La decadencia de España no empezó ayer
No recuerdo la película. Podría ser cualquiera de aquellas cintas de finales de los setenta o comienzos de los ochenta en las que España aparecía gris, sucia y descarnada, con barrios de bloques de ladrillo, solares llenos de cascotes, Seat 124 robados, navajas, tirones, heroína a cascoporro y chavales de dieciocho años con la mirada de quien había vivido ya varias vidas y ninguna había terminado demasiado bien. Navajeros, Deprisa, deprisa, El pico, Perros callejeros… qué más da. Tampoco recuerdo exactamente la frase porque la memoria, cuando uno empieza a peinar canas, funciona como aquellos magnetófonos viejos que conservaban la música pero se comían un trozo de cinta de vez en cuando. Lo que quedó grabado fue algo parecido a esto: el mundo es un cubo de basura muy hondo; si no espabilas, te vas al fondo.
Llevo unos días pensando en aquella frase porque entonces, cuando veía esas películas, el fondo existía y además se veía. Tenía forma de jeringuilla abandonada en un descampado, de cárcel, de sobredosis, de una esquina equivocada a las cuatro de la mañana. Los protagonistas corrían desesperadamente para no caer y casi siempre acababan cayendo. Era una España brutal, desordenada, pobre todavía en muchas cosas, recién salida de una dictadura y entrando atropelladamente en una modernidad que tampoco sabía demasiado bien en qué consistía. Sin embargo, aquella España poseía algo que echo cada vez más de menos en esta: quería salir de allí, quería mejorar y quería llegar más lejos.
Y lo hizo. Por eso me pregunto desde hace tiempo en qué momento comenzamos a recorrer el camino contrario, porque no hablo únicamente de dinero y sé perfectamente que, si lo hiciera, comenzaría inmediatamente la guerra de las estadísticas. Alguien me explicaría que nuestro PIB es mayor, que vivimos más años, que tenemos mejores carreteras, mejores hospitales, más universitarios y teléfonos capaces de hacer cosas que en 1982 habrían parecido brujería, y tendría razón. Mi sensación de decadencia no nace de negar todo aquello que España ha conseguido, sino de percibir algo bastante más difícil de medir: hemos dejado de construir con entusiasmo el país que heredarán nuestros hijos y empezamos a limitarnos a administrar, consumir y repartir el que heredamos nosotros.
Yo crecí convencido de que mis hijos vivirían mejor que yo. No era una teoría económica ni una promesa electoral, sino algo casi incorporado a la naturaleza de las cosas: nuestros padres habían vivido mejor que nuestros abuelos, nosotros vivíamos mejor que nuestros padres y nuestros hijos completarían la escalera. Hoy ya no estoy tan seguro y, cuando pienso en mis nietos, la incertidumbre comienza a parecerse demasiado a una certeza incómoda. Si una sociedad deja de creer que la siguiente generación vivirá mejor, puede seguir teniendo autopistas, restaurantes llenos y televisores enormes, pero algo esencial se ha roto por dentro.
Eso, para mí, es la decadencia.
Cuando la anomalía se convierte en paisaje
Miro lo ocurrido en Ceuta y vuelvo al cubo. Me inquieta la fragilidad. Cuando una frontera española, que además es frontera exterior de la Unión Europea, puede verse materialmente desbordada en cuestión de horas, uno descubre una realidad incómoda: una parte de nuestra seguridad depende también de que quien está al otro lado tenga interés en que esa frontera siga funcionando como tal.
Pero todavía me preocupa más nuestra reacción, porque España posee una capacidad extraordinaria para convertir la anomalía en paisaje. Ocurre algo que habría parecido inconcebible unos años antes, discutimos durante cuarenta y ocho horas sobre quién tiene la culpa, aparecen ministros, tertulianos, expertos, oposición, hashtags y declaraciones solemnes, pasa una semana y llega otra cosa. Después otra. Y seguimos caminando como si el deterioro fuera únicamente una sucesión de noticias inconexas, no pequeños síntomas de una enfermedad más profunda.
El mismo mecanismo funciona con los Presupuestos Generales del Estado. España ha llegado a 2026 con los presupuestos aprobados para 2023 prorrogados de nuevo. El Estado sigue funcionando, los funcionarios cobran, las pensiones llegan, los ministerios abren por la mañana y hasta las cafeterías del Congreso continúan sirviendo cafés, de manera que alguien puede preguntarse dónde está el problema. El problema no es que legalmente se pueda funcionar así, sino que hayamos empezado a considerar irrelevante que un Gobierno atraviese una legislatura sin conseguir aprobar la principal herramienta económica con la que debería expresar su proyecto de país.
Un presupuesto no es únicamente una hoja de cálculo gigantesca llena de números capaces de anestesiar a cualquier ser humano en tres minutos. Es decidir dónde estamos, dónde queremos llegar, qué recursos tenemos, qué prioridades elegimos y a qué cosas estamos dispuestos a renunciar para conseguir otras. Si podemos gobernar durante años prorrogando unas cuentas concebidas antes de comenzar prácticamente la legislatura actual, la pregunta ya no es jurídica ni contable. La pregunta es bastante más desagradable: ¿cuál es exactamente el proyecto?
Yo, al menos, no consigo verlo.
Una España lanar que quiere conservarlo todo
Tal vez por eso llevo días pensando en una expresión poco amable: la España ovejuna, lanar, mediopensionista o pensionista del todo. No hablo de los pensionistas, por supuesto; quien ha trabajado durante décadas merece cobrar una pensión digna. Hablo de algo diferente, de una mentalidad pensionista que puede instalarse perfectamente a los veinte años y que consiste en creer que el mundo nos debe estabilidad, comodidad, seguridad y protección permanente, mientras cualquier problema debe solucionarlo alguna administración, cualquier riesgo debe ser eliminado mediante una norma y cualquier fracaso tiene que encontrar rápidamente un culpable que no seamos nosotros.
Queremos sanidad universal, educación gratuita, pensiones crecientes, dependencia, transporte subvencionado, vivienda asequible, permisos, ayudas, becas, carreteras impecables, universidades magníficas, protección frente al desempleo, electricidad barata, una defensa eficaz, policías suficientes, fronteras seguras, energía limpia y además, si fuera posible, que los impuestos no molesten demasiado. Yo también quiero todo eso. El problema aparece cuando llega esa vieja y desagradable costumbre llamada sumar y alguien pregunta cuánto cuesta, quién lo paga y durante cuánto tiempo podemos seguir financiándolo.
La deuda pública española superó en junio de 2026 los 1,74 billones de euros, alrededor del 101,5 % del PIB. Es cierto que la ratio respecto al PIB descendió frente al año anterior, y conviene decirlo porque esto pretende ser una reflexión y no un mitin, pero el volumen nominal siguió aumentando. La deuda tiene además una maravillosa virtud política: permite gastar hoy y enviar parte de la factura al contribuyente de mañana, al joven que todavía está estudiando, al niño que juega en el parque o incluso a alguien que aún no ha nacido y que, cuando llegue el momento de pagar, tendrá la consideración de no recordar quién decidió endeudarse en su nombre.
Durante mucho tiempo endeudarse fue una herramienta extraordinaria para superar crisis, financiar infraestructuras o acometer transformaciones que podían aumentar la riqueza futura. El problema llega cuando la deuda deja de ser una herramienta y empieza a convertirse en paisaje, porque entonces ya no nos preguntamos qué estamos construyendo con ella sino simplemente cuánto margen queda para seguir gastando. Y mientras tanto continuamos prometiéndonos derechos, prestaciones y garantías como si existiera una cuenta corriente infinita a nombre de «Estado» en la que el dinero apareciera espontáneamente cada mañana.
No aparece.
Lo pone alguien.
Siempre.
Europa: mucho reglamento y cada vez menos poder
Después miro Europa y la sensación de decadencia no disminuye precisamente. La Unión Europea continúa siendo uno de los mejores lugares del planeta para nacer, estudiar, enfermar, trabajar, criar hijos o hacerse viejo, y eso no es un detalle menor sino uno de los mayores logros políticos y sociales de nuestra historia. El problema es que hemos terminado confundiendo vivir bien con ser poderosos, y son cosas muy distintas.
Europa conserva una capacidad extraordinaria para decir al mundo cómo deberían hacerse las cosas. Somos prodigiosos escribiendo reglamentos, directivas, estrategias, taxonomías, hojas de ruta, mecanismos de supervisión y documentos de centenares de páginas en los que detallamos minuciosamente qué pensamos hacer cuando terminemos de redactar el siguiente documento. Mientras nosotros perfeccionamos el procedimiento, sin embargo, el mundo corre.
La inteligencia artificial, el espacio, los semiconductores, la energía, la defensa, la robótica, la computación cuántica o la biotecnología no son únicamente sectores económicos atractivos, sino las piezas con las que se está construyendo el poder del siglo XXI. Estados Unidos lo sabe, China lo sabe y cualquier país con aspiraciones de soberanía lo sabe. Europa también lo sabe ahora, hasta el punto de que sus propias instituciones hablan abiertamente de recuperar soberanía tecnológica y reducir dependencias exteriores. La palabra «recuperar» resulta especialmente reveladora porque, para recuperar algo, primero hay que asumir que lo has ido perdiendo.
Regulamos la inteligencia artificial mientras buena parte de los modelos más poderosos nacen en Estados Unidos y China. Tenemos científicos extraordinarios y empresas excelentes, pero seguimos contemplando cómo demasiadas compañías europeas buscan fuera el capital necesario cuando llega el momento de hacerse realmente grandes. Hablamos de autonomía energética después de descubrir dolorosamente cuánto dependíamos del gas, del petróleo, de determinadas materias primas y de decisiones tomadas lejos de Bruselas. Y ahora hemos vuelto a descubrir una palabra que creíamos haber encerrado para siempre en los libros de historia: guerra.
Durante años actuamos como si el poder militar fuese una desagradable reliquia del siglo XX que podía subcontratarse indefinidamente a Estados Unidos mientras nosotros nos dedicábamos a asuntos más civilizados. Entretanto, Washington desplazaba progresivamente su atención hacia Asia, China construía una estrategia a décadas vista, Rusia demostraba que las fronteras europeas podían volver a discutirse a cañonazos y el resto del mundo continuaba acumulando poder económico, energético, tecnológico y militar. Nosotros, mientras tanto, convocábamos otra reunión.
Esa Europa de ordeno y mando hacia dentro corre el riesgo de convertirse en una gigantesca potencia regulatoria con cada vez menos capacidad para ordenar nada fuera de sus propias fronteras. Y eso debería preocuparnos porque los valores sin poder terminan dependiendo del poder de otros para sobrevivir.
La decadencia cómoda es la más peligrosa
Lo extraordinario es que todo esto ocurre mientras la vida cotidiana continúa funcionando bastante bien. Los restaurantes están llenos, las terrazas están llenas, los centros comerciales están llenos, los aeropuertos están llenos y las redes sociales están rebosantes de personas indignadísimas por alguna estupidez que dentro de cuarenta y ocho horas habrá sido sustituida por la siguiente. No se puede vivir pensando permanentemente en la decadencia de Occidente, por supuesto; hay que comprar el pan, sacar al perro, pagar la hipoteca, recoger a los niños, ver una serie y marcharse unos días a la playa.
El problema es que existe una línea muy fina entre vivir con normalidad y normalizar la decadencia, y sospecho que hace tiempo que la hemos cruzado. Porque la decadencia rara vez llega con trompetas, incendios y bárbaros entrando por la puerta. Roma no amaneció un martes convertida en ruinas. Una sociedad tampoco recibe un SMS anunciándole: «Estimado ciudadano, le comunicamos que a partir de mañana comienza oficialmente nuestro periodo de decadencia».
La decadencia moderna es mucho más educada y discreta. Primero una institución funciona un poco peor, luego un servicio tarda algo más, después algo que parecía imposible empieza a ocurrir de vez en cuando y, finalmente, dejamos de recordar que aquello antes no ocurría. Lo excepcional se repite, lo provisional se prorroga, lo inaceptable se contextualiza, la burocracia aumenta, la natalidad cae, los jóvenes retrasan su emancipación, una vivienda se convierte en un sueño cada vez más remoto y el talento que podría crear empresas empieza a preguntarse si no tendrá más sentido hacerlo en otro lugar.
No hay un gran derrumbamiento. Hay pequeños descensos sucesivos y cada escalón resulta suficientemente bajo para que no consideremos necesario rebelarnos contra él. Treinta centímetros no parecen nada. Tampoco los siguientes treinta. Ni los siguientes. El problema aparece cuando uno se vuelve, mira hacia arriba y descubre que lleva treinta años bajando.
Lo que de verdad me preocupa son nuestros hijos
Ahí llego a la parte que realmente me revienta, porque todo lo anterior podría reducirse a una discusión política más si no fuera por nuestros hijos y nuestros nietos. Nosotros pertenecemos probablemente a una de las generaciones más afortunadas de la historia de España. Nuestros padres conocieron la posguerra, la escasez, jornadas laborales brutales y un país que hoy nos resultaría casi irreconocible. Muchos empezaron con muy poco y, sin embargo, consiguieron entregarnos mucho más.
Nosotros recibimos democracia, crecimiento económico, integración europea, educación, sanidad, infraestructuras, estabilidad, movilidad social y, por encima de todo, una sensación casi física de que España avanzaba. Se podía discutir la velocidad, el rumbo e incluso quién conducía, pero había una convicción compartida de que avanzábamos y de que quienes vinieran después vivirían mejor.
Hoy me cuesta mucho decir lo mismo.
No sé si puedo mirar a un joven de veinte años y asegurarle que, si estudia, trabaja, hace las cosas razonablemente bien y no comete demasiadas estupideces, podrá comprar o alquilar una vivienda sin entregar media vida a cambio, formar una familia si quiere, tener hijos sin convertir cada nacimiento en una heroicidad económica y llegar a viejo sostenido por un sistema que contará con suficientes trabajadores para pagar lo prometido.
Yo crecí dando por hecho que mis hijos vivirían mejor que yo. Ahora tengo serias dudas y, cuando pienso en mis nietos, esas dudas empiezan a transformarse en algo que se parece demasiado a una certeza.
Ese debería ser el verdadero termómetro de la decadencia de España. No quién ganó ayer la batalla dialéctica en el Congreso, ni qué partido subió seis décimas en la última encuesta, ni si Pedro, Alberto, Santiago, Yolanda o la madre superiora consiguieron colocar el hashtag del día. El fracaso histórico sería muchísimo más sencillo de explicar: recibimos un país de nuestros padres y entregamos a nuestros hijos otro más endeudado, más envejecido, más dependiente, más burocratizado y con menos expectativas de progreso que las que nosotros tuvimos.
Y todavía tendríamos la desfachatez de explicarles que lo hicimos todo por ellos.
Tendría gracia si no fuera obsceno.
¿Y si el cubo de basura no tiene fondo?
Por eso he vuelto a recordar aquella frase de la vieja película. El mundo es un cubo de basura muy hondo y, si no espabilas, terminas abajo. Solo que ahora me inquieta una posibilidad que cuando tenía veinte años jamás se me habría ocurrido: ¿y si el cubo no tiene fondo?
Quizá una sociedad pueda continuar cayendo durante décadas mientras conserve suficientes comodidades para que nadie considere necesario reaccionar. Tal vez ése sea precisamente el gran secreto de la decadencia contemporánea: no hay bárbaros entrando a caballo, no arden los palacios y Constantinopla no cae ante nuestros ojos. Netflix funciona, Amazon entrega mañana, el teléfono tiene cobertura, la cerveza sigue fría y el sueldo o la pensión llegan a la cuenta corriente. Todo parece razonablemente normal mientras, poco a poco, vamos perdiendo cosas que creíamos eternas: capacidad, ambición, independencia, responsabilidad, confianza y futuro.
No necesito que nadie me prometa volver a hacer grande a España porque cada vez que alguien habla demasiado de grandezas nacionales suelo buscar discretamente dónde está la salida de emergencia. Me conformaría con algo infinitamente menos épico: que volviéramos a tener la obsesión de dejar a quienes vienen detrás algo mejor de lo que nosotros encontramos.
Me conformaría con que gobernar volviera a significar elegir y no simplemente resistir hasta la siguiente convocatoria electoral; con que Europa recordase que los valores sin capacidad para defenderlos terminan dependiendo de otros; con que entendiéramos que ningún derecho es sostenible si antes nadie genera la riqueza necesaria para pagarlo; con que recordáramos que la deuda no es dinero gratis, que una frontera debe cumplir la función de frontera, que proteger al vulnerable no significa renunciar a proteger al Estado y que el bienestar que hemos heredado no está escrito en las leyes de la naturaleza.
Sobre todo, me conformaría con que entendiéramos algo que aquellos quinquis de las películas sabían perfectamente: nadie va a venir a sacarnos del cubo si nosotros seguimos empeñados en bajar.
El mundo que ellos conocían era hostil y había que espabilar. Nosotros hemos hecho algo mucho más sofisticado. Hemos colocado barandillas al cubo, lo hemos iluminado, hemos redactado una normativa sobre la distancia reglamentaria entre peldaños, hemos creado un observatorio para estudiar las causas de la caída y una comisión interministerial encargada de garantizar que el descenso sea sostenible, resiliente, inclusivo y con perspectiva de género. Probablemente no tardaremos demasiado en convocar una línea de subvenciones para quienes acrediten haber caído más de tres metros y tengan dificultades para continuar descendiendo por sus propios medios.
Después podremos sentarnos tranquilamente a esperar.
Y seguiremos bajando.
Porque después de darle muchas vueltas he llegado a la conclusión de que lo verdaderamente aterrador no es caer, ni siquiera ignorar dónde está el fondo.
Lo verdaderamente aterrador es empezar a encontrarse cómodo durante la caída.

















