En esta página, un Tinto de Verano no es solo vino con gaseosa, hielo y una rodaja de limón, aunque conviene no desdeñar ninguna de esas virtudes. Es también una forma de mirar asuntos serios sin ponerse serio, de acercarse a los clásicos, la historia o el poder con algo de sombra, bastante ironía y la saludable sospecha de que casi todo puede entenderse mejor cuando uno deja de fingir solemnidad. Aquí los grandes temas se sirven fríos, con burbujas y sin aparato académico, porque Homero, Odiseo y hasta los liderazgos de nuestro tiempo admiten una lectura menos encorsetada, más veraniega y, si se tercia, algo socarrona. Y para esta copa en particular hay que empezar brindando por quien ha vuelto a poner el viejo poema sobre la mesa.

Hay que dar las gracias a Christopher Nolan, porque no todos los días llega uno de los grandes directores de nuestro tiempo, reúne a medio Hollywood, levanta una producción de dimensiones verdaderamente homéricas y consigue que millones de personas vuelvan a hablar de un poema compuesto hace cerca de tres mil años. En estos tiempos nuestros, en los que cualquier novedad envejece antes incluso de que terminemos de actualizar la aplicación, tiene un mérito extraordinario devolver a la primera plana una obra inmarchitable, una historia sin fecha de caducidad, sin algoritmo de recomendación y sin necesidad de anunciar una segunda temporada para que el público recuerde que existe.

Así que gracias, señor Nolan, por devolvernos a Odiseo, Penélope, Telémaco, Polifemo, Circe, Calipso y a esas sirenas que cantaban maravillosamente sin haber pasado antes por un concurso televisivo. Gracias también por recordarnos que, mucho antes de los superhéroes enfundados en capas ajustadas, ya existían hombres capaces de enfrentarse a monstruos, descender a los infiernos, desafiar a los dioses y sobrevivir a reuniones de equipo bastante peor organizadas que muchas de las nuestras.

La película hay que verla en pantalla grande, a ser posible con aire acondicionado, una buena provisión de palomitas y la disposición de quien entra en el cine para asistir a una gran aventura, no a un seminario de filología clásica. Pero, después, habría que leer el libro; o antes, si uno es previsor; o durante el verano, que es esa época del año en la que todavía podemos fingir que disponemos de tiempo y descubrir que una sombrilla, bien empleada, puede ser una biblioteca bastante razonable.

Y, ya puestos, tampoco estaría de más acercarse a la Ilíada, su hermana mayor, guerrera, colérica y mucho menos partidaria de solucionar los conflictos por la vía diplomática. La Ilíada cuenta la furia que casi destruye a los griegos ante Troya; la Odisea, en cambio, relata el pequeño inconveniente de intentar regresar a casa después de haber ganado la guerra, porque una cosa es conquistar una ciudad y otra muy distinta saber qué hacer al día siguiente, algo que numerosos líderes contemporáneos todavía no han terminado de comprender.

Un líder muy listo y bastante peligroso

Odiseo suele aparecer descrito como el héroe de la inteligencia. Aquiles posee la fuerza, Áyax el tamaño, Agamenón el cargo y Odiseo la cabeza, porque es el hombre del caballo de Troya, de las estratagemas, de los disfraces, de las palabras oportunas y de las soluciones que aparecen cuando todos los demás ya han comenzado a golpear las paredes. Piensa cuando otros embisten y engaña cuando la fuerza bruta no basta, lo que lo convierte en un personaje fascinante, aunque no necesariamente en el jefe que cualquiera elegiría para dirigir su departamento.

Porque Odiseo es inteligente, valiente, resistente, persuasivo y capaz de encontrar una salida cuando todo parece perdido, pero también es vanidoso, manipulador, temerario y extraordinariamente hábil para convertir una dificultad manejable en una catástrofe de diez años. En esto último se parece mucho a algunos dirigentes actuales, que también presumen de controlar el rumbo mientras la nave se acerca a las rocas, explican cada naufragio como una brillante maniobra estratégica y llegan al final del viaje convencidos de que todo ha salido razonablemente bien, aunque por el camino haya desaparecido la tripulación.

Los líderes perfectos solo existen en las biografías autorizadas, en los folletos electorales y en las presentaciones empresariales donde todas las flechas apuntan hacia arriba, pero los líderes reales se equivocan, dudan y a veces toman decisiones desastrosas. El problema no consiste en que fallen, sino en que terminen creyendo que reconocer un error es más peligroso que repetirlo, una costumbre bastante extendida entre quienes confunden la firmeza con la incapacidad de rectificar.

Todo líder necesita una Ítaca

Odiseo tarda diez años en regresar a casa, pero nunca olvida adónde quiere volver. Ítaca no es el territorio más rico ni el reino más poderoso, sino una isla pequeña, áspera y alejada de los grandes centros del mundo antiguo; sin embargo, allí están Penélope, Telémaco, su padre, su casa, su memoria y su responsabilidad como rey. Ítaca es su propósito y, aunque no impide las tormentas, le permite seguir navegando cuando ya no queda ninguna razón sensata para confiar en el mar.

Todo líder necesita una Ítaca, es decir, saber hacia dónde navega y, sobre todo, para qué, porque no basta con agitar los brazos, convocar reuniones, publicar vídeos motivacionales y colocar en la pared una frase atribuida falsamente a Marco Aurelio. Moverse no es avanzar, hablar no es dirigir y aparecer todos los días ante una cámara no significa necesariamente que se tenga algo que decir, aunque nuestros tiempos premien con frecuencia más la presencia que el contenido.

Vivimos rodeados de gobernantes, ejecutivos, comunicadores y pequeños emperadores de oficina que confunden la actividad con el rumbo. Producen planes, protocolos, hojas de ruta, anuncios y rectificaciones; cambian las palabras cuando no cambian las cosas y celebran como una victoria que el desastre haya sido ligeramente menor de lo previsto. Odiseo, al menos, conoce el destino, aunque a veces parezca dispuesto a recorrer todo el Mediterráneo antes de admitir que se ha equivocado de camino. Pero conocer Ítaca tampoco garantiza llegar hasta ella, porque el poder, como el mar, está lleno de islas agradables en las que uno puede acabar olvidando por qué se embarcó.

Calipso y la cómoda tentación de olvidar Ítaca

La isla de Calipso plantea una amenaza distinta a todas las anteriores, porque allí Odiseo no tiene que luchar contra monstruos, sobrevivir a una tempestad ni idear una nueva mentira para conservar la vida. Ogigia es hermosa, Calipso lo agasaja y le ofrece incluso la inmortalidad, una propuesta difícil de mejorar en cualquier negociación laboral. Sin embargo, Odiseo pasa los días mirando el mar y llorando por Ítaca, porque comprende que una existencia confortable también puede convertirse en una prisión cuando obliga a olvidar el propósito que daba sentido al viaje.

La enseñanza para el liderazgo resulta incómoda: no siempre se pierde el rumbo en medio de una crisis; a veces se pierde en una residencia oficial junto al mar, rodeado de seguridad, privilegios y personas dispuestas a asegurar que todo está razonablemente controlado. Ahí tenemos, sin ir más lejos, al presidente del Gobierno, que el 31 de julio se desplazó a Ceuta, habló de una violación de la integridad territorial y prometió emplear todos los recursos del Estado, para instalarse apenas un día después en La Mareta y comenzar sus vacaciones mientras la crisis territorial continuaba dejando cadáveres, menores desamparados, fuerzas de seguridad movilizadas y demasiadas preguntas sin respuesta.

La Mareta se convierte así en una Ogigia contemporánea, una isla confortable desde la que resulta fácil confundir la distancia con la perspectiva y la protección del cargo con la calma del país. Nuestros dirigentes suelen comenzar prometiendo llevarnos a Ítaca, pero algunos terminan descubriendo que se vive bastante mejor en la isla de Calipso, especialmente cuando dispone de acceso al mar, perímetro de seguridad y agenda institucional reducida.

También conviene ser justos con Odiseo: él no se queda en Ogigia por simple pereza, sino retenido por una diosa, y necesita la intervención de los dioses para poder marcharse. El líder moderno, en cambio, suele llegar por voluntad propia, acompañado de su séquito y con fecha de regreso cuidadosamente calculada. Por eso el episodio nos recuerda que gobernar no consiste únicamente en resistir las adversidades, sino también en saber renunciar a la comodidad cuando la situación exige presencia, explicación y responsabilidad.

El poder ofrece muchas Ogigias: cargos que debían ser provisionales, privilegios que parecían necesarios, entornos donde nadie contradice al jefe y residencias desde las que el ruido de la crisis llega amortiguado por el oleaje. El problema es que Ítaca continúa esperando mientras el líder aprende a confundir el descanso con el destino. Aunque la comodidad no es la única amenaza para quien manda: también está el ego, esa necesidad irresistible de proclamar ante el mundo quién ha derrotado al cíclope, incluso cuando el cíclope todavía conserva línea directa con Poseidón.

El cíclope, el ego y la irresistible necesidad de ponerse la medalla

El episodio de Polifemo contiene una de las mejores lecciones sobre liderazgo que se hayan escrito. Odiseo y sus hombres quedan encerrados en la cueva del cíclope y comprenden que no pueden derrotarlo por la fuerza, de modo que el héroe inventa un plan: dice llamarse “Nadie”, emborracha al gigante, lo ciega y consigue escapar ocultando a sus compañeros bajo el vientre de unos carneros. Hasta ese momento, la actuación es impecable, una combinación de inteligencia, paciencia, coordinación y conocimiento del adversario que podría figurar en cualquier manual serio de estrategia.

El problema llega cuando la nave se aleja y el peligro parece superado, porque Odiseo no resiste la tentación de gritar su verdadero nombre. Necesita que el cíclope sepa quién lo ha vencido, que la autoría quede clara, que nadie atribuya el mérito a otro y, a ser posible, que la posteridad conserve la placa conmemorativa. Polifemo invoca entonces a su padre, Poseidón, y el dios del mar transforma el regreso a Ítaca en una prolongada colección de naufragios, pérdidas y desgracias, todo por no haber sabido mantener la boca cerrada durante unos minutos más.

Pocas escenas resultan más actuales, porque son innumerables las buenas decisiones que se estropean cuando alguien necesita atribuirse personalmente el mérito, las negociaciones que se rompen por una declaración triunfalista y los dirigentes incapaces de disfrutar de un éxito si no pueden publicarlo, fotografiarlo y explicar que solo fue posible gracias a su extraordinaria visión. En nuestras modernas Ítacas, el cíclope puede haber sido derrotado, la empresa salvada o el acuerdo alcanzado, pero entonces aparece el líder ante los micrófonos, abre la boca y Poseidón comienza a remover las aguas.

Hay victorias que solo exigen una última cosa: discreción. Suele ser la más difícil.

Las sirenas siguen cantando

Odiseo quiere escuchar a las sirenas y sabe que su canto conduce a los marineros hacia la muerte, pero no está dispuesto a renunciar a la experiencia. Ordena por ello a sus hombres que se tapen los oídos con cera y que lo aten al mástil, advirtiéndoles que, cuando comience a suplicar, amenazar y exigir que lo liberen, deben ignorarlo y apretar todavía más las cuerdas. Es decir, Odiseo establece un mecanismo para protegerse de sí mismo, lo que no parece una mala idea, especialmente en una época en la que demasiados dirigentes han sustituido el mástil por un círculo de aduladores.

Son personas bien entrenadas para interpretar cada ocurrencia como una intuición brillante, cada error como una maniobra maestra y cada contradicción como una muestra de flexibilidad. Las sirenas modernas no tienen cola de pez, sino que llegan en forma de encuestas favorables, aplausos de partido, consejos de administración complacientes, entrevistas amables y redes sociales donde el algoritmo termina mostrando al poderoso exactamente aquello que desea escuchar: que es imprescindible, que nadie podría hacerlo mejor, que el problema siempre son los demás y que todos cuantos discrepan están vendidos, resentidos o desinformados.

La melodía es pegadiza y por eso los líderes necesitan instituciones, procedimientos, contrapoderes y personas capaces de decirles que no; necesitan cuerdas, mástiles y tripulantes que no teman desobedecer una orden absurda. El dirigente que elimina todos los límites termina creyendo que su voluntad y el interés general son la misma cosa y, a partir de ahí, solo queda elegir contra qué roca va a estrellarse.

La bolsa de los vientos y la información que no se comparte

Eolo entrega a Odiseo una bolsa en la que están encerrados los vientos capaces de apartarlo de Ítaca, pero el héroe la guarda sin explicar a sus hombres qué contiene. La tripulación sospecha que se trata de un tesoro oculto y, cuando Odiseo se duerme, abre la bolsa, libera los vientos y vuelve a alejar la nave de casa justo cuando ya divisaban la costa.

La escena suele utilizarse para demostrar la codicia y la indisciplina de los marineros, aunque también permite hacer una pregunta incómoda: ¿por qué Odiseo no les explicó lo que llevaba? La información que no circula termina llenándose de rumores, algo que ocurre en los barcos, en las empresas, en los partidos políticos y en las administraciones. Cuando quien dirige no explica, los demás imaginan, y las explicaciones inventadas suelen ser bastante más inquietantes que la realidad.

Algunos líderes confunden la información con el poder y creen que compartirla los debilita, por lo que prefieren equipos que obedezcan sin comprender, colaboradores que ejecuten sin preguntar y ciudadanos a los que se comunica lo estrictamente necesario una vez tomada la decisión. Después se sorprenden cuando alguien abre la bolsa. La transparencia no garantiza que todo salga bien, pero el secreto permanente garantiza que, tarde o temprano, nadie confíe en nadie.

¿Puede ser buen líder quien regresa solo?

Aquí aparece la pregunta que suelen esquivar los manuales de liderazgo inspirados en la Odisea: Odiseo consigue regresar a Ítaca, pero sus hombres no, porque todos mueren durante el viaje. Puede decirse que desobedecieron, cometieron imprudencias y desoyeron las advertencias, y es verdad, pero también lo es que seguían a Odiseo, que era el rey, el capitán, el estratega y el hombre que había decidido el rumbo.

Llegar al destino sin la tripulación constituye un éxito personal bastante discutible como modelo de liderazgo, aunque estamos acostumbrados a dirigentes que presentan resultados semejantes como victorias memorables. El líder conserva el despacho, la organización sobrevive a duras penas, los empleados quedan exhaustos, los colaboradores caen por el camino y la responsabilidad siempre pertenece a otro; después, el informe anual habla de resiliencia, adaptación y cumplimiento de objetivos.

Odiseo es un héroe extraordinario, pero no un modelo limpio, y su historia nos obliga a separar la capacidad de sobrevivir de la capacidad de cuidar a quienes viajan con nosotros. No todo superviviente es un buen capitán; a veces es, sencillamente, el último que queda en cubierta.

Mientras Odiseo viajaba, Penélope sostenía el reino

También conviene hablar de Penélope, porque mientras Odiseo pasa años viajando, combatiendo monstruos y viviendo aventuras que después llenarán poemas, películas y estudios sobre liderazgo, ella permanece en Ítaca administrando el palacio, protegiendo a Telémaco y conteniendo a unos pretendientes que consumen los bienes del reino mientras esperan que elija nuevo esposo. Como no puede expulsarlos por la fuerza, promete tomar una decisión cuando termine de tejer el sudario de Laertes, aunque cada noche deshace lo tejido durante el día y gana así un tiempo precioso.

Odiseo lidera en movimiento y Penélope lidera resistiendo; él se enfrenta a amenazas espectaculares, mientras ella mantiene en pie una casa asediada desde dentro. Odiseo recibirá la gloria del regreso, pero Penélope ha conseguido que todavía exista algo a lo que regresar, una diferencia que debería hacernos pensar en la forma en que seguimos prestando mucha atención al dirigente que pronuncia el discurso y bastante menos a quienes sostienen la organización mientras él lo pronuncia.

Admiramos al líder visible y olvidamos a las personas que corrigen sus errores, conservan la memoria, mantienen los servicios y evitan que el reino se venga abajo. El liderazgo más valioso no siempre entra en palacio empuñando un arco; a veces lleva años tejiendo en silencio.

Leer a Homero sin sufrir una insolación académica

Llegados a este punto, nadie debe alarmarse, porque no propongo dedicar agosto a encerrarse con una edición bilingüe, un diccionario de griego y varios volúmenes de notas críticas. El verano debe conservar ciertos límites y la Odisea, además, nació para ser narrada y escuchada; está llena de aventuras, naufragios, monstruos, engaños, banquetes, amores, venganzas y hombres que quieren regresar a casa. No es una reliquia colocada detrás de una vitrina, sino una historia viva que cada generación vuelve a leer porque encuentra en ella sus propias tormentas.

Existen buenas traducciones, adaptaciones, ediciones ilustradas, novelas gráficas y excelentes resúmenes, de modo que cualquier librería ofrece varias puertas de entrada. Algunos de esos libros incorporan, además, interpretaciones apoyadas en nuevos hallazgos de la arqueología, la historia y la filología, que han permitido conocer mejor el mundo en el que pudieron surgir los poemas homéricos y revisar algunas de las certezas que durante años se dieron por sentadas.

No hace falta aprobar una oposición para disfrutar de Homero ni es obligatorio comenzar por la versión más voluminosa. Quien sea lector puede embarcarse en el poema completo; quien tenga menos costumbre, buscar una adaptación; y quien tema naufragar antes de llegar al canto quinto, comenzar con un resumen. Ítaca admite distintos medios de transporte y lo importante es no quedarse en el puerto alegando que los clásicos son difíciles mientras uno dedica cuatro horas a contemplar vídeos de personas ordenando frigoríficos.

La película, el libro y el tinto de verano

Vayan a ver La Odisea de Christopher Nolan, porque la película ha conseguido algo que no es poca cosa: devolver a la conversación popular una de las historias fundamentales de nuestra cultura, y lo ha hecho con cine grande, ambición, estrellas y esa clase de espectáculo que todavía justifica abandonar durante unas horas el sofá doméstico.

Después, lean a Homero, tanto la Odisea como la Ilíada, esa hermana furiosa en la que Aquiles demuestra que un gran guerrero puede convertirse al mismo tiempo en un problema monumental para su propio ejército. Entre ambas obras se encuentra buena parte de lo que seguimos discutiendo sobre el poder, la cólera, la ambición, la lealtad, el orgullo, la inteligencia, el deber, la pérdida y el regreso.

Odiseo no es un líder perfecto: engaña, se equivoca, se deja arrastrar por el ego, oculta información y pierde a todos sus compañeros. Sin embargo, sabe hacia dónde quiere ir, aprende a adaptarse, escucha cuando todavía está a tiempo y comprende, al menos en algunas ocasiones, que hasta el hombre más inteligente necesita ser atado al mástil. Nuestros líderes actuales podrían tomar nota, sobre todo de esto último, porque monstruos seguimos teniendo, sirenas también, cíclopes sobran y Poseidón parece especialmente inquieto cada vez que alguien se acerca a un micrófono.

Así que busquen una sombra, sírvanse un tinto de verano y abran el libro sin ponerse solemnes. Al fin y al cabo, la Odisea cuenta la historia de un hombre que ganó una guerra, se perdió al regresar, discutió con los dioses, tomó varias decisiones disparatadas y tardó diez años en llegar a una isla que estaba allí desde el principio.

Muy lejos de nosotros no parece estar.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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