Ayer vi caer Ceuta
Ayer asistí, como tantos otros españoles, al espectáculo a través de una pantalla. En los vídeos aparecían miles de personas avanzando desde Marruecos, rodeando un espigón, entrando a nado, corriendo por las playas y extendiéndose por las calles de Ceuta. No formaban una columna militar, no había carros de combate, artillería ni soldados marroquíes cruzando oficialmente la frontera, pero aquella ausencia de uniformes no hacía la situación menos grave. Delante había hombres jóvenes, utilizados consciente o inconscientemente como una fuerza de presión que ningún Estado democrático puede detener sin arriesgarse a provocar una catástrofe moral, política y humanitaria.
En apenas unas horas, la ciudad quedó desbordada. Conviene dejar claro que no existen todavía pruebas públicas concluyentes de que el Gobierno marroquí organizara directamente aquella avalancha. Tampoco sabemos hasta qué punto la alentó, la toleró, la dejó correr o fue simplemente incapaz de impedirla. Convertir una sospecha en certeza sería hacer propaganda, no análisis. Sin embargo, tampoco hace falta haber nacido ayer para comprender que decenas de miles de personas no abandonan simultáneamente sus casas, recorren largas distancias y aparecen ante una frontera por una extraña alineación de los planetas.
Puede que las redes dedicadas al tráfico de personas desempeñaran un papel central —tesis endeble del gobierno de España—. Puede que circularan rumores, mensajes y falsas promesas sobre una frontera abierta. Pero la pregunta realmente incómoda no es quién envió el primer mensaje, sino cómo pudo desarrollarse una movilización de semejante magnitud en un Estado cuyo aparato policial no destaca precisamente por su ingenuidad. Marruecos no es un país incapaz de controlar a sus ciudadanos; es un país que suele decidir con notable eficacia cuándo los controla, dónde los controla y con qué intensidad lo hace.
Por eso, ayer no vi una conquista territorial en el sentido clásico, sino algo más sutil y quizá más inquietante: una prueba de resistencia. Marruecos accionó, o permitió que alguien accionara, el interruptor de la presión fronteriza y observó lo que ocurría al otro lado. Ceuta quedó desbordada, España reaccionó con enormes dificultades, Europa descubrió repentinamente que también tiene fronteras al sur y las fuerzas de seguridad tuvieron que contener, con medios limitados, una situación materialmente inabarcable.
Eso era, en buena medida, lo que había que comprobar. No se trataba de saber si Marruecos podía mantener Ceuta ocupada, derrotar al Ejército español en una guerra convencional o resistir una respuesta internacional, sino de responder a una pregunta mucho más sencilla: qué sucede cuando se empuja con suficiente fuerza. La respuesta fue que España cedió terreno.
Por eso digo que Ceuta había caído. No cayó su Ayuntamiento, ni su puerto, ni sus cuarteles; cayó la seguridad psicológica de que la frontera podía defenderse. Cayó la ficción de que basta con dibujar una línea en el mapa, levantar una valla y confiar en que el vecino continuará haciendo indefinidamente el trabajo de contención. Si Ceuta podía ser desbordada de aquella manera, también Melilla entraba en el terreno de las posibilidades y Canarias aparecía en un horizonte estratégico más amplio, no porque Marruecos pueda ocupar mañana el archipiélago mediante una marcha de civiles, sino porque dispone de instrumentos migratorios, diplomáticos, marítimos y económicos para someterlo a presión.
No se trataba, por tanto, de conquistar aquellas plazas, sino de constatar hasta qué punto España depende, para protegerlas, de la colaboración del mismo país que nunca ha terminado de disimular sus ambiciones territoriales. Una situación reconfortante, sin duda, casi tanto como entregar las llaves de casa al vecino que lleva años midiendo nuestro salón de casa y mirándolo golosamente.
Invadir sin parecer que se invade
La guerra ha cambiado mucho desde que los ejércitos se concentraban en una frontera, declaraban sus intenciones y comenzaban a dispararse al amanecer. Hoy puede desarrollarse sin declaración formal, sin uniformes y sin que resulte sencillo señalar el instante exacto en que comenzó. Puede servirse de la migración, la presión económica, los ciberataques, la desinformación, el sabotaje, los recursos energéticos o cualquier vulnerabilidad del adversario.
A ese terreno se le llama zona gris: el espacio situado entre la paz ordinaria y la guerra abierta, donde se ejecutan acciones hostiles lo bastante graves para condicionar a otro Estado, pero suficientemente ambiguas para dificultar una respuesta contundente. Si el país atacado emplea la fuerza, parecerá desproporcionado; si no responde, perderá terreno; si protesta, se le exigirán pruebas, y si finalmente consigue presentarlas, se constituirá una comisión internacional que deliberará con mucha solemnidad mientras el agresor convierte el hecho consumado en nueva normalidad.
La utilización instrumental de los movimientos migratorios encaja perfectamente en este escenario. Marruecos conoce bien el mecanismo porque no necesita declarar la guerra a España ni ordenar públicamente la apertura de una frontera. Le basta con reducir durante unas horas el celo de sus agentes, permitir que circulen determinados mensajes o mostrarse incapaz de controlar una situación que, curiosamente, vuelve a dominar cuando llega el momento de negociar. Después aparece como socio imprescindible para resolver el problema que solo él puede contener.
Es el pirómano que regresa con la manguera y, además, pasa la factura.
No era la primera vez
Mientras veía las imágenes de ayer, pensé en otra multitud que caminó hacia una frontera española. Aquello ocurrió el 6 de noviembre de 1975. Los participantes portaban banderas marroquíes, retratos de Hasán II y ejemplares del Corán. Eran aproximadamente 350.000 y avanzaban hacia el Sáhara español.
La propaganda de Rabat presentó la movilización como un gesto pacífico y popular: el pueblo marroquí marchaba desarmado para recuperar una tierra que, según el relato oficial, siempre le había pertenecido. La realidad resultaba bastante menos bucólica, porque la Marcha Verde fue una operación de Estado cuidadosamente preparada, organizada, transportada y abastecida por el régimen marroquí para obligar a España a abandonar el Sáhara Occidental.
No fue una manifestación espontánea que sorprendiera al monarca. Fue la criatura política de Hasán II y, como ocurriría en crisis posteriores, su arma principal no era una unidad militar, sino una multitud contra la que resultaba prácticamente imposible actuar.
El Sáhara que España no sabía cómo abandonar
España se había establecido en la costa sahariana a finales del siglo XIX y con el paso del tiempo convirtió formalmente el territorio en una provincia. Sin embargo, para Naciones Unidas seguía siendo una colonia pendiente de descolonización y su población tenía derecho a decidir su futuro.
A comienzos de los años setenta, Madrid sabía que su presencia allí tenía fecha de caducidad. La ONU reclamaba un referéndum de autodeterminación, el nacionalismo saharaui crecía y, en 1973, había nacido el Frente Polisario, dispuesto a combatir por la independencia. Marruecos reclamaba el territorio como parte de su proyecto del Gran Marruecos, mientras Mauritania aspiraba a controlar la zona meridional.
El territorio, además, no era únicamente una enorme extensión de arena. Había fosfatos en Bu Craa, ricos bancos pesqueros, una extensa fachada atlántica y una posición estratégica nada despreciable. Cuando los Estados comienzan a hablar con demasiada emoción de derechos históricos, siempre conviene mirar debajo del mapa, porque con frecuencia aparecen minerales, rutas comerciales y recursos naturales.
España comenzó a preparar un referéndum, pero Hasán II comprendió que, si permitía votar libremente a los saharauis, podía perder el territorio antes incluso de haberlo ocupado. Así que decidió actuar.
Un rey que necesitaba una victoria
Hasán II tampoco atravesaba su mejor momento. Había sobrevivido a dos intentos de golpe de Estado, en 1971 y 1972, y necesitaba reforzar su legitimidad, unir al país alrededor del trono y ofrecer una gran causa nacional que permitiera colocar bajo una misma bandera tanto a sus partidarios como a quienes poco antes habrían preferido verlo fuera del palacio.
El Sáhara ofrecía patriotismo, religión, épica y un enemigo exterior. Pocas herramientas políticas resultan tan eficaces como señalar un mapa y anunciar que alguien nos ha robado una parte de la patria. Además, España estaba gobernada por un régimen que se deshacía mientras su fundador agonizaba. Franco estaba gravemente enfermo, el príncipe Juan Carlos asumía temporalmente la jefatura del Estado y buena parte de las élites españolas se encontraba más preocupada por sobrevivir al final del franquismo que por iniciar una guerra en el desierto.
Hasán II observó Madrid y vio un cadáver político que todavía firmaba decretos. Era el momento adecuado para empujar.
La sentencia que Marruecos convirtió en victoria
La Asamblea General de Naciones Unidas había solicitado a la Corte Internacional de Justicia que determinara qué vínculos jurídicos existían entre el Sáhara Occidental, Marruecos y Mauritania antes de la colonización española. La Corte emitió su dictamen el 16 de octubre de 1975 y reconoció que habían existido ciertos vínculos de lealtad entre algunas tribus saharauis y el sultán marroquí, pero aclaró que esos lazos no suponían soberanía territorial ni anulaban el derecho de la población saharaui a decidir libremente su futuro.
El tribunal, por tanto, no reconoció que el Sáhara perteneciera a Marruecos. Hasán II hizo lo que tantos gobernantes hacen cuando una resolución no dice exactamente lo que necesitan: leyó únicamente la parte conveniente, ignoró la conclusión principal y corrió hacia los micrófonos. Anunció que La Haya había reconocido los derechos históricos marroquíes sobre el territorio y convocó la marcha.
La conclusión jurídica quedó enterrada bajo la propaganda. Nada particularmente novedoso: la humanidad inventó la lectura selectiva mucho antes que las redes sociales.
Estados Unidos, Francia y los amigos del rey
Hasán II no se movía solo. Detrás de Marruecos se encontraban, con diferentes grados de implicación y discreción, dos aliados fundamentales: Estados Unidos y Francia.
Washington consideraba al monarca marroquí un socio estable, monárquico y anticomunista en plena Guerra Fría. Al otro lado del tablero estaba Argelia, vinculada al bloque soviético y defensora del Frente Polisario. Para Henry Kissinger y la Administración de Gerald Ford, el Sáhara no era principalmente un asunto de descolonización o de derechos saharauis, sino una pieza más del equilibrio estratégico del norte de África.
Estados Unidos declaró públicamente una cierta neutralidad y envió mensajes de prudencia, pero no estaba dispuesto a enfrentarse seriamente a Marruecos ni a utilizar su ayuda económica y militar para detener la operación. No hacía falta que Washington diseñara el itinerario de la marcha o distribuyera banderas entre los participantes; bastaba con que Hasán II supiera que la Casa Blanca no iba a impedirle avanzar.
Francia desempeñaba un papel igualmente importante como gran respaldo europeo de Rabat. París mantenía profundos vínculos políticos, económicos y militares con Marruecos y consideraba al reino una pieza esencial para preservar su influencia en el Magreb. Con posterioridad, Francia sostendría diplomática y militarmente a Marruecos durante la guerra contra el Frente Polisario, aunque envolviera ese apoyo en la retórica habitual de la neutralidad y la búsqueda de soluciones negociadas.
España, por tanto, no negociaba únicamente frente a Marruecos. Frente a ella había un rey dispuesto a avanzar, respaldado por dos potencias occidentales que consideraban mucho más útil un Sáhara bajo control marroquí que un nuevo Estado saharaui próximo a Argelia. La autodeterminación estaba muy bien para los discursos de Naciones Unidas; la geopolítica, como casi siempre, tenía otros planes.
Una neutralidad extraordinariamente favorable
Estados Unidos y Francia no necesitaban aparecer fotografiados al frente de la Marcha Verde. Su respaldo funcionaba de manera más discreta y mucho más eficaz. Marruecos recibía armas, ayuda, cobertura diplomática y la seguridad de que sus grandes aliados evitarían una reacción internacional capaz de frustrar la operación. España, en cambio, no podía confiar en una presión occidental equivalente en defensa del referéndum saharaui.
Washington se declaraba neutral mientras procuraba que el resultado final no perjudicara a Rabat; París defendía una solución negociada mientras sostenía al país que estaba imponiendo sobre el terreno las condiciones de esa negociación. Era una forma muy refinada de imparcialidad: colocarse en medio, mirar solemnemente hacia ambos lados y sujetar discretamente el abrigo de uno de los contendientes mientras golpeaba al otro.
En 2026 resulta difícil no percibir ecos de aquella situación. Estados Unidos reconoció durante la presidencia de Donald Trump la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, Francia considera actualmente la autonomía bajo soberanía marroquí como el único marco viable para resolver el conflicto y España modificó en 2022 su posición tradicional para respaldar el plan de autonomía de Rabat como la propuesta más seria, realista y creíble.
Nada de esto demuestra que Washington o París intervinieran en lo ocurrido ayer en Ceuta, y sería irresponsable afirmarlo sin pruebas. Sí permite comprender, sin embargo, por qué Marruecos se siente fuerte. Rabat sabe que sus grandes aliados occidentales han respaldado su principal objetivo estratégico, que lo consideran imprescindible para el control migratorio, la lucha antiterrorista, el comercio y el equilibrio regional, y que difícilmente se arriesgarán a romper esa relación para proteger las susceptibilidades españolas.
No puedo afirmar que Estados Unidos y Francia estuvieran detrás de la crisis. Sí puedo decir que Marruecos actúa dentro de un entorno internacional extraordinariamente favorable y que, cuando un país se siente protegido por los grandes, suele adquirir una curiosa flexibilidad al interpretar las fronteras de los pequeños. En 1975 sabía que nadie iba a detenerlo. La pregunta incómoda es si en 2026 cree saber exactamente lo mismo —yo me inclino que así es—.
La multitud perfecta
Hasán II anunció que 350.000 civiles marcharían hacia el Sáhara. La cifra estaba cuidadosamente elegida: era suficientemente grande para desbordar cualquier dispositivo español y lo bastante simbólica para presentarla como una movilización nacional.
El régimen organizó trenes, autobuses, camiones, campamentos, agua, alimentos, asistencia sanitaria y comunicaciones. Los participantes recibieron banderas, retratos del monarca y ejemplares del Corán. Conviene desconfiar de las manifestaciones espontáneas que alcanzan el desierto con una logística capaz de despertar la envidia de cualquier ejército europeo.
La multitud debía aparecer ante el mundo como pacífica y desarmada, pero detrás de ella se encontraba el Ejército marroquí. Mientras los medios internacionales enfocaban a los marchadores, fuerzas militares de Rabat penetraban por otros puntos del territorio y se preparaban para ocupar las posiciones que España abandonara.
Aquello era guerra híbrida antes de que a los expertos se les ocurriera bautizarla. Había civiles, propaganda, religión, diplomacia, tropas, presión psicológica y explotación de la debilidad interna del adversario, todo cuidadosamente mezclado para que nadie pudiera señalar el momento exacto en que una marcha pacífica se convertía en una invasión.
Frente a las minas españolas
El 6 de noviembre de 1975, la Marcha Verde cruzó la frontera. Al otro lado se encontraban las tropas españolas, con unidades de la Legión, vehículos acorazados, alambradas y campos de minas. Militarmente, España tenía capacidad para detener a la multitud, pero el problema era decidir cómo hacerlo.
¿Debían los soldados disparar contra cientos de miles de civiles desarmados? ¿Había que permitir que atravesaran las posiciones? ¿Era posible distinguir entre los manifestantes y las fuerzas marroquíes que avanzaban por otros sectores? ¿Estaba España dispuesta a iniciar una guerra contra Marruecos mientras Franco agonizaba y la transición podía fracasar antes incluso de comenzar?
Hasán II había construido una trampa casi perfecta. Si España abría fuego, Marruecos obtenía una matanza, una victoria propagandística y posiblemente una guerra abierta; si no disparaba, demostraba que no estaba dispuesta a defender el territorio. Todas las opciones eran malas, excepto para Rabat.
Las fuerzas españolas recibieron la orden de evitar el enfrentamiento y el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas reclamó la retirada de los marchadores, pero para entonces Hasán II ya había conseguido lo esencial: España había aceptado negociar bajo presión. No necesitaba llegar hasta El Aaiún; le bastaba con demostrar que podía hacerlo.
Ayer, mientras veía las imágenes de Ceuta, pensé exactamente en eso. No hace falta conquistar una ciudad cuando se consigue convencer a su dueño de que no puede defenderla.
La retirada disfrazada de acuerdo
El 9 de noviembre, Hasán II ordenó regresar a los participantes. Marruecos presentó aquella retirada como el final victorioso de la marcha y, en cierto sentido, lo era, porque España ya se había sentado a negociar.
El 14 de noviembre de 1975, mientras Franco agonizaba, España, Marruecos y Mauritania firmaron los Acuerdos de Madrid. No había representantes saharauis en la mesa, porque siempre resulta más sencillo decidir el futuro de un pueblo cuando se tiene la precaución de no invitarlo.
España aceptó retirarse y establecer una administración temporal con Marruecos y Mauritania. El territorio quedó repartido de hecho: Marruecos ocupó el norte y Mauritania el sur. Los acuerdos no transfirieron legalmente la soberanía, pues Naciones Unidas nunca reconoció que España pudiera entregar el Sáhara como quien reparte una finca familiar, pero la legalidad avanzaba por un camino y los ejércitos por otro.
Marruecos obtuvo El Aaiún, los fosfatos de Bu Craa y la mayor parte del territorio. Mauritania recibió la franja meridional. España conservó durante un tiempo ciertos intereses económicos y abandonó precipitadamente la colonia. Franco murió seis días después.
La Marcha Verde había llegado en el instante preciso: cuando un régimen terminaba y el siguiente todavía no sabía siquiera cómo llamarse.
Los saharauis, fuera de la fotografía
La retirada española no trajo la paz. Las fuerzas marroquíes y mauritanas ocuparon el territorio, miles de saharauis huyeron hacia el interior y posteriormente hacia Argelia, y el Frente Polisario proclamó en febrero de 1976 la República Árabe Saharaui Democrática, iniciando una guerra contra los nuevos ocupantes.
Mauritania terminó renunciando a su zona en 1979, incapaz de soportar el coste del conflicto, y Marruecos ocupó inmediatamente el espacio abandonado. Durante los años siguientes, Rabat levantó un gigantesco muro defensivo que dividió el Sáhara: al oeste quedaron las principales ciudades, la costa, los fosfatos y la mayor parte de la población bajo control marroquí; al este, las zonas dominadas por el Polisario.
En 1991 se acordó un alto el fuego y Naciones Unidas creó la MINURSO con una misión que figuraba hasta en su nombre: organizar un referéndum de autodeterminación. Décadas después, el referéndum continúa en ese estado tan habitual de la diplomacia internacional llamado «ya veremos».
El Sáhara Occidental sigue considerado por Naciones Unidas un territorio no autónomo pendiente de descolonización. Marruecos controla la mayor parte y propone una autonomía bajo su soberanía; el Frente Polisario reclama la independencia, mientras los saharauis permanecen divididos entre el territorio ocupado, las zonas controladas por el Frente y los campamentos de refugiados de Tinduf.
La Marcha Verde resolvió el problema para España. Para los saharauis, lo convirtió en eterno.
El manual marroquí
Vista medio siglo después, la Marcha Verde parece el primer capítulo de un manual estratégico que Marruecos no ha dejado de consultar. Primero se identifica una debilidad; después se crea una presión difícil de responder; se utilizan civiles para limitar la capacidad de reacción del adversario; se niega cualquier intención agresiva; se presenta el conflicto como un problema humanitario, histórico o administrativo; se activan los aliados internacionales y, finalmente, se negocia cuando el otro Estado está ya desbordado.
En 1975, Marruecos utilizó a 350.000 civiles para empujar a España fuera del Sáhara. En 2021, la relajación de los controles fronterizos permitió la entrada de miles de personas en Ceuta después de que España acogiera al líder del Frente Polisario. En 2026, decenas de miles de personas volvieron a atravesar la frontera en una sola jornada.
Quizá las tres situaciones no fueran organizadas de idéntica manera y la última respondiera a una combinación de mafias, rumores, desesperación y pasividad inicial. Sin embargo, todas recuerdan la misma lección: Marruecos dispone de una herramienta de presión situada justo al otro lado de la frontera y España depende de que Rabat decida no utilizarla.
Nuestra soberanía descansa, en parte, sobre la buena voluntad de quien la discute. Un diseño estratégico verdaderamente admirable.
Marruecos no necesita ocupar Ceuta
Marruecos no necesita enviar mañana su Ejército a Ceuta. Una invasión convencional provocaría una respuesta militar española y quizá una crisis internacional. Sería costosa, arriesgada y de resultado incierto. La zona gris ofrece métodos más eficaces.
Rabat puede someter a Ceuta y Melilla a crisis migratorias, bloquear aduanas, dificultar el comercio transfronterizo, incrementar la presión diplomática, tolerar campañas que cuestionen la españolidad de ambas ciudades, utilizar mapas oficiales que las integren en su territorio, condicionar la cooperación policial o intensificar sus reclamaciones marítimas frente a Canarias. Puede hacer todo ello gradualmente y negar al mismo tiempo que exista una estrategia general.
No necesita clavar una bandera marroquí en la plaza de África. Le basta con conseguir que España modifique sus decisiones por miedo a lo que pueda ocurrir en esa plaza. Esa es la diferencia entre ocupar un territorio y neutralizar políticamente a quien lo administra.
Ayer, Ceuta no dejó de ser española, pero Marruecos pudo comprobar cuánto esfuerzo era necesario para desbordarla. La respuesta no debió de resultarle especialmente desalentadora.
Ceuta, Melilla y Canarias en el horizonte
Cuando afirmo que ayer cayeron también Melilla y quizá Canarias, no estoy anunciando que el Ejército marroquí vaya a desembarcar mañana en Las Palmas. Hablo de percepción estratégica y de capacidad de disuasión.
Las fronteras se defienden con soldados y policías, pero también con credibilidad. Un Estado conserva su territorio porque los demás saben que intentar arrebatárselo tendrá un coste insoportable. Ayer esa credibilidad sufrió una grieta, porque Marruecos pudo observar que una movilización civil masiva bastaba para bloquear Ceuta, dividir a la sociedad española, alarmar a Europa y obligar al Gobierno a solicitar la colaboración de Rabat para devolver la situación a la normalidad.
Melilla posee vulnerabilidades semejantes. Canarias, por su parte, se encuentra expuesta a la presión migratoria desde la fachada atlántica, a las disputas sobre la delimitación de aguas, a la ampliación de las plataformas continentales y a la creciente proyección marroquí sobre el espacio marítimo próximo al archipiélago.
Nada de ello equivale a una invasión inmediata. Equivale a algo más lento y paciente: la creación progresiva de la idea de que defender determinados territorios resulta demasiado caro, demasiado peligroso o demasiado incómodo. Las conquistas modernas no siempre comienzan con un desembarco; a veces empiezan cuando el país que debe defenderse acepta que lo más prudente es no provocar.
Los aliados de Marruecos y la soledad española
En 1975, Hasán II contaba con que Estados Unidos y Francia no permitirían que su aventura terminara en desastre. En 2026, Marruecos vuelve a disfrutar de una posición internacional privilegiada. Estados Unidos reconoce su soberanía sobre el Sáhara, Francia respalda explícitamente la solución autonómica dentro de Marruecos y España ha asumido el plan de Rabat como la propuesta más seria y realista.
Marruecos controla una parte importante de la cooperación migratoria con Europa, se presenta como barrera frente al terrorismo, amplía su influencia en África, estrecha sus relaciones militares con Estados Unidos y ofrece a Francia oportunidades económicas y estratégicas. España, mientras tanto, mantiene con su vecino una relación basada en una curiosa combinación de amistad oficial y temor práctico.
Cada Gobierno español anuncia periódicamente que las relaciones con Marruecos atraviesan su mejor momento histórico, generalmente con la misma frecuencia con la que aparecen nuevas crisis que demuestran lo contrario. Quizá la amistad consista ahora en no preguntar demasiado.
No existen datos que permitan afirmar que Washington o París alentaran lo sucedido en Ceuta. Sin embargo, tampoco parece probable que Marruecos tema una sanción internacional seria por demostrar, una vez más, hasta dónde alcanza su capacidad de presión. Cuando los grandes aliados respaldan tus objetivos fundamentales, los vecinos terminan pareciendo un poco más pequeños.

Una victoria sin disparar
La genialidad perversa de la Marcha Verde consistió en que Marruecos consiguió una victoria territorial sin librar una batalla convencional contra España. No derrotó a la Legión, no destruyó los blindados españoles ni tomó El Aaiún al asalto ante las cámaras; simplemente creó una situación en la que España decidió que combatir no merecía la pena.
Eso también es vencer. No siempre gana quien ocupa una posición por la fuerza; en ocasiones gana quien consigue que el adversario la abandone, firme un documento y explique después que todo formaba parte de una retirada ordenada.
Hasán II comprendió que España no estaba dispuesta a matar civiles por el Sáhara. Mohamed VI sabe que España tampoco está dispuesta a convertir Ceuta en un campo de batalla, lo cual resulta lógico. El problema comienza cuando el adversario conoce de antemano todos tus límites y tú finges ignorar que él los conoce.
Ayer no terminó nada
Una parte de quienes entraron en Ceuta regresaron después a Marruecos, la presión disminuyó y las autoridades comenzaron a recuperar el control. Alguien podrá concluir que la crisis quedó resuelta. Yo creo, más bien, que la prueba había terminado.
Marruecos, o cualquiera que estuviera observando, ya dispone de información valiosa: sabe cuánto tarda España en reaccionar, cuántas personas bastan para desbordar Ceuta, qué puntos de la frontera son más vulnerables, cómo responde la Unión Europea y qué fracturas políticas aparecen dentro de España. Sabe también que, tras la primera conmoción, Madrid volverá a solicitar la colaboración de Rabat.
La pregunta fundamental es qué ocurriría si la próxima vez las autoridades marroquíes decidieran no colaborar en el regreso. En 1975, la Marcha Verde no necesitó llegar hasta el final, porque cuando Hasán II ordenó volver a sus participantes ya había ganado. Ayer pudo ocurrir algo parecido: la multitud regresó, pero permaneció la imagen de una frontera abierta, una ciudad desbordada, un Gobierno desconcertado, una Europa vacilante y Marruecos al fondo, indispensable para cerrar una puerta situada en su propio territorio.
La historia no vuelve, pero conoce el camino
No creo que lo sucedido ayer sea una repetición exacta de la Marcha Verde, porque la historia no trabaja con fotocopias. En 1975 existió una operación estatal públicamente organizada por Hasán II para ocupar el Sáhara; en 2026 todavía no hay pruebas concluyentes de que Mohamed VI dirigiera la avalancha sobre Ceuta.
Sin embargo, los métodos se reconocen entre sí: la multitud civil, la dificultad de responder con fuerza, la ambigüedad sobre quién dirige la operación, el hecho consumado, la presión internacional, la debilidad española, el respaldo exterior a Marruecos y la certeza de que Rabat puede avanzar hasta el punto exacto en que España prefiere negociar antes que resistir.
Ayer, mientras recorría las redes sociales, no vi a Marruecos conquistar Ceuta. Vi algo quizá más importante: cómo comprobaba que, durante unas horas, detrás de la frontera no había oposición suficiente para detener el paso. Ceuta había caído sin dejar de ser española; Melilla había caído sin que nadie cruzara su valla, y Canarias aparecía un poco menos lejos en los mapas mentales de Rabat.
No porque Marruecos hubiera expulsado a los españoles o izado allí su bandera, sino porque había quedado demostrada una posibilidad: la posibilidad de hacerlo, o al menos de intentarlo, cuando considere oportuno.
En 1975, Hasán II descubrió que España podía ser expulsada del Sáhara sin necesidad de derrotar a su Ejército. En 2026, Mohamed VI puede haber comprobado que la mejor frontera española continúa estando en manos marroquíes.
Cincuenta años después hemos cambiado las alambradas, los uniformes y los teléfonos. Lo que no parece haber cambiado demasiado es quién empuja y quién retrocede.



















