Hace un par de veranos escribí en estas mismas páginas sobre la infantilización del lenguaje político, aquella curiosa costumbre contemporánea de reducir problemas complejos a frases de guardería, convertir cualquier discrepancia en un cuento con buenos y malos y tratar al ciudadano adulto como a ese sobrino al que se le explica la sobremesa procurando no utilizar palabras de más de tres sílabas. Pensaba entonces que habíamos alcanzado una cota respetable de simplificación, pero la política, que nunca deja de sorprender cuando uno ya esperaba poco de ella, ha seguido evolucionando. Hemos pasado de que nos hablen como a niños a que nos cortejen como a seguidores, y de aquel dirigente que comparecía ante un atril para explicar, mejor o peor, qué pretendía hacer con nuestros impuestos hemos llegado al político que nos cuenta qué canción escucha este verano, qué novela recomienda para la tumbona, qué película le emocionó o qué música pondría mientras contempla el horizonte desde algún lugar cuidadosamente desenfocado por el departamento de comunicación. Todo muy natural, espontáneo y fresco, por supuesto, como suelen ser esas cosas que requieren iluminación, montaje, subtítulos, estrategia digital, cinco asesores y alguien preguntándose durante media mañana qué tipografía transmite mejor cercanía.
Pedro Sánchez acaba de ofrecer un ejemplo particularmente oportuno para estas fechas, porque a comienzos de agosto ha publicado en TikTok e Instagram una selección de canciones para el verano bajo el amable concepto de la banda sonora de sus vacaciones, con Quevedo, Charli xcx y otros artistas entre sus recomendaciones. No hay, naturalmente, nada malo en que el presidente del Gobierno escuche música. Hasta sería preocupante descubrir que nuestros gobernantes pasan las noches en completo silencio mirando fijamente el BOE. También lee libros, recomienda cultura y se presta cada vez con mayor frecuencia a formatos alejados de la comunicación presidencial clásica. Nada de esto constituye por sí mismo un drama constitucional ni obliga a llamar de urgencia al Consejo de Estado. La cuestión interesante no es qué escucha Pedro Sánchez, sino por qué hemos llegado al punto en que conocer lo que escucha Pedro Sánchez forma parte de la estrategia pública de Pedro Sánchez. Ahí cambia ligeramente la película, aunque probablemente convendría decir el vídeo vertical, porque la película dura demasiado y siempre existe el riesgo de que alguien tenga que concentrarse durante más de treinta segundos.
La historia viene de atrás. En septiembre de 2025, Pedro Sánchez, Alberto Núñez Feijóo y la propia Moncloa desembarcaron con claridad en TikTok para disputar un territorio en el que Vox llevaba bastante ventaja. La decisión tenía toda la lógica electoral del mundo: allí están millones de jóvenes, allí se forman opiniones, allí circulan relatos políticos y allí un partido que no participa corre el riesgo de convertirse en aquel señor que todavía pregunta qué botón hay que apretar para mandar un WhatsApp. Vox comprendió antes que sus competidores la gramática de esas plataformas: mensajes rápidos, imágenes potentes, antagonistas reconocibles, emociones intensas y pocas subordinadas, porque la subordinada, como el percebe, necesita su tiempo. A finales de 2025 su cuenta principal de TikTok tenía más del doble de seguidores que las de PP, PSOE y Sumar juntas. Los demás hicieron lo que habría hecho cualquier estratega político razonable: correr detrás. Y así comenzó una carrera extraordinaria en la que las formaciones políticas españolas, después de pasarse décadas prometiendo modernizar el país, descubrieron que modernizarse ellas mismas consistía en aprender dónde colocar el móvil para salir mejor.
Conviene hacer una distinción porque, de otro modo, esto acabaría en la típica columna del señor que considera que cualquier tecnología posterior al transistor representa el principio del fin de Occidente. Que un Gobierno esté en TikTok no es malo. Que un Gobierno piense como TikTok sí puede serlo. Una administración pública debería estar donde están los ciudadanos. Si TikTok permite explicar en noventa segundos cómo solicitar una beca, advertir de una estafa, divulgar una campaña sanitaria, explicar una ayuda pública o acercar una institución a personas que jamás entrarían voluntariamente en una página ministerial, bienvenido sea TikTok y póngase otro vídeo. La comunicación política siempre se ha adaptado a los medios disponibles. Roosevelt tuvo la radio, Kennedy comprendió la televisión, Obama utilizó magistralmente las redes sociales y nuestros próceres nacionales han terminado descubriendo el plano vertical. Ningún problema. El problema aparece cuando no utilizamos el medio para comunicar política, sino que comenzamos a fabricar política para satisfacer las exigencias del medio.
Porque TikTok no es solamente una cámara con música. Es una arquitectura de la atención. Y la atención tiene sus reglas, igual que una terraza en agosto tiene las suyas: sombra, cerveza fría y ninguna exposición de cuarenta minutos sobre la reforma del sistema de financiación autonómica. Las plataformas de vídeo breve compiten segundo a segundo por impedir que el dedo siga deslizando la pantalla, y eso favorece determinadas formas de comunicación: impacto inmediato, emoción, sorpresa, indignación, conflicto, identidad, reconocimiento instantáneo. Una propuesta de reforma de las pensiones tiene antecedentes, cifras, restricciones presupuestarias, efectos generacionales, escenarios económicos y probablemente algún cuadro de Excel capaz de provocar una crisis espiritual. «Te están robando la pensión», en cambio, cabe estupendamente sobre una música inquietante y admite letras grandes. Adivinen cuál viaja mejor.
No es solamente una impresión de señor malhumorado refugiado bajo la sombrilla. Una investigación sobre más de 25.000 vídeos publicados por políticos durante las elecciones federales alemanas de 2025 encontró que los mensajes que expresaban emociones negativas, hostilidad hacia el adversario y división conseguían significativamente más interacción que los contenidos positivos o conciliadores. El hallazgo debería interesarnos bastante porque explica un mecanismo que va mucho más allá de Alemania: la plataforma no necesita tener ideología para producir efectos políticos; basta con que premie determinadas emociones. Si enfadarse obtiene más audiencia que explicar, si ridiculizar consigue más interacciones que argumentar y si señalar un enemigo mantiene al usuario mirando la pantalla durante unos segundos adicionales, los políticos acabarán aprendiendo la lección con la misma rapidez con la que un perro aprende dónde guardamos las galletas.
Que un Gobierno esté en TikTok no es malo. Que un Gobierno piense como TikTok sí puede serlo
De ahí que la transformación resulte más profunda de lo que parece. Durante décadas el político aspiró a ser considerado estadista, gestor, dirigente, tribuno, hombre o mujer de Estado, según la época y el grado de modestia del interesado. Hoy debe añadir otro oficio a la tarjeta: creador de contenido. Ya no basta con preguntarse qué piensa el candidato sobre vivienda, inmigración, energía nuclear o impuestos. También interesa descubrir si cocina, corre, escucha a Rosalía, lee novelas negras, tiene perro, conoce un meme o sabe mirar a cámara sin parecer que está compareciendo ante un juez. Hemos pasado lentamente de la representación a la identificación. Antes el dirigente nos decía: «Confíen en mí porque sé qué hacer». Ahora existe una segunda capa más sutil: «Confíen en mí porque soy como ustedes». Y como nadie puede ser simultáneamente como cuarenta y nueve millones de españoles, para eso existe el marketing.
La recomendación cultural cumple ahí una función extraordinariamente eficaz. Una canción nunca es solamente una canción cuando la recomienda una marca, y un político contemporáneo es también una marca, aunque probablemente preferiría denominarlo relato. Elegir determinados libros, determinadas películas o determinados artistas comunica sensibilidad, edad simbólica, pertenencia generacional, sofisticación, rebeldía o cercanía sin necesidad de pronunciar un solo discurso ideológico. La playlist se convierte así en una especie de programa electoral aromático. No explica qué hará el Gobierno con el déficit público, pero sí nos dice qué clase de persona quiere que imaginemos cuando pensamos en quien lo preside. Es política identitaria en su versión más agradable, sin pancartas ni congresos: cuarenta canciones para explicar quién soy, o al menos quién ha decidido mi equipo que conviene que parezca ser durante este trimestre.
Y esto, insisto, no pertenece exclusivamente a Pedro Sánchez ni al PSOE. Sería demasiado sencillo y bastante falso. Feijóo entró en TikTok, el PP ha ido adaptando su comunicación a vídeos cortos y formatos de denuncia, Vox lleva años explotando con mayor eficacia el lenguaje emocional y confrontativo de las redes, y las fuerzas situadas a la izquierda del PSOE han utilizado desde hace tiempo códigos culturales, memes, podcasts y referencias generacionales. Cada familia política tiene su acento, pero todos hablan cada vez más el mismo idioma: el de la atención. Unos ofrecen indignación, otros cercanía, otros ironía, otros identidad cultural y casi todos prometen al algoritmo que jamás le aburrirán con un razonamiento demasiado largo. España podrá tener dificultades para alcanzar pactos de Estado, pero al menos empieza a disponer de un amplio consenso sobre la importancia de poner subtítulos grandes en los vídeos.
Quizá por eso resulte especialmente sabrosa la contradicción del propio Gobierno. En febrero de 2026 Pedro Sánchez anunció medidas para limitar el acceso de los menores de dieciséis años a las redes sociales y describió el entorno digital como un espacio de adicción, abuso, violencia y manipulación. En marzo volvió sobre el asunto denunciando que las redes habían convertido el odio en un arma de polarización masiva. Es una preocupación perfectamente legítima y, probablemente, necesaria. Pero produce una imagen política difícil de resistir: el mismo poder que advierte de los peligros de la maquinaria algorítmica aprende simultáneamente a manejar cada una de sus palancas para llegar mejor al electorado. Viene a ser como organizar una conferencia sobre los riesgos del azúcar mientras el departamento de comunicación reparte algodón de feria en la puerta.
La contradicción, además, no es personal. Es estructural. Cualquier partido que abandone unilateralmente ese terreno queda en inferioridad de condiciones frente a quienes lo ocupan. Ningún dirigente puede levantarse una mañana, mirar severamente al horizonte y anunciar que a partir del lunes solamente comunicará mediante discursos de cuarenta minutos y documentos PDF con anexos. Podría hacerlo, claro, del mismo modo que podría recorrer España en diligencia para reducir su dependencia de las aerolíneas, pero su gesto tendría un efecto limitado sobre el resto del sistema. Todos están atrapados en la misma carrera porque todos compiten dentro del mismo mercado de atención. Y eso convierte el problema en algo mucho más inquietante que la vulgar frivolidad de un político bailando, recomendando canciones o contando qué libro lleva en la maleta.
Lo verdaderamente preocupante es que el medio acaba seleccionando el tipo de política que mejor sobrevive en él.
Una democracia necesita ciudadanos capaces de tolerar la complejidad, aceptar la duda, comprender que determinados problemas no tienen soluciones limpias y admitir que un adversario puede equivocarse sin ser necesariamente un monstruo. Las redes sociales funcionan con incentivos casi opuestos. La duda retiene poco. La matización comparte mal. «No estoy completamente seguro y deberíamos estudiar los datos» difícilmente encabezará las tendencias de mañana. «ESTO ES LO QUE NO QUIEREN QUE SEPAS», en cambio, viene ya prácticamente maquetado. La política tradicional tampoco fue nunca un monasterio de racionalidad ilustrada, no nos engañemos; había propaganda, manipulación, consignas y demagogia cuando los algoritmos todavía eran asunto de matemáticos. Pero existe una diferencia entre que un político decida simplificar su mensaje y construir un ecosistema entero que premia automática y continuamente al que simplifica mejor.
Ahí es donde la infantilización del lenguaje político sobre la que escribía en 2024 encuentra su evolución natural. Entonces me preocupaba que los políticos estuvieran reduciendo deliberadamente la complejidad del mundo para convertirnos en espectadores emocionales de una lucha entre buenos y malos. Hoy sospecho que hemos avanzado un tramo adicional: el ciudadano ya no es tratado solamente como un niño, sino como usuario. Y el usuario tiene unas características muy apreciadas por cualquier estratega digital: puede ser segmentado, medido, estimulado, retenido y finalmente convertido. Antes los partidos buscaban votantes. Ahora buscan además seguidores, visualizaciones, engagement, alcance, conversación y comunidades digitales. Las palabras han cambiado porque también ha cambiado la mercancía. Nuestra atención es ahora el primer voto que depositamos, muchas veces varias horas al día y sin urna.
El riesgo es terminar construyendo una democracia extraordinariamente informada sobre la personalidad de sus dirigentes y sorprendentemente ignorante acerca de sus políticas. Podremos conocer las canciones que escucha el presidente mientras seguimos sin saber exactamente cómo piensa sostener determinadas promesas presupuestarias. Sabremos qué novela recomienda un ministro, qué serie entusiasma a otro y qué vídeo ha protagonizado el líder de la oposición, pero necesitaremos arqueología documental para averiguar qué ocurrió con una ley anunciada seis meses antes. Nos habrán acercado tanto a los políticos que quizá ya no podamos ver la política.
Y aquí llega el verano, estación particularmente propicia para estas cosas. Hace calor, el Parlamento desacelera, media España busca una sombra, la otra media busca aparcamiento y todos agradecemos que nadie nos explique durante la sobremesa los detalles del reglamento europeo de inteligencia artificial. Es perfectamente comprensible que un presidente recomiende una canción, un libro o una película. Incluso simpático. El problema nunca estuvo en una playlist. Estaría en que, poco a poco, la playlist se convirtiera en metáfora del Gobierno: una sucesión de piezas cuidadosamente seleccionadas para mantener nuestro estado de ánimo, mientras alguien procura que nunca permanezcamos demasiado tiempo sobre la misma pregunta.
Quizá dentro de unos años recordemos con nostalgia aquellos aburridos políticos que salían en televisión detrás de un atril y hablaban durante veinte minutos. Eran tediosos, solemnes y con frecuencia insoportables, pero al menos pretendían que los ciudadanos prestáramos atención. La nueva política parece haber asumido algo diferente: que pedir atención es demasiado ambicioso y resulta mucho más rentable capturarla.
De modo que disfruten ustedes del verano, pónganse la canción que quieran, lean un buen libro y vean alguna película mala, que para eso está agosto. Y si un presidente, un ministro o el líder de la oposición les recomienda algo, escúchenlo si les apetece. Puede que hasta tenga buen gusto.
Pero cuando termine la canción, convendría hacer algo bastante revolucionario en estos tiempos.
Preguntar qué piensa hacer con el país.
Porque una democracia no debería medirse en seguidores, una política pública no cabe siempre en treinta segundos y gobernar, por mucho que se empeñen los asesores de comunicación, continúa siendo una actividad bastante más complicada que conseguir que no deslicemos el dedo hacia el siguiente vídeo.

La mejor defensa contra la tiktokización de la política quizá sea bastante poco tecnológica: leer más, desconfiar un poco, comparar mucho y recordar que votar no consiste en darle “me gusta” a nadie.



















