El BCE confirma lo que ya empezábamos a sospechar

No se trata de una encuesta improvisada ni de uno de esos estudios encargados por una consultora que casualmente termina recomendando los servicios de la misma consultora. El dato procede del Boletín Económico n.º 5 de 2026 del Banco Central Europeo, publicado en agosto, y más concretamente del análisis “Youth employment amidst cooling labour demand”, elaborado por David Chaloupka y António Dias da Silva.

Entre el primer trimestre de 2023 y el mismo periodo de 2026, el empleo de los jóvenes de entre 15 y 24 años descendió un 18,6 % en las tecnologías de la información y la comunicación, un 5,3 % en los servicios profesionales y un 3,1 % en los servicios financieros.

La comparación resulta bastante expresiva. No estamos ante una pequeña corrección estadística ni ante unas décimas que puedan esconderse debajo de la alfombra. Casi uno de cada cinco empleos juveniles ha desaparecido en tres años en el sector que debía abrir las puertas del porvenir.

El resto del mercado laboral tampoco les está recibiendo precisamente con una banda de música. El desempleo juvenil de la eurozona alcanzó el 15,1 % en el primer trimestre de 2026. Mientras la tasa general de paro bajó ligeramente desde 2023, la situación relativa de los jóvenes empeoró. La economía europea crea empleo, pero no necesariamente para quienes tratan de incorporarse a ella.

El BCE señala, además, que los jóvenes desempleados con formación superior perciben una especial escasez de ofertas adecuadas. El problema ya no consiste solamente en encontrar trabajo, sino en encontrarlo después de haber cumplido todos los requisitos que supuestamente garantizaban encontrarlo.

La inteligencia artificial está en la habitación

La tentación inmediata es culpar a la inteligencia artificial. Sería un titular magnífico, rotundo y probablemente prematuro.

El BCE observa que las TIC, los servicios financieros y los profesionales se encuentran especialmente expuestos a la automatización de tareas cognitivas. También concluye que la caída del empleo juvenil tecnológico parece superar lo que podría explicarse únicamente por el enfriamiento de la economía. Hay, por tanto, indicios de que algo más profundo está sucediendo.

Sin embargo, el Banco Central Europeo advierte de que las pruebas todavía no permiten atribuir el deterioro específicamente a la IA generativa ni al teletrabajo. Conviene conservar este matiz, aunque resulte menos vistoso. Correlación no equivale a causalidad, ni siquiera cuando ChatGPT aparece oportunamente en mitad de la gráfica.

Eso no significa que la inteligencia artificial sea inocente. Significa que aún no tenemos una sentencia firme. Las empresas pueden estar automatizando tareas iniciales, reduciendo contrataciones después de los excesos de la pandemia, trasladando trabajos a otros países o aprovechando la tecnología para producir lo mismo con plantillas más pequeñas. Probablemente esté ocurriendo un poco de todo.

Lo que sí me parece difícil de negar es que las tareas más rutinarias de oficina —precisamente aquellas que permitían entrar, aprender y adquirir experiencia— son las más fáciles de automatizar. Si desaparece el primer peldaño, no basta con decir a los jóvenes que suban la escalera.

De los cuellos blancos a los «cuellos sucios»

Aquí aparece una paradoja que merece atención. Mientras se estrecha la puerta de entrada a algunos empleos tecnológicos y profesionales, Europa continúa padeciendo una escasez persistente de trabajadores en numerosos oficios manuales.

Los informes de la Autoridad Laboral Europea sobre escasez y excedentes de trabajadores sitúan entre las profesiones con déficits más extendidos a los soldadores, electricistas de la construcción, cocineros y trabajadores de distintos oficios especializados. La construcción lleva años apareciendo en la lista de sectores con dificultades para cubrir puestos, junto con la sanidad y la hostelería.

El Cedefop, organismo europeo especializado en formación profesional, señala carencias de fontaneros, carpinteros, albañiles, electricistas y trabajadores especializados en estructuras y acabados. También advierte de que la transición energética y la rehabilitación de edificios aumentarán la necesidad de profesionales capaces de instalar, mantener y adaptar nuevas tecnologías.

Incluso el propio BCE, en otro análisis sobre la evolución de la población activa de la eurozona, identifica la construcción, la hostelería y otros servicios de menor cualificación formal entre los sectores con elevada demanda y mayores dificultades para cubrir vacantes.

No disponemos de una cifra homogénea que permita afirmar que el empleo juvenil de «cuello sucio» aumentó exactamente tanto como cayó el tecnológico entre los primeros trimestres de 2023 y 2026. Sería comparar sectores, ocupaciones, vacantes y grupos de edad con una precisión que las fuentes disponibles no ofrecen. Pero la dirección del contraste resulta clara: mientras los empleos juveniles de entrada retroceden con fuerza en las TIC, numerosos oficios manuales continúan buscando trabajadores que no encuentran.

Los llamo aquí trabajos de «cuello sucio» con toda la intención, aunque la clasificación tradicional hable de «cuello azul». Son trabajos que manchan las manos, obligan a desplazarse y todavía exigen actuar sobre el mundo físico. Un algoritmo puede redactar un informe aceptable, revisar código o resumir una reunión. Lo tiene algo más complicado para reparar una tubería, soldar una estructura o instalar un cuadro eléctrico. Al menos de momento.

La gran ironía educativa

Hemos construido una jerarquía social en la que el despacho estaba arriba y el taller abajo. A los jóvenes se les dijo que la formación profesional era una segunda opción y que la universidad conducía a empleos estables, limpios y bien remunerados. Después enviamos a una generación entera hacia las mismas titulaciones y ahora contemplamos, con gesto sorprendido, cómo sobran candidatos para determinadas tareas y faltan profesionales para otras.

No propongo sustituir las facultades de informática por escuelas de fontanería ni recomendar a todos los jóvenes que abandonen la programación. Las TIC seguirán siendo esenciales y necesitarán profesionales muy cualificados. Pero probablemente necesitarán menos aprendices destinados a ejecutar tareas rutinarias y más especialistas capaces de trabajar con sistemas automatizados, comprender problemas complejos y asumir responsabilidades que una máquina no pueda resolver.

Al mismo tiempo, muchos oficios manuales dejarán de ser tan manuales. La electrificación, la rehabilitación energética, la automatización industrial y las energías renovables están convirtiendo al electricista, al instalador o al técnico de mantenimiento en profesionales cada vez más tecnológicos. La vieja frontera entre trabajar con la cabeza y trabajar con las manos empieza a resultar bastante absurda.

El futuro estaba en otra parte

A mí el deterioro del empleo tecnológico juvenil ya me parecía evidente. Bastaba observar las ofertas de trabajo, escuchar a los recién titulados o comprobar cómo las empresas pedían experiencia para puestos que antes servían precisamente para adquirirla. El BCE no descubre el fenómeno, pero lo confirma y le proporciona una dimensión inquietante.

Durante mucho tiempo dijimos que la tecnología destruiría empleos manuales y crearía otros mejores en las oficinas. Tal vez calculamos mal el orden. La inteligencia artificial ha empezado por algunas tareas cognitivas, mientras el electricista sigue teniendo la agenda completa y el fontanero puede permitirse no contestar al teléfono.

Quizá haya llegado el momento de dejar de preguntar a los jóvenes qué carrera parece más prestigiosa y comenzar a explicarles dónde existe una necesidad real. Porque el mercado laboral tiene un sentido del humor bastante retorcido: después de convencer a toda una generación de que huyera de los trabajos que ensucian las manos, ahora resulta que esos son algunos de los más difíciles de sustituir.

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Enrique Pampliega
Con más de cuatro décadas de trayectoria profesional, iniciada como contable y responsable fiscal, he evolucionado hacia un perfil orientado a la comunicación, la gestión digital y la innovación tecnológica. A lo largo de los años he desempeñado funciones como responsable de administración, marketing, calidad, community manager y delegado de protección de datos en diferentes organizaciones. He liderado publicaciones impresas y electrónicas, gestionado proyectos de digitalización pioneros y desarrollado múltiples sitios web para entidades del ámbito profesional y asociativo. Entre 1996 y 1998 coordiné un proyecto de recopilación y difusión de software técnico en formato CD-ROM dirigido a docentes y profesionales. He impartido charlas sobre búsqueda de empleo y el uso estratégico de redes sociales, así como sobre procesos de digitalización en el entorno profesional. Desde 2003 mantengo un blog personal —inicialmente como Blog de epampliega y desde 2008 bajo el título Un Mundo Complejo— que se ha consolidado como un espacio de reflexión sobre economía, redes sociales, innovación, geopolítica y otros temas de actualidad. En 2025 he iniciado una colaboración mensual con una tribuna de opinión en la revista OP Machinery. Todo lo que aquí escribo responde únicamente a mi criterio personal y no representa, en modo alguno, la posición oficial de las entidades o empresas con las que colaboro o he colaborado a lo largo de mi trayectoria.

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