El verano empezó en mayo
Hay quien sostiene que el verano comienza el 21 de junio. Eso está muy bien para los astrónomos, los calendarios y la gente que todavía confía en que las estaciones respeten los plazos administrativos. El resto sabemos que el verano empieza cuando uno baja la persiana a media tarde, cambia el café caliente por cualquier cosa que lleve hielo y empieza a considerar seriamente que caminar cincuenta metros bajo el sol constituye una actividad deportiva de riesgo.
Este año, además, Tinto de Verano empezó en mayo. Sin permiso, sin banderazo de salida y sin esperar a San Juan.
La idea de esta serie sigue siendo la misma: escribir sobre cosas más o menos serias sin ponerse demasiado solemne. Porque bastante tenemos ya con los telediarios, las guerras, los mercados, la inteligencia artificial, Bruselas, las comunidades de propietarios y el recibo de la luz como para abordar ese periodo que va de mayo a octubre con corbata intelectual.
Aquí se viene a leer con la ventana abierta —si fuera posible—, el ventilador dando vueltas como una hélice cansada y un vaso cerca. Un poco de actualidad, otro poco de tecnología, literatura, sociedad, nostalgia, viajes y esa costumbre mía de meter el dedo donde quizá nadie había pedido que lo metiera.
Así que, si se perdió alguno de los episodios, aquí tiene la primera mitad de Tinto de Verano 2026. Ocho artículos para leer de un tirón o administrar en pequeñas dosis, que el verano es largo y tampoco conviene abusar.
1. La siesta: el yoga ibérico
Empezamos, como mandan los cánones nacionales, tumbados.
La siesta ha pasado durante décadas por ser una demostración palmaria de nuestra incapacidad para incorporarnos al capitalismo protestante en condiciones. Hasta que llegaron el power nap, el mindfulness y el biohacking y descubrimos que aquello que llevaba haciendo nuestro abuelo en camiseta de tirantes era, en realidad, una sofisticada técnica de recuperación cognitiva.
El artículo es una defensa poco científica pero bastante entusiasta de esos veinte minutos en los que el mundo puede seguir funcionando sin nosotros. Ni productividad tóxica, ni sentimiento de culpa: cerrar los ojos también puede ser una forma bastante civilizada de resistencia.
2. Aire acondicionado, fachadas y vecinos al punto de fusión
Después de dormir viene el despertar y, con él, los cuarenta grados.
El problema es que en España uno no puede limitarse a comprar un aire acondicionado y enchufarlo. No señor. Primero hay que estudiar la Ley de Propiedad Horizontal, las ordenanzas municipales, los estatutos de la comunidad y, si la suerte se tuerce, enfrentarse al vecino del tercero que lleva votando que no desde 1987.
El artículo intenta separar el titular apocalíptico de la realidad: no existe una cruzada nacional contra los aparatos de aire acondicionado, pero las fachadas son elementos comunes, las instalaciones pueden estar sujetas a permisos y las ciudades tendrán que afrontar de una vez cómo adaptar los edificios a un calor que ya no es precisamente anecdótico. Porque en España hasta para no cocerse vivo conviene tener los papeles en regla.
3. Cómo desplegar la IA en mi empresa y no morir en el empeño
De la comunidad de vecinos pasamos a otro ecosistema igualmente peligroso: la empresa cuando alguien pronuncia las palabras «tenemos que meter inteligencia artificial».
A partir de ahí suelen ocurrir cosas maravillosas. Aparecen presentaciones, consultores, pilotos, comités, plataformas, licencias, cursos y algún directivo preguntando por qué no hemos automatizado todavía toda la compañía si él lleva ya tres semanas usando ChatGPT para responder correos.
Este Tinto de Verano pone orden en el asunto: la IA no se despliega comprando herramientas a granel, sino identificando problemas concretos, preparando los datos, formando a las personas, estableciendo reglas y avanzando paso a paso. La inteligencia artificial puede transformar una organización, sí, pero la transformación requiere bastante inteligencia humana antes de pulsar el botón.
4. Asimov, un robot con fe y la razón puesta al sol
Aquí entramos en terreno literario, aunque con robots.
A partir de «Razón», uno de los relatos clásicos de Isaac Asimov, nos encontramos con Cutie, una máquina capaz de razonar de manera impecable hasta llegar a conclusiones completamente equivocadas. Nada que resulte especialmente exótico en 2026.
La historia sirve para hablar de inteligencia artificial, pensamiento crítico y de una verdad incómoda: disponer de una lógica perfectamente coherente no garantiza que la premisa inicial sea cierta. Una máquina puede razonar estupendamente y, aun así, fabricar una cosmovisión absurda. También los humanos, dicho sea de paso, llevamos practicándolo milenios con notable éxito.
5. Un mundo feliz: sonríe, consume y no hagas preguntas
Aldous Huxley no necesitó redes sociales, algoritmos de recomendación ni teléfonos inteligentes para imaginar una sociedad en la que el control no llegaba mediante el látigo, sino mediante el entretenimiento, el consumo y la satisfacción inmediata.
Y ahí está precisamente la gracia —o la poca gracia— del asunto.
Este artículo vuelve a Un mundo feliz para mirar nuestro presente: pantallas, estímulos constantes, compras, distracción, gratificación inmediata y una sociedad donde quizá el verdadero lujo consista precisamente en detenerse a preguntar para qué hacemos lo que hacemos.
No es que Huxley acertara en todo. Menos mal. Pero algunas tardes de julio basta mirar alrededor para sospechar que alguien ha estado tomando apuntes.
6. Cervantes, la avutarda y el euro que sabrá dónde hemos estado
Europa prepara nuevos diseños para los billetes y, entre personajes ilustres, ríos, pájaros y paisajes, podría terminar apareciendo Cervantes. A mí, puestos a elegir fauna, me sigue gustando más la avutarda.
Pero el verdadero asunto del artículo está detrás de los dibujos: el euro digital.
Las instituciones europeas aseguran que será privado, seguro y no programable. Bien. Conviene escucharlo y, al mismo tiempo, recordar que una infraestructura digital permite registrar, procesar y eventualmente condicionar operaciones de maneras que el viejo billete arrugado del bolsillo jamás soñó.
La conclusión no es salir corriendo hacia el colchón con los ahorros —aunque alguno siempre queda—, sino mantener esa vieja costumbre tan poco digital de conservar una razonable desconfianza ante el poder tecnológico. Y si Cervantes termina en el billete de cincuenta, quizá venga bien para recordarnos que no siempre los gigantes son gigantes.
7. Los océanos inabarcables de la ignorancia: cuanto más sé, más zoquete me siento
Este empezó con una sospecha personal y terminó convertido casi en confesión: cuanto más aprende uno, más grande parece lo que ignora.
Internet nos ha acostumbrado a tener respuestas inmediatas y opinión instantánea sobre cualquier asunto. Ucrania, inteligencia artificial, tipos de interés, incendios, medicina, energía nuclear o la alineación del domingo. Todo cabe en la misma cabeza y, preferentemente, antes del desayuno.
El artículo propone justo lo contrario: leer a quien piensa distinto, hablar con personas alejadas de nuestro pequeño círculo, aburrirse un poco, aprender cosas aparentemente inútiles y recuperar tres palabras que deberían enseñarse de nuevo en las escuelas: «no lo sé».
Porque descubrir nuestra ignorancia no es fracasar. Probablemente sea una de las señales más fiables de que estamos empezando a aprender algo.
8. Hasta que vinisteis todos
Y para terminar esta primera tanda, turismo.
O mejor dicho: turismo de masas, esa actividad en la que todos queremos descubrir rincones secretos previamente recomendados por cuatro millones de personas en Instagram.
El artículo parte de la contradicción que llevamos dentro. Nos irrita que las ciudades estén llenas de turistas mientras nosotros caminamos por ellas con una cámara colgada del cuello. Buscamos playas desiertas preguntándole a Google dónde están, restaurantes auténticos con cinco mil reseñas y pueblos desconocidos incluidos en una lista titulada «diez pueblos desconocidos que debes conocer».
El problema no son «los turistas». Nosotros también somos la plaga. La cuestión está en preguntarnos cuánto turismo puede soportar un lugar antes de dejar de ser precisamente aquello que fuimos a buscar.
Y quizá, después de tantos vuelos y experiencias imprescindibles, terminemos descubriendo que uno de los mayores lujos consiste en sentarse en un lugar tranquilo, beber algo con un amigo y perder la tarde sin tener ninguna obligación de subirla a Instagram.
Una botica con hielo
Y ahí queda la primera mitad del verano.
Ocho artículos que, vistos juntos, forman una botica bastante peculiar: una cucharada de costumbrismo, dos gotas de tecnología, literatura al gusto, algo de desconfianza institucional, pensamiento crítico, vecinos, robots, pájaros, turistas y una dosis generosa de mala leche rebajada con hielo.
Puede que esa sea, al final, la verdadera intención de Tinto de Verano. No tanto explicar el mundo —empresa temeraria donde las haya— como mirarlo durante un rato desde otra esquina. Con cierta distancia. Con una sonrisa. Y sin olvidar que detrás de casi cualquier noticia aparentemente trascendental suele haber un ser humano intentando sobrevivir al calor, pagar sus facturas y entender qué demonios está pasando.
Queda todavía verano por delante. Y quedan, por tanto, más tintos.
Mientras llegan, pueden pasearse por estos ocho, recuperar alguno que se les escapara y, sobre todo, contarme cuál les ha gustado más, cuál les ha parecido una soberana tontería o qué asunto debería acabar convertido en el próximo Tinto de Verano.
Acepto sugerencias.
No garantizo obedecerlas, naturalmente.
Que una cosa es participación ciudadana y otra perder completamente la autoridad editorial.


















