Comienza la segunda mitad del verano y, con ella, una nueva remesa de estos Tintos de Verano con los que intento sobrellevar las tardes calurosas sin verme obligado a realizar esfuerzos físicos innecesarios. Para inaugurarla han caído en mis manos no uno, sino dos cómics, o dos novelas gráficas, que es como llamamos ahora a los tebeos cuando queremos revestirlos de cierta solemnidad cultural. Se trata de los dos primeros volúmenes de Contrapaso, la serie creada, escrita y dibujada por Teresa Valero: Los hijos de los otros y Mayores, con reparos. Dos obras que demuestran que el cómic puede entretener, emocionar, remover la memoria y, de paso, meter el dedo en unas cuantas llagas que algunos preferirían mantener cuidadosamente vendadas.

Madrid, 1956

Las dos historias transcurren en el Madrid de 1956, cuando España empieza a abandonar lentamente el aislamiento internacional y el régimen franquista intenta ofrecer al exterior una imagen de estabilidad, orden y prosperidad. Una estampa impoluta, convenientemente iluminada y retocada, en la que no deben aparecer la pobreza, la represión, los negocios sucios ni las víctimas que la dictadura ha ido dejando por el camino. El problema es que la realidad suele tener la mala costumbre de salirse del encuadre.

En ese escenario trabajan Léon Lenoir y Emilio Sanz, dos periodistas de la sección de sucesos del diario ficticio La Capital. Uno es hijo de un comunista muerto durante la Guerra Civil y el otro, un antiguo militante falangista. Dos hombres procedentes de mundos enfrentados que comparten, sin embargo, una peligrosa inclinación por averiguar lo que verdaderamente ha sucedido, algo que, bajo una dictadura, suele constituir una actividad de riesgo.

Los hijos de los otros

En Los hijos de los otros, la investigación comienza con un supuesto suicidio que, en principio, parece un sencillo caso destinado a ocupar unas líneas en la página de sucesos. Sin embargo, la obstinación de los periodistas por mirar más allá de la versión oficial los conduce hasta una trama mucho más turbia, relacionada con algunos médicos bien situados y protegidos por las estructuras del régimen. A medida que avanzan aparecen la represión política, la manipulación informativa, el miedo y las redes de poder que permiten convertir determinados delitos en asuntos que conviene no investigar.

Teresa Valero utiliza los mecanismos clásicos del género negro —cadáveres, secretos, testigos, policías y periodistas— para levantar un poderoso retrato social de la España franquista. No estamos, por tanto, ante una simple intriga criminal, porque el crimen es apenas la puerta de entrada a una sociedad en la que las instituciones, la prensa y buena parte de las élites colaboran para construir una realidad oficial bastante distinta de la que padecen los ciudadanos.

Mayores, con reparos

El segundo volumen, Mayores, con reparos, nos sitúa unos meses después, en octubre de aquel mismo año. Esta vez, un censor eclesiástico aparece muerto en la butaca de un cine con un rollo de película introducido en la boca, una manera bastante cinematográfica de abandonar este mundo. Léon Lenoir y Emilio Sanz retoman la investigación, acompañados ahora por Paloma Ríos, dibujante e ilustradora que adquiere un mayor protagonismo en la historia.

El cadáver del censor sirve como punto de partida para adentrarnos en el mundo del cine, la censura religiosa, el estraperlo, los especuladores inmobiliarios y los jerarcas del régimen. Por sus páginas desfilan empresarios, cineastas, idealistas, buscavidas y personajes capaces de adaptarse a cualquier situación siempre que exista algún beneficio que llevarse al bolsillo. La historia transcurre durante la llegada de las grandes producciones cinematográficas norteamericanas a España, cuando el cine permitía soñar a una población rodeada de estrecheces, pero también funcionaba como instrumento de propaganda y como un territorio vigilado muy de cerca por la censura política y religiosa.

Teresa Valero incorpora además otro de los grandes problemas de aquellos años: la llegada masiva de población procedente del campo a las ciudades y la desesperada búsqueda de una vivienda. Mientras unos especulaban con el suelo y levantaban fortunas, miles de personas se instalaban en chabolas, cuevas y construcciones miserables en las afueras de Madrid. Bajo las luces de los grandes estrenos y la apariencia de modernidad se escondía una multitud cuyo sueño no era convertirse en estrella de cine, sino encontrar un techo bajo el que cobijarse.

Periodistas cuando el periodismo estorba

Uno de los mayores aciertos de Contrapaso es haber elegido como protagonistas a unos periodistas de sucesos, porque el periodismo estorbaba entonces y, aunque resulte incómodo reconocerlo, también estorba hoy. En la prensa de la dictadura, la verdad debía atravesar una larga carrera de obstáculos antes de llegar a la imprenta. Había asuntos que no podían publicarse, palabras que convenía evitar y personajes a los que resultaba prudente no molestar. Los periodistas de La Capital conocen perfectamente esas limitaciones y saben que una noticia puede ser modificada, enterrada o directamente prohibida, pero, aun así, continúan investigando.

En Contrapaso, un comisario llama «buitre carroñero» a un periodista que se empeña en investigar. Setenta años después, un ministro actualiza el insulto al estilo del siglo XXI: ya no hace falta pronunciarlo, basta con acompañarlo de una imagen.

Naturalmente, no cabe equiparar la represión de una dictadura con las presiones que puede sufrir la prensa en una democracia. Ni los mecanismos ni las consecuencias son los mismos. Sin embargo, la tentación del poder de controlar el relato, desacreditar al mensajero y convertir en enemigo a quien descubre sus miserias permanece inquietantemente viva. En los últimos años hemos escuchado a quienes gobiernan calificar de «seudomedios» a determinadas cabeceras críticas, una expresión utilizada reiteradamente por el propio presidente del Gobierno para referirse a medios que, según él, difunden bulos y dependen de determinados grupos de interés.

El problema aparece cuando esa etiqueta deja de aplicarse a informaciones falsas concretas y se utiliza como un sambenito contra medios enteros, especialmente cuando sus investigaciones incomodan al Gobierno. Algunas de esas cabeceras y algunos de esos periodistas han contribuido a destapar asuntos de corrupción que terminaron llegando a los tribunales y afectando a destacados responsables políticos, incluidos antiguos ministros. En junio de 2026, el Tribunal Supremo condenó al exministro José Luis Ábalos a una larga pena de prisión por delitos de corrupción relacionados con el llamado caso Koldo.

También hemos asistido a descalificaciones públicas contra periodistas, comunicadores y medios desde responsabilidades ministeriales, insinuando que son «carroñeros» o «buitres carroñeros» (véase imagen), algo impropio de quienes deberían aceptar que fiscalizar al poder no constituye una agresión, sino una de las funciones esenciales de la prensa. Criticar una información, demostrar que es falsa o denunciar una mala práctica periodística es perfectamente legítimo; señalar desde el Gobierno a quienes investigan, meter en el mismo saco el error, la manipulación y el periodismo incómodo es algo muy diferente.

Léon Lenoir y Emilio Sanz investigan sabiendo que la verdad puede costarles el empleo, la libertad o algo peor. Los periodistas actuales no trabajan en aquella España, afortunadamente, pero tampoco deberían verse obligados a elegir entre hacer preguntas incómodas y evitar las represalias políticas, económicas o personales. La libertad de prensa no consiste en permitir que se publiquen únicamente las informaciones que favorecen al Gobierno de turno, sino en soportar precisamente aquellas que lo incomodan, lo contradicen y dejan al descubierto sus vergüenzas.

Los protagonistas de Contrapaso no son héroes impolutos, sino personajes contradictorios, heridos por su pasado y empujados por la necesidad de comprender lo que ocurre a su alrededor. Ahí reside buena parte de la fuerza de la serie, pues Teresa Valero no divide el mundo entre santos y demonios. Sus personajes están llenos de dudas, lealtades, miedos y renuncias. Algunos colaboran con el sistema, otros tratan de sobrevivir dentro de él y unos pocos se atreven a enfrentarse a sus mecanismos, aun sabiendo que la verdad rara vez sale gratis.

Ayer, la represión contra la prensa era uno de los pilares de una dictadura. Hoy, cualquier intento de intimidar, desacreditar o silenciar al periodismo resulta todavía más difícil de justificar, precisamente porque se produce dentro de un sistema que se proclama democrático. Una democracia que solo tolera al periodista dócil, al medio favorable y a la pregunta previamente domesticada puede seguir llamándose democracia, pero empieza a necesitar unas comillas cada vez más grandes.

Un Madrid que también es protagonista

Madrid no funciona como un simple decorado, sino como un personaje más de la historia. Sus calles, redacciones, cafés, cines, barrios acomodados y suburbios miserables forman parte esencial de la narración. La ciudad aparece como un espacio de contrastes: escaparates luminosos frente a viviendas insalubres, fiestas de la alta sociedad frente a familias que apenas encuentran un techo y películas norteamericanas frente a una población sometida a una censura asfixiante.

El dibujo de Teresa Valero reconstruye ese Madrid con enorme atención al detalle, pero sin convertir cada viñeta en una fría exhibición documental. La ambientación está al servicio de los personajes y de la historia, y los automóviles, los anuncios, las salas de cine, la ropa y los edificios ayudan a comprender cómo era aquella sociedad y qué lugar ocupaba cada uno dentro de ella. La autora procede del mundo de la animación y esa experiencia se percibe en la planificación de las escenas, en el movimiento de los personajes y en una narración visual muy cinematográfica.

Un thriller social en viñetas

Los dos volúmenes funcionan como relatos independientes, aunque forman parte de una historia más amplia. La serie combina los códigos del género negro con la reconstrucción histórica y la denuncia social, de manera que cada investigación permite abordar uno de los rincones oscuros de la dictadura: el control de la prensa, los abusos médicos, la censura, la propaganda, la especulación y la miseria de quienes quedaron fuera del relato triunfalista del régimen.

Pero Contrapaso no es un manual de historia ilustrado. Ante todo, es una magnífica historia de suspense, con asesinatos, persecuciones, secretos familiares, traiciones y personajes que no son exactamente lo que aparentan. El lector continúa pasando páginas porque quiere saber quién es el culpable y, mientras trata de averiguarlo, acaba contemplando una sociedad construida sobre el miedo, el silencio y la necesidad de aparentar que todo marchaba estupendamente. Un mecanismo político que, visto con cierta perspectiva, tampoco resulta demasiado exótico.

Para acompañar el tinto

Pocas cosas resultan tan apropiadas para una tarde de verano como sentarse a la sombra, servirse un tinto bien frío y abrir un buen cómic. En este caso, mejor dos, porque Contrapaso ofrece investigación, suspense, memoria histórica, periodismo y una espléndida reconstrucción del Madrid de los años cincuenta.

Teresa Valero nos recuerda que detrás de las imágenes oficiales siempre existe otra realidad, menos brillante, mucho más incómoda y habitualmente protagonizada por quienes nunca aparecen en las fotografías. Por suerte, siempre queda algún periodista dispuesto a mirar detrás del decorado, aunque luego tenga serios problemas para contarlo.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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