turismofobia. Si se queja de que todas las tiendas de su calle venden recuerdos, turismofobia. Si protesta porque cada mañana tiene que abrirse paso entre grupos que siguen a un guía levantando un paraguas amarillo, turismofobia.
Naturalmente existen excesos y estupideces en algunas protestas. Molestar o insultar a una persona por el simple hecho de estar pasando sus vacaciones resulta tan absurdo como responsabilizar al conductor de un coche de alquiler de la política turística de una región. Pero despachar cualquier crítica al turismo de masas como turismofobia es una manera muy cómoda de no discutir sobre lo verdaderamente importante: cuántos visitantes puede soportar un lugar, quién se beneficia del negocio, quién paga sus costes y qué ocurre cuando la actividad económica destinada a mejorar la vida de los habitantes termina expulsando a los habitantes.
Porque una ciudad no existe para proporcionar experiencias a quienes llegan el viernes y se marchan el domingo. Una ciudad existe, antes que nada, para quienes viven en ella.
Nosotros somos la plaga
Llegados a este punto conviene evitar una tentación muy humana: echarle la culpa al resto. Los turistas son siempre los otros. Los chinos, los americanos, los británicos, los alemanes, los cruceristas, los mochileros, los jubilados, los influencers o esa familia que se ha parado justo delante de nosotros cuando intentábamos hacer una fotografía. Nosotros, en cambio, nunca somos turistas vulgares. Nosotros «viajamos».
Pues no.
Yo estaba en aquella riada humana de Venecia. Mi presencia ocupaba exactamente el mismo medio metro cuadrado que la del señor al que mentalmente reprochaba que hubiese tenido la ocurrencia de ir a Venecia el mismo día que yo. Y probablemente ahí se encuentre la contradicción central del asunto: todos queremos seguir viajando, pero agradeceríamos muchísimo que los demás se quedaran en casa.
Deseamos llegar a una playa desierta y nos indigna comprobar que otras quinientas personas han buscado también «playas desiertas cerca de mí». Queremos un restaurante auténtico pero nos tranquiliza que tenga cuatro mil reseñas. Buscamos pueblos desconocidos leyendo listas tituladas «los diez pueblos desconocidos que debes conocer». Y cuando finalmente llegamos y encontramos una multitud pensamos, sinceramente sorprendidos: «Esto se ha llenado de turistas».
Siempre nos quedará París. O quizá ya sólo el pueblo
Hay una frase de Casablanca que ha sobrevivido al cine, al tiempo y hasta a quienes nunca han visto la película: «Siempre nos quedará París». Durante décadas París representó precisamente eso, el lugar al que uno podía regresar al menos en el recuerdo. Pero me temo que, a este paso, París nos va a quedar fundamentalmente de cinco y media a seis de la mañana en un martes lluvioso de febrero.
Así que quizá tengamos que modificar la sentencia. Siempre nos quedará el pueblo.
Aunque conviene añadir una cláusula. Siempre nos quedará el pueblo, siempre que no tenga costa, montaña, una cascada fotogénica, un castillo, una casa rural con encanto, un restaurante recomendado por algún influencer o la desgracia de aparecer en una lista titulada «diez pueblos de España que tienes que conocer antes de morir». En ese caso también estamos perdidos.
Ahora un buen amigo nos invita a su casa, precisamente en uno de esos lugares donde todavía no parece haber desembarcado del todo la caballería del turismo de masas. Me habla del paisaje, de caminar, de comer tranquilamente, de sentarnos a charlar y dejar pasar la tarde. Nada especialmente espectacular, gracias a Dios. Ninguna experiencia inmersiva. Ningún paquete premium. Ningún mirador con cola. Sólo un lugar, una casa, unas familias amigas y tiempo.
Y, marditasea, este viejo labriego de la tecla probablemente no pueda ir. Mi proverbial mala salud de hierro sigue permitiéndome dar guerra, pero a los cuatro pasos ando ya boqueando como pez fuera del agua y el cuerpo, que durante décadas se prestó a todo tipo de abusos con admirable mansedumbre, ha decidido presentar ahora las facturas con intereses.
Quizá por eso pienso en ese viaje con más ganas que en otros muchos que sí hice. Porque ya no me importa coleccionar destinos. Me importaría sentarme allí, mirar alrededor, beber algo con mi amigo y perder una tarde sin hacer absolutamente nada que mereciera ser publicado en Instagram. Con los años uno descubre que perder el tiempo en buena compañía suele ser una de las maneras más inteligentes de aprovecharlo.
Y quizá viajar fuera exactamente eso antes de que empezáramos a confundirlo con llegar. Llegar a Venecia, llegar a París, llegar a Lisboa, llegar a Praga, llegar a Mallorca, llegar a esa cala secreta que dejó de ser secreta el mismo día que alguien decidió compartirla. Llegar, fotografiar, consumir y marcharse dejando preparado el escenario para el siguiente turno.
No creo que debamos dejar de viajar. Sería una estupidez y, además, una estupidez bastante hipócrita viniendo de quienes hemos disfrutado haciéndolo. Pero quizá sí deberíamos aprender otra vez a viajar como invitados y no como propietarios provisionales del paisaje; aceptar que no tenemos derecho a verlo todo, que algunos lugares no necesitan que los descubramos, que no toda belleza exige una fotografía y que una ciudad no debería sacrificar a quienes viven en ella para satisfacer a quienes sólo pasarán allí dos noches.
Porque puede ocurrir que un día regresemos a aquellos lugares que amábamos y encontremos los monumentos perfectamente restaurados, los hoteles llenos, los restaurantes abiertos, los apartamentos disponibles, los códigos QR funcionando y las tiendas de recuerdos convenientemente abastecidas. Todo estará preparado para recibirnos y millones de personas habrán acudido desde todos los rincones del planeta para disfrutar de una experiencia auténtica. Sólo faltará una cosa. El lugar.
Y si preguntamos qué ocurrió, quizá quede todavía algún viejo sentado en una esquina, uno de esos que no entiende de métricas, ocupación hotelera ni estrategia de destino, que nos mire por encima de sus gafas y nos lo explique con cuatro palabras: Hasta que vinisteis todos.




















Wow, compi, me has dado en mi talón de Aquiles, mi pasión ser GUIA TURÍSTICO y preparar un viaje es la ilusión que me acompaña desde siempre.
Entiendo perfectamente lo que reflejas en esos cuatro párrafos. Yo siempre he admirado el viaje preparado con tiempo, con ganas, con aprendizaje; he disfrutado desde el momento en que el viaje era solo un pensamiento hasta que por fin lo llevaba a término.
Comparto contigo que el algoritmo ha hecho mucho daño al factor sorpresa. Y lo sé porque yo misma he sido parte de ello: he compartido y fotografiado todo lo que veía para mostrar lo maravilloso que encontraba en el camino.
Ahora, en perspectiva, veo que ya no hace falta. Todo el mundo tiene demasiada información, demasiados influencers, demasiadas imágenes que anticipan lo que debería ser descubrimiento. Y es verdad: a partir de ahora quiero dejarme sorprender sin compartir. Si alguna vez muestro algo, será porque realmente me nace, sin culpa.
Voy a disfrutar de las pequeñas cosas, de los momentos y de los compartires. De aquello que encuentre me llevaré la mejor experiencia posible, porque AMO viajar, pero hacerlo con libertad y sin el agobio de un mundo que se ha vuelto demasiado globalizado.
Qué bonito lo cuentas, buena mujer. Y no creo que debas sentir culpa por haber compartido tus viajes: lo hacías desde la ilusión y el deseo de mostrar aquello que te emocionaba. Quizá ahora se trate simplemente de recuperar un poco el factor sorpresa, dejar espacio a lo imprevisto y disfrutar sin la obligación de fotografiarlo todo. Ojalá algún día cumplas también esa ilusión de ser guía turístico.